El Titán Despierta (Serie Kat Drummond 18) 39. Batalla por Hope City #2
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39. Batalla por Hope City #2

Demasiados enemigos. Pero, si alguien podía acabar con ellos, era Kat.

Sin embargo, había percibido algo en El Mentor. Algo verdaderamente oscuro. Más que cualquier demonio. Una energía nigromántica tan intensa que jamás había sentido nada parecido.

Esperaba que Kat supiera hacia qué se precipitaba.

Pero esa era su batalla. De momento, Conrad y yo teníamos que concentrarnos en nuestra misión: identificar a aquel demonio y acabar con él.

—Raz’ed, Eternium o el Infierno... —enumeré algunos de los posibles reinos de origen del archidemonio.

—¿Qué Infierno? —preguntó Conrad.

Me encogí de hombros.

—Y yo qué demonios sé. Hay como doce. Por no hablar de todas las capas distintas de cada uno. Deberíamos dejar de llamarlo el Infierno. En cualquier caso, eso significa que su nombre podría estar escrito en arameo, hebreo, latín, primordial...

—O en Sintari, Drentari, nórdico antiguo, egipcio antiguo, persa, sánscrito... —Conrad se interrumpió con un suspiro—. No nos lo ponen fácil, ¿verdad?

—¿Quiénes? ¿Los demonios? ¡Qué va! Les encanta que los expulsen del reino mortal.

Un seísmo sacudió la ciudad y abrió una profunda grieta en la carretera. Conrad pisó el freno a fondo, derrapó hasta detenerse y viró hacia otra calle.

—Ya podría calmarse un puto segundo ese cabrón enorme —comentó Conrad—. No es que tenga motivos para estar de mal humor. ¡Lleva cuarenta años echándose la siesta!

No respondí mientras Conrad tomaba otro desvío y atravesaba barrios residenciales vacíos bajo una lluvia que acribillaba el parabrisas como una lluvia de balas. Miré a mi viejo amigo. Me quedé observándolo.

Por fin se dio cuenta de que lo miraba y pareció algo inseguro.

—¿Qué?

Me sonrojé.

—Yo... No lo sé. Es solo que... echaba de menos esto. ¿Sabes?

—¿Que se acabe el mundo? —Conrad sonrió—. Esto no es más que un martes cualquiera en Hope City.

—Pfff. Eso no. Es solo que... esto es como en los viejos tiempos. ¿Recuerdas? Cuando cazábamos juntos. Rastreábamos demonios. Intentábamos adivinar sus nombres. Y fallábamos.

Conrad se rio.

—¿Recuerdas cuando intentamos exorcizar a aquel diablo espinoso y Brick se negó a esperar?

Casi me atraganté de la risa.

—Pensaba que exorcizarlo era hacer trampas, así que intentó matarlo a golpes con sus propias manos.

—¡Tuve que sacarle espinas de los puños durante una semana! —soltó Conrad entre carcajadas.

—Espera, ¿no me pidió que lo curase? Podría haberlo sanado en unos minutos.

Conrad negó con la cabeza, sonriente.

—No quería oírte decir ya te lo advertí .

Reímos juntos, recordando los viejos tiempos. A nuestro antiguo grupo. Cuando Conrad era algo más que un agente retirado. Cuando trabajábamos juntos para librar al mundo de monstruos.

Habían sido tiempos felices, a su peculiar manera. Peculiares, sí, pero los echaba de menos.

Sin embargo, nuestras risas no tardaron en apagarse cuando un desasosiego antinatural se nos filtró hasta los huesos.

Conrad se adentró en silencio en lo que antaño había sido un frondoso barrio residencial, bordeado de árboles y céspedes recién cortados.

Había quedado arrasado. No por la artillería ni por las bombas. Estábamos demasiado lejos del frente para eso. Y la destrucción era demasiado perfecta. Demasiado absoluta. Solo quedaban las carcasas calcinadas de algunos edificios de mayor tamaño, tras las cuales se ocultaba nuestra presa.

Conrad se detuvo donde la carretera terminaba en un profundo cráter.

Salimos del coche y contemplamos el abismo. Varias piras de fuego azul salpicaban el cráter. En su interior ardían figuras oscuras que gritaban en silencio.

Fuego de almas. Los restos cautivos de seres mortales. Sus cuerpos habían quedado destrozados. La carne y los huesos habían sido consumidos. Pero sus almas permanecían en su propio infierno, madurando para ser devoradas más tarde. O, sencillamente, por diversión.

Conrad chasqueó la lengua con repugnancia.

—¿Es que no tienen vergüenza? ¿Ni límites?

—Tú lo sabes mejor que yo, ángel . Está en su naturaleza. Mucho más que el psicópata más enfermo, un demonio no puede cambiar lo que es.

Contemplé aquel pozo de almas atormentadas, hundido en las profundidades de la tierra y el hormigón.

—Aunque esto me da una idea de quién podría ser el demonio.

—¿Abaddon? —sugirió Conrad.

Asentí.

—El ángel caído del abismo sin fondo.

Conrad torció el gesto.

—Por favor, no compares a semejante bestia conmigo.

—Eres demasiado humano para que se te siga considerando un ángel, Conrad. Caído o no.

—Me lo tomaré como un cumplido.

—Bien, porque pretendía serlo. Me gustas como humano. Mucho más que cualquier Serafín engreído.

Conrad sonrió con calidez. Mis palabras significaban mucho para él. Me alegré. Había pasado demasiado tiempo culpándolo por cosas que no había hecho. Por cosas que no podía evitar. La verdad era que había sido como un padre para mí.

Me agaché junto al borde del pozo y empecé a recitar un encantamiento mientras trazaba símbolos en la tierra. Conrad me puso una mano en el hombro para detenerme.

—Reserva tu chispa, Cins. Yo lo rastrearé.

Me levanté y observé cómo Conrad dibujaba unas runas entre la ceniza y la tierra. No conseguí distinguir los símbolos. En cuanto los miré, se volvieron borrosos dentro de mi mente.

Los Serafines poseían su propia forma de magia. No necesitaba chispa ni líneas wey. Y los mortales como yo apenas podíamos comprenderla.

Los símbolos resplandecieron con una luz dorada y después se elevaron por el aire hasta formar una flecha. Apuntaba hacia el interior del pozo.

Juntos, descendimos como pudimos hasta el fondo del abismo. Estaba cubierto de escombros, carcasas de coches y una gruesa capa de cráneos y huesos. Parecía que aquel demonio era de los que decoraban con huesos, y no de los que se los comían.

Las piras de fuego de almas estaban diseminadas por el pozo. Cuando pasábamos lo bastante cerca, podía distinguir en su interior las formas que se retorcían.

Os liberaré , prometí. Os liberaré a todos.

La flecha nos condujo más adentro del pozo. Los torrentes de lluvia y la niebla cenicienta reducían nuestra visibilidad. Mi desasosiego crecía con cada paso. Hasta que la niebla se disipó y nos encontramos en mitad del pozo, contemplando a un ser procedente de uno de los muchos Infiernos.

Nos miró desde arriba con sus seis ojos de rubí.

También parecían observarnos las cuencas, negras como el Vacío, de los innumerables cráneos esparcidos por su pecho.

Abrió las fauces y mostró unos dientes de sombra; bajo el pecho tenía una caja torácica abierta de la que brotaban cadenas unidas a una docena de piras de fuego de almas que lo rodeaban.

Tres pares de alas demoníacas, negras y semejantes a las de un murciélago, se desplegaban a su alrededor, mientras tres colas de escorpión se agitaban en la tormenta, listas para clavar el aguijón.

La oscuridad se arremolinaba en torno a su carne pálida y las placas fundidas de su armadura.

Nos observó y habló sin moverse.

—Habéis interrumpido mi festín —siseó directamente dentro de nuestras mentes—. Pero vuestras almas mancillarían mi comida. Marchaos.

Di un paso al frente y miré de reojo a Conrad. Siempre había sido mejor que yo desterrando demonios. Yo lo mantendría distraído.

—¡Libera a estos mortales, demonio! —ordené—. Y abandona este lugar por voluntad propia.

—Petulancia...

—Prudencia —lo interrumpí—. Morirás aquí si no huyes.

—Soy el compañero de la muerte —tronó el demonio—. El señor del abismo sin fondo y el portador de la condenación y el sufrimiento eterno. Soy quien lleva la plaga y guía al enjambre infinito. No huiré por orden de una mortal necia y repugnante.

Conrad ya había empezado a trazar símbolos en el suelo. Teníamos el nombre del demonio. Abaddon.

Solo teníamos que escribir el ritual y ejecutarlo. Nada del otro mundo. ¿Verdad?

Bueno, no lo habría sido de tratarse de un diablillo. No de uno de los peces gordos. No, aquello no iba a ser fácil. Ni mucho menos.

Alcé las manos, tracé círculos en el aire e invoqué mi chispa para protegernos. De mis manos emanó una luz dorada y blanca que formó un escudo.

Abaddon gruñó.

—¿Pretendéis desterrarme? Entonces vuestros cuerpos se convertirán en una excelente pasta sobre el suelo de mi fosa.

Un haz de energía al rojo vivo brotó de la boca de Abaddon y se disipó contra mi escudo. A mi espalda oí a Conrad garabatear y recitar encantamientos a toda velocidad. Escritura de los Serafines. Muchísima, trazada en la tierra pese a que la lluvia caía con fuerza y amenazaba con borrarla.

Abaddon lanzó otro haz. Hice una mueca cuando impactó contra mi escudo y extendió una telaraña de grietas por la superficie dorada. Recurrí aún más a mi chispa para reforzarlo. No podía dejar que cayese. Conrad solo necesitaba un poco más de tiempo.

Solo unos instantes más.

Abaddon lanzó un rugido de frustración y arremetió contra nosotros con sus colas de escorpión. Abrí los ojos de par en par al ver que los gigantescos aguijones se precipitaban hacia nosotros. Conrad no se había dado cuenta.

Deshice el escudo y me lancé sobre Conrad para apartarlo.

Al hacerlo, Abaddon reveló dos enormes brazos huesudos. Golpeó el suelo con los puños, pulverizó la roca bajo nuestros pies y nos catapultó por los aires.

Varios rostros desfilaron ante mis ojos mientras atravesábamos la lluvia y la niebla, hasta que nos estrellamos contra el suelo junto a unas piras de fuego de almas. Abaddon provocaba temblores semejantes a los del Titán mientras avanzaba hacia nosotros.

Se rio.

—Enclenques. Aborrecibles. Estúpidos.

Extendí la mano hacia Conrad. Hizo una mueca de dolor mientras se incorporaba poco a poco. Intenté hacer lo mismo, pero no pude. Mi chispa ocultaba un dolor intenso y solo dejaba entumecimiento a su paso. No podía ponerme en pie.

Abaddon se detuvo, alzándose amenazador sobre nosotros. Las cadenas que lo rodeaban tintineaban. La lluvia siseaba al caer sobre la roca fundida de su armadura.

Conrad se plantó delante de mí. Protegiéndome. No retrocedió ante el archidemonio.