El Titán Despierta (Serie Kat Drummond 18) 39. Batalla por Hope City
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39. Batalla por Hope City

Batalla por Hope City

***brETT***

Debería haberme acostumbrado a aquello, pero nunca resultaba más fácil ver al amor de mi vida lanzarse de cabeza hacia la muerte. Sin embargo, sabía que no podía detenerla. Así era ella. Y yo no podía ni quería cambiarla, por difícil que resultase.

Candace y Pranish parecían a punto de reanudar sus disputas arcanas. Intercambié una mirada con Guy. Se encogió de hombros, indicándome sin palabras que me tocaba tomar el mando. Ya había tenido bastante de ejercerlo él.

—¡Los dos tenéis razón! —anuncié, alzando las manos para hacer callar a los magos—. Necesitamos el Espíritu de la Ley para mantener ocupado al Titán y una Ciudadela para mantenerlo dormido.

Me volví hacia Pranish antes de que Candace pudiera decir nada.

—¿Qué necesitamos?

Pranish miró a Candace, esperando más objeciones. Ella no puso ninguna.

—El texto se guarda en el edificio del Consejo. Tendremos que llegar hasta él. Habrá suficientes líneas wey para alimentar el ritual. Dioses, ahora que está despierto hay líneas wey suficientes para desencadenar el apocalipsis.

—El ritual será la parte fácil —dijo Candace.

—Si es que realizar magia arcana de alto nivel a los pies de un Titán primordial puede considerarse fácil —replicó Pranish con ironía.

—Eso suponiendo que consigamos llegar siquiera a Ciudad Vieja —añadió Guy—. Hay un ejército de Impi entre nosotros y los límites de la ciudad. Por no hablar de los monstruos surgidos de la grieta y del enorme Titán de los cojones que anda dando pisotones por ahí.

—Bueno —respondí, dando un paso hacia la calle—. Entonces será mejor que nos pongamos en marcha.

***

Las tormentas arreciaron y sus truenos se impusieron al estruendo de la artillería mientras esquivábamos patrullas de Impi y destacamentos acorazados. La lluvia caía en violentas ráfagas y me aguijoneaba con punzadas frías la carne expuesta.

Avanzamos a hurtadillas hacia el frente. O, al menos, hacia lo que quedaba de él. Se había convertido en un paisaje infernal acribillado de cráteres. Un queso suizo gris y calcinado.

—Mis hordas siguen operativas —nos aseguró Candace, como si la existencia de una horda de zombis de semejante tamaño pudiera resultar tranquilizadora.

—¿Y la manada? —le preguntó Pranish a Trudie.

Ella negó con la cabeza.

—Estoy demasiado lejos para sentirlos.

De haber estado en forma de loba, habría llevado el rabo entre las piernas.

Estaba mucho más sombría de lo habitual.

Ver morir a su tía adoptiva y cómo el fuego devoraba su ciudad tenía sin duda ese efecto.

Tal vez yo me habría sentido igual de desmoralizado.

Pero tenía que llevar a aquellos magos hasta Ciudad Vieja.

Eso era lo que quería Kat. Y allí volvería a verla.

Las hileras de ruinas bombardeadas que habían servido como fortificaciones se alzaban justo delante. Nos agachamos dentro de un pozo de tirador cuando el retumbar de las orugas de unos tanques nos advirtió de la llegada de otro regimiento.

Media docena de vehículos blindados y otros tantos tanques pasaron a toda velocidad, seguidos por Impi que corrían tras ellos. Sus uniformes estaban impolutos. ¡Grietas! ¿Cuántas tropas tenían?

—¡Están locos! La ciudad está siendo devorada por un Titán y ellos solo piensan en conquistarla —susurró Pranish.

Guy asintió. Había sido uno de los primeros en creer que los conquistadores de su patria estaban locos.

Yo sabía que no era así. Cuando encontrabas algo en lo que creías, estabas dispuesto a morir por ello.

Lástima que los Impi fueran a morir disputándose un páramo. En otra realidad habrían sido grandes cazadores de monstruos.

Cuando el retumbar de las máquinas de guerra quedó reducido a un murmullo lejano, salimos del pozo y seguimos avanzando.

Aquella parte del campo de batalla había quedado en silencio.

Nos ocultamos entre los cadáveres de ogros caídos y las carcasas calcinadas de los tanques.

Un poco más adelante, retiramos una alambrada de espino levantada a toda prisa con un rápido hechizo cortante, cortesía de Pranish, y saltamos a una trinchera de la CDF.

Los cadáveres de soldados, gánsteres y milicianos yacían profanados y saqueados por las trincheras. Les habían quitado las armas, la munición, las armaduras, los cuchillos e incluso las raciones.

Guy negó con la cabeza. Percibí un profundo odio personal en el temblor de sus manos mientras aferraba con fuerza el fusil. La ausencia de Cindy debía de estar atormentándolo tanto como a mí la de Kat.

Hice señas a todos para que siguieran avanzando.

Más allá de las trincheras, gran parte de los suburbios marginales había quedado arrasada. Los escombros calcinados ocultaban cadáveres destrozados. Solo los disparos lejanos nos aseguraban que la batalla aún continuaba.

—Necesitamos un vehículo —dijo Pranish—. A pie no llegaremos a tiempo.

—Si nos metemos en cualquier cosa que tenga motor, estamos fritos —respondió Guy.

Tenía que darles la razón a ambos. Me pregunté cómo habrían regresado Cindy y Conrad a la ciudad. Aunque ellos dos siempre encontraban la manera. Probablemente Conrad tenía contactos entre los Impi y había requisado un tanque. No me habría sorprendido.

Atravesamos una extensión de escombros y chatarra fundida y entramos en una manzana más densamente poblada de bloques de viviendas y callejones.

Alcé el puño para detener a mis amigos mientras avanzábamos sigilosamente por un callejón. Asomé la cabeza por la esquina. No había nada salvo escombros y basura carbonizada. Me volví hacia mis amigos y les indiqué que estaba despejado.

Doblé la esquina y me encontré con el cañón de un arma apuntándome a la cara.

Unas figuras vestidas de negro aparecieron como destellos ante mis ojos, apuntando a mis amigos con armas, espadas relucientes y hechizos preparados.

Alcé las manos, aunque Trudie gruñía y Candace parecía a punto de derretirles la cabeza.

Los hombres armados vestían uniformes negros y llevaban gafas de visión que brillaban en verde y azul.

Alta tecnología. Agentes de Goldfield. Ya había utilizado antes parte de aquel equipo.

Permitía ver la energía de las líneas wey.

También tenían un desodorante que bloqueaba el olfato de los hombres lobo.

—¡Mirad lo que tenemos aquí! Un camarada traidor —dijo el líder, señalando el tatuaje de mi brazo.

—Los Impi los han dejado pasar. Fokken idiotas —añadió otro.

—Bueno, más prisioneros para nosotros. Entregad las armas. ¡Ahora! Y haced que esa meisie deje de mirarme como si quisiera reducirme a cenizas o follarme.

Candace parecía muy cerca de hacer lo primero.

—¿Es que no veis al puto Titán destruyendo esta ciudad? —protesté—. Si nosotros no acabamos con él, moriremos todos.

—Pondremos a dormir a ese cabrón cuando ganemos. Tú solo tienes que entregar ese fusil reluciente y empezar a recitar el estatuto de Goldfield. Aunque deberías sabértelo de memoria, Celador.

No podíamos permitir que nos capturasen. No solo porque sabía lo que los agentes de Goldfield hacían con los prisioneros sobre el terreno, sino porque Candace era la única persona viva que sabía cómo devolver a Adamastor a su tumba. Y, por encima de todo, necesitaba volver a ver a Kat.

Las posibilidades se agolparon en mi mente. Busqué puntos débiles. Evalué riesgos. Calculé ángulos de ataque. Podía arrebatarles un arma. Podía fingir que me rendía y atacarlos más tarde. Podía confiar en que los magos tuvieran un plan mejor que el mío.

Pero, pese a todas aquellas ideas improvisadas a toda prisa, no encontraba ninguna salida. Sentía el cuerpo pesado. Kat... Grietas, esperaba que estuviera bien.

La cabeza del agente al mando salió despedida de sus hombros y se estampó contra la pared.

Sus compañeros, desconcertados, se quedaron paralizados.

Luego se volvieron de un salto para enfrentarse a sus atacantes.

Candace aprovechó la distracción y lanzó una andanada de maldiciones que helaban la sangre contra dos de los agentes, derritiéndoles los órganos desde dentro.

Un aullido me llenó los oídos, pero no procedía solo de Trudie.

Los hombres lobo cayeron desde los tejados y se abalanzaron sobre los agentes. Una elfa de cabello rojo sangre se sumó a la refriega y redujo a sus enemigos a jirones. Luego se unió otra elfa. Y otra.

Cayó el último agente de Goldfield. Entonces comprendí que nos rodeaban al menos dos docenas de elfos, con cabellos que iban desde tonos más humanos, como el negro y el castaño, hasta el violeta, el rojo sangre y el verde.

—¡Sabía que estabais a salvo! —exclamó Trudie, entre sollozos y gritos de júbilo, mientras abrazaba a su manada en un enorme abrazo colectivo.

Los gemelos y Hyena soltaron suaves gemidos cuando los estrujó.

Reparé en que Ginger se mantenía apartada.

No había ni rastro de aquel hombre lobo alto y sombrío. Stalker.

Ari estaba junto a un elfo de larga melena plateada, con la mano apoyada sobre la cabeza de Senegal, que se encontraba en forma de lobo. El elfo de cabello plateado se quitó la máscara. Me sonaba vagamente. Había sido uno de los guerreros de Nueva Sintar.

—Nuestra reina se ha puesto en contacto con nosotros a través de las estrellas —anunció con voz ensoñadora—. Nos ha dicho que necesitáis acabar con un Titán.

***CINDY***

—Empecemos desde el principio —dije—. El archidemonio que nos salvó lo llamó hermano, así que tiene que pertenecer a una tradición abrahámica.

—Eso suponiendo que nuestro amistoso archidemonio del vecindario sea abrahámico. Podría estar adoptando forma humana para engañarnos —respondió Conrad mientras conducía por las calles de la ciudad, cubiertas de escombros.

A lo lejos, el Titán bramaba de furia. La ciudad ya había empezado a desmoronarse bajo su ira primitiva y caprichosa.

Poco después de marcharnos, tras requisar un vehículo y esquivar las patrullas de Impi tomando la carretera de la costa, vi a Kat volando en la distancia. Un ángel en llamas que se lanzaba hacia su ciudad.

El Titán. El demonio. Y El Mentor.