34. Chapter 34
***NECROSEÑOR***
No dejé intactos ni una sola morgue, ni un cementerio, ni una tumba sin nombre, ni un campo de batalla reciente.
Ya fuera por mí misma o a través de los muchos nigromantes que ahora estaban bajo mi control, resucité cuantos cadáveres pude encontrar en los suburbios.
Los resucité, los corrompí y después los envié contra el enemigo.
Vi destellos de lo que veían mis esbirros mientras recorrían con voracidad aquel laberinto de suburbios y salían a los campos de muerte que se extendían más allá de la ciudad.
Cuando los proyectiles de artillería, el fuego o los dientes de los Elegidos de Shaka cortaban mi conexión con ellos, mi visión saltaba a otros.
Una horda interminable. No estaban mutados ni mejorados como los aberrantes.
No había tiempo para eso. Aparte de los aberrantes y las abominaciones que habían estado preparando las necropandillas recién reconquistadas, el grueso de mis fuerzas era un simple ejército de muertos.
Cadáveres ambulantes arrojados a una picadora de carne.
Y, cada vez que caían, los resucitaba de nuevo.
Una y otra vez. Hasta que solo quedaban pulpa y huesos astillados.
Ahora todas las necropandillas estaban a mi servicio.
Más de las que había controlado incluso cuando era la Necroseñora.
Mientras enviaba mis ejércitos de zombis al frente para enfrentarse a los Impi y a los Elegidos de Shaka, despaché a mis leales gánsteres a otros territorios.
Me apoderé de ellos. Sometí a las bandas que no estaban bajo mi control.
No les di opción. Quienes se resistieron pasaron a engrosar mi horda.
No me reservé nada. Mis tenientes lo vieron. Y eso les infundió valor. Les dio algo en lo que creer. Algo que La Última Luz nunca había conseguido.
Aquellos hombres no admiraban la esperanza ni la salvación. Admiraban el miedo. El control. Querían seguir a un demonio.
Yo era ese demonio.
Avancé a grandes zancadas por las calles en guerra de mi reino, resucitando cadáveres desde lejos y dirigiendo las cábalas de nigromantes apostadas por todo aquel pozo negro de podredumbre.
Utilicé mis cuervos y palomas no muertos para espiar, aferrando sus otros ojos en el puño para mantener la conexión.
Utilicé la oreja cercenada de un traidor para hablar directamente a través de las bocas correspondientes que guardaban mis tenientes.
Dirigí la carnicería mientras recorría las caóticas calles.
Los Impi y las tropas de Goldfield irrumpieron a través del frente, sembrando el caos.
Los hombres lobo los recibieron con una ferocidad animal y los despedazaron miembro a miembro.
Sin darles ocasión de transmitir su maldición licántropa.
Orcos y soldados lucharon junto a ogros, policías y cazadores de monstruos.
La milicia se sumó a la refriega. Y, junto a ellos, mis matones y mis zombis.
Era una amalgama caótica de monstruos y hombres. Un tira y afloja sobre una tierra sin direcciones ni orden discernibles, salvo por la montaña que siempre se alzaba al oeste. El objetivo de todos. El símbolo de Hope City.
Y, bajo la superficie del conflicto, percibía los susurros en el viento.
Los nigromantes recitaban conjuros en su oscura lengua para atraer a los no muertos a su bando.
Por toda la ciudad, los magos oscuros intentaban arrebatarse mutuamente el control de sus ejércitos.
Los zombis cambiaban de bando, atacaban a sus camaradas y después volvían a cambiar.
Muchos de mis nigromantes ya habían sufrido un choque de conjuro al intentar seguir el ritmo de la lucha por las mentes de nuestros no muertos.
Resucité a esos nigromantes y los incorporé a mi ejército.
Aquella batalla de palabras susurradas continuó mientras la guerra sangrienta y abrasadora bramaba a nuestro alrededor.
Yo no añadí mi propio susurro. Todavía no.
Hasta que llegué a una plaza vacía.
Hasta los escombros habían sido retirados del lugar donde antaño se había alzado mi fortaleza. El lugar desde el que había dominado mi reino. Donde la Necroseñora había sido intocable.
Aún sentía la oscuridad en el aire. El poder en estado puro. Las voces imaginarias de mis padres, que me instaban a seguir adelante y conquistar. Por ellos. Para traerlos de vuelta.
Ya no me importaban.
Me concentré en los susurros. En aquellos nigromantes necios que creían poder competir conmigo. No sabían lo que significaba la no muerte.
Los habían adiestrado otros hombres igual de necios. Fabricantes profesionales de muerte. Políticos con electores no muertos.
No eran yo.
A mí no me adiestraron para ser nigromante. Me moldearon. Me quebraron y me recompusieron. Me crearon para dominar los arcanos oscuros y cubrir el mundo con una oscuridad impenetrable.
Yo era la Diosa de la Muerte.
No había competición posible.
Me planté en el lugar donde había muerto mi sueño y respondí con un susurro.
Y sentí responder a cien mil mentes.
Todos los Elegidos de Shaka respondieron a mi susurro. Y se volvieron contra sus creadores. Oí sus gritos guturales de no muertos tanto en mi mente como con mis propios oídos. Y vi el miedo en los rostros de aquellos a quienes devoraban.
Dejé de susurrar. Ya no hacía falta. Los nigromantes de los Impi estaban siendo devorados por sus propios esbirros. No quedó nada que pudiera ser convertido o resucitado. Carne de cañón para mis fuerzas. Nada más.
Abandoné el campo abierto donde antaño se había alzado mi fortaleza mientras sentía cómo la podredumbre crecía en mi interior. La oscuridad me nubló la mente y sentí una pesadez abrumadora.
Solo tenía que aguantar un poco más. Apenas un poquito más.
Este era el final. Solo un poco más…