El Titán Despierta (Serie Kat Drummond 18) 33. Chapter 33
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33. Chapter 33

***PRANISH***

De algún modo, sentí el aullido de angustia de Trudie y deseé por encima de todo poder estar a su lado.

Pero ella no habría querido eso. Me necesitaba aquí.

Así que permanecí en primera línea de Hope City, contemplando un terreno antes cubierto de verdes praderas y bosques y convertido ahora en un arenal sembrado de carnicería.

Tenía la boca y la garganta secas porque no dejaba de lanzar conjuros, disputándome con magos enemigos y aliados hasta la última gota de las líneas wey.

Los hechiceros Impi se ocultaban en el campo de batalla, lanzando bolas de fuego y descargas eléctricas. Muchos más dirigían a su vasto ejército de muertos vivientes mientras este se abalanzaba sobre los orcos y los humanos que defendían la primera línea.

Cuando podía distraer un instante la atención, lanzaba mis propias bolas de fuego contra las hordas de muertos vivientes o disparaba una descarga de energía arcana pura contra algún pelotón de Impi que intentaba flanquear a los defensores.

Pero eso solo ocurría cuando podía permitirme el tiempo o la concentración.

El resto del tiempo lo dedicaba a desentrañar el código arcano de decenas de magos enemigos mientras intentaban desatar sobre mis aliados una magia de proporciones apocalípticas.

Tenía que recitar conjuros más deprisa de lo que creía posible, compaginando el descifrado y los contraconjuros con rápidas ráfagas de escudos para salvar el pellejo de los bombardeos, los francotiradores y la magia enemiga.

Antes había tenido a mi lado algunos magos de escudos.

Ya no estaban. Los francotiradores y el choque de conjuro habían acabado con ellos.

Eso me dejaba solo en aquellas ruinas que se desmoronaban.

Solo, protegiendo a todo un ejército de la aniquilación.

Ya notaba cómo mis ojos se volvían plateados. Consumido por el flujo.

Me pregunté qué diría Drez Condor al respecto.

Esperaba que a Trudie no le molestara el plateado de mis ojos. A los hombres lobo no les gustaba la plata.

Mientras observaba los círculos de conjuro que surgían por todo el campo de batalla, los descifraba y lanzaba mis contraconjuros para arrebatarles la energía de las líneas wey a los magos enemigos, no perdía de vista el combate.

Unos búnkeres móviles reforzados albergaban a rabinos magos que utilizaban su shem sagrado para crear golems en primera línea.

En el pasado, aquello habría sido un ritual sagrado, lento y arduo.

Ahora no podían permitírselo. Junto a unos cuantos golems enormes construidos con granito y arcilla avanzaba una horda de golems de tamaño humano hechos de chatarra y hormigón.

Cargaban a través del campo de batalla casi como si fueran una sola entidad, forcejeando con los zombis y arrollando los nidos de ametralladoras Impi, mientras sus hermanos mayores levantaban tanques y los arrojaban de un extremo a otro del campo de batalla.

Una visión aún más sorprendente se unió a aquellas bestias míticas. Diablos alados de toda clase descendieron de los cielos oscurecidos y se abatieron sobre los Impi con una ferocidad sanguinaria. Reconocí a algunos. Eran los prisioneros demoníacos de Heiligslicht.

Cindy lo había hecho. No sabía si sentir miedo o admiración.

Los demonios se abalanzaron sobre uno de los aquelarres ocultos de magos y los despedazaron miembro a miembro. Su círculo de conjuro se disipó. Dejé que mi contraconjuro se extinguiera, dando a mis labios agrietados y a mi garganta seca la oportunidad de recuperarse.

Cogí la cantimplora que un soldado de la CDF me había dado cuando tomamos aquel edificio. Había desaparecido entre las ruinas devastadas que protegían la primera línea. No estaba seguro de que alguna vez tuviera ocasión de devolvérsela.

Levanté la cantimplora para beber un trago de agua justo cuando un disparo me la arrancó de la mano y me salpicó toda la cara.

Me agaché al percibir movimiento a mi espalda. No me arriesgué a recitar ningún conjuro. Busqué mi chispa y recurrí a la ventisca y la escarcha.

Liberé una descarga de chispa gélida que encerró en hielo a un asesino de Goldfield vestido de negro. Su compañero liberó el pie del hielo y abrió fuego contra mí. Rodé hacia un lado y levanté un muro de hielo que se astilló y desmoronó bajo los proyectiles de gran calibre.

Después llegó el fuego. Una descarga de un Piromante.

El fuego vencía al hielo. Pero yo disponía de mucho más que mi chispa.

Recité un conjuro rápido y levanté el charco de agua que se había formado al derretirse mi muro de hielo. El agua adoptó la forma de una esfera palpitante. La lancé contra los asesinos, empapándolos. El fuego del Piromante chisporroteó.

A continuación recurrí a la doctrina del táser y amplifiqué la extracción de flujo hasta alcanzar el nivel del Martillo de Zeus.

Un rayo surgió de las puntas de mis dedos y alcanzó la humedad que envolvía a los asesinos.

El agua condujo la electricidad y sacudió sus cuerpos como palomitas en el cine.

Cuando se desplomaron, percibí una nueva trama mágica en el aire. Justo cuando una horda de Elegidos de Shaka atravesaba una barricada y arrollaba a los defensores.

—¡Joder, joder, joder! —maldije, volviéndome de nuevo hacia el campo de batalla.

Escudriñé el terreno en busca del círculo de hechizo y empecé a descifrarlo.

Los muertos vivientes arrollaban las posiciones de la CDF y los orcos, acercándose cada vez más a mi puesto de observación. Pero no podía parar. Si los magos Impi se salían con la suya, toda aquella manzana quedaría reducida a escombros humeantes. Tenía que impedirlo.

El último orco cayó, rodeado por decenas de zombis y otros dos docenas de zombis muertos de verdad, y los Elegidos de Shaka se lanzaron calle abajo.

En ese mismo instante, más zombis salieron en tromba de los bloques de viviendas y las chabolas.

Una horda que duplicaba en tamaño a aquel contingente de Elegidos de Shaka.

Los zombis Impi parecieron vacilar y después cargaron al encuentro de sus rivales no muertos.

Supuse que las necropandillas habían elegido por fin su bando. Y conseguí descifrar parte de la trama mágica suspendida en el aire que revelaba qué los había impulsado a tomar aquella decisión.

Los muertos vivientes guerreaban abajo mientras yo trabajaba sin descanso para mantener a raya a los magos enemigos.

Acababa de descifrar y contrarrestar un intento de invocar un muro de llamas conscientes cuando oí una detonación y un golpe sordo. Justo detrás de mí.

Me volví, dejando que la sorpresa se impusiera a mi necesidad de mantener la atención en el campo de batalla.

Brett se erguía sobre los cadáveres de los asesinos de antes. Del cañón de su rifle de palanca salía humo. A mi espalda yacía muerto un asesino con una daga. A pocos centímetros de asestar el golpe.

—¡Brett! —exclamé.

—Hola, Prani. ¿Necesitas que alguien te cubra las espaldas?

Solté un suspiro de alivio. —¡Siempre! Gracias.

Brett se reunió conmigo al borde de las ruinas y examinó el campo de batalla mientras yo me preparaba para volver al trabajo. Una ráfaga de viento nos obligó a retroceder.

Un helicóptero permanecía suspendido junto al borde de las ruinas, encarándose con nosotros como un tigre que observa a su presa. La lanza y el escudo de los Impi destacaban con claridad en el frontal mientras nos apuntaba con su arma.

Recité tan deprisa como pude para levantar un escudo, justo cuando un rayo de luz abrasadora e intensa atravesó el helicóptero y lo incineró.

Miré a Brett, cuyo rifle de palanca brillaba con un resplandor azul arcano. Me di cuenta de que tenía la boca abierta.

Brett sonrió.

—Tú sigue lanzando conjuros. Yo nos mantendré a salvo.

Supe sin la menor sombra de duda que estaba en buenas manos.