32. Chapter 32
***PHILLIP***
Durante mi encarcelamiento aprendí mucho sobre Goldfield. Mucho más de lo que ellos aprendieron de mí. Descubrí qué los convertía en garrapatas. Cómo pensaban. Y hasta dónde estaban dispuestos a llegar para asegurarse el dominio de este subcontinente infernal.
No pude evitar negar con la cabeza al descubrir que de verdad creían que podrían arrebatarle el control de Hope City a El Imperio después de ayudarlos a conquistarla. Como si los Impi fueran a compartir algo con ellos.
Eran peones en aquella partida. Necios arrogantes que se consideraban expertos en espionaje y maestros de la manipulación. Por desgracia, hasta un peón podía poner a alguien en jaque si se daban las circunstancias adecuadas.
Pero no me hacía ilusiones: Goldfield no eran los maestros del espionaje que se creían. Estaban detrás de la devastación de la Línea de los Tres Puntos. Habían puesto en marcha los acontecimientos que destruyeron el baluarte que mantenía a salvo mi país.
Pero no lo hicieron solos.
Un ciudadano de Hope City había sido el responsable. Alguien de las altas esferas. Alguien con acceso a los códigos de protección de la CDF, autoridad para franquear los puestos de guardia y la voluntad de matar a innumerables soldados que solo querían mantener a salvo a sus familias.
Y sabía exactamente quién era el responsable.
El mundo ardía como telón de fondo de mi cruzada.
Los sonidos de la guerra eran un zumbido lejano mientras la artillería castigaba mi ciudad y la guerra mágica hacía estragos en los cielos.
Los gruesos muros de aquel bloque de apartamentos amortiguaban los sonidos de la carnicería.
Solo el leve temblor de alguna explosión que sacudía el edificio revelaba lo cerca que estábamos en realidad de la aniquilación.
Subí el último tramo de escaleras con las manos en los bolsillos de mi americana oscura.
Los pantalones estaban cubiertos de polvo gris y ceniza.
Era inevitable. A ver quién conseguía mantener algo limpio en plena zona de guerra.
Aunque los combates aún no habían llegado propiamente a los Suburbios del Sur, sus efectos colaterales sí.
La ceniza, el esmog y el polvo cubrían toda la ladera de Table Mountain.
Solo podía confiar en que unas lluvias torrenciales se lo llevaran todo.
Avancé por un pasillo oscuro. El edificio entero estaba en silencio. Cualquiera con dos dedos de frente había huido hacia el sur o había intentado romper el bloqueo y escapar hacia el norte, a las Tierras Baldías.
Tal vez eso significaba que yo no tenía dos dedos de frente. Que era un necio. Y quizá todo aquello fuera cierto.
No sabía si Hope City sobreviviría a aquella guerra.
Pero al menos podía vengarla.
Llegué a la puerta de un apartamento. El 96.
Muy apropiado. Me pregunté si habrían elegido aquel número a propósito. 1996 fue el año en que nació Hope City. Cuando proclamó su independencia y emprendió su camino sin cargar con el lastre del pasado. Cuando trató de crear un futuro nuevo en vez de obsesionarse con el antiguo.
Me hervía la sangre ante la posibilidad de que hubieran elegido aquel número a propósito. De que escupieran así sobre la historia de mi país.
Pero quizá fuera cosa de la providencia. Los hados favoreciendo mis propósitos.
No le di más vueltas.
Saqué la pistola de la funda y abrí la puerta de una patada.
Cinco hombres sobresaltados se volvieron hacia mí. Disparé. Dos tiros abatieron a un hombre cuando intentaba alcanzar la pistolera de su hombro. Otro alcanzó en la cabeza a un hombre que trataba de coger un AK-47 de la mesa de la cocina.
Otro consiguió disparar y levantó una lluvia de astillas cuando la bala impactó contra el marco de la puerta. Le metí dos en el pecho.
Quedaban los otros dos. Estaban desarmados.
Un mierdecilla pálido con jersey azul y gafas de contable.
Y un hombre mayor con una mata de cabello rubio, canoso y revuelto.
Tenía bolsas bajo aquellos impresionantes ojos plateados.
Consumido por el flujo, lo llamaban los magos.
Ocurría cuando un hechicero canalizaba mucha más magia de la que su enfermiza cabecita podía soportar.
Llevaba una túnica azul oscuro, aunque le habían revocado el título. Un archimago.
—¡¿A qué esperas, Condor?! —gritó el contable—. ¡Mátalo!
El archimago gesticuló como un poseso, trazando un círculo con los dedos mientras abría la boca para electrocutarme con un rayo o derretirme las entrañas con fuego infernal.
En vez de eso, se dobló por la cintura y vomitó el desayuno y el almuerzo antes de empezar a dar arcadas en seco. Sollozó, suplicando clemencia.
Sonreí con el arma apuntando al contable.
—Es curioso —dije, haciendo una pausa entre los sollozos del archimago—.
Goldfield se enorgullece de contar con lo mejor de lo mejor.
Los mejores magos. Los mejores espías. Los mejores insurgentes.
Y, sin embargo, yo he sido una cáscara toda la vida.
Ni una pizca de talento mágico. Ni una chispa; ni siquiera he pronunciado una sola palabra de conjuro.
Me erguí sobre el archimago, que seguía dando arcadas.
—Eso no me impidió convertirme en el mejor espía del hemisferio sur.
—¿C... cómo? —preguntó el contable.
—Deberías saberlo, agente Beukes. Contrainsurgencia de primero. Los dos asistimos a esa clase. ¿Qué es lo único que iguala las condiciones entre nosotros, las cáscaras, y nuestros hermanos magos?
—De... —El archimago tosió—. Demanzite.
Chasqueé los dedos.
—¡Bingo! Y lo estupendo de la demanzite en polvo es que pesa poco. Ocupa poco. ¿Sabías que puede molerse hasta dejarla tan fina que es posible introducirla en un sistema de aire acondicionado?
—Hijo... de puta... —maldijo el archimago antes de volver a sufrir otra arcada.
Me acuclillé junto al archimago y le levanté la cabeza tirándole del pelo para poder mirarlo a los ojos.
—Drez Condor —dije—. La leyenda viviente.
Mi sonrisa desapareció.
—Ahuja debería haberte enterrado allí mismo.
—No habría... servido de nada —logró responder Drez Condor—. El guion ya estaba escrito.
Asentí despacio.
—Tienes razón. Toda tu existencia fue un error. Hace siglos que le dije al Consejo que te desmantelara. Que no permitiera que el precepto-Armagedón viera la luz del día.
—Tú... tienes... miedo... Patético.
—Tenía miedo —admití—. Miedo de que mataras a incontables personas. A mi gente. Y eso es lo que hiciste. Porque la gente como tú no tiene lealtad. Ni escrúpulos.
No pude evitar reírme.
—En realidad, me alegro de que Ahuja no terminara el trabajo. Así ese placer es mío.
Le eché la cabeza hacia atrás tirándole de la mata de pelo canoso, le metí la pistola en la boca y disparé.
El contable soltó un grito ahogado y cayó hacia atrás con la silla mientras la sangre salpicaba el suelo.
Me erguí sobre él mientras intentaba alejarse de mí a rastras, tratando de alcanzar una pistola que había dejado caer uno de sus guardias. Le pisé la mano. Hizo una mueca de dolor.
—Agente Beukes... —Casi escupí las palabras—. Entiendo que Drez Condor se vendiera al mejor postor. Pero de ti... esperaba algo mejor.
Cargué más peso sobre su mano y oí un crujido. Gritó.
—¿Cuánto te pagó Goldfield? —pregunté.
—¡Goldfield no me pagó!
Levanté el pie y lo descargué con fuerza, rompiéndole varios dedos. Gritó entre sollozos.
—Drez Condor prácticamente lo ha confesado. Esos son agentes de Goldfield. Los reconozco de cuando me torturaron con agua mediante hidromancia en GoldMax. ¡No me mientas!
—No... no te estoy... —sollozó el agente Beukes—. Te digo la verdad. Goldfield no me pagó.
—¿Así que lo hiciste gratis?
Metí una bala en la recámara para impresionarlo y le apunté a la cabeza. Forcejeó. Se meó encima.
—¡No fueron ellos! Lo juro. Trabajaban con Condor. Yo tenía otro cliente. Me pagó para que le diera los códigos de protección. Para... para abrir la puerta trasera.
Arqueé una ceja. De pronto, aquello se había vuelto mucho más interesante.
—Quería que dejara entrar a Drez Condor y a otros magos por la retaguardia de la Línea de los Tres Puntos. El nuevo Emperador Impi quería presentar batalla por última vez. Por lo visto, no estaba al tanto. Creía que podía cruzarla por la fuerza.
Como de costumbre.
—¿Y qué hicieron?
—Algún tipo de ritual. Hicieron que el cielo escupiera fuego. Había magos con escudos codificados para resistir la explosión del conjuro. Así que sobrevivimos. Pero todos los demás...
Intentó mirarme de reojo.
—Tienes que creerme, Phil. No pretendía que ocurriera esto. No sabía que planeaban matar a tanta gente.
—¿Quién dio la orden? ¿Quién te pagó? —pregunté entre dientes.
—No me dio su nombre de pila. Era un mago. Podía olerlo en él. Me pagó en oro y plata. Tienes que entenderlo... El divorcio me dejó...
—¡¿Cómo se hacía llamar?! —pregunté de nuevo mientras volvía a ejercer presión sobre su mano.
—¡Senor White! —chilló—. Se hacía llamar Senor White.
El mundo enmudeció. Todas las piezas empezaban a encajar. No pude evitar negar con la cabeza. Casi de incredulidad.
—No solo eres un traidor —dije casi en un susurro—. Eres un puto idiota.
Disparé. Una y otra vez. Hasta vaciar el cargador y redecorar los azulejos con los sesos del agente Beukes.
Sentía el cuerpo pesado. Quizá porque ya había hecho cuanto estaba en mi mano. Fui dando tumbos hasta la silla volcada del agente Beukes, la enderecé y me senté frente a la ventana.
Un cabo suelto menos.
El fuego teñía el horizonte. Un resplandor anaranjado bajo un cielo ennegrecido. Y, a lo lejos, un ángel en llamas ofrecía la salvación.
Ahora todo dependía de ella.