El Titán Despierta (Serie Kat Drummond 18) 30. Chapter 30
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30. Chapter 30

***GUY***

Dejé atrás a Victoria y a los vampiros Sanguineas con una premura que habría avergonzado hasta al vampiro más veloz.

Cuando llegué a las puertas del Complejo Heiligslicht, un guardia empapado en sudor y al borde del desfallecimiento me dijo que Cindy había ido al frente para montar un hospital de campaña.

Me dio una dirección antes de que un sanitario se lo llevara.

No un purificador. Cualquier mago con chispa sanadora estaría ahora junto a la camilla, insuflando a tantos pacientes como fuera posible la vitalidad suficiente para resucitar a un caballo. Solo esperaba que bastara.

Sabía que aquel día moriría mucha gente. Y mucha más después. No solo soldados. Civiles. Cazadores. Policías. Inocentes. Niños…

La guerra había devastado mi aldea. La había consumido el fuego. Y, tras ella, mi pueblo había acabado esclavizado.

No permitiría que le ocurriera lo mismo a Hope City. Tal vez no había conseguido mantener unidos a Los Cruzados. Pero no volvería a fracasar. Tenía que proteger al amor de mi vida.

Como un demonio de la velocidad, me interné en el caos de los suburbios.

La batalla aún no había llegado tan lejos, pero saqueadores, alborotadores y refugiados en plena huida libraban su propia guerra en las calles.

Esquivé coches en llamas, turbas que linchaban a supuestos colaboradores y saqueadores que lanzaban bombas caseras contra los escaparates.

Por fin vi el hospital de campaña de Cindy. Era una escuela sobre la que ondeaba una bandera con una cruz roja. Dos fusileros con uniformes de la CDF me detuvieron a las puertas.

—Soy Guy Giles-Mgebe. El marido de la Chapter-Meister.

Vi que me reconocían. Me dejaron pasar.

Médicos, purificadores y sanadores corrían de un lado para otro. Los pasillos estaban llenos de gritos que reclamaban más material médico, jerga de facultativos y voces que advertían de que las lineas wey se estaban oscureciendo, junto con los gemidos y sollozos de los pacientes moribundos.

Me aparté para dejar pasar una camilla que transportaba a un soldado llorando, cuya pierna se reducía a un muñón ensangrentado. Los heridos que aún podían caminar se desplomaban contra las paredes y ocupaban el suelo y cualquier banco o almohada que encontraran.

A Cindy no le faltaba trabajo.

Distinguí un rostro conocido al otro lado del pasillo.

Conrad me saludó con un gesto. Le dijo algo a una enfermera y se acercó.

Tenía las manos y el traje cubiertos de sangre.

No había elegido un buen día para volver a su atuendo habitual.

Al parecer, no solo era agente cazador de monstruos, vendedor de mercancía, exángel, cazador de demonios y oficiante de bodas. También tenía formación médica.

—¿Buscas a Cins? —preguntó con expresión seria.

—¿Qué ha pasado? —solté mientras el corazón se me aceleraba de repente.

—Tranquilo, hijo. Está bien. Solo agotada de tanto trabajar.

Me indicó que lo siguiera.

—Están llegando más heridos de los que caben en el suelo —continuó Conrad—. Los magos sanadores son cada vez menos eficaces a medida que se oscurecen las lineas wey.

—¿Y los rituales de purificación?

Conrad negó con la cabeza.

—No tenemos personal para intentarlo.

Suspiró.

—Solo nos quedan los purificadores a los que aún les sobra chispa y la medicina de toda la vida.

—Los Impi están acostumbrados a estas condiciones —añadí—. En el este no hay tantas lineas wey.

Conrad asintió con gesto sombrío.

—Así que ese es su plan. Obligarnos a combatir en un terreno al que ellos están acostumbrados.

Abrió la puerta de un aula de matemáticas y me dejó pasar antes de regresar con un paciente.

Oí la voz de mi esposa impartiendo órdenes sin vacilación ni titubeos.

Estaba junto a una mesa de operaciones, canalizando chispa con una mano mientras mantenía abierta la caja torácica de un hombre con la otra.

Los cirujanos y las enfermeras le pasaban instrumentos al tiempo que se ocupaban de las demás heridas del hombre.

Hacía ya mucho que este había perdido el conocimiento por la conmoción.

Los pupitres y demás material del aula habían sido arrinconados.

Esperé, observando a mi esposa trabajar con una serenidad que muchos habrían juzgado fría, pero que yo sabía que no era más que concentración, firmeza y seguridad.

Por fin cesaron sus órdenes. Los cirujanos y las enfermeras se apartaron. El herido permanecía inmóvil.

—Hora de la muerte: 14:32 —anotó una enfermera mientras otra le cubría el rostro con una lona y se lo llevaba.

Cindy se volvió hacia mí, con el rostro duro e inexpresivo.

—Cins —susurré mientras abrazaba a mi esposa.

La sostuve durante un rato, permitiéndonos a ambos ignorar el caos y la muerte que nos rodeaban.

—He perdido la cuenta, Guy —dijo Cindy—. He perdido la cuenta de los muertos.

—Has ayudado a todos los que has podido.

—No es suficiente. Ni de lejos.

No había forma de convencerla de lo contrario.

—¿Qué puedo hacer?

Negó con la cabeza y vi que le temblaba el labio. Era firme. Impenetrable. Un faro de determinación para todos cuantos la rodeaban. Pero conmigo podía mostrarse vulnerable.

—Nada. Lo siento. Las lineas wey están demasiado oscuras para sanar mediante hechicería. Sin ella, solo nos queda nuestra chispa. Y tú no eres sanador… Lo siento.

—No lo sientas. Lo sé.

Yo era cazador. No sanador. No había forma de negar aquel hecho.

—Podrías ir a buscar a Los Cruzados. Unirte a la lucha. No quiero que sientas que no estás… —empezó.

Le llevé una mano a la mejilla y la acaricié.

—Mi sitio está a tu lado, mi amor.

Mantuvo mi mano contra su mejilla apenas un instante. Entonces una explosión sacudió el edificio.

—¡Impi!

Al grito lo siguieron el estampido seco de un disparo de fusil y los alaridos de varios hombres.

Solté a mi esposa. Ella asintió y se volvió hacia el siguiente paciente. Aunque nos estuvieran atacando, no podía dejar de intentar salvar a todos los pacientes. Así era ella.

Pero yo sí podía hacer algo. Aquel era mi terreno.

Miré a mi esposa por última vez y salí corriendo a los pasillos del hospital.

—¡Por allí! —gritó una enfermera, señalando hacia el fondo del pasillo.

Los guardias ya estaban enzarzados en un tiroteo con tropas vestidas de caqui en el aparcamiento.

Un vehículo blindado Buffel se había detenido justo delante de la entrada de la escuela convertida en hospital de campaña.

Varios soldados de infantería disparaban desde los paneles abiertos del lateral del vehículo, mientras otros se protegían tras sus ruedas y hacían disparos esporádicos contra los guardias.

Un guardia cayó cuando llegué junto a él. Cogí su fusil y empecé a disparar.

—¿Ha caído el frente? —preguntó un guardia de la CDF.

—Resiste —respondió otro. Llevaba una radio a la espalda—. Esos cabrones han debido de colarse.

Y habían atacado un hospital instalado en una escuela. ¡Cabrones! Pero ese era el modus operandi de los Impi. Ningún objetivo estaba fuera de los límites.

Las balas azotaban el ladrillo y el hormigón de la entrada.

Me asomé, disparé y alcancé a un Impi en el pecho.

Su camarada lo arrastró a cubierto justo cuando otro vehículo blindado atravesaba una valla metálica y chocaba contra un coche aparcado, del que salió una nueva oleada de Impi.

Mientras tanto, los paracaidistas seguían cayendo del cielo.

—Cualquiera diría que no tienen asuntos más importantes de los que ocuparse —dijo el operador de radio mientras rociaba con su subfusil el costado del Buffel antes de recargar.

—Van a por la Chapter-Meister. Tiene que ser eso.

Me hirvió la sangre. Iban a por la Chapter-Meister. Querían eliminar a la principal sanadora de la ciudad. Dejar morir a enfermos y heridos.

Y, sobre todo, querían matar a mi esposa.

Comprobé la recámara del fusil, salí de la cobertura de un salto y corrí hasta un contenedor de acero volcado que había poco antes del vehículo blindado. Disparé dos veces a un Impi y lo abatí. Otro intentó flanquearme. Los soldados que tenía a la espalda acabaron con él.

Desde mi nueva posición, abrí fuego contra los Impi y abatí a varios más. Los recién llegados no tenían tiempo de orientarse al salir del Buffel antes de que yo abriera fuego contra ellos.

Los demás guardias me siguieron.

—¡Tienes un buen par, Mgebe! —comentó el operador de radio.

—Giles-Mgebe —lo corregí.

Asintió, aceptando la corrección, y soltó una ráfaga contra varios Impi que cargaban hacia la muerte con sus bayonetas azagaya.

—Drogados y bajo encantamientos —dijo el otro guardia—. Me dan lástima.

—A mí no —respondí, y le abrí un agujero en el pecho a otro de los que cargaban—. Podrían haber desertado.

No sentía ninguna compasión por los Impi. Siempre había elección. Incluso con el reclutamiento forzoso. Themba había desertado. Había elegido luchar contra sus opresores. No a su favor.

Esperaba que estuviera bien. No había sabido nada de él desde que había comenzado la batalla.

Los disparos resonaron al otro lado del edificio de la escuela.

—¿Tenéis hombres apostados allí? —pregunté.

—¡Solo uno! —respondió el operador de radio, palideciendo.

—¡Retirada! —ordené.

Los soldados de la CDF retrocedieron hasta el vestíbulo de entrada. Me agaché junto a un Impi caído y metí la mano en el bolsillo de su chaleco. Sabía dónde llevaban cada cosa. Me había criado en El Imperio. Conocía sus costumbres.

Saqué un objeto esférico. No era una granada, exactamente. Estaba cubierto de inscripciones rúnicas. Y de un símbolo muy descriptivo: una llama.

Pronuncié la contraseña. La había memorizado cuando luché en la rebelión de Transkei. La esfera resplandeció; me incorporé y la lancé hacia el Buffel rodeado de Impi.

Se arrojaron a un lado, pero ya era demasiado tarde. Una bola de fuego estalló a su alrededor y engulló el vehículo blindado y a quienes se encontraban demasiado cerca de la explosión.

Entré corriendo en la escuela.

—¿Por dónde?

El operador de radio señaló hacia el fondo del pasillo.

Seguí sus indicaciones y el fragor del combate. Al llegar, vi a los Impi luchando en los pasillos y avanzando mientras un policía solitario mantenía la posición.

Se volvió para mirarme, con el alivio reflejado en todo el rostro. Justo antes de caer con el cráneo abierto como un melón.

Abrí fuego y abatí uno por uno a los Impi del pasillo hasta que el fusil chasqueó. Lo dejé caer y saqué mis dos pistolas ametralladoras. Volví a abrir fuego. En modo automático. Los Impi cayeron amontonados, y su sangre pintó las paredes y la puerta batiente.

Pero seguían llegando.

Me quedé sin munición. Me agaché tras el pupitre volcado que el policía había usado como cobertura. Las balas lo perforaron. Sentí un impacto contra mi coraza encantada. ¡Aquello iba a dejarme un buen moratón!

Recargué y abrí fuego al incorporarme. Mis balas repiquetearon sin causarle daño contra un Impi cubierto con una armadura de acero. Abrí los ojos de par en par al ver que no se movía. Cada impacto provocaba una vibración luminosa en su armadura. ¡Un encantamiento!

Abrió fuego con su ametralladora y barrió la estancia.

Me tiré al suelo mientras las balas pasaban por encima de mi cabeza.

El estruendo de los disparos no cesaba mientras las balas barrían el pasillo. Cada vez estaban más cerca de mí.

Visualicé a Cindy. No podía fallarle. Ni ahora ni nunca.

Tenía que ganar.

Salí rodando de la cobertura, con las pistolas apuntando al agresor. Solo disponía de una fracción de segundo para encontrar una grieta en su armadura.

El Impi acorazado se quedó inmóvil. Dejó de disparar. Una mano apareció a su espalda y le quitó el casco, dejando al descubierto su garganta seccionada y la sangre que le manaba de la boca.

Se desplomó hacia delante con un estrépito metálico.

Themba estaba detrás de él, con un cuchillo ensangrentado en las manos. Sonriendo.

—¡Perdona el retraso, primo! Tenía que llamar a unos viejos amigos.

Se hizo a un lado y dejó entrar a un hombre. No pude evitar devolverle la sonrisa a mi primo.

—¡Bongani!

Uno de los pocos Cazadores de Sangre que aún sobrevivían me agarró de la mano y me ayudó a levantarme antes de saludarme con un abrazo.

—Los Izingane Zegazi, o lo que queda de ellos, están todos aquí, hermano. Ya puestos, terminemos el trabajo.

Suspiré aliviado.

—Me alegro de que estéis aquí. Los dos.

—¿Cómo que los dos? ¿Es que nosotros somos parte del decorado? —terció una voz cantarina.

Detrás de Bongani había un enjambre de pixies dorados y resplandecientes. Duer iba a la cabeza.

—Vosotros, los mortales, estaríais nadando en vuestra propia mierda mágica si no fuera por nosotros.

—¡Duer! —exclamé—. ¿Has venido a limpiar las lineas wey?

Asintió y alargó la mano para coger la de Brivvy.

—Todos hemos venido.

—Duer y yo hemos convencido a la gente menuda para que limpie las lineas wey de los suburbios —explicó Brivvy.

La sonrisa de Themba se ensanchó mientras me hacía señas para que saliera.

Los disparos de las inmediaciones habían cesado. Y, de algún modo, el aire parecía más ligero. Más limpio. Ya no olía a goma quemada.

Pero no fue eso lo que me dejó maravillado, sino los incontables seres dorados, verdes, azules y de todos los colores del arcoíris que volaban sobre nuestras cabezas, limpiando de sus pecados aquel mundo cubierto de ceniza.

—¡Vamos, mis kinth! —ordenó Duer—. ¡Tenemos un montón de trabajo que hacer!