29. La batalla por los suburbios
La batalla por los suburbios
***EL KAN GRIS***
A veces me preguntaba qué pensaría mi padre de mí ahora.
Estaba de espaldas a la ciudad que él había intentado conquistar y arrasar en otro tiempo.
Sostenía su martillo de guerra entre las manos, pero no lo apuntaba hacia la Ciudad de la Esperanza.
Lo mantenía firme mientras contemplaba cómo el polvo y las cenizas se alzaban por el este y el Imperio del Cielo se abalanzaba sobre nosotros.
Mi horda y yo éramos el último escudo entre el enemigo de mi padre y sus invasores.
El Kan Negro había sido un padre severo. No mentiría diciendo que lo amaba. Pero lo respetaba. Y respetaba el título que había conservado desde que su padre murió al ser transportado a este mundo, lejos del nuestro.
Yo era el tercer kan que dirigía a mi horda en aquel mundo lejano, tan distante de las estepas sagradas donde mi pueblo había vivido, luchado y muerto antaño.
Había resistido la erosión de nuestras tradiciones, el azote de la pobreza y el hambre, y las cambiantes corrientes de aquel mundo y de mi pueblo.
Y solo entonces me enfrentaba a mi mayor prueba.
Me encontraba al borde de una gran autopista.
Una de las principales arterias que conducían al corazón de Hope City.
A mi lado estaba Urgur, mi chamán de confianza.
Había sido el chamán de mi padre. Y también el de su padre.
Ya era viejo antes de que una grieta lo arrastrara hasta aquel mundo, y ahora lo era aún más.
Su cuerpo encorvado, más bajo y delgado que el de cualquier otro ogro, se había vuelto tan retorcido por la edad y la sabiduría como su bastón, una vara tallada en madera de un roble de la estepa de nuestra tierra natal.
El único de su especie que había llegado a la Tierra.
Había poder en Urgur. No la fuerza bruta que tan a menudo se atribuía a mi pueblo. Ni tampoco un poder arcano más sutil que se revelase en combate. La fuerza de Urgur residía en su edad. En aquella sabiduría sin límites que unía a La Horda actual con nuestros ancestros.
Era el puente entre dos mundos. El único ogro de La Horda que aún había conocido la antigua patria.
Y había insistido en permanecer a mi lado mientras nos enfrentábamos a un ejército de acero y fuego.
Estelas anaranjadas surcaban el cielo y caían sobre la ciudad con efectos devastadores. Yo ya me había vuelto sordo a los gritos.
La Última Luz había ordenado a mi horda que protegiera las entradas a su ciudad. No nos había llevado por mal camino. Todavía.
—¡Kan! ¡Se acerca el enemigo! —gritó un ogro mientras me entregaba su catalejo.
Cogí el instrumento y observé la carretera distante que conducía hasta nuestra formación.
Una nube de polvo cubría buena parte de la carretera.
A sus pies avanzaba un convoy de tanques y vehículos blindados de color caqui, cubiertos de arena.
Lucían la lanza y el escudo de los Impi, además de diversos dibujos y motivos desgastados por la arena que vibraban de poder.
Ya había visto otros semejantes. Pero nunca tantos a la vez.
Mis hombres estaban ansiosos. Sonreían, se relamían los labios y los colmillos y aferraban sus armas con fuerza.
No comprendían dónde nos estábamos metiendo.
Éramos un pueblo guerrero, sí. Pero aquella no era nuestra clase de guerra.
Éramos saqueadores. Hostigábamos los confines de la civilización humana.
No nos enfrentábamos a sus ejércitos en todo su apogeo.
Hasta ahora.
Los tanques se precipitaban hacia nosotros y ya podían distinguirse con claridad a través del polvo, incluso sin catalejo. Cargaban como un maremoto enfurecido. Una prueba para mi pueblo. Una prueba para mí.
—¡Cañones! —grité con voz atronadora—. ¡FUEGO!
Decenas de ogros enormes, con músculos y venas tensos bajo el peso de su carga, levantaron obuses de mano.
Como uno solo, apretaron los gatillos de aquellas piezas y desataron una estridente melodía de estampidos.
El retroceso de las armas empujó hacia atrás a todos los artilleros.
Se abrieron grietas en el hormigón. Algunos ogros cayeron al suelo.
Los jóvenes. Aquella era su primera batalla.
La salva de mi pueblo impactó contra el convoy enemigo. La onda expansiva dispersó la nube de polvo y la sustituyó por tierra, hormigón y ceniza que volaban por los aires. Un vehículo blindado se salió de la carretera mientras el fuego brotaba de su bloque motor perforado.
Los ogros prorrumpieron en vítores. Demasiado pronto.
Los Impi respondieron con su propia orquesta atronadora.
Un edificio situado a nuestra espalda se derrumbó bajo el impacto de un disparo perdido.
Un ogro cayó hacia atrás con un agujero ensangrentado en el vientre.
Un proyectil rozó el brazo de uno de mis guardaespaldas.
Ni siquiera se inmutó. Los artilleros supervivientes sacaron proyectiles de las bolsas que llevaban a la espalda e introdujeron la nueva munición en las recámaras de sus armas.
El convoy enemigo siguió avanzando.
—¡Seguid disparando! —rugí, al tiempo que indicaba al contingente de ogros armados con martillos, escudos y hachas que mantuviera la posición. Ya tendrían su oportunidad. Pero todavía no. No debían cargar contra una estampida.
Cada descarga de los obuses de mano recibía como respuesta otro bombardeo devastador de los tanques. Los proyectiles caían cerca de Urgur y de mí, pero sabía que el destino no planeaba hacerme caer de forma tan deshonrosa. No me inmuté.
Pese a todos los defectos que había encontrado en mí, mi padre habría aprobado el valor que mostraba allí. Pero no luchaba por él.
El convoy enemigo cruzó los campos abiertos.
Ya podía distinguir a simple vista sus emblemas y cicatrices de batalla mientras reducía la velocidad.
A ambos lados se alzaban bloques de viviendas y chabolas.
Las escotillas superiores de algunos tanques se abrieron y dejaron al descubierto a los ametralladores, que dispararon contra mis hombres.
Ellos soportaron los impactos, aunque la sangre les corría por la piel.
Mostrar dolor ante el enemigo condenaría su regreso a las estepas sagradas. Se comportaban con valentía y honor.
¡No podía estar más orgulloso!
—¡Última salva! —ordené, y dejé que los artilleros dispararan los últimos proyectiles cargados.
Los tanques enemigos resistieron los impactos, mientras que los vehículos blindados, más endebles, se arrugaron.
Algunos dieron marcha atrás a toda velocidad en un intento de retirarse. No les di la oportunidad.
Alcé el martillo de mi padre y lo apunté hacia el convoy. Los cuernos de guerra bramaron en respuesta a mi señal. Una melodía profunda y atronadora que hablaba directamente a mis entrañas primordiales.
A ella siguieron los exaltados gritos de guerra de mis campeones y el temblor de una estampida.
Ogros ataviados con la armadura de sus ancestros, armados con lanzas que llevaban explosivos sujetos a las puntas y montados sobre rinocerontes lanzados al galope, cargaron desde los callejones entre los bloques de viviendas y atravesaron las frágiles chabolas donde habían aguardado para emboscar al enemigo.
Los tanques no tuvieron tiempo de responder.
Los jinetes de rinoceronte inmovilizaron los tanques, flanqueándolos por ambos lados mientras los ensartaban con sus lanzas.
Las puntas atravesaron el blindaje exterior de los tanques y detonaron.
La fuerza de los impactos aplastó muchos de ellos.
Uno salió despedido de sus orugas y chocó contra otro.
Un tanque se incendió mientras su tripulación salía por la escotilla.
Uno de los rinocerontes ensartó a un desdichado ametrallador cuando intentaba huir.
Más tripulantes abrieron fuego contra los jinetes de rinoceronte con pistolas y subfusiles.
Las balas apenas surtían efecto contra la armadura de nuestros ancestros o la carne de ogro.
—¡Guerreros! —grité, sintiendo que la disciplina de mis hombres sedientos de sangre estaba a punto de quebrarse—. ¡Cargad!
Las formaciones de ogros armados con martillos y hachas se deshicieron y cargaron hacia los tanques con furia ciega. Saltaron sobre los tanques supervivientes, destrozaron las escotillas y partieron los cañones de aquellas máquinas de guerra como si fueran ramitas.
—Temías el poder de esas armas humanas —graznó Urgur con una voz áspera por la edad—. Pero no pueden compararse con el poder de nuestro pueblo.
—Luchamos contra ellos con sus propias herramientas —respondí mientras miraba un obús caído. Su dueño se había convertido en una pulpa roja bajo el avance de los tanques enemigos. Recé en silencio y guié el alma de aquel joven ogro hacia las estepas sagradas.
—No somos tan diferentes de ellos —dije, con la voz amortiguada por los atronadores gritos de guerra y el crujido del metal y la carne.
Urgur gruñó. No supe si expresaba conformidad o desaprobación.
—Sé que aún dudas de nuestra alianza, viejo amigo —continué—. Veo correr la sangre sobre estas piedras y me pregunto por qué resistimos aquí. Por qué no estamos en campo abierto, bajo un cielo despejado.
Varios vehículos blindados se detuvieron justo fuera del campo de escombros y jinetes de rinoceronte. La infantería Impi salió en tropel de los vehículos y abrió fuego con lanzacohetes que convertían a mis hombres en pulpa si los alcanzaban.
—¡Obuses! ¡Fuego! —ordené antes de volverme hacia Urgur. El anciano chamán parecía pensativo. Incluso más de lo habitual.
—¿Tomé la decisión correcta? —le pregunté mientras la duda inundaba mi mente. Aunque mis guerreros luchaban con valentía, aunque disfrutaban del combate, no podía evitar contemplar cómo caían los muertos. Una vida de ogro extinguida. Todo para proteger una ciudad humana.
Me había aliado con La Última Luz y Hope City para salvar la carne y la sangre de mi pueblo. Al hacerlo, había temido la muerte de nuestra cultura. Pero ahora, ¿y si lo perdíamos todo?
—Timoor —dijo Urgur, usando mi verdadero nombre, no mi título—. No has matado nuestra cultura. No has condenado a nuestro pueblo. Pese a todas mis discrepancias, pese a todas mis quejas, has guiado a nuestro pueblo por el buen camino.
—¿Y esta guerra, Urgur? Luchamos por humanos contra humanos. ¿Qué sentido tiene?
—Luchamos por nuestros humanos, Timoor. Nuestros humanos.
Ahora somos más que La Horda, muchacho. Más que una simple banda de saqueadores y pastores.
Esta es nuestra ciudad. La Última Luz lo dejó claro.
Nosotros lo dejamos claro. Esta es nuestra tierra.
Y la defendemos como tal. No por una alianza. No como un favor.
Hope City era nuestra ciudad.
Tal vez yo ya me había dado cuenta. Pero si Urgur, aquel cascarrabias, lo decía tan abiertamente... tenía que ser verdad.
No hacían falta un ejército ni una guerra para tomar Hope City. Solo había que convertirse en parte de ella. Servirla para que ella nos sirviera a nosotros.
—Gracias a tus actos, mi kan, nuestro pueblo no pasará hambre. Nuestros bebés no quedarán abandonados en las cunetas por madres desesperadas. Podremos engordar y envejecer sin renunciar jamás a la gloria de la guerra.
Urgur sonrió y me miró a los ojos con una sinceridad que nunca antes había visto en el anciano. Ni conmigo ni con mi padre.
—Nos has llevado al paraíso, Timoor. Mi kan. Y estoy muy orgulloso de aquello en lo que te has convertido.
Alargué la mano hacia Urgur, mi amigo y chamán.
Pero, antes de que pudiera tocarlo en señal de gratitud, se quedó rígido.
Unas venas afloraron en su rostro arrugado.
Y se volvieron negras. Cayó al suelo. No me desplomé de rodillas ni le busqué el pulso en un vano intento de salvarlo. Sabía que estaba muerto.
Más ogros cayeron gritando mientras una magia impura impregnaba el aire. Me volví hacia los edificios que había tras nosotros. Unos hombres vestidos con túnicas se alzaban sobre los tejados y entonaban sus arcanos oscuros.
Enseñé los dientes y gruñí como una bestia.
Conocía a aquellos hombres. Incluso entonces. El aire apestaba a su hechicería y su traición.
Eran de la misma calaña que quienes habían conspirado para que asesinaran a mi padre.
Y, aunque no guardaba rencor a los cazadores de monstruos que habían llevado a cabo el encargo, castigaría a aquellos hombres por haber dado la orden.
Por no haber mirado a mi padre a los ojos cuando intentaron arrebatarle el trono.
—¡Magos! —bramaron mis oficiales mientras esquivaban hechizos oscuros y llegaban aún más tanques y vehículos blindados de los Impi, de los que salían hechiceros y hombres armados con lanzacohetes.
El fuego y los relámpagos brotaban de las manos de los hechiceros de los Impi que teníamos delante, mientras la magia oscura caía desde los tejados a nuestra espalda.
—¡Kan! ¿Qué hacemos? —preguntó uno de mis comandantes.
La sangre me ardía y se me helaba a la vez. Hervía de rabia y de deseo de venganza contra los temidos magos de Goldfield, que habían conspirado contra mi padre y asesinado a mi amigo.
Y, al mismo tiempo, la desesperanza me helaba por dentro.
¿Qué había hecho?
Mis hombres gritaban. Ya no era un grito de guerra jubiloso. Era miedo. Desesperación.
Estábamos atrapados entre dos frentes. Las balas y la magia caían como lluvia. Cerré el puño con fuerza en torno al martillo negro de mi padre.
Urgur yacía muerto. Mi pueblo caía en oleadas ensangrentadas.
Y yo los había conducido a la tumba.
Pero a mi espalda había una ciudad. Mi ciudad. Nuestra ciudad.
Y contaba con nosotros para mantener la posición.
Y mientras yo respirase, mientras un solo ogro siguiera respirando, resistiríamos. Porque La Horda sobreviviría.
Alcé el martillo hacia el cielo y lancé un grito que hizo enmudecer el campo de batalla.
—¡Por Hope City!
Mis hombres se sumaron al grito y alzaron sus armas. Me uní a la carga. Se acabó lo de permanecer en la retaguardia como un general privilegiado. Yo era hijo de mi padre. Un ogro. El Kan Gris.
Me enfrenté al enemigo con el martillo de mi padre y lo hice mío. Y cimenté el lugar de mi pueblo en la historia de aquella ciudad.