28. Lobos #2
Mientras avanzaba hacia Gareth siguiendo su olor, todas las demás manadas empezaron a moverse como una sola, siguiendo a los miembros de la Manada de Constantia hasta un extenso campo en pendiente situado al fondo de la finca.
Gareth se erguía sobre un montículo, con sus enormes brazos cruzados.
No parecía contento. Aunque aquello hubiera sido idea suya.
Ser una manada pequeña tenía sus ventajas. Podíamos maniobrar mucho más deprisa que cualquiera de las grandes, abriéndonos paso entre sus abarrotadas formaciones hasta situarnos cerca de la primera fila, donde Gareth reparó en mí.
—Trudie —me saludó con voz sombría e inexpresiva, como siempre. Pero vi el destello de sus ojos dorados. También se alegraba de verme. Aunque yo fuera otra alfa, en otro tiempo había pertenecido a su manada. Podíamos confiar el uno en el otro.
—Gareth, esta asamblea… ¿qué estás planeando? —pregunté en voz baja.
Estuvo a punto de fruncir el ceño. A punto. Pero una muestra tan sincera de vulnerabilidad habría sido demasiado para Gareth Blanche.
Contempló los campos antaño verdes. Ahora estaban cubiertos por una multitud de personas. Muchas desnudas, otras vestidas y muchas más viendo cómo les brotaba el pelo. Innumerables ojos dorados lo miraban fijamente.
—Nunca había visto tantas manadas. Esto es… inaudito —murmuró—. Aquí debe de haber mil hombres lobo. Quizá más.
—¿Por qué los has convocado? —volví a preguntar.
—Yo… no lo sé —admitió por fin, mostrando una vulnerabilidad que me hizo estremecer—. Simplemente me pareció lo correcto. Mi manada es la más grande de la ciudad, pero aun así no basta para enfrentarse a… eso…
Inclinó la cabeza hacia el horizonte. Desde allí teníamos una vista despejada de los combates. Fuego y humo. Sobre la batalla, el cielo se había vuelto negro, cubierto por un muro de esmog.
Gareth me puso una mano en el hombro y sonrió.
—Los tiempos están cambiando, Trudie. Bien puedo formar parte de ese cambio.
Asentí, mordiéndome el labio, cuando Gareth me soltó. Regresé con mi manada y esperé a que se apagara el estruendo de las manadas al reunirse. Cuando por fin cesó, Gareth permaneció en lo alto del montículo y habló.
—¡Manadas de Hope City! —Su voz atronó sobre los campos—. Os he convocado hoy aquí a todos…
—¿Nos has convocado? —lo interrumpió un alfa corpulento de cabello negro como el carbón y barba larga, adelantándose. Escupió sobre el césped embarrado—. ¡Nadie nos ha convocado! Hemos venido por voluntad propia. ¡Tú no eres nuestro alfa, Gareth Blanche!
Antes de que Gareth pudiera responder, tres de sus lobos se transformaron y aterrizaron delante de su alfa, lanzando profundos gruñidos.
Intentó calmarlos, pero los miembros de la manada del alborotador se transformaron en respuesta. Otras manadas se sumaron. Un retumbo grave llenó el aire.
Sentí que el ácido me subía por el estómago. Una furia profunda.
Los lobos empezaron a lanzarse dentelladas y a gruñir. Oí siseos cuando los felinos felántropos se sumaron a la refriega. Aún no había sangre ni lucha. Todavía. Pero faltaba poco.
Gareth no había conseguido pronunciar ni dos frases antes de que aquellos idiotas se revolvieran unos contra otros. ¿De verdad eran los hombres lobo tan bestiales? ¿De verdad eran tan incapaces de cooperar y tan insensatos?
—¡Lobos! —Gareth intentó hacerse oír por encima de la cacofonía de gruñidos y mandíbulas que se cerraban de golpe—. Por favor…
Pese a sus súplicas, vi cómo se le erizaba el pelo de los brazos. Darren estaba al fondo del campo, incapaz de calmar a su alfa. Y Pranish no estaba allí para calmarme a mí.
Presentía que se avecinaba un baño de sangre. Gareth había sido un necio al organizar aquello. Su manada y la mía mantenían una buena relación. Podíamos trabajar juntas. Pero todas aquellas manadas separadas… aquello era una batalla a punto de estallar.
Pero ¿qué otra opción tenía?
El mundo tembló cuando un avión se estrelló contra las montañas a nuestra espalda. El fuego que llovía del cielo no inmutó a ninguno de los lobos. Solo hizo que cada vez más se transformaran.
Solo mi manada conservaba una calma relativa, aunque formaron un círculo a mi alrededor. Ari había desenvainado sus cuchillos; Hyena soltaba atronadores gruñidos. Los gemelos se habían transformado y tenían el rabo entre las piernas, pero gruñían con tal ferocidad que la baba les salía disparada.
No quería que ninguno sufriera daño. Aunque morirían de buena gana por protegerme, yo no quería que lo hicieran. Mi deber era protegerlos.
Y los había arrastrado hasta aquel frenesí de lobos enfurecidos.
—¡Me quedaré con tu manada, Gareth! —gritó el alfa barbudo que había provocado el altercado—. Justo después de quedarme con tu cabeza.
Aquello fue la gota que colmó el vaso. Gareth se transformó; sus ondulantes músculos licántropos se cubrieron de pelaje dorado mientras su ropa quedaba reducida a jirones. El barbudo se convirtió en un lobo oscuro igual de enorme, con la saliva cayéndole de las fauces como una cascada.
Y aquello también colmó mi paciencia.
Antes de poder pensar, corrí a interponerme entre ellos.
El mundo quedó inmóvil. Todos los gruñidos y aullidos enmudecieron.
El polvo se asentó, y Gareth y el alborotador quedaron a ambos lados de mí, apenas a un palmo de mis manos abiertas.
Enseñaban los dientes y tenían el pelaje erizado.
La saliva les manaba de las fauces. Emitían gruñidos silenciosos que hacían vibrar la tierra bajo mis pies, mientras sus ojos resplandecían con un dorado violento y cegador.
Respiré hondo y grité.
—¡Abajo!
Gareth y el otro alfa se quedaron paralizados. Y después se sentaron. Oí exclamaciones entre quienes seguían en forma humana y olí el absoluto estupor que me envolvió como una ola.
Recorrí con la mirada el campo y los innumerables hombres lobo que me rodeaban.
—¡Luché para que el mundo comprendiera que no éramos monstruos! —bramé, haciendo que mi voz atravesara el campo—. ¿Y me lo pagáis revolviéndoos unos contra otros a la primera oportunidad?
Miré a Gareth. Tenía las orejas gachas. Fulminé al alborotador con la mirada. Tenía el rabo entre las piernas. Como un perro reprendido.
—¡Debería daros vergüenza! ¡Vergüenza por comportaros como las bestias que ellos creen que somos! ¡Vergüenza por atacar a otro lobo solo porque podéis hacerlo!
La furia que llevaba dentro no me permitía pensar con claridad. Solo quería gritarles. Hacer que sintieran la vergüenza que yo sentía al ver a los míos convertirse en los monstruos que tanto me había esforzado por demostrar que no eran.
—¡Un enemigo está invadiendo nuestra ciudad! —Señalé el horizonte cubierto de fuego y ceniza. Una explosión puntuó mis palabras—. Y vosotros estáis aquí, riñendo en un campo.
Muchos lobos apartaron sus ojos dorados, avergonzados.
Negué con la cabeza.
—No podemos seguir huyendo de nuestro deber.
Esta ciudad nos aceptó. Lo mínimo que podemos hacer es luchar por ella.
Porque puedo deciros desde ahora que El Imperio jamás nos aceptará.
Si se apoderan de la ciudad, no permitirán que nada diferente de ellos sobreviva aquí ni un segundo. ¡Estaremos peor que antes!
Respiré hondo.
—Se acabó el tiempo de luchar por diferencias insignificantes y utilizar nuestros instintos como excusa.
Ha llegado la hora de que todos luchemos como uno solo.
De que cacemos como uno solo. Porque ya no podemos ser cien manadas diferentes.
Tenemos que ser una. ¡La manada de Hope City!
Y lucharemos para defender nuestro territorio.
Los lobos, felinos y jabalíes me miraron. No pude descifrar sus expresiones. Hasta que oí un aullido. Procedía de Hyena. Los gemelos se sumaron y, después, Gareth. Darren. El alborotador. Cada vez más lobos, felinos y jabalíes se unieron al grito de guerra. Hasta que todos los lobos aullaron.
Un aullido que helaría la sangre de cualquier Impi o agente de Goldfield. Y un aullido que hizo que mis ojos resplandecieran de orgullo.
Empecé a sentir más y más presencias dentro de mi mente. Innumerables voces. Innumerables sentimientos. Y una sed de sangre que debía saciarse con la carne de nuestros enemigos.
Gareth recuperó su forma humana, pero permaneció arrodillado a mi lado. Aunque su cabeza todavía quedaba a la altura de la mía, parecía más pequeño.
—Esperamos tus órdenes, Alfa —dijo, aguardando con paciencia.
Alcé el puño y acallé los aullidos. Esperaron. Ansiosos. Pacientes. No sentí sobre los hombros el peso que había imaginado. Solo las mil mentes dentro de la mía, confiando en mi liderazgo como Alfa de Alfas.
—¡Cazamos! —grité, y el mundo tembló cuando mil hombres lobo se volvieron hacia el este y cargaron contra su presa.