El Titán Despierta (Serie Kat Drummond 18) 28. Lobos
62%

28. Lobos

Lobos

***TRUDIE***

Cada fibra de mi ser ansiaba sumarse a la lucha. Miré hacia el este, hacia el fragor de la guerra, los gritos lejanos y la destrucción explosiva de la batalla.

Un hombre cuerdo metería el rabo entre las piernas, metafóricamente hablando, y echaría a correr en dirección contraria. Pero yo no estaba cuerda ni era un hombre.

Cuando Jane me había contado que la policía y el ejército se dirigían al Complejo Heiligslicht para detener a Kat, o algo peor, me había puesto en marcha sin vacilar. Puede que Kat no perteneciera a la manada, pero era de la familia. Mi mejor amiga. Nadie protestó. Todos sentían lo mismo.

Aunque Kat hubiera decidido unir su suerte a El Vigía, aquellos necios sectarios, jamás podría abandonarla sin más.

Era mi hermana. Pranish estaba de acuerdo.

Ni siquiera nos planteamos si había infringido la ley o no.

La ley de la manada estaba por encima de todo lo demás.

Y mi amistad estaba por encima incluso de eso.

Así que corrimos hacia la batalla, con la manada al completo. Incluso Mandy nos acompañó. No sabía muy bien qué pensaba hacer, pero tenía tanto derecho como yo a defender a su sobrina.

Pero no llegamos a una batalla. Llegamos a tiempo de contemplar la repugnante imagen del hombre que había matado a los padres de Kat pronunciando un discurso retorcido.

Y después desapareció. A mi lado, Mandy había palidecido, apretando los puños y mordiéndose el labio con tanta fuerza que se hizo sangre.

Aquel hombre había matado a su hermana.

Y acababan de permitirle adentrarse tranquilamente en el vacío. Bueno, los policías habían intentado dispararle. Aquellos valientes insensatos estaban muertos antes siquiera de tocar el suelo.

Cuando El Mentor terminó, Kat pronunció su apasionado discurso. Después de aquello, ni un solo policía o soldado alzó una mano contra ella. Debo reconocer que fue bastante inspirador. Aunque no me sorprendía. ¡Al fin y al cabo, era mi Kat!

Entonces todo se volvió borroso. Explosiones en la distancia, aviones combatiendo en el cielo.

Y todo el mundo corriendo en todas direcciones.

Era un caos. Los gemelos interrumpieron su parloteo incesante y empezaron a gimotear en forma humana.

Hyena se plantó delante de ellos, protegiéndolos del caos que los rodeaba.

Y yo no sabía qué hacer. Salvo ir al este. Unirme a la refriega. La loba que llevaba dentro lo deseaba. Quería saborear la sangre de mis enemigos. Lanzar un aullido de guerra mientras cargábamos contra una lluvia de plomo, fuego y acero.

Pero sabía que no debía hacerlo…

—Troodz —Pranish me arrancó de mis pensamientos mientras me apretaba la mano—. Tengo que reunirme con los purificadores. Ver qué puedo hacer para ayudar.

No quería irse. Quería quedarse a mi lado. No sabía cómo lo sabía. Simplemente lo sabía. Pranish no era un hombre lobo, pero pertenecía a la manada. Eso estaba claro. No intenté comprenderlo. Simplemente lo sabía.

Y sabía que tenía que quedarse allí sin mí. Porque su magia podía hacer mucho más por salvar la ciudad de lo que jamás conseguirían mis colmillos y mis garras.

—Lo sé, Prani. —Lo abracé y dejé que nuestros labios se encontraran—. Te quiero.

Él esbozó una leve sonrisa.

—Yo también te quiero.

Nuestros dedos se demoraron enlazados hasta que la multitud lo engulló y se lo llevó hacia el interior del complejo, donde, con suerte, encontraría a Cindy y podría sumarse de verdad al esfuerzo bélico.

Eso me dejó con Mandy, una manada de hombres lobo y un elfo de cabellos rojos como la sangre. Todos me miraban, aguardando órdenes.

—¿Nos uniremos a la lucha, Alfa? —preguntó Ari.

—No sé qué armas de guerra llevan esos Impi —añadió Aratax—, pero no son rivales para nuestros colmillos.

Negué con la cabeza.

—Son más que rivales para nosotros, Aratax. Entre sus armas habrá plata. Por no hablar de sus hechiceros.

—¿Luchar contra hombres malos? —preguntaron al unísono los gemelos Gibson.

Quise asentir, pero vacilé. Observé sus rostros.

Ansiosos, asustados, inseguros. Los gemelos Gibson querían ayudar a la gente pese a su miedo.

Senegal permanecía junto a Ari. Leal. Haría cualquier cosa que le pidiera.

Siempre lo hacía. Y luego estaban Aratax, Ginger y Stalker.

Esperaban. Ansiosos. Confiados. Hasta Hyena me observaba con expresión ausente y su enorme lengua colgando.

Todos esperaban que dijera algo.

Y yo no podía. Porque, por mucho que quisiera luchar en aquella guerra y ayudar a Kat y a mi ciudad, no soportaría ver morir a ninguno de ellos.

—¿Qué debemos hacer, Alfa? —preguntó Senegal mientras el mundo se desmoronaba a nuestro alrededor.

—Mandy —empecé—, entra en el hospital.

Asintió. Sin vacilar. No era tan insensata como para creer que podría seguir el ritmo de la manada si íbamos a la guerra. Era una erudita, no una luchadora. Y seguía pálida y conmocionada después de ver a El Mentor en persona.

Cuando Mandy se marchó, me volví hacia el resto de mi manada y sentí el peso del mando sobre los hombros. Hacía mucho tiempo que no lo sentía. Que no tenía motivos para sentirlo. Pese a todo el caos, llevaba mucho tiempo sin tener que tomar decisiones difíciles. Hasta ahora.

Respiré hondo y finalmente tomé una decisión.

—Somos demasiado pocos para marcar la diferencia.

—¡Alfa! —exclamaron Ari y Aratax al unísono antes de mirarse, atónitos. Se parecían mucho más de lo que estaban dispuestos a reconocer.

Alcé una mano para hacerlos callar.

—Pero en esta ciudad hay muchos más hombres lobo aparte de nuestra pequeña manada. Si queremos marcar la diferencia, necesitamos que haya más manadas de nuestro lado.

—¿Vamos a pedírselo a Gareth? —preguntó Senegal, refiriéndose a su antiguo alfa, el líder de la Manada de Constantia.

Asentí y percibí la ansiedad que emanaba de mi manada y de mí misma.

—Lo sé —dije, respondiendo a su inquietud silenciosa—. No solemos relacionarnos con otras manadas. No exponemos a nuestros miembros a otros alfas. Lo sé, pero…

El cielo se estaba oscureciendo. Nubes o humo. Daba igual. Aquel iba a ser un día negro. En sentido figurado y literal.

Exhalé.

—No tenemos elección.

Senegal asintió. Los demás lo imitaron.

Todos adoptamos nuestra forma lobuna, ignorando a los atónitos espectadores, y echamos a correr hacia la Manada de Constantia. Solo esperaba que en aquel día funesto nos recibieran como amigos y no como un enemigo más.

***

La calle que se extendía ante el complejo de la Manada de Constantia y conducía hasta su verja metálica y su robusto muro de seguridad estaba flanqueada por toda clase de coches, camionetas, motocicletas y una procesión de hombres lobo.

Lobos en forma humana y animal convergían en el complejo. Algunos estaban cubiertos de ceniza y sangre. Manadas de los barrios bajos. Habían escapado del caos. Y habían acudido allí. Todos ellos.

Llegamos a la entrada principal, donde recuperé mi forma humana.

Darren, el beta de Gareth, estaba desaliñado y subido a un viejo congelador de carne que utilizaba como estrado.

—¡Reuníos en el campo de atrás! ¡No os entretengáis! ¡No luchéis! ¡No habléis con el alfa de otra manada! —ordenaba, repitiendo las instrucciones sin cesar.

Me vio y pareció soltar un suspiro de alivio.

—¡Grietas! ¡Trudie! Me alegro de verte. Gareth envió a un mensajero a Mansión Tokai, pero tus padres dijeron que habías ido al frente.

—¿Gareth quería que viniera?

Y, por lo que parecía, había convocado a todas las manadas de la ciudad. Incluidos sus alfas.

Los hombres lobo eran territoriales. No eran monstruosos, necesariamente. Pero, debido al modo en que funcionaban nuestras conexiones mágicas con las manadas, no convenía cruzar los vínculos reuniendo a demasiados alfas en un mismo lugar.

Pero aquel era un día para quebrantar las tradiciones. Y para correr riesgos.

—Gareth ha invitado a todas las manadas de lobos que ha podido. Entre la multitud hay incluso felinos felántropos y unos cuantos hombres jabalí.

Se inclinó hacia mí para susurrar, ignorando la marea de lobos que entraba a nuestra espalda.

—Dejadles espacio. No se sienten cómodos aquí.

—Ni siquiera sabía que existían los felinos felántropos y los hombres jabalí —respondí.

Asintió.

—Yo tampoco, hasta que se presentaron. Gareth los ha instalado dentro de la casa para que nadie los ataque antes de que empiece la asamblea.

—¿Asamblea?

Darren me miró, sorprendido.

—Es la razón por la que estamos todos aquí. La asamblea. Gareth quiere hablar de lo que debemos hacer ante la invasión.

—¿Se ha celebrado alguna vez una asamblea?

Darren negó con la cabeza.

—Esta es la primera vez.

Maldije entre dientes. Sin precedentes, había un amplio margen para que las cosas salieran mal.

Darren nos apremió a avanzar por el sendero para dejar entrar a más lobos. Estábamos creando un cuello de botella y muchos habían empezado a gruñir. Antes de que Hyena o Stalker se pusieran nerviosos y les devolvieran los gruñidos, los conduje hacia el interior del complejo.

A nuestro alrededor se congregaban manadas de todos los tamaños, desde pequeños grupos de menos de una docena como el nuestro hasta enormes cohortes de un centenar de miembros, entre las distintas residencias, salones e instalaciones de la inmensa finca de la Manada de Constantia.

Se miraban unas a otras con ojos dorados y resplandecientes.

Ninguna enseñaba los colmillos, pero todas tenían el pelo o el pelaje erizado.

Reconocí a algunos de los lobos solitarios apostados entre las manadas. Habían sido compañeros míos cuando yo pertenecía a la manada de Gareth. Y ahora se ocupaban de la seguridad entre innumerables manadas, asegurándose de que no se despedazaran entre sí.

No los envidiaba.

Olfateé el aire y, al principio, la multitud de olores y la palpable tensión me abrumaron. Pero me concentré y logré encontrar el olor que necesitaba. El de Gareth.

Necesitaba saber qué estaba planeando.