26. Sanguineas #2
Lo que vi entonces, sentado en un trono de cuero desmesurado, era una cáscara.
Ya no llenaba su traje pantalón rojo. Los huesos sobresalían de sus brazos.
Venas ennegrecidas y sin sangre se marcaban sobre una piel fina como el papel, casi translúcida.
Sus ojos hundidos aún albergaban una inteligencia intensa, pero aquello quedaba eclipsado por el hecho de que parecía un esqueleto cubierto de papel mojado.
Abrí la boca para hablar, pero no me salió ninguna palabra. Victoria pareció encogerse de hombros.
—Deberías sentirte honrado, cazador, de que te haya permitido verme así.
No es un privilegio menor. A la mayoría de los míos se les ha negado ese derecho.
No lo entenderían. Mis descendientes directos, mis adorados vástagos, sentirían lástima por mí y se hundirían en la más negra desesperación.
Puede que los hayas visto, escondidos en sus habitaciones y llorando sin lágrimas.
Pero mis parientes lejanos, los vasallos y los súbditos, me verían como un blanco fácil.
Como una desgraciada a la que apartar y sustituir.
En el mejor de los casos, algo que mantuviera caliente el trono hasta que ellos tomaran asiento.
—¿Qué… qué ha pasado? —logré preguntar al fin.
—Me enfrenté a los míos —respondió, sencilla y crípticamente. Pero yo sabía lo que significaba.
—¿Te han hecho esto los Izingane Zegazi? Creía que estaban debilitados. Prácticamente extintos.
—No han sido ellos. Los Hijos de la Sangre que quedan son sirvientes de los Impi. Menos que vampiros inferiores. Cualquier necrófago de mis filas posee más voluntad y poder que uno de ellos.
Pareció querer escupir con asco, pero no tenía saliva para hacerlo.
—Dimos caza a los Izingane Zegazi. Sus patéticos supervivientes morirán esta noche cuando sus amos esclavistas los conduzcan a las fosas de despojos.
—Si no fueron ellos —pregunté—, ¿qué… te ha hecho esto?
La más extraña de las expresiones cruzó el rostro de Victoria. Una sonrisa tenue, casi triunfal.
—Me estoy muriendo —dijo sin más—. De una muerte mortal.
Una que creía que me había sido arrebatada.
¿La causa? No puedo estar segura. Mis hijos e hijas me han traído médicos, magos, sanadores y toda clase de expertos en conocimientos vampíricos.
Me atrevería a decir que habrían invocado a esa sabelotodo de Miriam LeBlanc si aún viviera.
Suspiró, casi pensativa. Sus ojos hundidos parecían mirar mucho más allá de mí.
—Sabía que no averiguarían qué me ocurre. Ni cómo curarlo. Porque yo ya sé qué me pasa. Y no existe cura.
—Victoria, ¿qué te ocurre? —pregunté, presionándola para que respondiera. Casi podía oír el estruendo de las orugas de los tanques aproximándose a la ciudad. Aquel retraso, por muy imprevisto o necesario que fuese, me estaba poniendo nervioso.
—Sea lo que sea que controla los destinos vampíricos, se ha olvidado de mí —respondió al fin—.
Siento cómo su presencia se debilita. Cómo me abandona.
Y, aunque siento la liberación de su garfio al salir de mi cuerpo, sé que supondrá mi muerte.
Ahora soy más vampiro que humana. Y quizá quiera castigarme por haberme puesto del lado de la humanidad contra sus otros hijos.
—¿Te estás muriendo porque luchaste contra vampiros? —pregunté, incrédulo—. Pero los vampiros suelen canibalizarse. Forma parte de su… de vuestro ciclo evolutivo. Garantiza la supervivencia del más apto.
Victoria asintió.
—Todo eso es cierto. Y Sanguineas se fortaleció consumiendo a nuestros parientes lejanos.
Pero, en el pasado, siempre lo hacíamos en beneficio propio.
Para beber una sangre más rica que la de cualquier mortal.
Era egoísta. Y eso complacía a nuestro oscuro benefactor.
Pero ahora… nuestro corazón ha cambiado. Mi corazón ha cambiado.
La sacudió otro ataque de tos. Fragmentos de carne reseca cayeron de sus labios. Si hubiera sido humana, ya estaría muerta y pudriéndose.
—De verdad te veías como humana, ¿verdad? —pregunté.
Victoria volvió a esbozar aquella tenue sonrisa.
—Así es. Una necedad, lo sé. Soy un monstruo.
Una reina de monstruos. Y, sin embargo, me veía como un ser de carne y hueso, tanto como tú.
Y fue por esa razón por la que luché contra los Izingane Zegazi.
No por una disputa territorial entre chupasangres.
Sino porque creo de verdad en la humanidad.
En que tiene un lugar en este mundo, incluso en las sombras. Incluso… en mí.
Sus ojos parecieron oscurecerse ligeramente antes de volver a encenderse de rojo.
—Lo siento —dije—. Por haberte metido en todo esto.
Se rio, un chirrido áspero al que siguieron una tos y un jadeo.
—Tú no me has metido en nada, Cazador de Sangre.
Me ayudaste a abrir caminos. Yo tomé la decisión.
Abandoné mi vampirismo sobre su oscuro altar y elegí luchar por una luz que jamás se me permitiría volver a experimentar.
No tienes que disculparte. Por todo lo que he hecho, por todo lo que estoy sufriendo ahora, ha merecido la pena.
La tierra tembló. Un avión estrellándose o una bomba.
—Sé por qué estás aquí —continuó Victoria—. Y ya deberías conocer mi respuesta.
Inspiró, casi de forma involuntaria. Los vampiros no necesitaban respirar. Victoria era más humana de lo que ninguno de nosotros había comprendido. Un monstruo aferrándose desesperadamente a lo que había sido cuando estaba viva.
—Cuando el sol se oscurezca y caiga la noche, mis hijos saldrán a luchar y a darse un festín.
Yo me uniré a ellos. Me bañaré en sangre de los Impi y consumiré sus vidas como tributo al bastardo primigenio que me maldice con esta aflicción.
Aceptaré este suplicio un poco más para poder defender a los de mi especie.
Para que mi ciudad siga en pie y contemple otro amanecer y otro ocaso. Aunque yo no esté allí para verlo.