22. Confrontación
Confrontación
—¿Qué estás planeando, Kat? —preguntó Treth mientras yo avanzaba a grandes zancadas por los pasillos del hospital con una renovada sensación de certeza y determinación.
—Hacer lo que debería haber hecho desde el principio —respondí, pasando junto a purificadores, miembros del Vigía y pacientes.
Todos me observaban mientras me deslizaba por los pasillos.
El fuego prendía a mi paso. No incendiaba nada, pero dejaba muy claro mi estado de ánimo. Una determinación ardiente.
—¿Y qué es? —insistió Treth, arqueando una ceja mientras flotaba a mi lado y se esforzaba por seguirme el ritmo pese a ser un fantasma.
—Si creen que soy tan importante —respondí—, tendrán que escucharme. Nada de negociaciones. Ya no.
Treth se quedó inmóvil un segundo y rezagado, antes de desmanifestarse y aferrarse a aquel espacio invisible dentro de mi mente.
Salí de la zona residencial del hospital y me recibieron el sol de la mañana y el frío del amanecer.
Habíamos asaltado la prisión justo cuando salía el sol.
Solo habían transcurrido unas horas. Aún no era ni la hora de comer.
Miembros del Vigía ocupaban las torres de vigilia y patrullaban el recinto.
Los milicianos permanecían sentados por allí, con aspecto preocupado.
El Vigía había tomado el control por completo.
Solo podía confiar en que, cuando llegaran los policías para tomar represalias, perdonaran a los civiles y a los purificadores. Pero era una esperanza vana. Solo podía hacer una cosa para impedir una tragedia. Tomar por fin mi propia decisión. Y llevarla hasta sus últimas consecuencias.
Mientras atravesaba el recinto, me di cuenta de que los miembros del Vigía me seguían con aparente despreocupación.
Una multitud de pistoleros y combatientes vestidos de negro y con máscaras blancas avanzaba a cierta distancia tras de mí mientras me dirigía al edificio central del hospital.
El lugar donde sabía que encontraría al verdadero líder del Vigía.
No a mí. No a una democracia de mentira.
Kyong Man. El Puño de Tigre. El hombre que había iniciado todo aquello.
Tenía que enfrentarme a él. Como era debido. Y, con un poco de suerte, entraría en razón. Comprendería lo que estaba realmente en juego.
Tres guardias del Vigía custodiaban la entrada al bloque administrativo del hospital. Cuando me acerqué, se interpusieron en mi camino y bloquearon las puertas dobles de cristal.
Debo admitir que me quedé un poco atónita. Me habían hecho creer que el Vigía me veneraba. Pero parecía que aquello podía haber sido una exageración.
En circunstancias normales me habría aliviado. ¿Por qué, entonces, me ponía nerviosa ahora?
No podía interpretar sus expresiones, ni siquiera saber quiénes eran tras las máscaras blancas. Su anonimato estaba concebido para atemorizar a la gente. Para ocultar sus identidades y disimular su número.
Conmigo funcionaba.
—Necesito hablar con Kyong —anuncié con firmeza, cerrando los puños a ambos lados del cuerpo.
—No te vimos combatir en la prisión —dijo uno de los guardias, dando un paso al frente.
—No disparaste ni una sola vez, ni siquiera desenvainaste la espada —añadió otro.
—¿Por qué íbamos a permitirte ver a la Comandante? —preguntó el tercero, intentando intimidarme con su altura.
Mi abrigo escupió llamas. Él retrocedió con un respingo.
—Necesito hablar con Kyong —repetí entre dientes.
La multitud del Vigía que había a mi espalda permaneció en silencio. Ajena. Como si en realidad no estuviera allí.
Clavé la mirada en los guardias enmascarados, intentando localizar sus ojos tras aquellas placas inexpresivas para poder fulminarlos como era debido.
La puerta se abrió.
—¡Kat! —exclamó Heather, sin máscara y radiante. Miró con recelo a los guardias y a la multitud que había detrás de mí.
—Hola, Heather —dije sin apartar la mirada de uno de los guardias—. ¿Puedo entrar?
—¡Claro! ¡Eres la Última Luz! —respondió, desconcertada.
Miró a los guardias y casi pareció fulminarlos también. Ellos se apartaron a regañadientes.
Heather me sostuvo la puerta mientras entraba.
—¿Qué pasa, Kat? —preguntó mientras yo seguía avanzando hacia Kyong.
—No les gusta que no combatiera en la prisión.
—¡Pfff! Son sangres nuevas. No participaron en la cacería contigo. Pero ya aprenderán cuando te vean en acción.
Resoplé como respuesta, incapaz de concentrarme de verdad en lo que decía.
Entramos en el gran vestíbulo del hospital. En otro tiempo había sido una sala de espera enorme, con interminables hileras de bancos y sillas, mostradores administrativos y mesas de recepción.
Todo aquello había desaparecido. En su lugar había un salón vacío, de iluminación tenue, que conducía hasta una gran silla con otra más pequeña a su lado.
Era, sin lugar a dudas, un trono. Y aquella era la sala del trono.
¡Grietas! ¿Qué demonios se les pasaba por la cabeza a aquellos malditos lunáticos?
—¿Qué ha pasado? —pregunté casi en un susurro.
Heather frunció el ceño, pero luego esbozó una sonrisa.
—Kyong quería un verdadero símbolo de autoridad ahora que ya no vivimos escondidos y este lugar es nuestra base.
—¿Un símbolo de autoridad? ¿Para quién?
—¡Para ti! Es una sala del trono. Para que des discursos y esas cosas.
—Puedo hacer eso en cualquier sala. Y para dar discursos necesito estar de pie.
Heather volvió a fruncir el ceño.
—Tronos... —murmuró Treth—. Dos tronos. Uno grande. Otro pequeño. Me pregunto en cuál piensa sentarse Kyong.
—Ahí está Kyong —dijo Heather, señalando al Puño de Tigre mientras hablaba con Henri y varios miembros del Vigía al fondo del salón.
Sonreí a Heather y le puse una mano en el hombro. Ella me miró con expresión interrogante. Inocente. No sabía lo que estaba a punto de suceder.
—Gracias, Heather. Voy a hablar con él.
Asintió y se quedó donde estaba mientras yo avanzaba decidida hacia Kyong y su séquito. Mi abrigo se desplegó, casi como si fueran alas. Haciéndome parecer más grande. Más imponente.
Confiaba en que a Kyong aún le quedara algún instinto primario. En poder apelar a él si no lograba hacerlo entrar en razón.
Henri me señaló cuando me acerqué. Kyong se volvió y sonrió. Aquella misma sonrisa fría. Como si hubiera olvidado cómo sonreír de verdad.
—¡Quería que fuera una sorpresa, Última Luz! Para después de tomar la ciudad. Pero no sirve de nada ocultarlo. Has regresado y ya no hay necesidad de escondernos.
Me detuve a pocos pasos de él. Henri y el otro miembro del Vigía retrocedieron, aunque siguieron detrás de su comandante. Observando.
—Kyong... esto tiene que acabar —comencé con firmeza—. Los policías y, no lo quiera Athena, el CDF van a atacar este lugar por lo que tú hiciste. Aquí hay pacientes. Enfermos y hambrientos. Civiles. Ellos no pidieron nada de esto.
— Nosotros liberamos a nuestros camaradas, Última Luz. Nos oponemos a la tiranía del Consejo cuando nadie más está dispuesto a hacerlo. Los civiles, los no combatientes... están en deuda con nosotros. Nosotros los protegemos.
—No estoy segura de que se sientan muy protegidos cuando la policía empiece a lanzar gas lacrimógeno por encima de esos muros, o algo peor.
Señalé para enfatizar mis palabras y luego cerré el puño y dejé caer el brazo.
—¿Cuándo acaba esto, Kyong? ¿Cuál es el objetivo final?
Dijiste que ahora podías empezar, pero esto ya ha ido demasiado lejos.
Los Impi podrían llegar en cualquier momento.
Goldfield ya está aquí, oculto a plena vista.
Necesitamos unidad. Necesitamos paz. Si no dejamos a un lado nuestras diferencias, nos aplastarán.
—¿El objetivo final? —preguntó Kyong, incrédulo, confuso ante el hecho de que tuviera siquiera que preguntarlo—. Es evidente. Quiero paz. Quiero unidad. Pero eso no puede lograrse bajo este Consejo caprichoso y embustero. Solo hay una forma de que esto termine...
Me dio la espalda y cruzó las manos detrás del cuerpo. Contempló los tronos que había creado.
—Esto terminará cuando el Vigía obtenga la victoria. Cuando el Consejo sea destruido. No sustituido. No destituido. Aplastado por completo. Y, en su lugar, tú debes gobernar Hope City.
Di un paso atrás. Esperaba algo irracional. Pero aquello... ¡aquello era una locura!
—Kyong —respondí, vacilante ante la completa y sincera demencia de sus palabras—.
No quiero gobernar. Sé que he criticado al Consejo.
Que he insultado a los policías. Y sé que muchas veces se han merecido las burlas.
Pero este no es el camino correcto. El Consejo no es perfecto, pero es lo mejor que tenemos.
La democracia no es perfecta. Pero es mejor que... que esto.
Levanté los brazos para señalar aquella disparatada sala del trono construida dentro de un hospital.
Kyong volvió la cabeza para observarme con un solo ojo. Negó con la cabeza.
—El Consejo está lleno de necios. Hombres y mujeres que no comprenden lo que hay que hacer para salvar el mundo. Solo tú lo comprendes. La Última Luz.
Di un paso hacia él, casi suplicándole.
—No quiero gobernar, Kyong. No quiero ser reina. No quiero ser una diosa. Solo quiero ayudar a la gente. ¡Y esto no está ayudando a nadie!
Kyong sonrió levemente. Y vi algo en sus ojos. Un destello en aquella mirada vacía.