El Titán Despierta (Serie Kat Drummond 18) 21. Consecuencias
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21. Consecuencias

Consecuencias

***KAT***

Nada permanece oculto para siempre. Ni mi regreso a Hope City ni la invasión inminente.

Me sorprendía que hubiese tardado tanto en saberse.

La CDF no había ayudado a la policía a luchar contra El Vigía en la prisión.

Y el despliegue de soldados hacia el campo debería haber hecho saltar todas las alarmas.

Pero lo que de verdad había hecho salir a la cocatriz del saco habían sido los refugiados.

Incontables almas perdidas habían huido de sus hogares tras la invasión de los Impi.

Y habían inundado Hope City. El Complejo Heiligslicht estaba rodeado de tiendas de campaña y coches de gente que buscaba ayuda.

Quizá que El Vigía se hubiese apoderado del hospital tenía alguna ventaja. Impedían que los refugiados irrumpieran en él y colapsaran el lugar. La desesperación volvía estúpida a la gente. Hacía falta miedo para mantenerla cuerda.

Mi llegada también había sido noticia de portada. Apenas una hora después de que regresáramos de la sangrienta fuga de la prisión, Cindy me entregó un periódico impreso en pulpa reciclada. Constaba de una sola página.

—La Última Luz regresa. Masacra a los guardias de la prisión.

Simple. Y no del todo cierto. Pero ¿qué más daba?

Yo había dado mi consentimiento. Mi bendición. La sangre de todos aquellos policías y guardias pesaba sobre mis manos. Ni siquiera Candace se había manchado las suyas con su sangre. Aunque ella me hubiese convencido, había sido lo correcto.

Cuando regresamos, los expresidiarios fueron recibidos con júbilo. Hubo lágrimas, abrazos y bastante alcohol. Brett se reunió con Krieg. No tenían mucho que decirse. Brett ya no se sentía tan unido a Krieg ahora que sabía que se había pasado al Vigía.

Mi novio desapareció para buscar a Guy. Para hablar de los planes de defensa del complejo cuando llegara la invasión. Y, sospechaba, para hablar de qué íbamos a hacer con El Vigía.

Eso me dejó sola en los aposentos de Cindy. Sola con los fantasmas de mi cabeza y un montón de remordimientos.

—¿Y ahora qué? —fue lo único que pude preguntar.

Treth negó con la cabeza, sentado frente a mí mientras pulía su espada fantasmal.

—No lo sé, Kat. Solo sé que... eso no ha servido de nada. Matar a esos policías. Incluso a los que se habían rendido...

Los Cruzados no actuaban así. Ni siquiera cuando habíamos estado entre la espada y la pared y eran los policías quienes nos apuntaban con sus armas, los habíamos tratado de ese modo.

—El Vigía está haciendo pedazos esta ciudad —respondí—. Ahora lo veo. Jamás debería haber aceptado este puto plan. Habría sido mejor luchar primero contra los Impi y exigir juicios después. Esto...

—Esto le ha hecho el juego al Consejo —Treth completó mi pensamiento—. Es fácil culpar al Consejo de cómo empezó El Vigía. Pero Kyong, Heather, Henri... todos... deberían saber que esto está mal. ¡Tú les enseñaste a actuar mejor!

Resoplé.

—Les enseñé a desobedecer a la autoridad. A seguirme. A matar a cualquiera que se interpusiera en su camino.

Me agarré la frente mientras la frustración, el asco y la tristeza libraban una guerra por imponerse dentro de mi cabeza.

—¡Grietas! Todo esto es culpa mía. Debería haberlo visto venir. Luché contra la ley y ahora la he destruido.

—No del todo, Kat.

Treth intentó consolarme y me apretó la rodilla.

—Aún podemos reconstruir. Todavía queda esperanza.

—Yo... no lo sé, Treth. Hope City bien podría haber caído ya. Está reducida a escombros. ¿Cómo vamos a defender unos escombros? ¿Qué sentido tiene defender una ciudad que quiere destruirse a sí misma?

—Solo unos pocos quieren luchar entre sí. La mayoría... solo quiere vivir. No quiere luchar.

—Da igual. El Vigía. El Consejo. Seguirán matándose entre sí. Y yo no puedo hacer nada. Puedo luchar contra unos o contra los otros. Pero ¿y después qué? Tendré que volver a luchar. Una vez tras otra. Y seguir luchando hasta que ya no pueda más.

—Estamos aquí para ayudarte —dijo una voz desde el Vasija. Arden. El mentor de Treth.

—Solo tienes que dar la orden, jefa. Y les prenderé fuego —añadió Hammond, pero percibí dolor en su voz. No le gustaba ver así a Heather. Tal vez, si él hubiera seguido aquí, nada de esto habría ocurrido.

Al fin y al cabo, El Vigía se había formado prácticamente después de su muerte. Después de que el Consejo hubiese escupido sobre su memoria. No podía culpar a Kyong y a Heather por querer defenderla.

Pero aquello no ayudaba.

—Gracias —les dije, sintiendo todas las presencias dentro de mi alma—. Pero esta lucha aún no es vuestra. Aquí nadie es malvado. No de verdad. Están enfadados. Están heridos. Pero no son malvados.

Esa era la tragedia de la guerra. Matar monstruos era una cosa. Pero la guerra no era una lucha contra monstruos. Era una contienda entre niños inocentes a los que metían a empujones en una jaula y ordenaban luchar hasta la muerte.

En la guerra no había hombres malvados. Solo muchachos desesperados.

—No quiero luchar, Treth —dije al fin, alzando la mirada hacia mi compañero espectral con los ojos húmedos.

En ese preciso instante, la puerta se abrió de golpe. Pero, en vez de ver entrar a alguien, oí un suave maullido y vi aparecer el resplandor dorado de un pixie.

—¡Ahí estás, Maddy! El felino y yo te hemos estado buscando por todas partes.

Me sequé las lágrimas de los ojos y sonreí.

—Hola, Duer. Hola, Alex.

Alex ronroneó al oír su nombre y saltó a mi regazo, con Duer todavía montado encima de él como si fuera una especie de fiel corcel.

Alex se acurrucó y empezó a ronronear mientras yo le acariciaba el lomo. Duer alzó la vista hacia mí, se estiró y luego ladeó la cabeza.

—Tienes la cabeza nublada, Maddy. Llena de humedad. ¿Qué te preocupa?

Parpadeé, tratando de contener las lágrimas que aún quedaban. ¿Cómo se lo explicaba? Duer era... bueno, Duer. Nos conocíamos desde hacía muchísimo tiempo. Pero, en el fondo, no era más que un niño. Mi deber era protegerlo. Asegurarme de que pudiera vivir sin preocupaciones.

Sin embargo, mientras me miraba desde abajo, sentí que no debía limitarme a ocultar mis sentimientos para protegerlo. Podía percibir lo que yo sentía. Por mucho que a veces se empeñara en ser obstinado, poseía una empatía feérica que superaba cuanto los humanos llegarían jamás a comprender.

—Yo... tengo miedo, Duer —dije al fin, sintiéndome un poco ridícula por confiarme a un pixie tan pequeño.

Duer se encogió de hombros.

—Eso es normal. ¿De qué tienes miedo? ¿De monstruos? ¿De la magia? ¿De que te corten el pelo?

Resoplé ante la sinceridad de sus palabras y ante la idea de que cortarse el pelo fuera aterrador.

—No son los monstruos lo que me da miedo. Tengo... tengo miedo de haber elegido el bando equivocado. De que vaya a tener que luchar y no sepa contra quién debo hacerlo.

Duer me miró, con el diminuto rostro casi inexpresivo mientras su resplandor vibraba como un corazón palpitante. Estaba a punto de renunciar a utilizar a un pixie como terapeuta cuando se apeó del ya plácidamente dormido Alex y se sentó sobre mi mano.

—Nunca está bien luchar, Maddy. Eso lo sé. Pero a veces no tienes elección. A veces tienes que luchar. Quizá siempre. Lo que importa es la lucha que eliges.

Posó su diminuta mano sobre la mía.

—Pero tienes que elegir, Maddy. Y, elijas lo que elijas, esa será la decisión correcta.

Reflexioné sobre sus palabras y sonreí levemente. Pareció que me quitaban un peso de los hombros. Solo un poco.

—Eres un pequeño pixie muy sabio, ¿verdad?

Hinchó los carrillos.

—Para que lo sepas, soy bastante alto... para ser un pixie.

Mantuvo un poco más su fachada de indignación antes de echarse a reír. No pude evitar unirme a él y reímos juntos. Alex se limitó a ronronear, fingiendo que aquella creciente cacofonía de carcajadas no estaba ocurriendo.

Por fin, me sequé las lágrimas de los ojos y miré fijamente a mi compañero pixie.

Soltó una última carcajada y suspiró.

—Te he echado de menos, Maddy —dijo.

—Yo también te he echado de menos, Duer.

Sentí que las lágrimas amenazaban con volver. Cualquiera diría que ya debería haberlas agotado.

—¿Te acuerdas de cómo nos conocimos?

Solté una risita.

—Me apuñalaste.

—Tú invadiste mi hogar.

—Que yo recuerde, estabas de okupa encima de un espíritu oscuro que habría hecho que un exorcista de talla mundial se cagara grietas.

Duer descartó mi relato con un ademán.

—Tenía controlado a aquel cabroncete.

—Estoy segura de que tú sí —respondí entre risas.

Permanecimos un rato sentados en silencio. Alex me calentaba el regazo y producía el único sonido de la habitación. Un ronroneo suave y armónico.

—Duer... —dije al fin—. No sé si sobreviviremos a los días que se avecinan.

Mi viejo amigo pixie se encogió de hombros.

—Yo tampoco lo sé. Pero no pasa nada.

Fruncí el ceño, confundida.

Duer se encogió de hombros.

—La vida es incierta. Caótica. Ahí está su belleza. Nadie lo controla todo. No puede. Eso significa que las cosas pueden cambiar. Que puede haber bien. Que puede haber mal. Significa que las decisiones importan, Maddy. ¿Y no es eso maravilloso?

La vida era tumultuosa. Incierta. Podía terminar en cualquier momento. El apocalipsis podía llevársenos. No a causa de una profecía. Ni del destino. Sino porque cada instante albergaba una historia nueva.

El Mentor no estaba de acuerdo con Duer. Quería orden. Quería certezas. Para garantizar la supervivencia de la Tierra y de la humanidad, haría cualquier cosa. Incluso condenar al mundo a un futuro seguro de oscuridad.

No tenía fe en un futuro esperanzador. No creía que pudiéramos tomar mejores decisiones. Que pudiéramos cambiar. Ni que pudiéramos enmendar nuestros errores.

Y se equivocaba.

—Gracias, Duer. Sé lo que tengo que hacer.

Ladeó la cabeza con gesto interrogante.

Hice que Alex bajara de mi regazo y me dirigí hacia la puerta.

—¿Adónde vas, Maddy? —preguntó, de pie junto a un adormilado Alex.

—A elegir mi lucha —dije antes de salir de la habitación.