El Titán Despierta (Serie Kat Drummond 18) 20. Esperanza
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20. Esperanza

Esperanza

***SOLDADO KEEN***

Me asomé por encima del borde de la trinchera y contemplé el olvido.

El paso de Sir Lowry, antaño nuestra última frontera contra la inconcebible posibilidad de una invasión, se alzaba ante mí. En la distancia. Recortado contra las llamas. Mágicas y convencionales.

Ya no estaba en nuestras manos. ¿Cómo iba a estarlo? La Línea de los Tres Puntos había sido el escudo de Hope City. Todo lo demás no era más que un cable trampa roto. Ni siquiera una barricada. No podía contener la marea.

El fuego de las ametralladoras y las explosiones lejanas resonaban en la distancia.

Se combatía a lo largo de toda la línea.

De vez en cuando veía un fogonazo naranja o un rayo azul.

Cada pocas horas oía los gritos capaces de helar la sangre de otra oleada de Impi que cargaba hacia las últimas fortificaciones antes de llegar a Somerset West. La verdadera última frontera antes de Hope City.

No me atrevía a mirar a mi espalda. Podía soportar la visión de aquel campo devastado, cubierto de cráteres y tierra calcinada.

Podía soportar ver cómo la muralla de montañas que antes nos había protegido se había convertido en una fortaleza para la artillería enemiga.

Pero no podía soportar mirar por encima del hombro y ver mi ciudad reducida a ruinas.

Los peces gordos de las altas esferas de las CDF, muy por encima de mi rango, habían intentado organizar evacuaciones. Pero no podíamos prescindir de los hombres. En cuanto las evacuaciones se hicieron necesarias, tuvimos que acudir al frente. Los civiles tuvieron que apañárselas solos.

Era la primera vez que veía una guerra.

De eso hacía menos de dos días. ¡Solo dos malditos días!

Y ya parecía toda una vida.

Intentamos mantener la línea en George. Nos hicieron retroceder hasta Mossel Bay.

Las refinerías de gas de allí estallaron en una humareda apocalíptica.

A los Impi no les importaba capturar nuestras infraestructuras.

Querían expulsarnos. Desde allí nos hicieron retroceder hasta Swellendam.

Conseguimos contenerlos en las montañas, aunque solo durante un breve tiempo.

Pero, cuando desbordaron la Línea de los Tres Puntos, se infiltraron en nuestras líneas.

Nos envolvieron con efectivos en cantidades que yo no alcanzaba a comprender.

Me redesplegaron en Caledon. La mitad de mi unidad fue a Worcester.

Se decía que las divisiones acorazadas de los Impi habían atravesado Worcester y comenzado el asedio de Stellenbosch. Esperaba que los magos de guerra vengaran a mis camaradas caídos. No albergaba esperanzas de que hubiese sobrevivido ninguno de mis antiguos compañeros de cuartel.

Y tampoco albergaba esperanzas de ver otro amanecer.

Me agaché cuando las balas pasaron por encima de mi cabeza.

Una casi rozó la parte superior de mi casco.

La tierra y el polvo cayeron dentro de la trinchera con leves golpeteos mientras las balas se abatían sobre nuestra posición.

Después llegaron los morteros, que impactaron justo delante de las trincheras.

Nuestros magos de guerra respondieron haciendo llover fuego sobre las posiciones enemigas.

En los cielos estalló una guerra entre magos que libraban un espantoso tira y afloja con magia destructiva.

No tenía ningunas ganas de que nuestros magos perdieran.

Los gritos estallaron en nuestro sector de aquella trinchera recién excavada, que ya parecía una vieja cáscara desgarrada por la guerra.

—¡Mantened la posición! —gritó mi sargento—. ¡Aguardad a que termine el bombardeo y preparaos para un asalto!

Me arriesgué a echar otro vistazo. Las figuras lejanas de los soldados y los vehículos blindados que avanzaban quedaron iluminadas bajo la cacofónica batalla de hechizos y la luz de bengalas suspendidas a trescientos metros de altura. Eran demasiados para contarlos.

Un camarada tiró de mí hacia abajo cuando más balas silbaron sobre nuestras cabezas.

—¡Ya tendrás ocasión de morir dentro de poco, soldado! —gritó mi sargento. Sostenía una pistola en una mano. Con la otra, acariciaba un medallón que llevaba al cuello. Hasta entonces lo había mantenido oculto. Pero a nadie le importaba lo suficiente como para pedirle explicaciones.

Un par de alas de ángel en llamas, desplegadas en pleno vuelo.

—¡DeWett! ¡No dejes de disparar! —ordenó el sargento a nuestro ametrallador mientras me ayudaba a ponerme en pie.

Nuestro ametrallador se afianzó la culata contra el hombro y abrió fuego, desatando en la noche una tormenta infernal de balas. No cejó ni siquiera cuando el cañón comenzó a brillar al rojo vivo.

—Hombres... —dijo mi sargento mientras recorría la trinchera—. Dentro de unos instantes nos enfrentaremos al enemigo. Puede que esta sea nuestra última batalla. Puede que no consigamos detenerlos. Pero tened esto presente: lo hemos intentado.

El sargento se detuvo cuando varios hombres entraron en nuestro sector de la trinchera. Parecían descansados. Pero tenían los ojos desorbitados de horror.

—¿Cabo? —preguntó mi sargento al hombre que iba al frente.

—Somos refuerzos, mi sargento.

El sargento negó con la cabeza. Eran ocho soldados recién llegados. Parecían jóvenes. Demasiado jóvenes.

Vi en los ojos de mi sargento que quería mandarlos de vuelta. Enviarlos de regreso a Hope City para que libraran la inevitable batalla final. Porque allí ya se había perdido toda esperanza.

Pero quizá no debiera querer aplazar lo inevitable.

Hope City había caído. Solo era cuestión de tiempo. La última república de África, el Estado de Buena Esperanza. La Ciudad de los Héroes.

Moriría en cuestión de días.

Y ya no quedaba esperanza alguna.

El sargento se mordió la lengua para no decir lo que de verdad quería y ordenó al cabo y a sus hombres que ocuparan sus puestos.

Un joven, que debía de tener al menos tres años menos que yo, ocupó su lugar a mi lado. Dio un trago a algo que llevaba en la cantimplora. Olía a gasolina.

Me vio mirando su bebida de contrabando y me la ofreció. La acepté sin vacilar. Me abrasó la garganta y me hizo llorar los ojos. Pero también pareció despejarme la cabeza al tiempo que me la nublaba.

—Gracias —dije.

El joven soldado asintió al recuperar la cantimplora.

Miró a su cabo y después se inclinó hacia mí para susurrar. Entretanto, los proyectiles de mortero caían cada vez más cerca. Después llegó la artillería.

—Sé que vamos a morir. Así que más vale hacerlo borrachos.

Asentí. No había nada que objetar.

El joven soldado suspiró.

—Ojalá hubieran resistido un poco más. Me habría encantado luchar a su lado.

—¿A su lado? —pregunté, confundido.

Me miró sorprendido.

—¿No te has enterado?

—¿De qué?

Llevaba casi cuarenta y ocho horas esquivando balas y asagais de los Impi.

Mi nuevo camarada se inclinó aún más hacia mí. Su aliento olía a licor fuerte. Pero en sus ojos no había rastro de aquel terror vacío al que tanto me había acostumbrado durante los últimos dos días.

Vi algo que casi había dejado de resultarme familiar. Esperanza.

—La Última Luz ha vuelto —dijo, y sentí que algo cambiaba en mi corazón.

—¡La Última Luz es una traidora! —terció otro soldado que había estado escuchando a escondidas.

El sargento le dio un pescozón.

—Baja la voz. Y revisa tu arma. Los Impi están en el horizonte. Cada vez más cerca.

El joven soldado volvió a mirarme, imperturbable.

—Ha vuelto. La han visto en Rondebosch y otra vez en el Complejo Heiligslicht, en Pinelands. ¡Ha matado a un caudillo hobgoblin!

Volvió a suspirar.

—Ojalá hubiera regresado antes.

—Es una fugitiva —dije con voz apagada.

Asintió.

—Sí. Ya lo sé. Pero... ha vuelto. Ahora que la necesitamos.

—Llevamos dos años necesitándola —refunfuñó otro soldado.

Silencio. El sargento siguió acariciando su medallón. La ametralladora dejó de disparar poco a poco.

—¿DeWett? —preguntó el sargento.

—¡Sin munición, mi sargento!

El sargento inspiró y luego espiró. Despacio. No sabía si era por alivio o por ansiedad. Quizá se alegraba de que al fin hubiese llegado lo inevitable.

—Soldados de Hope City —se dirigió a nosotros—. Calad bayonetas.

Los que estábamos sentados nos levantamos.

Metimos las manos en los chalecos y sacamos las delgadas bayonetas que se montaban en los fusiles.

No nos habían adiestrado para utilizarlas como era debido.

¿Para qué iban a hacerlo? Habíamos contado con un cañón y un puente custodiados por golems y piezas de artillería para mantenernos a salvo.

El assegai de un Impi nunca había sido más que una pesadilla lejana.

Hasta que nos enfrentamos a ellos.

Acoplé la bayoneta al cañón del fusil. El joven soldado tenía dificultades. Le pasé mi fusil y cogí el suyo. Acoplé la bayoneta. Me aseguré de que estuviera bien sujeta y se lo devolví. Asintió en señal de agradecimiento.

El estruendo de la artillería y los morteros cesó. Incluso había terminado la guerra mágica en las alturas.

Cayó el silencio. Una quietud inquietante.

Y, como un murmullo lejano que cobraba fuerza, un cántico surgió de la oscuridad. Cada vez más fuerte. Más cerca. Me heló hasta lo más profundo de mi ser.

—¡Ocupad posiciones en el parapeto! —ordenó el sargento—. ¡Y disparad a discreción! Nos quedan muy pocos instantes antes de que se nos echen encima.

Miré por última vez a mi nuevo amigo y afronté la oscuridad. Una bengala suspendida a trescientos metros de altura iluminó los campos. Vi un mar de hombres. Disparé.

Las trincheras estallaron en fuego de fusilería.

Disparamos. Una y otra vez. Los Impi respondieron al fuego.

El sargento gritó. Hasta que dejó de hacerlo.

Una bala encontró su blanco. Las balas silbaron por encima y junto a mi cabeza.

No retrocedí. Seguí apretando el gatillo.

Incluso cuando se apagaron las bengalas, continué disparando contra la oscuridad.

No me fijé en si mis balas mataban a alguien. Seguí disparando. Y, cuando vacié el cargador, busqué otro. No encontré ninguno.

Me aparté del borde de la trinchera y aferré el fusil como si fuera una lanza. Me temblaban las manos. Mi amigo yacía en el suelo. Tenía el rostro pálido y paralizado por la sorpresa mientras la sangre le manaba de la frente.

Me mordí el labio hasta hacerme sangre y deseé tener tiempo para dar otro trago al brandy de mi amigo.

El cántico se acercó cada vez más y pronto quedó ahogado por las atronadoras pisadas de los hombres a la carga y unos gritos de guerra incomprensibles.

Iba a morir.

Pero, por alguna razón, no tenía miedo.

Respiré. El aire estaba cargado de pólvora y sangre. Pero olí algo más. Aire salado. Frío en el ambiente. Se avecinaba lluvia.

El aroma fresco de mi ciudad. Hope City.

Y por fin había recuperado a su protectora.

Me daba igual que la llamaran traidora o fugitiva. Lo único que sabía era que, cuando el cielo se volvió negro y esta ciudad se encontró al borde de la oscuridad en otra ocasión, solo quedaba una luz en el mundo. Un abrigo en llamas en lo alto de una montaña.

Y vi cómo aquella luz salvaba mi ciudad.

Los alaridos y los gritos se elevaron por encima de los disparos cuando los Impi atravesaron las trincheras y se abalanzaron sobre mis camaradas. Cargué hacia delante sin pensar.

Sabía que iba a morir. Pero, al menos, ahora existía la posibilidad de que mi ciudad sobreviviera.