El Titán Despierta (Serie Kat Drummond 18) 19. Fuga
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19. Fuga

Fuga

Columnas de vehículos blindados, Toyotas encantados con ametralladoras montadas y motos ocupadas por individuos enmascarados que portaban espadas y escopetas convergían sobre la prisión de Pollsmoor. La cárcel de máxima seguridad donde se encontraban recluidos nuestros camaradas. Nuestro objetivo.

No había el menor atisbo de sigilo ni de subterfugio. La CDF estaba en la frontera. La HCPD tenía sus efectivos demasiado dispersos o ya se encontraba en la prisión. Esperándonos.

Ya no quedaba tiempo para esconderse. El Vigía había salido por fin a la luz.

Era consciente del juego de palabras.

—Tenemos a la HCPD pisándonos los talones —anunció una voz por radio. Las antiguas comunicaciones de los Cruzados.

—¡Seguid avanzando! —respondió Kyong—. Alas D y E. Entrad en combate.

Miré por la ventanilla trasera de nuestro vehículo blindado. Un miembro enmascarado del Vigía conducía. Kyong iba en el asiento del acompañante. Brett, Heather y yo estábamos sentados atrás.

Los coches de policía, con las sirenas a todo volumen, abrieron fuego contra los vehículos de la retaguardia del convoy con escopetas antidisturbios e incluso un fusil de uso militar.

El Vigía respondió de la misma manera. Un motorista redujo la velocidad y dejó que el coche de policía lo adelantase. Antes de que los agentes pudieran reaccionar, colocó algo en el lateral del coche y se desvió bruscamente.

Instantes después, el coche estalló convertido en una bola de fuego.

Heather vitoreó. Brett, Treth y yo intercambiamos miradas incómodas.

Pero ya era demasiado tarde para dar marcha atrás.

—¡Armas especiales a la izquierda! —avisó Kyong por radio.

Más policías irrumpieron en la autopista, atravesando campos y saltando por encima de las vallas.

Esta vez llevaban vehículos blindados. Una furgoneta negra se colocó delante de nosotros y nos separó de la cabeza del convoy.

Las puertas traseras se abrieron y dejaron al descubierto una ametralladora y un grupo de policías con chalecos antibalas y fusiles.

El conductor del Vigía no dio un volantazo, ni siquiera cuando Brett se arrojó delante de mí para cubrirme con su cuerpo.

Los policías dispararon. Pero ninguna bala alcanzó su objetivo.

Aparté a Brett de un empujón y, con una rápida mirada fulminante, le reprendí por intentar usar su propio cuerpo como escudo humano.

El asiento de Kyong estaba vacío. Ahora se encontraba de pie sobre la parte delantera del vehículo, sosteniendo en el aire todo un enjambre oscuro de balas.

Los policías dejaron de disparar y se quedaron paralizados.

Con un movimiento teatral, Kyong liberó su magia y lanzó los proyectiles de vuelta contra quienes los habían disparado.

Las balas acribillaron a los policías y alcanzaron al conductor en la nuca.

Dio un volantazo y arrastró consigo a otro coche patrulla.

—Nos estamos acercando —dijo Kyong con calma mientras volvía a meterse en el vehículo.

Sabía que Kyong era poderoso. Pero el alcance de su poder siempre me sorprendía. Me hacía preguntarme por qué no habían emprendido aquella pequeña fuga sin mí. Sin duda podían lograrlo.

Pero quizá no fuese una cuestión de capacidad, sino de elegir el momento adecuado. Mi llegada debía de ser ese momento. O quizá se debía a que estábamos al borde de una guerra total.

—¡Bloqueo más adelante! —crepitó una voz por las comunicaciones.

Frente al convoy que avanzaba a toda velocidad se alzaba un muro negro y azul de vehículos blindados, barricadas y bastones de protección clavados en el hormigón.

Los policías abrieron fuego. Las balas repiquetearon contra los vehículos del convoy. Un ametrallador del Vigía situado en la parte trasera de una camioneta respondió al fuego, pero recibió un disparo en la cabeza. Cayó, se estampó contra la carretera y desapareció bajo incontables neumáticos.

El vehículo blindado que encabezaba el convoy siguió acelerando, cada vez más rápido.

—¡¿Y las protecciones?! —exclamé, casi a gritos, mientras la cabeza del convoy embestía contra el bloqueo.

Los policías con armadura abrieron fuego.

No solo con escopetas, pistolas y fusiles, sino también con ametralladoras y munición perforante.

Reventaron los neumáticos del primer vehículo y este dio un volantazo.

Unas grietas semejantes a una telaraña se extendieron alrededor de un agujero ensangrentado en el parabrisas.

El vehículo del Vigía que iba detrás no aflojó. Embistió de lleno el lateral del destrozado vehículo de cabeza y lo lanzó contra el bloqueo como una bola de bolos.

Las protecciones dispararon descargas eléctricas y explotaron como minas, pero no fue suficiente. Los policías se lanzaron a cubierto. De inmediato, más vehículos del Vigía pasaron por encima de sus cabezas y se estrellaron. El bloqueo cedió.

Atravesamos los restos en llamas de coches de policía y vehículos del Vigía. Varios miembros del Vigía que iban en moto se detuvieron y dispararon sus pistolas y subfusiles contra los supervivientes. Noté que el ácido me subía por el estómago.

Aquello no era solo una fuga. Era una masacre.

Miré fijamente a Kyong. Su expresión estaba vacía. Más fría que el hielo. Más oscura que la mirada fulminante de Candace. ¿Quedaba algún sentimiento tras aquellos ojos?

¿Qué había hecho al aceptar participar en aquello?

La autopista quedó envuelta en llamas anaranjadas y humo negro. Apenas por debajo del rugido de los motores y el estampido de los disparos, oía los gritos y los lamentos. Las súplicas. Las radios seguían llamando desde los chalecos de policías que jamás responderían.

Nunca me habían gustado los policías. Pero no los odiaba. Y jamás les habría deseado aquello. Solo intentaban defender su ciudad. A su manera.

—Kyong... —empecé.

—Ya hemos llegado —me interrumpió antes de apearse del vehículo blindado.

Nos detuvimos ante una prisión amurallada.

Las dos verjas exteriores de alambre habían sido cortadas y, en algunos puntos, fundidas mediante piromancia.

Los policías se ocultaban tras sacos terreros y barricadas encantadas que desviaban los proyectiles.

Los francotiradores se escondían en las torres de vigilia y disparaban contra El Vigía mientras sus miembros embestían las vallas con sus vehículos y cargaban hacia la brecha.

Brett y yo seguimos a Kyong y Heather mientras caminaban despacio hacia la brecha abierta en la verja de la prisión.

Un francotirador disparó contra Kyong. Él atrapó la bala en el aire y la desvió de vuelta hacia quien la había disparado. Ni siquiera parpadeó. Una ráfaga dispersa se dirigió hacia Brett y hacia mí. Alcé El Aegis y desvié los proyectiles antes de que abatieran a quienes los habían disparado.

Heather gritaba órdenes a los miembros del Vigía. Cargad allí. Mantened la línea allí. Matad a esos cabrones allí. Nunca se había mostrado tan autoritaria y segura de sí misma. Ojalá hubiese sido por una causa mejor.

Un grupo de policías salió de una de las torres de vigilia. Abrieron fuego y acribillaron a un grupo del Vigía que avanzaba entre la hierba alta hacia la verja.

Una Piromante del Vigía formó una bola de fuego entre las palmas y la lanzó contra la torre de vigilia como si estuviese jugando al críquet. La torre estalló y se convirtió en una antorcha. De ella cayeron cadáveres en llamas. Algunos todavía gritaban.

Sentí una mano conocida aferrarme del brazo y tirar de mí.

Brett. Me miró a los ojos con el ceño fruncido. Aquello tampoco le gustaba. Pero no podíamos detenerlo. Daba igual que yo fuese La Última Luz, el Vasija o una especie de semidiosa; no podía detener tanto odio.

Atravesamos el agujero de la verja mientras las balas repiqueteaban contra El Aegis y golpeaban la tierra a nuestro alrededor.

Los policías disparaban desde los tejados del edificio.

Los miembros del Vigía se protegían tras los sacos terreros y las barricadas que ya habían capturado y respondían con toda clase de fusiles y pistolas arrebatados al enemigo, además de magia.

Sentí cómo la magia impregnaba el aire mientras los magos de ambos bandos competían por canalizar sus poderes y convertirlos en armas devastadoras.

Un policía mago lanzó un rayo contra un grupo del Vigía y los incineró.

El Vigía respondió de la misma manera, haciendo llover bolas de fuego desde el cielo.

Los hechizos de escudo de ambos bandos aparecían como luces centelleantes sobre sus compañeros, aunque solo los protegían de lo peor de los hechizos y la metralla que llovían desde uno y otro lado.

Aquello no era una fuga. Era un asedio en toda regla. Un asalto comparable a lo que habíamos visto en Europa.

Llegaron más miembros del Vigía. Una parte mayor de la verja exterior fue aplastada por vehículos, incinerada mediante magia o, sencillamente, cortada. Pero aún no habíamos atravesado el ladrillo y el hormigón. Todavía.

Kyong chasqueó la lengua y avanzó. Pasó junto a los tiradores del Vigía mientras intercambiaban disparos con los francotiradores del tejado. Ignoró a los magos y el fuego. Se plantó entre las líneas del Vigía y los policías. Algunos agentes lo señalaron y después abrieron fuego.

No les dio tiempo a apuntar.

Kyong separó las piernas como si estuviese practicando taichí. Casi con serenidad, extendió los brazos. Las balas pasaron junto a su cara. No se inmutó. No se detuvo.

Brett y yo observábamos, asimilando el horror de la batalla. No disparábamos. No luchábamos. Nos sentíamos como extraterrestres en aquella guerra. Intrusos que solo podían contemplarla con absoluto horror y confusión. Tuve que reunir todas mis fuerzas para alzar el escudo y mantenernos a salvo.

Los serenos movimientos de las manos de Kyong se volvieron mecánicos en un abrir y cerrar de ojos. Juntó las palmas con violencia y las estampó contra el suelo.

La tierra explotó y lanzó tierra, hormigón y escombros hacia la prisión y los policías. Una nube de polvo se elevó por los aires. Los disparos cesaron cuando la metralla y la neblina de suciedad cegaron a los tiradores.

Cuando la ceniza y el polvo se asentaron, Kyong se erguía ante un enorme boquete abierto en un lateral de la prisión. Ante él yacían cuerpos destrozados. Los magos apartaron el humo con una ráfaga de viento mágica.

Una sección de la prisión había quedado destruida. El camino estaba abierto.

Los miembros del Vigía cargaron hacia la brecha detrás de Kyong. Brett y yo vacilamos, pero los seguimos.

Oí murmullos y súplicas bajo los escombros. Los cuerpos pálidos y destrozados de los guardias de la prisión no estaban todos muertos.

Y yo solo podía pensar: ¿Qué he hecho?

Más gritos resonaban en el interior de la prisión. Delante de nosotros, varios presos vestidos de naranja pasaron corriendo. Algunos estaban cubiertos de sangre. Sangre ajena. El terror de sus ojos revelaba que no eran ellos quienes la habían derramado.

—¿Para qué me necesitaban siquiera? —pregunté en voz baja.

—Para que fueses el catalizador —respondió Treth—. Para demostrar que hay algo por lo que merece la pena luchar.

Negué con la cabeza.

—Habría preferido mantenerme al margen.

Brett nos indicó que siguiéramos avanzando. Sus ojos reflejaban lo mismo que yo sentía. Pero ya no servía de nada lamentar nuestras decisiones. Como si yo hubiera tenido elección.

Nos adentramos más en la prisión. Policías y guardias yacían tendidos y sangrando. Los que aún seguían con vida no durarían mucho. Muchos se habían desplomado contra la pared, con las manos todavía pegadas a la cabeza. Les habían disparado por la espalda.

—Podrían haber ayudado a defender la ciudad —murmuró Brett, casi para sí mismo.

Sentí una punzada. Podrían haberlo hecho. En vez de eso, los habían masacrado por mezquinas disputas políticas. Por una guerra que nunca debería haber ocurrido. Pero había ocurrido...

—Última Luz...

Murmullos reverentes. Entré en una sala llena de miembros del Vigía que armaban a los presos vestidos de naranja con las armas arrebatadas a los guardias.

Reconocí a los presos. Al menos, a algunos. Cruzados. Un joven con un parche en el ojo, muchas más cicatrices y barba de la que recordaba, se adelantó entre la multitud.

Henri Pretorius.

—¡Última Luz! —exclamó, y me saludó militarmente. Como siempre había hecho.

—Henri... —dije, incrédula. Parecía mayor. Curtido.

—Lo siento, Última Luz, por haberme dejado capturar.

—No... No, Henri. No te disculpes.

Asintió y aceptó el fusil que le tendía otro miembro del Vigía.

—Vamos a liberar a todo el mundo —dijo Kyong, apareciendo detrás de nosotros—. Y registraremos todos los bloques hasta dar con la última garrapata y el último fascista.

—¡Sí, Comandante! —respondió Henri, aunque después hizo una mueca. Miró primero a Kyong y luego a mí.

Yo había sido su comandante. ¿Qué era ahora?

Pero no fue eso lo que me conmocionó. Me encaré con Kyong.

—Ya hemos recuperado a los nuestros. No deberíamos matar a más gente de la necesaria. Estos guardias... podrían ayudarnos a librar la guerra. ¡No son monstruos!

Kyong me sostuvo la mirada con unos ojos fríos y muertos.

—¿No son monstruos? —preguntó—. Tú no estabas aquí, Última Luz. No viste lo que nos hicieron. En qué nos convirtieron.

Me dio la espalda.

—Tú no estabas aquí, Kat. Pero nosotros sí. Y haremos lo que sea necesario. Para que tú no tengas que hacerlo.

Se marchó. Los miembros recién liberados del Vigía me miraron con recelo y después se fueron tras Kyong. Henri vaciló, mirándome primero a mí y luego a sus camaradas. Después se marchó.

—Los he perdido —dije por fin.

—Se perdieron a sí mismos —respondió Treth.

Brett negó con la cabeza. No sabía si por mí, por Kyong o por la devastación de aquel día espantoso.

—Vámonos a casa. No tiene sentido que sigamos aquí.

No tenía sentido. Iban a hacerlo conmigo o sin mí.

Pero Kyong quería que estuviese allí.

Quizá para demostrarme lo poco que importaba ya.

Abandonamos la prisión y sus gritos, y pasamos por encima de los cadáveres de hombres y mujeres que podrían haber defendido aquella ciudad de su verdadero enemigo. Era demasiado tarde para lamentarse.

Había pensado que aquella ciudad necesitaba a La Última Luz. Que por fin estaba preparada para asumir ese manto. De verdad. Y que haría lo que fuese necesario para defender mi ciudad.

Pero ahora empezaba a darme cuenta de algo más.

No podía cambiar nada.