El Titán Despierta (Serie Kat Drummond 18) 22. Confrontación #2
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22. Confrontación #2

—Y por eso mereces gobernar. Porque no quieres hacerlo.

¿Sabes por qué nos llamamos el Vigía? Porque te observamos en lo alto de aquella montaña.

Cuando el mundo quedó sumido en la oscuridad, tú eras la única luz que quedaba.

Cuando el Señor Necro asaltó nuestros hogares, ascendiste y te convertiste en un ángel.

Y cuando te mataron, resucitaste. Y, durante todo ese tiempo, lo hiciste todo para salvarnos.

La única y verdadera salvadora de esta ciudad.

Y cuando nos abandonaste, recogimos tu manto.

Defendimos esta ciudad. Permanecimos vigilantes.

Aguardando tu regreso. Y regresaste. Como sabíamos que harías.

Porque siempre has hecho lo mejor para Hope City.

Así que haz ahora lo que más le conviene.

Siéntate en tu trono. Toma tu ciudad. Por nosotros.

Me llevé una mano a la frente y negué con la cabeza. Era peor de lo que jamás habría imaginado.

—No, Kyong. No lo haré. Esta no es mi ciudad.

Vivo en ella, pero no me pertenece. No le pertenece a nadie.

Ni a mí ni a ti. Pero nada de eso importa.

Se acerca un ejército que empequeñece todo aquello a lo que se ha enfrentado esta ciudad.

Solo hay una posibilidad en el Entremedio de que podamos detenerlo.

Y es que tú renuncies. Olvida que yo gobierne esta ciudad.

Olvida tu odio hacia el Consejo. Pon fin a todo esto.

Y entonces, solo entonces, tendremos alguna posibilidad de sobrevivir a esta guerra.

Kyong no respondió. La sala quedó en silencio.

Percibí que había más gente en el salón.

Cerca de la entrada, una Heather pálida estaba junto a la multitud que me había seguido desde fuera.

Habían entrado más miembros del Vigía por otras puertas.

Docenas. Me observaban mientras yo me mantenía firme, esperando que Kyong hiciera lo correcto.

Kyong parpadeó. Vaciló. Estuve a punto de suspirar de alivio. Significaba que seguía ahí dentro. Que la locura de los últimos años no lo había destruido. Pero, cuando volvió a abrir los ojos, supe que me equivocaba.

Se volvió por completo hacia mí, con los brazos a ambos lados del cuerpo. Sentí vibraciones en el aire.

—Kat... —susurró Treth a modo de advertencia. Estaba observando a las multitudes. Yo no podía apartar la vista de los puños de Kyong. Se me erizó el cabello al sentir el poder puro que palpitaba en el aire.

—Me equivocaba —dijo Kyong al fin.

Mis músculos dejaron de tensarse. Me relajé.

—Me alegro... —comencé.

—Al pensar alguna vez que eras capaz de convertirte en lo que necesitábamos.

En la sala se hizo un silencio sepulcral. Ni un solo susurro. Todos, incluida yo, contuvimos la respiración.

—Dejaste morir a Hammond —escupió—. Trabajaste con el Consejo.

Permitiste que arrojaran Cruzado tras Cruzado a la pira funeraria.

Porque nunca tuviste la voluntad necesaria para imaginar algo más grande que lo que tenemos ahora.

Eres un buitre. Una carroñera de monstruos insignificantes.

Fui un necio por creer que eras algo más.

Su fachada gélida se desvaneció y entonces vi al verdadero Kyong. La ira surcaba su rostro, antes tranquilo y sereno. Aquella rabia visible resonaba como un terremoto silencioso e inmóvil que, aunque no hiciera temblar la tierra, todos sentimos igualmente.

—Pero, sobre todo... —continuó, escupiendo ácido y hielo con cada palabra—, nos abandonaste. Cuando más te necesitaba esta ciudad, cuando nosotros necesitábamos que nos lideraras, que nos salvaras... nos abandonaste.

—¡No tuve elección! —repliqué a gritos—. Aquel dragón habría destruido esta ciudad. ¡Habría despertado al jodido Titán! Solo Thor podía desterrarlo, y me hizo jurar que lo ayudaría a cambio.

Kyong negó con la cabeza.

—Podríamos haber matado a ese dragón. Tú podrías haber derrotado al Titán...

—Estás loco si crees eso, Kyong. Soy cazadora. Una carroñera, como me has recordado. No puedo matar a los elementos. Hice un trato con quienes sí podían.

—Entonces hiciste el trato equivocado. E incluso ahora estás tomando la decisión equivocada.

Suspiró, y parte de su ira se disipó. Cerró los ojos.

—Tienes tanto poder, Kat. Tanto poder. Y, aun así, te niegas a utilizarlo.

—Lo utilizo para salvar a la gente.

Negó con la cabeza.

—Cuando te conviene. Pero ahora no te conviene. Así que sé lo que debo hacer.

Abrió los ojos. Y supe que ya no había vuelta atrás.

—Si tú no gobiernas, lo haré yo.

Di un paso involuntario hacia atrás cuando una ráfaga de viento y poder me empujó. Chispas de magia surcaron el aire, irritándome la nariz y los ojos.

Kyong siempre me había aterrorizado. Incluso cuando había sido amigo mío. Era un pozo de chispa pura y casi ilimitada. Un maestro de las artes marciales capaz de arrasar rascacielos. Y lo único que lo había contenido hasta entonces era su fe en mí.

Pero seguía siendo humano.

—¡No quiero luchar contra ti! —grité por encima del crepitar discordante y el zumbido del poder en el aire—. Pero lo haré.

Kyong sonrió. Una sonrisa sincera. Como la que lucía antes de que el gusano mental le pudriera el cerebro cerca de Nueva Sintar y la muerte de Hammond le rompiera el corazón.

No había locura en aquella sonrisa.

—Lo sé.

Kyong se lanzó hacia delante convertido en una mancha borrosa, haciendo estallar las baldosas y el hormigón a su espalda.

—¡Kat! —gritó Treth, empujándome a un lado al tiempo que dejaba caer Ithalen en mi mano.

Kyong no dio tregua. Desató contra mí un torbellino de puñetazos. Cada golpe rebosaba chispa. No se estaba conteniendo.

Retrocedí, esquivando de lado, saltando y agachándome tan deprisa como podía.

—¡Kyong! —gritó Hammond—. ¡Detén esto!

Pero Kyong no podía oírlo.

Los miembros del Vigía retrocedieron cuando la lucha se aproximó a ellos. Kyong descargó los puños contra el lugar donde había estado yo un instante antes y emitió una onda de choque que derribó a sus camaradas y dejó en el suelo una telaraña de grietas.

No intenté razonar con él. Ya era demasiado tarde. Solo podía tratar de seguir con vida. Buscar una abertura.

Giré y me aparté de una patada. Kyong saltó y cayó sobre mí como un proyectil de mortero. Treth empleó su limitada corporeidad para desviarlo de un empujón.

Kyong ni se inmutó. Aterrizó de pie y liberó otra onda de choque al dispararse hacia mí como un misil.

—¡No puedo seguir así! —gruñí en voz baja.

—¡Es poderoso! —respondió Treth—. Demasiado poderoso.

—Pero sigue siendo humano —replicó Allandrea—. Kat, canalízanos. Nosotros no podemos luchar contra él. Pero podemos ayudarte. Usa nuestra fuerza. Usa nuestra velocidad.

Sentí que toda la Vasija se hacía eco de sus palabras.

No discutí. Busqué en lo más profundo de mi ser mientras sentía que aparecían moratones en mi carne por la mera proximidad de los golpes de Kyong. Sin necesidad siquiera de que me alcanzaran de lleno.

Ignoré el dolor. Cerré los ojos y permití que mis instintos y la guía de Treth me protegieran.

No quería matar a mi amigo. No quería usar al Vasija para hacerlo. Pero haría lo que debía. Sin incertidumbre. Sin dudas.

Inquebrantable. Tal como Treth me había dicho que debía ser.

Abrí los ojos. Kyong no había asestado el golpe. El mundo se ralentizó. Y sentí cien almas resonar en mis huesos y músculos.

No me aparté. Levanté Ithalen y la dirigí hacia mi enemigo. Se acabó huir.

El puño de Kyong chocó contra Ithalen con una sacudida. El suelo se resquebrajó bajo nuestros pies. Yo no cedí. No me moví. Los ojos de Kyong se abrieron de par en par.

Le propiné una patada en el estómago. Retrocedió, sujetándose el vientre. Apretó los dientes y volvió a cargar. Recibí un puñetazo tras otro. Un aluvión de golpes. Los bloqueé todos. Mis brazos se movían por sí solos y desviaban cada puñetazo y cada patada.

Perdió velocidad. Lo agarré por el cuello de la chaqueta con la mano libre y lo atraje contra mi rodilla. Exhaló bruscamente; la saliva salió despedida de su boca y siseó al caer sobre mi abrigo.

La conmoción de sus ojos me reveló que nunca se había enfrentado a nada semejante.

Dejé caer Ithalen en el vacío y estrellé el puño contra la cara de Kyong.

Su escudo de fuerza desvió el primer golpe.

Pero el siguiente lo atravesó. Descargué un golpe tras otro sobre él.

Oí crujidos y vi volar sangre hasta que acabé encima de Kyong, sobre el suelo agrietado y devastado.

Saqué Ithalen del vacío y la apoyé contra su garganta.

Entonces oí un clic.

Kyong yacía bajo mi cuerpo, magullado y lleno de cardenales. Y Henri me apuntaba a la cabeza con un arma cargada.

Miré fijamente al francotirador, a mi antiguo camarada, y pude percibir todo lo que le pasaba por la cabeza. Duda, odio, reticencia, ira, tristeza, pesar. Pero también certeza.

Su dedo tocó el gatillo.

Un sonido húmedo y desgarrador sustituyó al estruendo que debería haberse producido.

Henri se tambaleó y palideció con rapidez mientras soltaba el rifle.

Bajó la mirada hacia su pecho. Una hoja enorme le atravesaba la caja torácica.

Justo entre las costillas. Me miró, aterrorizado el ojo que llevaba al descubierto. Su joven rostro ya estaba muerto.

La hoja salió con un vistoso arco de sangre y Henri se desplomó. Heather estaba detrás de él, aferrada a una glevia ensangrentada. Estaba tan pálida como el muchacho al que había matado. Las lágrimas le caían de los ojos.

—¡Traidora! —consiguió gritar Kyong con un leve jadeo—. Traicionas la memoria de Hammond.

—Deja de usar mi memoria para justificar tu enfermedad —escupió Hammond, aunque solo yo podía oírlo.

Heather apretó la glevia con todas sus fuerzas y negó con la cabeza, como si pudiera deshacer lo que acababa de hacer.

Pero entonces dejó de temblar. Se secó las lágrimas.

Y vi a la verdadera Heather. Seguía siendo aquella chica larguirucha incapaz de dejar de adularme. Pero ahora era más dura. Estaba dispuesta a hacer lo que hiciera falta. Ya había matado a gente. Estaba cubierta de sangre.