18. Decisiones
Decisiones
Cuando regresamos al Complejo Heiligslicht, empecé a dudar de mi convicción.
Odiaba al Consejo. De verdad. Desde que era niña, no habían hecho más que fracasar.
Viejos y viejas arrogantes a quienes nada les importaba salvo su propia riqueza y poder.
No habían conseguido salvarnos ni a mí ni a mis padres, no habían logrado mantener seguras las calles.
Y eso había sido antes de que iniciaran su interminable vendetta contra mí.
Creía que acabar con el Cónclave pondría fin a las maquinaciones del Consejo contra mí. Pero parecía que me equivocaba. El odio del Consejo era profundo. No necesitaba ningún motivo ni justificación verdaderamente racionales. Lo único que importaba era que yo suponía una amenaza para su poder.
Y no podían tolerar la competencia.
Pero, precisamente por mi desprecio hacia ellos, dudaba de que aquello fuera lo correcto.
¿De verdad quería continuar aquella guerra que había destrozado mi ciudad?
¿Y acaso tenía elección?
No quería obligar a Trudie a tomar una decisión incómoda, así que me despedí de ella y de mi familia antes de marcharme.
El Vigía nos escoltó durante la noche. A algunos se los veía en moto o en coche.
Otros se fundían con las sombras. ¡Los mantes de las sombras de El Vigía estaban trabajando a destajo!
En cuanto regresamos al complejo, El Vigía tomó el control. Sin violencia. Ningún purificador ni miliciano intentó resistirse. Cindy lo observó todo sin decir palabra, con una expresión indescifrable.
No tenía sentido luchar contra aquello. El Vigía afirmaba ser nuestro aliado.
Habían sido nuestros amigos. Pese a ello, no podía evitar sentirme culpable.
Yo los había conducido hasta allí. De manera consciente o no.
Les había dado mi apoyo tácito. Y, aunque le había ahorrado a Trudie la presencia de El Vigía, había permitido que se impusieran a Cindy y a su gente.
Nadie dirigió la palabra a los individuos enmascarados mientras estos se hacían cargo de las patrullas del complejo. Todos los esquivaban manteniendo las distancias. Por suerte, no parecía haber ningún enfrentamiento.
Pero eso no me ayudaba a decidir qué debíamos hacer.
Mis amigos se mostraron distantes conmigo cuando llegamos a casa.
Duer y Brivvy eran los únicos a quienes parecía no importarles.
O que ni siquiera se habían enterado de lo que ocurría.
Si los pixies percibieron la incomodidad que reinaba durante el trayecto en coche, cosa que sin duda hicieron, no dijeron nada al respecto.
En su lugar, cotillearon sobre aquellas —hadas paletas de los bosques— e insistieron en que los fae de jardín eran muy superiores.
Me planteé recordarle a Duer que, antes de venir a la Tierra, él había sido un —paleto de los bosques—.
Pero no tenía ánimos.
Cindy nos dejó en cuanto regresamos al complejo. Tenía que controlar los daños. Impedir peleas. Ya había renunciado a intentar resistirse a la toma de control. Mientras El Vigía no se interpusiera en su camino, Cindy hallaría consuelo limitándose a curar a la gente.
Mi culpa se intensificó. El Vigía los había dejado en paz hasta mi regreso. Y ahora entraban en tropel como si aquello les perteneciera. Pero también podían mantener el complejo a salvo de los enemigos. Saqueadores, Impi… y la policía.
Mientras se portaran bien, no debería haber ningún problema. ¿Verdad?
Brett salió del coche y se dirigió al interior, mientras el peso de lo que le había prometido a Kyong me aplastaba como el estruendoso pie de un gigante sobre el cráneo.
Y aquel no era un gigante al que pudiera limitarme a hacer pedazos.
Seguí a Brett al interior del hospital. Una solemnidad se había apoderado del complejo, mucho más intensa de lo que justificaba la mera cercanía de la medianoche.
La gente permanecía en sus tiendas. Los purificadores evitaban deliberadamente mirar a los individuos enmascarados que ahora vigilaban todas las entradas.
Y yo sentía cada vez con más fuerza que había tomado la decisión equivocada.
Brett y yo regresamos en silencio a la habitación de Cindy y Guy. Estábamos solos. Guy había ido a asegurarse de que El Vigía y la milicia no se enzarzaran en ninguna pelea. Cindy estaba demasiado ocupada intentando garantizar que el complejo siguiera siendo un hospital y no una base militar.
Brett no dijo una palabra mientras se ponía una armadura antifragmentación y recogía munición adicional para el Perforador del Cielo.
—Brett… —dije en voz baja, observándolo mientras se preparaba en silencio para la guerra.
Se detuvo y me miró como si reparara por primera vez en que yo estaba allí. Me estrechó entre sus brazos.
—¡Lo siento! Estaba… pensando en algunas cosas.
—¿El Vigía? —pregunté.
—Todo. La guerra. El Consejo. Los Impi. Krieg entre rejas.
Todo. Lo que podría haber hecho si hubiese estado aquí y si habría servido de algo.
Yo… no creo que me arrepienta de que fuéramos a Europa.
Destruimos el Cónclave. Al margen de todo lo demás que hiciéramos, bueno o malo, eso tiene valor.
Ya no hay una malvada camarilla de magos cerniéndose sobre nosotros.
—El Mentor sigue ahí fuera.
Se encogió de hombros. —Treth le dio una paliza la última vez. Ya no es la amenaza. Le daremos caza cuando termine esta guerra. Y entonces acabaremos con él para siempre.
Treth se manifestó a nuestro lado, flexionando los músculos. Me reí.
—Con vosotros dos a mi lado, ya no me da miedo.
Eso sí que era verdad. El Mentor apenas era una ocurrencia secundaria en aquellos tiempos.
Me preocupaba el destino de mi ciudad más que cualquier otra cosa.
Cuando El Mentor volviera a aparecer por fin, me ocuparía de él.
Pero, por el momento, me preocupaba más el ejército que marchaba hacia mi hogar.
Y quizá también el ejército acampado a mi alrededor en aquel preciso instante.
Suspiré. —Creo que me siento un poco como tú.
—De todo el mundo, tú eres quien más debe de entender cómo me siento. Y con creces.
Me acarició la mejilla y mantuve su mano allí, sintiendo sus callos y su calor, saboreando su contacto. Dejó la mano apoyada un rato, hasta que por fin la bajó. Ojalá aquel momento hubiera podido durar para siempre. Quizá, cuando todo aquello terminara.
Ja. Eso era lo que siempre decía.
—Brett… —dije por fin, vacilante—. ¿Qué debería hacer?
—¿Con El Vigía?
Asentí. —¿Debería entrar por la fuerza en la cárcel para salvar a mis camaradas?
—Ya hemos organizado una fuga antes. Y Phillip ni siquiera es tan camarada nuestro.
—Aquello era Goldfield. Esto es Hope City. Nos gusten o no, el Consejo sigue al mando. Liberar a fugitivos… ¿de verdad transmite el mensaje adecuado?
Brett frunció el ceño. Vaciló. Eso era bueno y malo a la vez. Malo, porque significaba que no era una decisión fácil. Bueno, porque significaba que Brett no iba a darme una respuesta irreflexiva. Estaba pensándoselo de verdad.
—Odio al Consejo —dijo Brett—. Por lo que te han hecho y por lo que les han hecho a nuestros camaradas.
Creo que El Vigía tiene razón. Aparte de esa estética tan rara que llevan.
Esta ciudad los empujó a convertirse en delincuentes.
Odio pensar que nuestros camaradas están entre rejas mientras nosotros estamos aquí fuera…
—Pero… —pregunté, presintiendo lo que venía.
Brett frunció aún más el ceño. —Una pelea no es lo que esta ciudad necesita ahora mismo. Necesitamos unidad. Cabrear al Consejo no va a ayudarnos a conseguirla.
—¿Nos escucharán si no lo hacemos?
Brett negó con la cabeza. —Esta lucha era inevitable. Armas a la ciudadanía, la conviertes en héroes y luego intentas transformarla en la villana, y se defenderá.
—¿Ellos nos convirtieron en los villanos o fuimos nosotros?
—No dudes de ti misma, Kat. Todo lo que has hecho, lo has hecho para salvar a la gente.
Y no de esa forma de que el fin justifica los medios .
Llevas toda la vida enfrentándote a decisiones difíciles.
Tú no pusiste en marcha la maldad ni las desgracias.
Reaccionaste a ellas. Y siempre has sido tú quien nos ha conducido hacia la luz.
Me apretó con fuerza. —Tú me condujiste hacia la luz.
Nos abrazamos. En silencio y con ternura. Treth salió de la habitación, incómodo ante aquella muestra de intimidad. A mí me daba igual.
No sabía cuándo empezaría la guerra de verdad. No sabía cuándo volvería a disfrutar de un último respiro junto al hombre que amaba. Ni si volveríamos a tener un momento juntos cuando todo aquello hubiera terminado.
Alcé la cabeza y dejé que mis labios encontraran los suyos. Treth había tenido suerte de marcharse antes.
Solté a Brett y, con una sonrisa pícara, cerré la puerta con llave.
—No creo que Cindy y Guy vayan a volver pronto.
***
Ninguno de los dos estaba cansado cuando nos dimos cuenta de que nuestra ausencia podía resultar preocupante y de que Cindy quizá necesitara recuperar sus aposentos.
Nos besamos con dulzura antes de que abriera la puerta. Brett volvió a sujetarse la pistola al cinturón cuando terminamos.
—Guy quería que lo ayudara a vigilar a nuestros nuevos inquilinos —dijo.
—¡Lo siento! —exclamé, pero me interrumpió con otro beso.
—No te disculpes nunca —dijo con una sonrisa cargada de intención antes de marcharse.
Treth entró al mismo tiempo que él salía. Por su expresión, comprendí que no quería reconocer lo que había sucedido. ¡Por mí, perfecto!
—¿Has pensado algo más en lo que deberíamos hacer? —preguntó.
¡Adiós a mi felicidad! Volví a fruncir el ceño.
—Hay razones de sobra para elegir cualquiera de las dos opciones. Los de El Vigía son raros y Kyong ha cambiado demasiado para mi gusto, pero siguen siendo nuestros antiguos camaradas. Sin embargo, para que la ciudad sobreviva, necesitamos que el Consejo esté de nuestro lado. ¿Tú qué opinas?
—No tengo ni idea.
—Vaya sabio consejero estás hecho.
—La descripción de mi puesto se limita a asesorarte sobre la caza de muertos vivientes y a ofrecer citas sobre vaguedades morales.