17. El Vigía
El Vigía
Todos los hombres lobo salvo Trudie se habían transformado y formaban un perímetro alrededor de la mansión, interponiéndose entre El Vigía y nosotros.
Sus gruñidos colectivos hacían retumbar la tierra.
Trudie se encontraba a la cabeza, a mi lado.
Su mirada era mucho más amenazadora que cualquiera de aquellos gruñidos.
A Kyong no parecía importarle. Se levantó, abandonando la posición arrodillada, con una expresión mucho más seria de lo que jamás le había visto.
Kyong nunca había sido un bromista, pero siempre había sido de esos con los que podías tomarte una cerveza después de una cacería.
Este hombre parecía centrado únicamente en el trabajo. A todas horas. Había cambiado.
—¡Kat! —gritó con entusiasmo una voz familiar mientras un miembro enmascarado del Vigía corría hacia mí empuñando una glevia aún más familiar.
El resto del Vigía mantuvo aquella quietud tan extraña.
No sabía hacia dónde miraban. Las máscaras les conferían un aspecto inhumano.
Misterioso. Como si pudieran estar observándolo todo en cualquier momento.
Supongo que por eso decían que su vigilia nunca terminaba.
Heather se arrancó la máscara y su sonrisa alegre, aunque nerviosa, era tal y como la recordaba.
Antes de que pudiera decir o hacer nada, clavó la glevia en el suelo y me abrazó.
Oí siseos procedentes de mi abrigo cuando sus lágrimas cayeron sobre las llamas.
Pero el fuego no la quemó. Mi abrigo la recordaba como amiga.
Y, a pesar de lo que Cindy y Trudie me habían contado, yo no podía evitar sentir lo mismo.
—¡Kat! —repitió en voz más baja—. Has vuelto. ¡Por fin has vuelto! Sabíamos que regresarías.
—Hola, Heather —dije con cierta incomodidad.
Pero le devolví el abrazo. Se puso rígida y luego se relajó. Siempre le había costado encontrar el equilibrio entre la adoración que sentía por mí y una amistad sencilla y sincera. Nos conocíamos desde hacía años. Pero nunca había dejado de idolatrarme.
No parecía que El Vigía hubiera mejorado las cosas en ese sentido.
Nos separamos y Heather tomó aire. Seguía sonriendo. No parecía haberse percatado de los hombres lobo ni de que Trudie no había apartado la mirada de Kyong. La verdad es que Kyong tampoco. Seguía mirándome fijamente, sin parpadear, con aquella expresión casi distante.
Heather recogió la glevia y se colocó junto a Kyong. Nadie habló. El profundo estruendo de los gruñidos de los hombres lobo habló por todos nosotros. Mis amigos y mi familia permanecían a mi espalda, esperando.
—¿No vas a invitarnos a entrar? —preguntó Kyong. Se dirigía a Trudie, pero no rompió el contacto visual conmigo.
—Me gustas mucho más fuera —dijo Trudie—. El aire libre diluye tu peste.
Ningún miembro del Vigía reaccionó. Ni siquiera Kyong.
Pero percibí cómo aumentaba la tensión. Treth y algunos integrantes del Vasija aparecieron detrás de mí. A la espera.
Finalmente, Kyong suspiró. Y dio un paso al frente. Senegal saltó delante de nosotros, gruñendo. Trudie chasqueó la lengua y él retrocedió.
Senegal sabía de lo que Kyong era capaz. Pero haría cualquier cosa por proteger a su alfa y a su manada. Sin embargo, Trudie no permitiría que muriera en vano. Ni que muriera, si podía evitarlo.
—Has vuelto —dijo Kyong, haciendo caso omiso del hombre lobo rojo y de la mirada asesina de Trudie—. Eso significa que podemos empezar. No hay tiempo que perder.
—Más despacio, Kyong —respondí por fin mientras daba un paso al frente—. ¿Qué estás planeando? ¿Qué es lo que tenemos que empezar?
Kyong parpadeó, su primera señal de humanidad. Sorpresa. Como si creyera que yo ya formaba parte de su pequeño culto. Pero enseguida recuperó su expresión imperturbable. Asintió con aire comprensivo.
—Después de que te marcharas, el Consejo nos dio caza. Los Cruzados, en lugar de ser aclamados como héroes, fueron declarados terroristas. Y, peor aún, te presentaron como una especie de villana suprema. Pero nosotros sabíamos la verdad. Y no permitimos que arrastraran tu nombre por el fango.
—En lugar de eso, matasteis en su nombre, ¿verdad? —escupió Trudie, mostrando desdeñosa los colmillos de loba.
Kyong volvió a asentir. Como si no hubiera nada malo en la acusación de Trudie.
—Mantuvimos tu nombre fuera de las bocas de las garrapatas y los traidores.
Mantuvimos la vigilia por ti, Última Luz.
Algunos pagaron nuestra vigilia con la vida.
Otros, con su libertad. El Consejo nos persiguió.
Nos trató de forma más inhumana que a los monstruos contra los que luchábamos antaño.
Pero nunca dejamos de esperar. De observar.
Sabíamos que regresarías. Yo sabía que regresarías. Y ahora puedes arreglar las cosas.
Trudie parecía a punto de replicar. La interrumpí.
—Esta guerra contra el Consejo tiene que terminar, Kyong. Hay mucho más en juego. El Imperio y Goldfield marchan hacia la ciudad mientras hablamos. Podrían llegar mañana o pasado. Pero vienen hacia aquí. Hope City, nuestra ciudad, necesita estar unida para hacerles frente.
—Al Consejo le dará igual —respondió Kyong—. No hay posibilidad de llegar a un acuerdo. Nos mataron. Nos encarcelaron. Incluso ahora, nuestros camaradas se pudren entre rejas.
—¿Quiénes? —pregunté, observando a Heather por el rabillo del ojo.
Miraba a Kyong de la misma forma en que me miraba a mí. ¡Grietas! Aquella chica tenía que dejarse de tanta mierda de seguidora.
—Henri —dijo Kyong—. Bryce, los hermanos Eksteen, Krieg...
Siguió enumerando más y más nombres, pero ya percibía a mi espalda que la mención del encarcelamiento del amigo y antiguo compañero del Cuerpo de Brett había captado su atención.
Levanté una mano para poner fin a la lista. En su día había habido muchos Cruzados. Y estaba segura de que bastantes de aquellos nombres pertenecían a nuevos reclutas que se habían unido después de mi marcha.
Kyong se detuvo y luego dio otro paso al frente. Los hombres lobo que formaban el perímetro retrocedieron cuando avanzó. Casi de manera involuntaria. Debían de oler su poder. Su chispa en estado puro.
—Necesitamos tu ayuda, Última Luz. Para sacarlos de allí. Para darles la libertad que merecen. Para que se haga justicia.
—Es cierto que ninguno de los Cruzados tuvo un juicio justo —dijo Cindy mientras avanzaba para colocarse a mi lado—. Permanecen en prisión preventiva por tiempo indefinido, a la espera de un juicio que nunca llegará.
—¿No se supone que el Espíritu de la Ley debe impedir ese tipo de cosas? —pregunté.
Cindy negó con la cabeza.
—Por cada salvaguarda contra la tiranía, hay un resquicio legal. El Consejo puede seguir aplazando la fecha del juicio de por vida. Normalmente, los grupos de defensa de los derechos civiles les exigirían responsabilidades, pero...
No había grupos de defensa de los derechos civiles durante una guerra civil. Y el único grupo que abogaba por su liberación era el mismo que había sido declarado enemigo del Estado.
—Pero... —continuó Cindy—. Atacar las prisiones del Consejo no ayudará. Solo conseguirá enfurecerlos aún más. Necesitamos la paz. Cuanto antes, mejor.
Kyong negó con la cabeza.
—No hay forma de llegar a un acuerdo con el Consejo. Ellos son el enemigo. No negociarán con la Última Luz. La presentan como una fugitiva de la justicia. Preferirán ver arder esta ciudad antes que admitir que se equivocaron.
Kyong no estaba bien. Se había vuelto mucho más fanático y cínico de lo que jamás le había visto. Pero lo que decía tenía sentido.
Nunca había conocido a un Consejo racional ni razonable. Y eso había sido en tiempos mejores. Después de que derrotáramos al nuevo Necroseñor con la ayuda de CDF y HCPD, el Consejo nos había declarado traidores. En aquel momento, solo nuestra popularidad había evitado que acabáramos en prisión.
En aquella época caótica, con cada vez menos aliados, ¿cómo podíamos esperar llegar a un acuerdo con un gobierno empeñado en matarnos?
Había abandonado a mis camaradas dos años atrás. Había permitido que los arrestaran y que sufrieran persecución mientras yo emprendía una misión absurda a instancias de unos dioses embusteros.
¿Quizá había llegado el momento de expiar mis culpas?
Fuera como fuese, mientras el reloj seguía avanzando inexorablemente hacia el fin del mundo, sabía que necesitaba a todos los Cruzados de vuelta en la cacería.
Y, si el Consejo no estaba dispuesto a negociar, no nos dejaba otra opción.
Asentí despacio. Trudie abrió los ojos de par en par, conmocionada. Cindy se mordió el labio. Pero no protestó.
—No tenemos elección. Vamos a sacarlos de allí.