16. Reencuentro
Reencuentro
Pasamos el día juntos. Todas las personas a las que quería, reunidas en un mismo lugar.
Cada parte de mi vida, cobijada en aquella casa protegida por hombres lobo y bosques féricos.
Por primera vez en mucho tiempo, no temía que El Mentor apareciera de la nada para atormentarme ni que un proyectil perdido me arrebatara a mis camaradas.
Los hombres lobo, sobre todo los gemelos, tenían una energía inagotable.
Jugaban como perros de verdad o como niños.
Echaban carreras y se peleaban, y después organizaron un torneo de ajedrez Drentari.
Ari le arrebató la victoria a Aratax, para gran disgusto de este.
Al parecer, el juego no era Drentari, sino Sintari.
Miré a Mandy en busca de confirmación, pero ella se limitó a encogerse de hombros.
Había empezado a pensar que, en esencia, no era más que ajedrez humano.
Cuando no estaba intentando dejar atrás a una manada de juguetones hombres lobo, hablaba con mis amigos. Hablamos de todo. Del tiempo que habíamos pasado separados y de lo que nos habíamos perdido. Bromeamos y rememoramos viejos tiempos. Los buenos y los malos.
Pero no hablamos de guerras pasadas. Ni de las que estaban por venir. Aquel era un día de paz. Un día en el que podíamos limitarnos a disfrutar de la compañía de los demás sin inquietudes.
Cuando surgió el tema de nuestro viaje, no hablamos de las trincheras ni de la sangre.
Hablamos de la belleza de París antes de su caída, de la bondad de los habitantes de Villing, de lo extraños que eran los fae de Inglaterra.
Mandy preguntó por los elfos de Europa. No pude contarle gran cosa.
Había luchado junto a elfos y también contra ellos.
Se parecían mucho a los de aquí. O estaban integrados o permanecían ocultos.
Me senté en los escalones con Troodz, su madre, Cindy y mi tía.
El padre de Trudie, Brett, Guy, Senegal, Ari y Pranish se ocupaban de una parrilla enorme en la que chisporroteaban filetes, costillas y salchichas.
¡Alimentar a una manada de hombres lobo salía caro!
Pero ninguno estaba desnutrido. Parecían sanos.
Felices. Me alegré y sentí un gran alivio.
—¿Qué habéis estado haciendo para ganar dinero? —pregunté—. Jane dice que os librasteis de las condenas porque erais contratistas externos.
La sonrisa de Trudie se agrió hasta convertirse en una mueca.
—Nos acosaron durante un tiempo por eso. Jane todavía tenía influencia entre los magistrados; ahora incluso más. Nos libramos, pero desde entonces no hemos podido cazar. Bueno, al menos no monstruos.
—¿No monstruos?
Trudie sonrió de oreja a oreja.
—Tendrás que preguntarle a Pranish cómo empezó, pero estás mirando a una cazadora de recompensas con licencia. Nos dedicamos a atrapar delincuentes y meterlos entre rejas.
—¿Y al Consejo le parece bien?
Trudie se encogió de hombros.
—Da igual si les parece bien o no. Hoy en día, no solo los monstruos siembran el terror en las calles.
El año pasado aprobaron la Ley de Cazadores de Recompensas.
Muchos excazadores que querían dejar de perseguir presas mayores se pasaron a cazar personas.
No es tan divertido, y la mayoría de las veces solo entregamos citaciones, pero sirve para llevar comida a la mesa. Eso y, bueno… Mandy, cuéntaselo tú.
—¡Se lo enseñaré! —exclamó Mandy, entusiasmada. Entró corriendo en la casa y regresó enseguida con un libro de cocina de tapa dura. Me lo entregó.
—Te he guardado este ejemplar. ¡Es tuyo!
El título rezaba: «El libro de cocina Sintari», de Mandy Caleb y Ari Kara’zar.
—¡¿Has escrito un libro?! —pregunté y exclamé a medias—. Bueno, un libro de cocina. Ya sé que eres una autora prestigiosa.
—Es un superventas —añadió Charne—. Y ha sido todo un éxito con todos menos con Aratax.
—En secreto le encanta —dijo Trudie, guiñándome un ojo.
—Yo quería llamarlo Análisis antropológico de los hábitos alimentarios y las preferencias culinarias de la civilización Sintari , pero Ari quería un título más pegadizo.
—¡Se llame como se llame, me encanta! ¡Muchas gracias!
En cuanto tuviera ocasión, prepararía una comida élfica. Bueno, hacía una eternidad que no cocinaba nada aparte de piezas de caza sobre una hoguera, pero estaba segura de que aún sabría usar un fogón si me lo proponía.
—Mandy y Ari insistieron en compartir los derechos de autor con nosotros —dijo Trudie.
—¡Me dejáis vivir aquí con todos vosotros! ¡Es lo menos que puedo hacer! —exclamó Mandy.
—Ya te hemos dicho que eres más que bienvenida…
Charne y Trudie se pusieron a discutir con Mandy, insistiendo en que podía vivir con ellos todo el tiempo que quisiera. En que era de la familia. Mandy insistió en que eso significaba que tenía que contribuir.
Contemplé el intercambio con una sonrisa silenciosa, mientras los ojos volvían a llenárseme de lágrimas.
Las cosas habían sido difíciles para ellos, pero se habían tenido los unos a los otros. De todas las escenas que había presenciado desde mi regreso a Hope City, aquella era la mejor. Me quitó un peso de encima.
Sin embargo, cuando vi a Candace de pie, apartada de todos, mirando hacia el bosque férico, aquel peso volvió a caer sobre mí.
En otro tiempo, habría estado sentada conmigo en los escalones.
Tímida, pero reconfortada por mi presencia.
O estaría hablando con Pranish, comparando apuntes sobre los arcanos.
Ahora, en cambio, se mostraba distante. Ni siquiera la presencia de Duer y Brivvy consiguió hacerla salir de su caparazón, y ambas terminaron por renunciar a hablar con ella.
Mi único consuelo era la presencia de Hyena, que se sentó tranquilamente junto a ella, en silencio. Agradecía más de lo que él jamás podría imaginar que aquel enorme bulto de pelo y dientes hiciera compañía a mi hermana de alma.
La comida estuvo lista cuando el sol empezaba a ponerse. Comimos en una larga mesa del jardín trasero. Hasta Candace se unió a nosotros. Hyena prácticamente tuvo que arrastrarla.
Trudie dirigió al milímetro la distribución de los asientos y se aseguró de que yo me sentara entre ella y Candace.
Curiosamente, colocó a Aratax, el Drentari, al otro lado de Candace, frente a Ari.
Los dos elfos se lanzaban miradas asesinas, al tiempo que insultaban de vez en cuando a todo el pueblo del otro.
Trudie me confesó en voz baja que aquello la divertía.
No tardé en comprender por qué había sentado juntos a Candace y Aratax.
Cuando el Drentari no estaba librando duelos verbales con Ari, se volvía hacia Candace y le hablaba en su lengua materna. Candace la entendía. Estaba estrechamente emparentada con una de las escrituras de sus hechizos. Habló más con aquel elfo oscuro que en todos los últimos días.
Sospechaba que habían desarrollado algún tipo de afinidad.
No conocía las costumbres de los Drentari, pero, si los Sintari eran maestros de la magia de la luz, probablemente los Drentari lo fueran de la oscura.
Esperaba que Candace encontrara cierta camaradería en aquel elfo, aunque su uso de la magia oscura todavía me provocara escalofríos.
Cuando por fin dejamos limpios los platos tras aquel abundante festín de carne y verduras frescas, advertí por el fugaz cambio en la expresión de Cindy que quería pasar a asuntos más serios.
Por mucho que me doliera, comprendía que era necesario. Desde el otro lado de la mesa, Cindy me dirigió una mirada seria. Me preguntó sin palabras si debía dar ella la noticia o si prefería hacerlo yo. Me levanté y asumí aquella carga.
La conversación cesó cuando me puse en pie. Hasta los gemelos dejaron de parlotear y clavaron en mí sus intensos ojos dorados.
—Escuchadme todos —empecé, alzando la voz para que cuantos rodeaban la larga mesa pudieran oírme—. Volver a estar entre vosotros es todo lo que he deseado durante estos últimos dos años. Por primera vez en mucho tiempo, al fin siento paz.
Hice una pausa y contemplé los rostros de mis personas favoritas del mundo. Me devolvieron la sonrisa. Con ánimo tranquilizador. Incluso Candace, a mi lado. Había oscuridad en su interior. Podía verla. Pero también muchísimo amor. Eso lo sabía.
Había llegado el momento de corresponder a ese amor. Y de permitirle tomar sus propias decisiones.
Respiré hondo y me preparé para lanzar una bomba sobre la paz tan duramente conquistada de aquel soleado día de invierno.
—No quiero precipitarnos a otra guerra. Pero la guerra no nos da elección. Se abalanza sobre nosotros. Anteayer cayó la Línea de los Tres Puntos.
Una exclamación ahogada colectiva interrumpió mi discurso. Los padres de Trudie y Mandy palidecieron. La Línea de los Tres Puntos había contenido la marea desde que eran niños. Pero ya no.
Curiosamente, Trudie no compartía la expresión consternada de sus padres. En sus ojos solo destelló un curioso fulgor dorado, casi hambriento.
—Decenas de miles de Impi se dirigen hacia nuestra ciudad. Traen consigo máquinas de guerra a las que la mayoría de nosotros nunca hemos tenido que enfrentarnos. Y esperaba que nunca tuviéramos que hacerlo.
Que nunca tuviéramos que volver a hacerlo, en cualquier caso. Para Brett, Candace y para mí ya era demasiado tarde. Habíamos visto lo que podía hacer la guerra moderna. Incluso en un mundo de magia.
Negué con la cabeza, deseando no tener que afrontar aquel día. Pero mi vida había estado llena de días difíciles. Y yo seguía viva y dando guerra.
—Nuestra ciudad se encuentra al borde de la aniquilación.
Pero nos tiene a nosotros. Y nos mantendremos firmes ante el terror.
Como siempre hemos hecho. Estamos acostumbrados a enfrentarnos a la oscuridad y a lo monstruoso.
Y nos enfrentaremos a ambos por igual cuando el enemigo llegue hasta nosotros.
Mi mirada se cruzó con la de Brett. Él me miró directamente al alma y yo hice lo mismo. Creía en mí por completo. Creía que superaríamos aquello. Que venceríamos.
Me dio fuerzas.
Me erguí aún más.