16. Reencuentro #2
—Los derrotaremos. Defenderemos nuestra ciudad. Cueste lo que cueste.
Cayó el silencio. Aratax y Ari lo rompieron al ponerse a aplaudir con estrépito, cada vez más fuerte en su afán por superar al otro.
Treth permanecía en el campo junto a Gorgo y Arden, observando mi discurso. Tras ellos se alzaba el Ejército de la Vasija. No aplaudieron. Pero sentí su determinación. Su disposición para luchar. Incliné la cabeza hacia Treth. Él me devolvió el gesto.
Estaban preparados. Sabía que lo estaban. Y sentí cómo cobraban fuerza al tiempo que lo hacía mi determinación.
Volví a sentarme cuando los elfos pusieron fin a su competición de aplausos.
Me volví hacia Trudie.
—Siento ser portadora de malas noticias, Troodz.
—Las malas noticias son lo habitual, Kats. Al fin y al cabo, esto es Hope City. Me alegro de que hayas vuelto. No importa qué más venga detrás de ti.
Puso una mano sobre la mía y la apretó.
—O qué hayas dejado atrás.
Percibía algo en mí. Olía la guerra y el barro de las trincheras. No necesitaba ser una mujer lobo para saber que no había regresado siendo la misma que antes. Solo necesitaba ser mi amiga.
Y lo único que tenía que hacer era aceptarme.
Había madurado. Muchísimo.
Cindy se puso en pie.
—Antes de que los Impi y Goldfield lleguen, tenemos que unir la ciudad. No podremos organizar una defensa mientras las facciones luchen por el poder.
Varias personas asintieron alrededor de la mesa.
—Tengo que encontrar a El Vigía —respondí—. Y conseguir que pongan fin a esta guerra.
Trudie se puso tensa. La mención de El Vigía la incomodó de manera visible. Mucho más que hablar de la invasión.
—El Vigía no trae nada bueno, Kats. Nuestros amigos… Bueno, ya ni siquiera estoy segura de que sigan siéndolo. Heather, Henri, Kyong… Es como si fueran personas distintas.
Me miró y el fulgor dorado había desaparecido de sus ojos. Solo quedaba el nerviosismo.
—Creo que perderte los volvió locos.
Otro de mis pecados por el que expiar. Trudie adivinó lo que estaba pensando.
—Lo siento. No es culpa tuya. Tenías que marcharte…
¿De verdad?
—Por desgracia, Trudie tiene razón —añadió Cindy—.
La ciudad se volvió loca sin ti. Pero tú no tienes la culpa.
La ciudad se enfrentó a un apocalipsis, todos sus héroes fueron desarmados y, antes de que pudiera recuperarse de verdad, se vio sumida en una guerra civil.
Pero ahora todo eso pertenece al pasado.
Lo que debemos hacer es planear nuestro siguiente paso.
Tenemos que poner fin a la guerra, unir la ciudad y estar preparados para afrontar la invasión.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó Pranish con cierto desinterés. A veces parecía un poco raro. Un poco como Candace.
Cindy hizo una pausa y advertí la reticencia en su expresión cuando estuvo a punto de morderse el labio.
—Si la CDF no cae de inmediato, dos días. Como máximo.
Un silencio tenso se apoderó de la mesa. Trudie se levantó y golpeó la mesa con ambas manos.
—Bueno, ¡pues pongámonos a planear!
***
Pasamos el tiempo posterior a la cena, hasta que el sol se ocultó por completo, hablando de estrategia y de cómo pondríamos fin a la guerra civil y uniríamos la ciudad.
Recordé a mis aliados de la ciudad. Las distintas manadas de hombres lobo, Heiligslicht, los orcos y los ogros, los cazadores de monstruos e incluso ciertos individuos de la policía y la CDF. Hasta se mencionó a los vampiros de Sanguineas como posibles aliados. Pero sencillamente no bastaban.
El principal escollo era, por supuesto, aquella disputa entre el Consejo y El Vigía. Mientras la ciudad se estuviera despedazando a sí misma, no podría defenderse.
Aratax sugirió que hiciéramos una demostración de fuerza para imponer obediencia. Ari estuvo de acuerdo. Aratax sugirió entonces que aquella demostración de fuerza consistiera en un empalamiento ritual. Ari dejó de estar de acuerdo.
Pregunté a Cindy y a Trudie si creían posible hacer entrar en razón a El Vigía. La verdad era que no lo sabían. Pero, aunque fuera posible, el Consejo seguía siendo un problema.
Las elecciones se habían pospuesto una y otra vez, de modo que el puesto de la Presidencia seguía en manos de un grupo de antiguos compinches de Riaan.
Me culpaban del apocalipsis y de El Vigía.
No les haría ninguna gracia que hubiera vuelto.
Por no mencionar que, aunque yo había destruido el Cónclave en Europa, era muy probable que muchos de sus agentes siguieran ocupando puestos menores en la administración de Hope City.
Lo habían dejado bien claro al sabotearme a lo largo de los años.
Así que, pese a mis reservas respecto a El Vigía, todavía parecían los más razonables de los dos. No podía ponerme de parte de quienes intentaban detenerme, ¿verdad?
A medida que avanzaba la noche, se formaron distintos grupos para hablar por separado de ideas y puntos de vista. Brett, Guy y Ari ya discutían minucias de estrategia militar que no podríamos llevar a cabo sin un ejército permanente a nuestras órdenes.
Trudie se había marchado para acostar a los gemelos.
Al fin y al cabo, no eran más que unos niños.
Treth y los Espíritus del Recipiente habían organizado salas de guerra, donde hablaban de tácticas y de cómo ayudarían a mantenerme a salvo durante la batalla.
Serían más útiles contra los no muertos y los vampiros.
Pero, últimamente, eran los soldados convencionales quienes más miedo me daban.
Durante todo aquello, advertí que dos personas no se relacionaban con nadie. Se mantenían apartadas y en silencio. A Candace la entendía. Libraba su propia batalla dentro de su cabeza. Pero Pranish también se había mostrado distante casi todo el tiempo. Más frío. ¿Qué le pasaba?
Cuando los padres de Trudie y Mandy me dieron las buenas noches, me quedé sola con mis pensamientos y preocupaciones. Y sin nadie que me impidiera seguir a Pranish cuando se dirigió a la parte delantera de la mansión, donde lo encontré sentado en los escalones.
La mansión que se alzaba tras nosotros amortiguaba el ruido de las conversaciones y de los hombres lobo que salían a correr por la noche.
Su silueta resultaba imponente en la oscuridad, recortada contra la luz de la luna y las lámparas del jardín.
Aunque daba mucho menos miedo que cuando la vi por primera vez.
El jinete fantasmal que había atormentado aquella propiedad cabalgaba de nuevo por ella, pero ahora formaba parte de la Vasija.
Pranish me saludó sin mucho entusiasmo cuando me senté a su lado. No fumaba, pero en aquel momento un cigarrillo no habría desentonado entre sus dedos ociosos.
Siempre había sido un poco callado. Bueno, a menos que consiguieras que hablara de hechicería o legismancia. Pero nunca había estado tan silencioso. Era como si ocultara algo.
—Suéltalo, Prani —dije por fin—. ¿Qué te reconcome?
Fue muy sutil, pero en los labios de Pranish apareció una leve sonrisa.
—Es difícil soltar algo cuando está congelado —respondió.
—¿Es una historia relacionada con el hielo?
—Más o menos.
Asentí, fingiendo entenderlo.
—Cindy y Trudie me han contado que detuviste a un pez gordo, un Archimago llamado Drez Condor. Cindy sospecha que fue él quien inventó el hechizo que derribó la Línea de los Tres Puntos.
Pranish hizo una mueca.
—Debió de salir de la cárcel. Lo de siempre. A veces desearía que existiera la pena de muerte.
Fruncí el ceño. No me había dado cuenta de que era algo tan personal.
—¿Qué ocurrió? —pregunté.
—Muchas cosas, Kats —suspiró—. Pero probablemente sea buena idea hablar de ello…
De haber tenido un cigarrillo, habría dado una calada para añadir dramatismo al momento.
—Drez Condor intentó matar a mi familia. No a esta. A la biológica. Ellos lo traicionaron, así que él trató de matarlos a todos con un vórtice apocalíptico.
—¡Leí algo sobre eso!
Pranish pareció sorprendido.
—¿En Europa?
Asentí.
—Las noticias internacionales escasean, pero los periodistas consideraron que el vórtice era lo bastante importante para escribir sobre él.
Pranish asintió. Aquello pareció despertar algo en él. Tal vez ¿orgullo?