15. Tokai #2
Me miró a los ojos. Los suyos relucían con un dorado lleno de emoción. Me dedicó una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Estás perdonada!
Se acercó más, ensanchando aún más la sonrisa.
—Y ese aspecto de pirata te queda genial.
Me toqué el parche y me ruboricé un poco mientras mi amiga soltaba una carcajada.
Trudie se apartó y me ayudó a levantarme mientras más personas bajaban los escalones de la mansión. Los padres de Trudie me abrazaron como si fuera una de los suyos.
—Sabíamos que volverías —susurró Charne Davison, estrechándome con fuerza.
Entonces sí que se me humedecieron los ojos.
Mandy, mi tía, fue la siguiente en abrazarme. No hubo ni rastro de la incomodidad tan habitual en ella. Ni siquiera sacó el tema de los elfos. Tenía lágrimas en los ojos. Me dijo que me quería.
Un joven pelirrojo cubierto de pecas estaba junto a una elfa de cabello rojo sangre. Ella llevaba varios cinturones cruzados repletos de cuchillos. Senegal y Ari. Les estreché la mano a ambos.
—¿Significa esto que la caza continuará? —preguntó Ari sin más.
Asentí con gesto sombrío y ella me devolvió el asentimiento.
Por fin vi a Pranish en lo alto de las escaleras. Pasé junto a los demás mientras saludaban a Brett, Guy y Cindy. Candace permanecía apartada, mientras los pixies se marchaban a hablar con otros fae en los bosques, aburridos de la compañía humana. ¡Y Duer había dicho que no me perdería de vista!
Pranish me miró con unos ojos fríos y acerados. Me detuve. Esos no eran los ojos de mi amigo. Pero, antes de que pudiera preguntarle qué ocurría, me estrechó entre sus brazos.
—Me alegro de que hayas vuelto.
Sonreí levemente.
—Tenemos muchas cosas que contarnos, Prani.
Mi débil sonrisa se convirtió en una amplia.
—¡Luego quiero que me cuentes lo de Drez Condor!
Se echó a reír mientras nos reuníamos con los demás.
De unas casitas nuevas distribuidas por la propiedad habían salido más personas. Las llamaba personas, pero no estaba del todo segura de que lo fueran.
Trudie sonrió cuando Pranish y yo nos unimos al grupo.
—¡Kat! Ha llegado el momento de que conozcas a la manada.
Señaló a los gemelos Gibson.
—Ya conoces a Sarah y Todd. Por cierto, esos son los nombres que han elegido.
—¿Yo soy Sarah? —preguntó el gemelo.
—¿O soy yo Sarah? —añadió la gemela.
—¿O somos los dos Todd? —preguntaron al unísono entre risitas.
Trudie suspiró.
—¡Por última vez, vosotros dos no sois idénticos!
Eso solo hizo que se rieran aún más.
Trudie señaló a una de las recién llegadas.
Era más o menos de la misma estatura que ella.
Es decir, baja. Tenía una figura esbelta hasta extremos casi antinaturales, pero sin llegar a estar esquelética.
Su cabello rojo oscuro, casi castaño rojizo, le caía en cascada hasta los tobillos.
Olía a bellotas y a rocío. Y tenía las orejas puntiagudas.
Algunos podrían haberla confundido con alguna raza de elfa. Yo sabía que no lo era. Era una fae superior. Y, por lo visto, también una mujer lobo.
Por lo general, los fae no podían contagiarse de licantropía. Pero en el Entremedio siempre había excepciones a todas las reglas.
—Esta es Ginger —explicó Trudie.
—Kat Drummond —dijo ella, con una voz que poseía la esencia de las hojas danzando al viento—. He oído hablar mucho de ti.
Se acercó para abrazarme y yo le devolví el abrazo.
—Ginger es como la llamamos cuando se unió a la manada. Pero se ha negado a decirnos su verdadero nombre —siguió explicando Trudie.
—Ginger es mi verdadero nombre ahora —replicó Ginger.
Tras Ginger se rezagaba una criatura a la que yo había tratado de ignorar. Era un ser esquelético que se alzaba sobre ella y parecía estar hecho de sombras cambiantes.
Trudie no parecía inquieta por su presencia. Se limitó a sonreír, lo cogió de la mano sombría y anunció:
—Este es Stalker. El admirador número uno de Ginger.
Fue muy sutil, pero Ginger pareció ruborizarse. Stalker no hablaba. No se comunicaba verbalmente. Igual que los gemelos en otro tiempo.
Antes de que Trudie pudiera presentar a la última persona, él dio un paso al frente.
—Así que tú eres la gran Última Luz.
Sonó más a acusación que a pregunta.
Parecía un elfo Sintari, pero tenía la piel negra como el carbón. Hasta sus ojos eran negros. Solo podían distinguirse de la piel por el brillo de la humedad. Ni siquiera me había fijado en él hasta que habló.
—Lo soy —respondí, clavando mi único ojo en los suyos.
Nos sostuvimos la mirada un rato, hasta que el elfo oscuro asintió y me tendió la mano.
—Soy Aratax. Deberíamos hablar de grandes asuntos. Sospecho que tu afinidad con los Sintari quedará corregida cuando conozcas la grandeza de los Drentari.
Ari resopló. Mandy puso los ojos en blanco.
No pude evitar echarme a reír.
Por fin, Hyena se acercó a mí meneando la cola. Se sentó sobre los cuartos traseros y esperó a que lo presentaran.
Trudie le puso una mano sobre la cabeza y lo rascó detrás de las orejas.
—Este es Hyena. Sí, ya sé que es un nombre muy original. Por desgracia, todavía no ha vuelto a encontrar su forma humanoide.
Hyena volvió a lamerme la mano.
—Conozco a los licántropos —dijo Allandrea dentro de mi mente—. Este no es uno de ellos. Pero percibo su lealtad hacia su nueva manada. Los quiere.
Miré fijamente a Hyena a los ojos mientras Allandrea me explicaba aquello. De algún modo, pude ver su verdadera naturaleza. No era un hombre lobo. Ni siquiera un licántropo. Pero quería a su nueva familia.
Llegamos a un entendimiento tácito y decidí guardar su secreto.
—¡Y esos son todos! —Trudie dio una palmada—. Han sido dos años de locura. Tenemos muchísimo que contarnos. Pero...
Sorbió por la nariz y contuvo las lágrimas. Transformó esas lágrimas incipientes en una sonrisa.
—Me alegro de que hayas vuelto, Kat. Te he echado de menos.
Le devolví la sonrisa.
—Yo también te he echado de menos.
Qué bien sentaba estar en casa.