El Titán Despierta (Serie Kat Drummond 18) 15. Tokai
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15. Tokai

Tokai

La noticia de mi regreso corrió como la pólvora. Me daba igual. Estaba cansada de esconderme. ¡Esta era mi ciudad! Y, para protegerla como era debido, necesitaba poder dar la cara.

Sin embargo, antes de enfrentarme al Consejo y ajustar cuentas definitivamente con la ley, tenía que acudir a otro reencuentro.

Pasamos la noche en el Complejo Heiligslicht. Cindy se ofreció a buscarnos una habitación, pero yo no quería cargar con la responsabilidad de echar a ningún paciente a los pasillos. No es que Cindy hubiera hecho algo así. Lo más probable era que nos hubiese cedido su propia habitación.

En vez de eso, Brett y yo optamos por dormir en la sala contigua a la habitación de Cindy y Guy.

En otro tiempo había sido la sala de espera de la consulta de algún médico del hospital.

Ahora la habían convertido en los aposentos de la Chapter-Meister.

Percibía que Cindy se sentía culpable por vivir con cierto lujo mientras había gente durmiendo fuera, en tiendas de campaña.

Pero yo había visto las habitaciones que solían ocupar los dirigentes y, en comparación, Cindy vivía como una indigente.

Dejaba muy claro qué clase de líder era. Una que merecía liderar.

Candace no regresó hasta el amanecer. No le hice preguntas.

Por la mañana, partimos con las primeras luces en una furgoneta de Heiligslicht. Themba se quedó allí. Se merecía descansar después de perder a sus camaradas en la Línea de los Tres Puntos.

Nadie más había salido del complejo para difundir la noticia de mi regreso, pero una horda de bárbaros de otro mundo, varios matones y una familia agradecida habían sido testigos de mi vuelta. Por no mencionar a cualquiera que hubiera reconocido mi abrigo desde lejos.

La policía no tardaría en venir a por mí.

Y, antes de que eso ocurriera, quería asegurarme de reunirme con el resto de mi familia.

Brett y Guy iban delante, hablando sin parar. Incluso Guy. Cindy y yo intercambiamos una mirada. Ninguno de nuestros hombres había sido nunca tan parlanchín. Era como si intentaran compensar los dos años que habían pasado separados. Bueno, eso era precisamente lo que hacían.

Y Guy y Brett no fueron los únicos que hablaron durante todo el trayecto hacia los verdes suburbios del sur de Hope City. Duer y Brivvy habían insistido en acompañarnos.

—¡No pienso perderte de vista, Maddy! —insistió Duer, encaramado a mi hombro.

Durante el viaje, él y Brivvy se acercaron a la ventanilla, desde donde contemplaron boquiabiertos todo cuanto dejábamos atrás.

—Hay muchísimo trabajo de jardinería por hacer —exclamó Brivvy ante los campos desolados y los árboles moribundos.

—Gigantes tontos —respondió Duer—. No saben cuidar de nada sin nosotros.

¡Parecía que era verdad!

—La situación no hará más que empeorar durante los próximos días —expliqué—. Pero después tendremos tiempo para reconstruir.

Los pequeños pixies me ignoraron como a la forma de vida inferior que era mientras discutían sobre fertilizantes.

—¿Qué viste? —preguntó Cindy, frunciendo el ceño ante la devastación que se extendía por toda la ciudad—. Me refiero a la Línea de los Tres Puntos.

—Magia de Armagedón —dijo Candace con sencillez desde el asiento del fondo.

Cindy hizo una mueca.

—Esperaba que no tuviéramos que volver a ver magia de Armagedón después de que Pranish metiera a Drez Condor entre rejas. Aunque no me sorprendería que hubiese vuelto a escapar.

—¿Drez Condor? —pregunté—. ¿Y Pranish lo metió entre rejas?

¡Sí que me había perdido cosas!

—Archimago —intervino Candace con aquel tono frío y monótono que ya se había vuelto habitual en ella—. Inventó una escuela de magia de Armagedón.

—¿Y qué hizo Pranish?

Cindy sonrió, casi con picardía.

—Hay mucho que contar. Dejaré que te lo cuente él.

Su sonrisa astuta comenzó a desvanecerse de inmediato.

—¿Viste cruzar a los Impi?

Asentí.

—¿Cuántos? —preguntó sin rodeos.

Negué con la cabeza.

—Demasiados. Decenas de miles. Tanques, vehículos blindados, magos, no muertos. Los restos de los Izingane Zegazi estarán entre ellos. Y no son solo los Impi. Han formado una alianza con Goldfield. No tardarán en llegar desde el norte miembros del Cuerpo de Magos de Goldfield y agentes.

—Inutilizarán infraestructuras esenciales —terció Brett, que había estado escuchando—. Asesinarán a líderes locales. Bombardearán escuelas, tiendas e iglesias. Sembrarán el caos.

Resoplé.

—No les queda mucho por hacer.

Cindy frunció aún más el ceño.

—La CDF está destrozada. La HCPD no está mucho mejor. No estoy segura de que podamos organizar la defensa de la ciudad.

—Debemos hacerlo —dijo Guy con la franqueza de siempre—. Este es el final del camino. No tenemos ningún otro lugar al que ir.

Me descubrí asintiendo junto con mis camaradas. Incluso Candace.

—Esta es nuestra ciudad —dije—. Y todavía hay gente que cree lo suficiente en ella como para plantar cara. ¿Cuánto creéis que tardarán en atravesar el paso de Sir Lowry?

—Más o menos... —Brett lo meditó un poco—. Dos días, quizá tres. Por lo que sé, no han vuelto a utilizar la magia de Armagedón que emplearon en la Línea. De lo contrario, ya estarían aquí. Y la CDF probablemente los hostigará con tácticas de ataque y retirada desde George hasta Paarl.

—¿Y Goldfield? —preguntó Cindy.

La expresión de Brett pareció ensombrecerse. Conocía Goldfield demasiado bien.

—Ya están aquí.

Bueno, eso sonaba siniestro.

—Tenemos que unir la ciudad —dijo Treth. Repetí sus palabras para quienes no podían oírlo—. Es de suma importancia que pongamos fin a esta guerra civil.

—Es más fácil decirlo que hacerlo —respondió Cindy—. Pero, si alguien puede conseguirlo, eres tú, Kat.

Pero, antes de eso, tocaba un reencuentro.

Dejamos atrás los jardines desolados y abandonados por los fae, así como las casas con puertas y ventanas tapiadas, y nos adentramos en un bosque que seguía verde y exuberante.

Parte de la vegetación era tan espesa que ningún ser humano habría podido abrirse paso.

Un arcoíris de flores pintaba de colores los muros verdes.

En Tokai aún quedaban fae. Eso estaba claro.

Lo cual significaba que no todo estaba perdido.

Subimos por un camino de tierra, pasando bajo ramas cargadas de hojas verdes y flores. El sol se filtraba por los huecos entre las ramas y las hojas, dejando pasar rayos de luz dorada que iluminaban la avenida frente a nosotros.

La avenida invadida por la vegetación desembocaba en un campo de césped perfectamente cuidado.

Un extraño reducto de civilización en una zona conquistada por los bosques fae.

El camino de tierra se convertía en uno de grava y trazaba un círculo alrededor de una isleta de parterres.

Más allá de aquella glorieta, llena de coches aparcados, se alzaba una mansión de color amarillo pálido, con tejado de paja, columnas ornamentadas y la maravillosa aura de la historia.

Técnicamente, Mansión Tokai me pertenecía.

Había sido un regalo de Miriam LeBlanc. Clienta, profesora y querida amiga.

Los vampiros a los que había dedicado su vida a comprender se la habían llevado demasiado pronto.

Y ella me había dejado su hogar. Pero yo jamás podría vivir allí.

Ese honor estaba reservado para mi mejor amiga del mundo y su creciente familia.

Cuando entramos en la glorieta del aparcamiento, vi a tres hombres lobo jugando sobre el césped. Era una pelea alborotada, con abundantes gruñidos juguetones y dientes al descubierto, pero sin sangre ni huesos rotos.

Reconocí a dos de los hombres lobo. Parecían enormes golden retrievers. Los gemelos Gibson. Pero el otro se parecía más bien a... bueno, a una hiena. Una hiena enorme de narices.

Cuando detuvimos el coche, los hombres lobo dejaron de revolcarse por el césped y alzaron la vista hacia nosotros. Los gemelos corrieron emocionados a nuestro encuentro mientras adoptaban su forma humana. Ignoré su desnudez, como era necesario hacer cuando una estaba rodeada de hombres lobo.

Sonreí al verlos acercarse y luego me quedé atónita cuando las palabras empezaron a brotar de sus bocas.

—¡Kat! ¡Kat! ¡Kat! —dijo el gemelo.

—¿Por fin has vuelto? Alfa te echaba de menos. Todos lo hacíamos —añadió la gemela.

¡Hablaban! Los gemelos nunca hablaban. En otro tiempo habían sido solitarios.

Hombres lobo traumatizados, incapaces de recuperar el sentido de su propia humanidad.

Trudie había conseguido incorporarlos a la manada.

Pero aun así nunca habían sido capaces de hablar.

Bueno, hasta algún momento de los últimos dos años, por lo visto.

Todavía sonaban un poco como niños. Se expresaban con cierta inseguridad. Pero suponía un progreso enorme. ¡Un milagro!

No conseguí decir una palabra mientras los gemelos parloteaban como niños pequeños emocionados, haciéndonos preguntas y contándonos cosas sobre sus juguetes, sus amigos y todo cuanto nos habíamos perdido.

Pero se callaron cuando el enorme hombre lobo con aspecto de hiena se acercó a nosotros con cautela.

—Este es Hyena —dijo la gemela en voz baja.

—Es de la manada —añadió el gemelo.

Hyena se acercó despacio y levantó una pata con timidez.

Sin pensarlo, extendí lentamente la mano. Él la olisqueó con cuidado. Y luego le dio un lametón.

Los gemelos soltaron una risita.

—¡Dice que tú también eres de la manada! —exclamaron al unísono.

Oí abrirse la puerta de la mansión y, de inmediato, un chillido de alegría. Un torbellino de pelo negro azabache y rizado me embistió y me derribó al suelo.

Trudie me estrechó con fuerza mientras las lágrimas le caían de los ojos y siseaban contra mi abrigo.

Yo también la abracé con fuerza. Mi abrigo no la quemaba ni quemaba a nadie más.

Se limitaba a ronronear por haberse reunido con una vieja amiga mientras siseaba contra el líquido que lo asaltaba sin cesar.

—Sabía que volverías —susurró, tratando de contener un sollozo sin conseguirlo—. Lo sabía.

—Te he echado de menos, Troodz —le susurré, conteniendo mis propias lágrimas—. Siento muchísimo no haberme despedido.