14. Incursión
Incursión
Como cabía esperar de mi puta vida, no tuve ocasión de darle muchas vueltas a la funesta profecía de Candace. Los gritos de auxilio y los disparos se volvieron mucho más acuciantes que la caída en la autodestrucción de quien fuera mi hermana de alma.
Cindy me gritó que la siguiera mientras los purificadores entraban en acción y los civiles permanecían sentados, con los ojos desorbitados y el rostro pálido.
Salimos a toda prisa de la sala del ritual.
Conrad nos siguió a una velocidad que desmentía su aspecto exhausto.
Quizá no había mentido. Aún le quedaban fuerzas para luchar.
No perdimos el tiempo esperando un ascensor. Sobre todo porque corríamos el riesgo de que los combates dejaran el edificio sin electricidad. Llegamos a la escalera, donde yo giré para bajar. Cindy enfiló los peldaños que subían.
No discutí y me volví para seguirla hacia lo alto de aquella enorme fortaleza hospitalaria. Se nos unió un grupo variopinto de purificadores y hombres armados. Magos y francotiradores que podrían defender mejor la fortaleza desde la azotea.
El aire frío del crepúsculo nos golpeó cuando Cindy abrió una puerta y nos condujo a los tejados.
Treth se materializó a mi lado. Había ido a explorar.
—¿Qué ocurre, Treth? —pregunté, sin importarme que solo Cindy pudiera verlo u oírlo.
—¡Es un ejército, Kat! Rodea todo el recinto.
—¡No pueden ser los Impi! ¿Tan pronto? —exclamé.
Treth negó con la cabeza.
—No son los Impi. Ni siquiera son humanos.
Treth no tuvo que dar más explicaciones, pues llegamos al borde de la azotea y pudimos atisbar lo que había más allá de los muros del recinto.
Los campos y las carreteras que rodeaban el complejo hospitalario de Heiligslicht estaban anegados por una espantosa horda de monstruos y bestias.
Orcos brutales armados con hachas de guerra y armas de fuego fabricadas con tuberías.
Astutos kobolds de aspecto reptiliano que jugueteaban con granadas.
Osgos peludos y rechonchos provistos de garrotes con pinchos.
Y toda clase de criaturas, bestiales y repugnantes.
Todas llevaban una mezcolanza de equipo saqueado: chalecos tácticos del CDF, material antidisturbios de la policía, cotas de malla hechas con chatarra y un montón de huesos humanos.
Miré a Cindy. Su expresión serena se crispó, dejando traslucir irritación y rabia.
Los milicianos ocuparon posiciones de tiro junto a la entrada, mientras un par de purificadores arrastraban a un guardia herido hasta un lugar relativamente seguro. Una víctima de los disparos.
La monstruosa horda no insistió en el ataque. Se limitó a esperar. Y no en silencio. Del enjambre se alzaba un rumor de conversaciones excitadas y gritos de guerra ahogados que se fundían en un estruendo.
De pronto, la horda enmudeció.
Una figura se erguía sobre una furgoneta adornada con calaveras y pinchos.
Una estampa sacada directamente de Mad Max .
Era más esbelta que los osgos y los orcos, pero también más alta.
Llevaba una armadura de metal negro y cuero, y se había atado una caja torácica humana a un poste que cargaba a la espalda.
Tenía la piel naranja, y su larga nariz y sus orejas puntiagudas delataban su linaje. Un hobgoblin. Los hijos desterrados de Gorgmonn. Aunque los orcos y los goblins podían ser bondadosos o crueles, como los humanos, los hobgoblins se veían impelidos a hacer el mal.
El hobgoblin se llevó un megáfono a las fauces colmilludas y habló en un inglés chapurreado, con un gruñido cacareante.
—Yo ser Karamantu el Sanguinario. ¡Vosotros dar todo!
Hizo una pausa.
—¡O morir!
Más le valdría despedir a su profesor de inglés.
Cindy negó con la cabeza.
—Esos idiotas creen que somos ricos. No entienden que lo hemos usado todo para mantener a salvo a esta gente.
—Creo que lo que quieren es a la gente —explicó Treth, con una mueca de asco en los labios. Ya había desenvainado la espada.
Pero no sería de mucha ayuda. Y los purificadores tampoco.
La magia de purificación funcionaba contra los muertos vivientes, los demonios y los espíritus oscuros.
Contra aquellos seres considerados malvados por naturaleza en el orden cósmico.
Ninguna de aquellas criaturas era malvada por fuerza.
Sencillamente, habían elegido serlo. Incluso el hobgoblin podía combatir sus impulsos más oscuros, por intensos que fueran.
Los purificadores de aquí probablemente podrían frenar en seco a una horda de zombis. Pero estaban indefensos contra aquellas bestias.
Bueno, ya no.
Me encaramé al borde de la azotea y sentí cómo el aire frío me mordía. Mi abrigo se encendió, espoleado por el viento y por lo que estaba a punto de suceder.
Treth sonrió y se desmaterializó. Se estaba preparando.
¿Aquellos cabrones creían que podían cebarse con los débiles y los indefensos? ¿Con mi gente?
Pues estaban a punto de llevarse una dura lección.
—¡No más aviso! —gritó el caudillo hobgoblin—. ¡Rendirse! ¡Dar carne, sangre!
No pude evitar sonreír.
—Yo te daré carne y sangre.
Me incliné hacia delante, con los brazos extendidos como un águila, y me dejé caer. El viento me azotó, y una oleada de euforia arrasó con todas las lágrimas, la decepción y las dudas.
Ariel me imbuyó de su poder y unas alas llameantes brotaron de mi espalda para detener mi caída en pleno vuelo. Me lancé hacia Karamantu, el supuesto Sanguinario. Treth dejó caer Ithalen en mi mano y apunté con ella a aquel caudillo de tres al cuarto.
—¡Dar to...! —gritó Karamantu por última vez, justo cuando Ithalen encontró su garganta y su cabeza aterrizó a una docena de metros.
El silencio se abatió sobre la horda. Todos se quedaron mirando. Estupefactos. Del cuello de Karamantu manaba a borbotones sangre negra mientras su cuerpo se balanceaba hacia delante, hacia atrás y, finalmente, caía al suelo.
La sangre negra siseó sobre mi abrigo y levantó vapor.
Hendí el aire con la espada y esparcí un reguero de gotas por el asfalto. Un orco retrocedió para evitar que lo salpicara la sangre de su caudillo.
Esperé a que alguno hiciera un movimiento. Cualquiera. Permanecieron inmóviles, paralizados.
—¡Corred la voz! —bramé, con la voz henchida por la furia de más de cien espíritus—. ¡La Última Luz ha regresado! ¡Y voy a recuperar mi ciudad!