13. Curación
Curación
Nuestra situación no nos concedía el lujo de esperar. Pero, pese a haber viajado durante todo el día y toda la noche, reunirme con mis amigos y mi familia me infundió nuevas fuerzas. No pedí que lo aplazáramos cuando Cindy declaró que intentaríamos sanar el vínculo de alma de Candace y el mío.
En todo caso, aquella declaración me dio esperanza. Candace seguía un camino oscuro. Pero, como Treth no dejaba de recordarnos, aún se la podía salvar. Había bondad en ella. Todos la habíamos visto. Y yo sabía que mi hermana seguía ahí dentro.
Cindy nos condujo fuera de sus aposentos a Treth y a mí, emocionados y desconcertados, junto con una Candace tan apática como de costumbre.
Brett, Guy y Themba optaron por quedarse charlando y bebiendo.
A su alrededor ya se acumulaba una respetable montaña de botellas de cristal.
Parecía que la guerra civil no había interrumpido la producción de alcohol.
Ni El Vigía ni el Consejo se arriesgarían a provocar la ira de los bebedores más curtidos.
Cindy llamaba por su nombre a los purificadores al pasar junto a ellos, con paso firme y seguro. Debía de llevar bastante tiempo planeando aquello. Ideando algún modo de reparar nuestro vínculo de alma desde que lo habían cercenado dos años atrás.
¡Siempre podíamos contar con Cins! Heiligslicht en Hope City estaba en buenas manos con ella como Chapter-Meister.
Con otros cuatro purificadores de capucha blanca tras nosotros y varios ayudantes correteando de un lado a otro para preparar el procedimiento, Cindy nos condujo a un quirófano circular.
Como correspondía a un hospital, el suelo era blanco, las paredes blancas y el techo aún más blanco.
La iluminación clínica no dejaba lugar a las sombras y parecía emanar de cada superficie de la sala.
Y, sin embargo, de algún modo no deslumbraba.
En el centro de la sala había una cama de hospital plana, rodeada de enfermeros y purificadores que vertían con cuidado sales benditas para trazar un círculo de conjuro alrededor de la mesa.
Cindy se volvió hacia mí.
—En cuanto el ojo de Candace se haya regenerado, podremos iniciar el ritual para revivir el vínculo de alma. De momento, puedes sentarte.
Señaló la periferia de la sala ritual circular. Unos cuantos médicos, purificadores y académicos observaban con interés. Debían de haberse enterado de que la Chapter-Meister estaba a punto de realizar un ritual arcano de alto nivel y querían presenciarlo.
Sentado en un extremo del grupo de observadores había un rostro conocido. Conrad. Sonrió al ver que había reparado en él. Le devolví la sonrisa y me volví hacia Candace. Cogí sus manos entre las mías. Estaban frías. Un poco flácidas. Como si estuviera cansada. Como si ya nada le importase.
Con suerte, eso cambiaría pronto.
—Buena suerte, Candy. Estoy deseando volver a tenerte dentro de mi cabeza.
Ella respondió con una débil sonrisa. Le solté la mano y me dirigí hacia Conrad mientras Cindy seguía preparando la zona del ritual y Treth observaba cada detalle con enorme curiosidad.
Me senté junto a Conrad, haciendo caso omiso de las miradas de los presentes y de los susurros que cuestionaban si de verdad era La Última Luz.
Permanecimos un rato en silencio. La charla ociosa cesó cuando la novedad de mi presencia se desvaneció. Conrad parecía contento de guardar silencio. Algo insólito en él.
Había dedicado años a labrarse una reputación como agente de cazadores de monstruos franco, ostentoso e incluso turbio.
Aunque parecía más un estafador o un vendedor de coches usados que un hombre de negocios respetable, Conrad se había ganado una sólida reputación como conseguidor fiable y bien relacionado.
Él había impulsado mi carrera. Me había invitado a jugar en las grandes ligas. Sin él, nada de esto habría sucedido…
—Conozco esa mirada, Kat —dijo por fin, sacándome de mi ensimismamiento.
—¿Qué mirada? —respondí, sorprendida de que hablase de repente.
Aún conservaba su seguridad. Pero era la seguridad serena que otorgaban los años, no la chulería de un hombre que tenía mucho que demostrar.
Sus dientes seguían siendo blancos. Pero ya no desprendían aquel resplandor antinatural.
Llevaba un jersey sobre una camisa abotonada.
Gris y blanco. Nada de americana de raya diplomática ni corbata de colores.
Había cambiado tanto. Y verlo así me entristecía.
—Esa mirada —señaló mi ojo descubierto, como si yo pudiera verme reflejada en la punta de su dedo.
Frunció el ceño.
—Has pasado por muchísimo. Y, aun así, nunca habías adquirido esa mirada.
Bueno, no muy a menudo. Tienes muchas otras.
La mirada concentrada que pones cuando intentas desentrañar una cacería.
El fulgor de liderazgo cuando te diriges a las tropas.
Esa ternura sincera y esa fortaleza con las que hablas a quienes te importan…
Soltó una risita.
—Tu famosa mirada asesina. Me la dedicaste cuando te mandé al banquillo después del desastre de Jeremiah Cox.
Sonreí. Aquello parecía haber ocurrido hacía una eternidad. ¡Como si no fuera así!
—Pero esto… —su expresión se entristeció—. Esta mirada es distinta. Vi algo parecido cuando volviste de Nueva Sintar.
Mi primera experiencia de lo que significaba realmente la guerra. Pero me había enfrentado a cosas peores. El asalto del nuevo Necroseñor a Observatory. La ofensiva de El Mentor.
—Perdiste la esperanza —dijo Conrad al fin—. Al menos por un momento, pensaste que todo estaba perdido.
Las palabras de Conrad me conmocionaron. Casi olvidé respirar.
Hubo momentos en el norte en los que el Vasija flaqueó. En los que ni siquiera fui capaz de reunir fuerzas para blandir la espada. Hubo momentos en los que, hundida hasta las rodillas en el barro y la sangre de las trincheras, solo deseaba que todo terminase. La cacería ya no importaba.
¿Seguía sintiéndome así?
Conrad puso su mano sobre la mía y clavó su ojo en el mío. Había pesar en él. La clase de tristeza que solo un ser sin edad podía sentir. Y comprendí que ahora compartíamos la misma mirada.
—Lo siento, Kat. Siento haberte encaminado por esta senda.
Tenía lágrimas en los ojos. Y, pese a su naturaleza angelical y su fachada de estafador, eran lágrimas humanas. Una pena y un arrepentimiento que podía ver y comprender.
—Lo siento. Sin mí, nada de esto habría sucedido. No habrías tenido que enfrentarte a nada de esto.
Puse mi otra mano sobre la suya y sonreí. Una sonrisa leve.
—Siempre me dirigí hacia esta senda, Conrad. Tú no me pusiste en ella. Me guiaste. Me mantuviste con vida. Gracias a ti no perdí la esperanza. Puede que empezaras siendo mi agente, pero acabaste convirtiéndote en algo más.
En un padre para mí. Vigilándome. Guiándome. Protegiéndome. Siempre.
Las lágrimas se agolparon en sus ojos y lo estreché entre mis brazos. Parecía pequeño en ellos.
—Pareces cansado, Conrad —susurré.
Él se apartó un poco con una leve sonrisa.
—Aún me quedan fuerzas para luchar, pequeña. No te preocupes.
—No lo haré —respondí mientras las luces de la sala empezaban a atenuarse.
Guardamos silencio y volvimos la vista hacia el ritual.
Cindy se había puesto una túnica blanca con ribetes dorados.
En la parte frontal lucía bordados un caduceo dorado y el símbolo de un farol.
Llevaba la capucha bajada y miraba al techo, con los brazos extendidos a ambos lados.
Otros tres purificadores rodeaban a Candace, con Cindy a la altura de su cabeza.
El último purificador caminaba despacio por el borde del círculo de conjuro de sales benditas, esparciendo con un incensario un incienso que olía como una fresca mañana de invierno.
Treth se manifestó a mi lado. Sin darme cuenta, apreté su mano espectral, expectante. Intercambiamos una mirada cargada de preocupación y entusiasmo. ¡Candace iba a curarse!
Candace llevaba sobre la sudadera negra con capucha y los vaqueros manchados de barro una túnica similar a la de Cindy.
Se había quitado los zapatos cubiertos de tierra y movía los dedos de los pies mientras esperaba a que comenzara la magia.
No podía ni empezar a imaginar qué se le pasaba por la cabeza.
Pero esperaba que se sintiera como nosotros.
Que también creyera que aquello funcionaría.
Cindy encabezó el encantamiento. Las palabras eran complejas. Llegaban a mis oídos como dulce miel y luz estival, pero no permanecían mucho tiempo. Eran palabras divinas. Y, en lugar de aplastarme bajo su esplendor, sencillamente se me escapaban.
Uno tras otro, los demás purificadores se unieron a Cindy.
Formaron un coro de palabras hermosas e ininteligibles.
Noté que nuevas lágrimas de alegría se acumulaban en mis ojos, ya empapados en llanto.
Si la magia oscura de Candace me pudría el alma y me hacía sangrar los oídos, aquello era ambrosía.
Felicidad pura y sencilla, encarnada en palabras sinceras y gozosas.
A través de mi conexión con Allandrea, Gorgo, Ariel y otros magos de purificación del Vasija, podía percibir la intención que había tras las palabras de los purificadores.
Pretendían enmendar agravios. Encontrar lo que se había perdido injustamente y restituirlo.
Negociaban con la naturaleza y lo eterno para conceder una segunda oportunidad a quien la merecía.
No era como la nigromancia. No. Aquello no consistía en resucitar a los muertos ni en jugar con carne muerta.
Era una súplica al infinito para que devolviese a una de sus hijas algo que le habían arrebatado.
Curación. Pura y simple. La esencia de la bondad.
Una luz dorada se elevó desde el suelo cuando cada grano de sales benditas empezó a brillar y a ascender. Los purificadores quedaron rodeados por lo que parecían estrellas, mientras su propia magia dorada y blanca envolvía sus cuerpos y fluía hacia la joven que tenían delante.
Allí había poder. A través de quienes poseían conocimientos dentro del Vasija, percibí que aquel poder no era un instrumento de fuerza bruta. No era algo que un señor de la guerra pudiera utilizar para someter a los demás. Era energía en su forma más pura, sincera y bondadosa.
¡Tenía que funcionar!
La magia de purificación se fusionó y condensó en una única aura de energía mágica blanca y dorada. Ascendió lentamente en el aire y empezó a descender con suavidad sobre Candace. Una manta.
Treth y yo nos apretamos las manos. Me mordí el labio. Impaciencia. Expectación. Y pura emoción.
La manta se posó sobre el cuerpo de Candace.
Y se detuvo.
Uno de los purificadores estuvo a punto de vacilar, pero retomó el encantamiento con renovado ímpetu y siguió canalizando la magia. Cindy no perdió el ritmo. La manta flotaba a escasos centímetros del rostro de Candace. Ella la observaba con su ojo frío e inmóvil.
Y entonces suspiró.
La manta se oscureció en un instante. Se tornó de un púrpura enfermizo y malévolo. Las sales benditas cayeron al suelo mientras todos salvo Cindy salían despedidos de espaldas. Las luces de la sala se apagaron. Parpadearon. Y volvieron a encenderse, dejando solo a Candace bajo su tenue foco.
Ella se incorporó y se quitó despacio la túnica que cubría su ropa.
Parecía… resignada. Como si ya esperase aquel desenlace.
Candace bajó de un salto de la cama ritual y se acercó a uno de los purificadores caídos. Le tendió la mano. Él la miró como si estuviera hecha de ácido y retrocedió. Ella no pareció dolida.
La contemplamos. Sin palabras. No pude ver la expresión de Cindy cuando Candace se volvió hacia ella en la oscuridad.
—Gracias, Cins. Por intentarlo. Pero sabía que esto no iba a funcionar. Ahora soy un anatema para la pureza. Sabe que recorro una senda condenada. Que los destinos están escritos con sangre y piedra quebrada. Ya solo me queda una cura.
Se volvió hacia la salida.
—Consumirme como un sol que se apaga.
Se marchó.
Tras un silencio atónito, me levanté para seguirla. Pero, justo cuando lo hice, desde fuera llegaron gritos y alaridos. Seguidos de aquel chasquido fatídico que tan bien conocía.
Disparos.