12. Hogar
Hogar
Después de mi emotivo reencuentro con mi pixie y mi gato, Cindy me llevó aparte, a su habitación.
Themba, Brett y Guy se conformaban con estar juntos, preguntándose unos a otros por sus vidas, sus cacerías y sus viajes.
De pronto, Brett había adquirido interés por los deportes y preguntaba por los resultados de infinidad de ligas durante nuestra ausencia.
De algún modo, pese a la guerra civil, el fútbol seguía jugándose.
Guy no atosigó a Brett con preguntas sobre la guerra ni sobre las atrocidades a las que nos habíamos enfrentado.
Le preguntó por el Perforador del Cielo, la nueva arma mágica de palanca de Brett.
Hablaron de armas. Y, aunque Brett omitió cualquier mención al uso que se les había dado, pintó una imagen vívida del armamento que habíamos utilizado en el norte.
Al menos, me alegraba de que Brett pudiera encontrar algo de felicidad en las pequeñas cosas que habíamos vivido durante nuestro viaje.
A pesar de todo lo que nos había sucedido, mi novio parecía feliz, feliz de verdad, por primera vez en mucho tiempo. Eso me quitó un peso de encima.
Jane fue a tratar ciertos asuntos con Conrad. Aún tenían negocios entre manos. Y, por cómo hablaban, quizá hubiera algo más. No estaba segura. Pero, ya fuera un enamoramiento o solo amistad, me alegraba por ellos.
Candace... Bueno, Candace había desaparecido. Solía hacer eso. Demasiado a menudo para mi gusto. No me asusté. Y, cuando Cindy me dirigió una mirada para preguntarme si no pasaba nada, asentí. Ninguno de nosotros podía controlar ya a Candace. Lo mejor era dejar que se encontrara a sí misma.
Mientras los chicos charlaban y reían, Cindy me condujo a su dormitorio. Las pixies se habían aburrido de mí y habían vuelto a ocuparse de cualquier travesura feérica que se trajeran entre manos; probablemente intentaban convertir chapas de botella en destilerías de vodka con miel.
Alex, sin embargo, aún no había tenido suficiente. Llevé conmigo a la habitación a mi niño precioso. Ronroneaba con fuerza, satisfecho. Era un sonido profundo y vibrante. ¡Debía de haberme echado muchísimo de menos! Yo sé que lo había echado de menos a él. Muchísimo.
Cindy cerró la puerta para amortiguar las estruendosas carcajadas que provocó un chiste de Guy que no alcanzamos a oír.
Cindy sonrió con serenidad. Y entonces nos quedamos las dos solas.
Sentí una punzada de ansiedad al recordar por qué habíamos corrido hasta allí en primer lugar.
—¡Cindy! Casi se me había olvidado. No sé cómo. Pero los Impi...
Cindy asintió y me interrumpió mientras se sentaba en la cama y señalaba un sillón situado en un acogedor rincón junto a una estantería.
—Los Impi están invadiendo. La Línea de los Tres Puntos ha caído —terminó por mí.
Me dejé caer en el sillón y estuve a punto de derretirme. Después de dos años durmiendo en el suelo o en catres militares que bien podrían haber sido rocas, ¡aquello era el paraíso!
—¿Cómo te has enterado? —preguntó Treth, materializándose a mi lado y expresando justo lo que yo acababa de pensar.
Cindy recibió a mi fantasma con una sonrisa. Aún no se habían saludado formalmente.
—Me alegro de volver a verte, Treth. Estás más radiante que nunca.
Treth pareció ruborizarse.
—En respuesta a tu pregunta, Heiligslicht no depende de los medios del Consejo. Tenemos nuestros propios contactos en la CDF. Médicos de combate y demás. Nos avisaron en cuanto se enteraron. Vosotros... ¿vosotros estabais allí?
Vaciló antes de formular la última pregunta, anticipando lo que debíamos de haber visto.
Treth y yo intercambiamos una mirada. Ambos asentimos. Era difícil describir todo lo que habíamos sufrido para llegar hasta allí.
—Ya habrá tiempo de hablar de la batalla que se avecina —dijo Cindy en voz baja—. Pero, por ahora, te mereces un respiro.
Cindy se levantó y se agachó para sacar algo de debajo de la cama.
—Y, antes de eso, tengo algo que te pertenece.
Cindy se incorporó con un objeto circular envuelto en papel marrón. Me lo entregó y yo rasgué el papel. Con vacilación.
Reconocí al instante el metal reluciente. Deslicé los dedos por las líneas y por el metal frío y liso de El Aegis. El escudo que Athena me había regalado tantos años atrás por ayudarla a vengar la muerte de su marido y su hijo.
Sentí que una náusea me subía por la garganta.
¿Cuántas balas podría haber bloqueado con él? ¿A cuántos de mis camaradas podría haber salvado?
Habíamos huido de Hope City a toda prisa, en medio de la locura. Pero quizá debería haberme tomado el tiempo necesario para recuperar aquel regalo. Para utilizarlo.
Pero ya era demasiado tarde para lamentarse.
Me apreté el escudo mítico contra el pecho y alcé la vista hacia mi amiga.
—Gracias... —susurré.
Se inclinó hacia delante y puso una mano sobre la mía.
—La próxima batalla llegará, Kat. Pero aún no está aquí. Tienes tiempo. Para descansar. Aunque sé por experiencia propia que, a veces, lo mejor es hablar de lo sucedido.
No quería revivirlo. Nada de aquello. Pero, cuando las voces se apagaron en la habitación contigua, advertí que Brett estaba contando su propia historia a las personas con las que se sentía más cómodo.
Treth quería contar su historia. Pero esperaba a que yo lo hiciera. A que compartiera lo que había visto. Y lo que había perdido.
—Nosotros... Nos mintieron... —empecé.
Y se lo conté todo a Cindy. El orden daba igual. Le hablé del engaño de Odin y Thor. Le hablé de los camaradas que habíamos conocido y perdido. De la guerra que, supuestamente, acabaría con todas las guerras. De la gente que había muerto. De los niños...
Le hablé del Velo y de cómo habían desgarrado mi alma. Del caos de la guerra y del miedo que me producía lo que estaba por venir.
Del viaje hasta allí. De los wendigos, Edeni, Anubis y los caballeros franceses. Y de más cosas. De mi enfrentamiento con El Mentor en el Reino de las Sombras. Del crecimiento del Vasija. De lo que significaba para mí.
Pero, por algún motivo, no le conté que había aprendido a caminar por el vacío. Su primer amor, Tom McLoughren, se había convertido en un caminante del vacío. Y aquello lo había matado. Al menos, hasta donde ella sabía.
Tampoco le conté que me había encontrado con él en el barco. No sentía la necesidad de compartir aquello. Ella había seguido adelante. Era mejor que continuara así.
En medio de todo aquello, le hablé de Candace. Y de su incesante descenso hacia la oscuridad.
El sol se ponía al otro lado de la ventana de Cindy cuando me detuve para tomar aire y reparé en lo seca que tenía la boca y la garganta.
Treth me ofreció un vaso de agua. Si hubiera habido allí alguien más aparte de Cindy y de mí, habría visto cómo flotaba hacia mí como por arte de magia. Lo cual era bastante acertado.
Cindy no había pronunciado una palabra durante lo que debían de haber sido horas. Cuando terminé, se levantó y me abrazó. Yo le devolví el abrazo, saboreando su calidez y su ternura.
Por fin nos separamos. Cindy permaneció de pie, con el ceño fruncido y la mirada fija en la puerta cerrada.
—Percibí la oscuridad que la rodeaba en cuanto entrasteis en el recinto. Puso en tensión a todos los purificadores.
—Ha empeorado, ¿verdad? —pregunté, temiendo su respuesta.
—¿Desde hace dos años? Sí. Pero eso ya lo sabías. Por lo que me has contado, Candace ha abrazado la oscuridad.
—¡Pero no es malvada! —exclamé, discutiendo más conmigo misma que con ella.
Cindy asintió y me dedicó una leve sonrisa tranquilizadora. Como su chispa era tan poderosa, me calmó de inmediato. De entre todos los hechiceros, nunca había tenido problemas con los purificadores. Su naturaleza los impulsaba a hacer el bien.
—El mal es mucho más complejo que la oscuridad, Kat.
Candace no es malvada. Al menos, ya no. Y todavía no.
Pero la oscuridad corrompe. Convence a quienes la usan de que el fin justifica los medios.
De que lo que desean o aquello en lo que creen merece cualquier sacrificio.
Quizá eso pueda producir buenos resultados.
Un buen ejemplo podría ser un detective dispuesto a hacer lo que sea para llevar ante la justicia al asesino de un niño.
Pero necesitamos restricciones. Necesitamos límites.
De lo contrario... corremos el riesgo de convertirnos en los monstruos a los que damos caza.
—Se ha vuelto más fría. Más insensible. Mata sin pensárselo. Y los tortura...
Cindy no se inmutó. Se limitó a asentir de nuevo. Comprendía.
—En su mente, está haciendo lo necesario para ayudarte. Porque creo que esa es ahora su verdadera ambición. Antes estaba limitada por la necesidad de resucitar a sus padres. Pero ahora su objetivo es ayudarte. Pienses lo que pienses, Kat, te quiere. Solo está...
—Desencaminada —intervino Treth—. Pero aún podemos salvarla. ¡Sé que podemos!
Parecía desesperado. Candace y Treth se habían ido acercando cada vez más antes de que ella recayera por completo en la oscuridad. Le partía el corazón que ya no compartieran aquella conexión.
Cindy me miró con expresión interrogante. Aparté la mirada. No quería responder. Porque, por mucho que deseara que así fuera, no estaba segura de que Candace pudiera salvarse.
—No sé qué pasa por su cabeza —dije.
—Entonces ahora es como todo el mundo. Como yo o como Brett. No tienes acceso a nuestras mentes y, aun así, confías en nosotros.
—Lo sé, lo sé. Es solo que... tuve acceso a la mente de Candace durante tanto tiempo...
Formaba parte de mí. Era mi hermana de alma.
De verdad. Y... ahora no es más que una persona.
Alguien misterioso que esconde sus verdaderas emociones tras un único ojo airado o deprimido.
Una niebla la envuelve, Cins. Quizá sea peor que cuando era la Necroseñor.
Porque ahora está lúcida en su oscuridad.
Se precipitará de cabeza hacia la autodestrucción si eso le permite cumplir sus objetivos.
—¿Y no quieres que muera?
—¡Jamás! —exclamé a voz en cuello, enfadada y con un ligero quiebro en la voz.
Cindy me observó, poniendo a prueba mi convicción. Y me sorprendió la cantidad de emociones que sus preguntas habían despertado en mí. Asintió despacio y después miró hacia la puerta.
—Entra, por favor, Candace.
De pronto me sentí avergonzada. ¿Cuánto había oído? No pude saberlo cuando entró, con las manos en los bolsillos y una expresión tan agria que habría hecho llorar a los limones.
—Candace —dijo Cindy—. Sabes que puedo percibir la oscuridad que te rodea. El efluvio de energía corrupta de las líneas wey. Y ambas sabemos adónde conducen los arcanos oscuros.
Candace asintió.
—Lo sé, Cindy. Lo sé. Pero este es el camino que el destino me ha marcado. Mi camino hacia la perdición. Haré lo que sea necesario para acabar con esto. Para acabar con todo esto. Para que todos podamos estar a salvo.
Camino hacia la perdición. Porque no le importaba que aquello la estuviera destruyendo.
Cindy no se inmutó.
—Tu conexión de almas con Kat te protegía antes de las tentaciones de la oscuridad. Reparó gran parte de la podredumbre que se había infiltrado en ti. Si pudiéramos restaurar vuestra conexión, devolviéndote un ojo que te vinculara con Kat, ¿querrías recuperarla?
Candace no respondió de inmediato. Pero pude vislumbrar algo tras su fachada fría y acerada. Un estremecimiento. Desesperación. El sencillo deseo de volver a sentirse parte de algo.
Quería recuperar nuestra conexión.
Cindy también lo vio.
—Podemos comenzar el ritual ahora. Antes de que caiga la noche de verdad, deberías tener un ojo nuevo y vuestra conexión debería estar restaurada.