El Titán Despierta (Serie Kat Drummond 18) 11. Heiligslicht #3
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11. Heiligslicht #3

Noté que se me humedecían los ojos y no supe qué decir.

¿Cómo podía expresar con palabras lo que sentía?

¿Cuánto había echado de menos a aquella mujer que era para mí en parte hermana mayor, en parte mejor amiga y en parte madre?

¿Cómo podía explicarle cuánto lamentaba haberla abandonado cuando más me necesitaba?

¿Cómo podía explicarle lo que había visto y lo que deseaba no tener que volver a ver jamás?

Pero no necesitaba hablar. Cindy me rodeó con los brazos y me estrechó con fuerza. Volví a sentirme como una niña. Protegida y pequeña. Y, por encima de todo, a salvo.

Sentí que las lágrimas me corrían por el rostro.

—No tienes que decir nada —susurró Cindy—. Lo único que quería era tenerte de nuevo con nosotros. Ver que estás a salvo... era lo único que necesitaba.

Cayeron más lágrimas cuando Cindy por fin me soltó. Conrad permanecía allí, con las manos en los bolsillos y una sonrisa cansada en el rostro.

Parecía mayor. Su piel ya no relucía con lo que parecía un bronceado falso. Ya no llevaba el pelo engominado hacia atrás e impecable.

No vestía su habitual traje de vendedor de coches usados. Y sus ojos contaban una historia de eternidad. Con sus vaqueros y su jersey informales, parecía de algún modo más pequeño.

Como no sabía qué más hacer ante quien fuera mi jefe y ahora era mi amigo, le tendí la mano. Él la miró como si fuera un insulto y luego me abrazó. Yo le devolví el abrazo. Parecía pesar menos.

Se estaba haciendo mayor.

Aquel pensamiento volvió a llenarme los ojos de lágrimas.

Antes de que pudiera pensar en qué decir, Conrad me soltó y Cindy habló.

—Estoy segura de que tenemos mucho de lo que ponernos al día, pero hay algunas personas que están deseando verte.

Cindy nos condujo al interior. Guy, Brett y Themba dejaron de hablar el tiempo justo para que yo estrechara la mano de Guy y le diera un abrazo rápido. Candace nos siguió. Cindy dirigió una breve mirada a mi hermana de alma, pero decidió no aprovechar aquel momento para entrometerse.

—Lo siento —me susurró Guy mientras miraba de reojo a Brett, como si no quisiera que su amigo viera su vergüenza—. Por haberles fallado a Los Cruzados.

—No tienes nada por lo que disculparte, amigo mío. Hiciste todo lo que pudiste. Yo... soy yo quien lo siente. Por haberos abandonado.

Guy me dirigió una mirada de absoluta serenidad. Solo con ella me dijo que no tenía ningún motivo para disculparme. Sin pronunciar una palabra más, seguimos a Cindy al interior.

—Disculpad el desorden —explicó Cindy—. Últimamente lo hemos pasado fatal. Si Guy no dirigiera a la milicia, no creo que quedase un hospital al que trasladar a todos los desesperados de Hope City.

—Está haciendo un trabajo maravilloso, Chapter-Meister —dijo Jane—. Si alguna vez decidiera presentarse a las elecciones, estoy segura de que podría arrebatarle cualquier distrito a cualquiera del país.

Cindy resopló.

—Te dejaré a ti los males necesarios de la política, Jane.

Cindy nos condujo por lo que parecía un hotel. Comprendí que era un ala del hospital, pero, tras retirar todo el equipo médico, ahora servía de residencia para el personal.

Era lógico que la casa de Cindy ya no fuera segura para ellos. Pero aun así me entristecía que hubiera tenido que abandonarla. Ya la habían destruido una vez y la habían reconstruido. Sabía cuánto significaba para ella.

Pero Cindy parecía radiante. Su chispa de purificación se había fortalecido y la bañaba en un resplandor natural dorado y blanco. Se mantenía firme. Ya no había en ella ni una pizca de duda respecto a su propósito.

La envidiaba. Y la admiraba aún más.

—Debo advertiros —anunció Cindy mientras ponía la mano sobre el pomo de una puerta—: puede que os quedéis sordos.

Abrió la puerta y mis oídos sufrieron de inmediato el ataque de una descarga de vocecillas cantoras, maullidos y alaridos gatunos.

—¡Kat! —gritó con enfado una voz suave mientras un pequeño pixie dorado con alas de mariposa se lanzaba hacia mí y se abrazaba a mi clavícula. Después alzó la vista para mirarme con indignación, reflejada en el tono dorado de su cuerpo, que enrojecía.

—¿Dónde te habías metido, Maddy? ¡Te fuiste sin despedirte! —me acusó Duer, furioso.

Estaba exactamente igual que cuando lo dejé tanto tiempo atrás. Tenía el pequeño rostro rojo de una ira infantil. Hasta hinchaba sus diminutas mejillas.

Las lágrimas que llevaban tanto tiempo acumulándose en mis ojos por fin se desbordaron, y el tono rojo de Duer volvió a convertirse en un dorado apacible cuando rompí a sollozar.

Me arrodillé y atraje a Duer hacia mí mientras repetía una y otra vez:

—Lo siento. Lo siento muchísimo.

Duer me devolvió el abrazo con sus diminutos brazos mientras los otros pixies de su kinth revoloteaban a nuestro alrededor. Los pixies se apartaron cuando un gato blanco y negro se acercó maullando, ronroneando y llorando.

Alex saltó a mi regazo mientras yo seguía arrodillada en el suelo, me acarició con las patas y restregó la cabeza contra mi pecho y después contra mi barbilla.

Yo seguí disculpándome, con las lágrimas fluyendo libremente.

Mi gato no me juzgó ni me hizo preguntas.

Y sentí que Duer me perdonaba al instante.

Solo se alegraban de que hubiera vuelto.

Derramé lágrimas de felicidad mientras abrazaba a mi familia.

Ya habría tiempo para hablar de la guerra.