El Titán Despierta (Serie Kat Drummond 18) 10. Campaña electoral
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10. Campaña electoral

Campaña electoral

Dejamos atrás los suburbios marginales y por fin entramos en Hope City propiamente dicha. No estaba mucho mejor. La autopista desembocaba en calles salpicadas de vehículos abandonados, barricadas policiales y alambre de espino. Cuando veíamos a alguien, huía al acercarnos.

Avanzamos despacio, contemplando en qué se había convertido nuestra ciudad.

—Destellos de latón —dijo Brett, señalando la calzada con la cabeza.

Cascas de bala esparcidas por el asfalto. Los comercios que flanqueaban las calles estaban tapiados. Había sangre seca y apelmazada en las paredes. Los cristales rotos relucían en los charcos sobre el hormigón ennegrecido.

Hope City había librado su propia clase de guerra. Y allí donde no había símbolos secos y desechados de la muerte, había guerras de palabras.

Los grafitis cubrían vallas publicitarias, muros y escaparates abandonados.

—¡La Última Luz nos abandonó!

—El Vigía observa.

—El Consejo son unos asesinos.

—Ella volverá.

—¡Nos abandonó!

—¡Nos dejó!

—Nunca regresará…

Y más y más. Dejé de leerlos. Sentí que el ácido me subía por el estómago. Treth me frotó la espalda para consolarme. Brett frunció el ceño ante los grafitis. Themba y Candace miraban al vacío. Camaradas unidos por la melancolía.

Candace fue la primera de los dos en salir de su ensimismamiento.

—¿Qué es eso? —preguntó, señalando una farola.

Brett se detuvo y bajó la ventanilla, agrietada y sucia, para verlo mejor.

Era un cartel electoral de colores vivos. Y la persona que aparecía en él era nuestra amiga.

Una mujer de pelo oscuro y vestida con elegancia, con el cabello recogido en una coleta corta y de aspecto profesional, posaba ante un fénix naranja y llameante que renacía de sus cenizas.

—Juntos, resurgiremos como el Fénix. Vota a Jane Phoenix en 2040.

2040.

Habían pasado dos putos años. Una nueva década. Y apenas acabábamos de regresar. ¡Grietas! Debería haber matado a Thor y a Odin solo por las molestias.

—Jane nunca se rinde, ¿verdad? —murmuró Brett, con un deje de respeto en la voz.

—Habría sido una buena cazadora de monstruos —respondió Candace—. Tenaz. Implacable.

—Se conforma con ser el mayor monstruo de todos —añadí—. Una política.

Pero, si había alguien que estuviera al tanto de todo y supiera de verdad lo que ocurría, nuestra mejor opción era Jane.

Brett puso rumbo a Rondebosch. Era su antiguo distrito del Consejo. Tal vez pudiéramos encontrarla allí.

—El cartel parecía nuevo. Bueno, más nuevo que todo lo demás —dijo Treth.

Asentí. Yo también me había dado cuenta.

—Jane sigue haciendo campaña electoral. A pesar de todo. Eso significa que sigue viva.

La última palabra me cayó de la lengua como ácido hirviendo. Me arrepentí de inmediato. Que Jane siguiera viva implicaba que quizá los demás no. Que, durante el tiempo que habíamos estado fuera, muchos de nuestros amigos y familiares podrían haber muerto.

Aparté aquel pensamiento a lo más recóndito de mi mente. Paso a paso.

Rondebosch no estaba mucho mejor que las demás zonas.

La hierba crecía descontrolada allí donde no se estaba muriendo.

Algunas calles habían sido bloqueadas con autobuses y camiones, provistos de puestos de vigilancia improvisados y sacos terreros.

Mientras pasábamos junto a aquellas pequeñas fortificaciones, vislumbré el fulgor de miras telescópicas y prismáticos.

Candace tenía un hechizo de escudo en la punta de la lengua, preparado para desviar cualquier disparo.

Pero no hubo ninguno. Como no suponíamos una amenaza para aquellos pequeños reductos, nos respondieron con silencio.

Había visto bastiones así en las partes más peligrosas de los suburbios marginales. Comunidades convertidas en fortalezas para defenderse de las bandas y los monstruos. Pero nunca allí, en el corazón del barrio más adormecido de Hope City.

—¿Dónde vivía Jane? —preguntó Brett.

—Cerca de Rondebosch Common, creo. ¿Por la zona de Rosebank?

Oímos el reventón del neumático antes de reaccionar al estampido del arma.

Brett hizo girar el volante mientras tiraba del freno de mano y accionaba las marchas, los pedales y el volante tan deprisa que cualquiera habría pensado que tenía su propia Vasija llena de serviciales conductores espectrales.

Hizo derrapar el coche hasta detenerlo mientras manteníamos la cabeza agachada. Candace recitó un hechizo de escudo y envolvió el vehículo en una coraza arcana protectora.

Pero no sonaron más disparos.

Brett asomó la cabeza por encima del parabrisas mientras se desabrochaba el cinturón y sacaba la pistola.

—Hombres armados. Cinco. Tienen a un grupo a punta de pistola.

—Debieron de alcanzarnos por accidente —susurré.

Brett comprobó la recámara de la pistola, salió del coche y avanzó hacia los hombres armados.

Lo seguí. Themba y Candace salieron detrás de mí mientras Treth se materializaba a nuestro lado, con la espada y el escudo desenvainados.

Los hombres armados vestían harapos de paisano y llevaban equipo policial y militar saqueado. Apuntaban con una escopeta y varias pistolas a los rostros de una familia compuesta por un anciano, una anciana, una mujer joven, un padre que sangraba y un niño pequeño.

Los hombres gritaban todos a la vez. La familia suplicaba clemencia. No llevaban nada aparte de la ropa que vestían. Estaban sucios. Pálidos. Hambrientos.

Habíamos presenciado muchas escenas como aquella durante los últimos dos años.

Los que se creían fuertes aprovechándose de los débiles.

Quitándoselo todo. La desesperación no era excusa.

Había multitud de pobres que tenían todas las excusas del mundo para robar y saquear.

Pero no lo hacían. Conservaban su decencia.

Comprendían que su sufrimiento jamás justificaba el de los demás.

Aquellos bandidos no robaban porque tuvieran hambre. Robaban porque eran monstruos.

Y durante los últimos dos años nos habíamos quedado de brazos cruzados demasiadas veces como para permitir que se cometiera otra atrocidad. Ninguno de nosotros protestó cuando Brett alzó la pistola hacia el grupo de bandidos y apuntó.

—¡Eh! —gritó.

Los bandidos se volvieron con rapidez hacia él y le apuntaron con sus armas. Era toda la justificación que Brett necesitaba para convertir aquello en defensa propia.

Disparó y le atravesó la cabeza al de la escopeta.

Themba disparó después y abatió a otro.

Mi abrigo se iluminó de emoción y salí disparada hacia el grupo, extrayendo Ithalen del vacío. No le di tiempo a Candace para recitar magia oscura alguna.

La onda expansiva de fuego derribó a dos bandidos mientras yo sostenía Ithalen contra la garganta de otro.

Tenía los ojos muy abiertos. Como si hubiera visto un fantasma.

—He vuelto —gruñí, y dejé que cayera al suelo.

Permití que mis llamas se apaciguaran mientras los tres bandidos supervivientes se alejaban de mí a hurtadillas, se ponían en pie a trompicones y huían calle abajo.

Las llamas aún lamían el asfalto. La familia me contemplaba maravillada.

Movieron los labios para formar dos palabras. El niño las pronunció en voz alta.

—¿Última Luz?

Mi primer instinto fue mentir. Ocultarme. Pero ya no era el momento. Nunca más.

Asentí y forcé una sonrisa. Cuando el niño sonrió con asombro infantil, mi sonrisa dejó de ser forzada.

Toda la familia pareció iluminarse al unísono. Su piel había perdido aquella palidez cadavérica y sus ojos ya no estaban vacíos. Había esperanza.

Candace, silenciosa como un fantasma, le ofreció al padre herido un vendaje precintado y, como por arte de magia, hizo aparecer una piruleta para el niño. Este pareció aún más emocionado al ver la golosina que al verme a mí.

Miré a Candace por el rabillo del ojo mientras todos nos despedíamos de la familia con la mano y les deseábamos lo mejor. No queríamos retenerlos mucho tiempo en lo que parecía una zona de guerra de baja intensidad.

Intercambié una mirada con Treth.

Candace nos desconcertaba. Un instante era una maga oscura y al siguiente repartía caramelos entre los niños.

Pero, antes de que pudiera seguir reflexionando sobre la naturaleza de quien fuera mi hermana de alma, un letrero llamó mi atención.

Justo detrás de donde había estado la familia, cubierto de carteles de Resurge como el Fénix , había un elegante letrero de latón. Como si fuera cosa del destino, decía:

—Jane Phoenix, Oficina del Consejo del distrito.

¡Siempre sabía cómo venderse!

—¿Qué probabilidades hay de que esté en su despacho? —preguntó Brett.

—Casi todas —respondí.

Phoenix prácticamente vivía en el Cuartel General de los Cruzados cuando trabajaba allí de recepcionista. Bueno, más bien de mandamás de facto . Al final, ya no sabía quién estaba realmente al mando: Phoenix o yo.

Llamé a la puerta del despacho. No hubo respuesta.

Toqué el timbre y luego volví a llamar.

Silencio.

Estaba a punto de darme la vuelta cuando la puerta se abrió de golpe y me encontré cara a cara con el cañón de una escopeta.

—¡Por última puta vez! —gritó Jane Phoenix—. ¡No voy a unirme al puto Vigía y, si habéis venido a saquear, moriréis en el intento!

La siguiente retahíla de amenazas se apagó cuando por fin nos reconoció. Y palideció como si hubiera visto un fantasma.

—Kat… —susurró casi entre dientes.

Bajó la escopeta y dejó que cayera despacio al suelo.

Me rodeó con los brazos en un abrazo aplastante, con los pies suspendidos en el aire. Gracias a toda mi fuerza, tanto la adquirida mediante el entrenamiento convencional como la aumentada por medios espectrales, pude sostener en alto a aquella mujer adulta.

—¡Kat jodida Drummond! No me lo puedo creer. ¡Titán! Han pasado dos años.

Me soltó y luego abrazó a Brett.

—Sabía que volveríais todos. ¡Ja! Mi campaña dependía de ello.