El Titán Despierta (Serie Kat Drummond 18) 8. Despojos #2
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8. Despojos #2

Pero sabía que ya no podía culpar a El Mentor de la distancia que se había abierto entre nosotras. Le había puesto una pistola en la cara a mi hermana de alma. Había estado a punto de matarla. Dos veces.

Sabía que esa había sido la verdadera causa de su descenso a la oscuridad.

Todo era culpa mía.

—Dilo de una vez —dijo por fin Candace mientras yo la observaba mirar a través de un cristal roto hacia el oscuro interior de una tienda.

Me quedé paralizada.

—¿Que diga qué?

Candace suspiró.

—Llevamos un buen rato caminando sin rumbo. No has apartado los ojos de mí. Puede que ya no tengamos nuestro vínculo del alma, pero te conozco, Kat. Tienes ese ceño fruncido. Ese ceño de quien se muere tanto por decir algo que va a explotar. Así que ¡dilo!

Aquello último fue casi una exigencia. Desesperada. Como si en su fuero interno no hubiera sabido si enfrentarse a mí o no.

Dejé de caminar. Ella también se detuvo. No me miró.

—Yo... estoy preocupada, Candace. Me preocupas.

—A los dos —añadió Treth, materializándose a mi lado con el ceño espectral fruncido.

—¿Por qué? —preguntó ella sin más.

«¿Por qué?», estuve a punto de preguntarme. Aunque me sorprendía más que ella misma no lo supiera.

—Por cómo utilizas la magia oscura. Por cómo aceptas la oscuridad.

No te hace ningún bien. Yo lo sé. Y tú también.

Te está pudriendo, Candace. Te está volviendo inhumana.

Fría. Antes jamás habrías matado a tanta gente de forma tan gratuita.

Pero ahora... lo buscas. Buscas oportunidades para utilizar la magia oscura.

—No es verdad —protestó—. La utilizo para defendernos.

—Hay otras formas...

—¿Las hay? Aquella criatura del cañón era un ser de oscuridad y malicia absolutas. Tu poder no le hacía daño. El mío sí. La obligué a regresar a su Vacío. Nos salvé. No con bolas de fuego ni con luz divina. ¡Sino con la oscuridad!

—Pero te está haciendo daño...

Candace negó con la cabeza, casi chasqueando la lengua.

—Tomé una decisión. Conozco los riesgos. Una vez intenté escapar de la oscuridad. Pero se acabó. No puedo escapar de ella, Kat. Así que más me vale utilizarla para hacer el bien.

Treth negó con la cabeza, dio un paso hacia Candace y le puso una mano en el hombro.

—No puedes utilizar el mal para hacer el bien, Candace. Solo conseguirá pudrirte por dentro. Consumirte.

Candace se sacudió la mano de Treth. Él retrocedió, confuso y dolido.

—¡Claro que se puede! —escupió—. Todos matamos.

Matamos una y otra vez. Eso es malo, ¿no?

Matamos a personas inocentes. Solo son niños, engañados para participar en una guerra que no comprenden.

Hemos matado a incontables personas con metal y fuego.

No encontrarán una vida después de la muerte más allá del Entremedio, Kat.

Están muertas. No descansan con un sentido del deber y del honor como tus fantasmas.

Las abandonan para que se pudran en el cosmos, atormentadas por recuerdos confusos.

Y eso si los demonios no las arrastran a abismos más oscuros que el Limbo entre reinos.

¿Por qué lo que haces tú es menos maligno que mi supuesta magia oscura?

Me quedé muda de estupor. No solo porque sus palabras sonaran muy parecidas a las de El Mentor y a las de todos los demás magos oscuros con los que había discutido en el pasado. Sino porque sabía que Candace lo creía. Que creía que todos éramos iguales.

Y quizá tuviera razón.

¡Pero no podía rendirme con ella!

Di un paso adelante y extendí una mano hacia ella.

—Candace, por favor... —Le agarré el hombro, como había hecho Treth. Ella se volvió de golpe, con el rostro bañado en lágrimas y lleno de ira.

—¡¿Qué quieres de mí?! —gritó, ya sin aquella voz fría y vacía. Lloraba de angustia y confusión. Furiosa y destrozada.

—Yo... yo... —Me mordí el labio—. Solo quiero recuperar a mi hermana.

Candace me miró fijamente. Tenía los ojos rojos e hinchados. Las lágrimas le corrían por las mejillas.

—Nunca me has perdido —dijo—. Sigo siendo yo. Solo que ahora comprendo mejor las cosas.

El estampido de un disparo resonó en la noche. Candace se secó los ojos mientras Treth dejaba caer Ithalen en mis manos. Aquello podía esperar. Si existía alguna posibilidad de salvar a alguien, teníamos que aprovecharla.

Los tres echamos a correr calle abajo y doblamos una esquina para encontrarnos cara a cara con un pelotón de media docena de Impi plantados sobre varios soldados de la CDF.

Pisaban la espalda de los soldados. A uno de los miembros de la CDF le habían partido el cráneo.

La sangre y la masa encefálica rezumaban sobre el asfalto.

Sus compañeros gritaban, lloraban y los insultaban.

Uno de ellos aún forcejeaba bajo la bota de un Impi.

Antes de que pudiera dar otro paso, noté que el aire cambiaba a mi alrededor. Y empezaba a oler a goma quemada.

No...

Candace alzó las manos hacia los Impi y profirió una retahíla de maldiciones y encantamientos. Como uno solo, los Impi se elevaron por los aires y dejaron caer sus armas. Espirales de magia oscura envolvieron sus cuerpos, trepando por sus torsos hacia el cuello.

Los soldados de la CDF miraron a sus captores y luego a nosotros. No sabían a quién temer más. Huyeron hacia la oscuridad.

—¡Candace! ¡Para! Han perdido.

Candace me miró. Tenía un ojo negro del que rezumaba sangre oscura. Aún mantenía a los hombres suspendidos sobre el suelo mientras las sombras retorcidas ascendían hacia sus cuellos como serpientes enroscadas que aplastaban a sus presas. Suplicaban piedad y lloraban como niños.

El hechizo continuaba, aunque ella ya no hablaba.

—Candace... —gemí—. Por favor... Tú no eres así.

Las súplicas de los Impi se convirtieron en espantosos alaridos de dolor.

Candace negó con la cabeza. Parecía triste. Profundamente triste. Como si aquel sentimiento estuviera ya tan arraigado en ella que fuese incapaz de concebir su vida sin él.

—Sigo siendo tu hermana —dijo, con la voz distorsionada por la magia oscura que la rodeaba—. Solo que ahora estoy dispuesta a hacer lo que sea necesario.

Con un crujido final, cerró la mano en un puño. Los Impi cayeron al suelo con los cuerpos despatarrados como insectos aplastados.

Sin decir palabra, Candace se internó en la oscuridad. Yo no la seguí. Me había quedado clavada en el sitio.

Oí unos pasos que se acercaban por detrás. Un solo hombre.

—Quería estar solo —dijo Themba en voz baja cuando se detuvo a mi lado—. Para pensar en aquellos a quienes he perdido. Pero lo he visto todo. Te pido disculpas por haber escuchado a escondidas.

—Yo... no sé qué hacer —dije por fin.

—No hagas nada —respondió Themba.

Lo miré sin ocultar las lágrimas que me llenaban los ojos.

—Candace no es malvada. No más que tú o que yo. Sabe lo que está en juego. Y hará lo que sea necesario para ganar, para proteger a aquellos a quienes ama. ¿Eso es maldad?

—Yo...

No lo sabía. Matar por las razones correctas. Cometer atrocidades. Como había hecho yo. ¿Era malvada?

—Para que el bien triunfe, a veces hay que luchar contra el mal en sus propios términos. Utilizarlo contra sí mismo.

—Cuando el mal lucha contra el mal, solo queda el mal —respondió Treth a Themba, pese a que el líder rebelde no podía oírlo.

Repetí las sabias palabras de Treth.

Themba se limitó a encogerse de hombros.

—Entonces, que haya maldad. Siempre que sea la nuestra.