El Titán Despierta (Serie Kat Drummond 18) 8. Despojos
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8. Despojos

Despojos

La lluvia apenas sirvió para sofocar los incendios.

Los antaño frondosos bosques de la Garden Route estaban en llamas, y el fuego se propagaba cada vez más deprisa en la distancia.

Las montañas, que a esas horas de la noche deberían haber estado envueltas en tinieblas, aparecían ahora iluminadas por formaciones anaranjadas que avanzaban sin cesar e incineraban a su paso toda clase de flora, fauna y hábitats.

Otro crimen más que añadir a una larga lista. Con un poco de suerte, cuando todo aquello terminara, los fae regresarían y devolverían a los bosques de aquella región todo su esplendor.

Sin embargo, no podía pararme a pensar en ello. Porque las montañas teñidas de naranja y los bosques ennegrecidos no eran nada comparados con los despojos de la primera localidad que encontramos durante el viaje de regreso a casa.

Habíamos seguido el rastro de devastación dejado por el ejército de los Impi.

Después de la Línea de los Tres Puntos, cuya destrucción había sido tan absoluta que ni siquiera podía calificarse de cementerio, las carreteras hacia el oeste estaban cubiertas de grietas, huellas de tanques, barro y sangre.

Los bosques situados a ambos lados de la carretera habían ardido por los incendios iniciados en la Línea de los Tres Puntos o habían sido aplastados por Impi impacientes que intentaban adelantar a su propio convoy para llegar al frente lo antes posible.

Pero, hasta ese momento, el coste humano no había resultado evidente. Al menos... hasta entonces.

Entramos en aquella localidad ya sin nombre sumidos en un silencio lúgubre. Incluso Treth enmudeció mientras tocaba los restos calcinados de los automóviles y registraba las ruinas abrasadas de las casas en busca de supervivientes. No esperaba que encontrara ninguno.

Era una esperanza remota, pero ¿quizá habían evacuado a la mayoría de sus habitantes antes de que llegara la horda de los Impi? Solo podía confiar en que así fuera. La Línea de los Tres Puntos había caído de forma tan repentina. Tan absoluta.

No quedaba allí ninguna vida que pudiera contarnos qué había sucedido.

Tuvimos que deducirlo. Los cráteres abiertos en lo que quedaba de los bloques de pisos hablaban de artillería y tanques.

Las marcas de quemaduras y los incendios narraban una historia sangrienta de piromantes y destrucción gratuita.

Los cadáveres con disparos en la espalda nos decían que allí no había habido piedad. Solo muerte.

No necesitábamos hechizos de luz ni linternas. Los incendios iluminaban la noche con un tono rojo sangre, oscuro y siniestro. En el centro de la localidad, una iglesia hacía las veces de faro de llamas inextinguibles. Un sol cuya luz exponía los horrores de la noche.

Phillip permaneció sumido en un silencio tenso y crispado mientras avanzábamos penosamente por aquella localidad muerta. Hasta que ya no pudo seguir callado. Abrió los puños que mantenía apretados.

—¿Cómo puede un ser humano hacer algo así? Los Impi... no son humanos.

Brett negó con la cabeza, entristecido.

—Esto es demasiado humano. Solo los humanos pueden hacer algo así. Las bestias comen, los vampiros beben y hasta los demonios tienen sus límites. Solo los humanos destruyen por el mero placer de destruir.

—En este mundo hay cosas mucho peores que el fuego y la pólvora —respondió Candace con aquel tono frío que se había convertido en su sello personal—.

Esta ciudad apesta a fuego. Apesta a metal.

Pero nada más. No hay nada más oscuro. Esto es obra de humanos.

Y los humanos no son lo más oscuro de este universo.

El eco de los gritos y la escalofriante sensación de que unas arañas cubiertas de carne nos observaban desde arriba me produjeron un estremecimiento. Treth lo percibió y se volvió para mirarme con preocupación. Aún se sentía culpable por no haber podido luchar contra aquellas cosas.

No lo culpaba. El Vasija era un enigma. Incluso entonces. No podía criticar a Treth por sus peculiaridades. Pero tenía una ligera idea de lo que había ocurrido.

El Vasija, al menos para mí, era algo hecho de luz. De esperanza y misericordia. En lugares de intensa maldad, flaqueaba. Porque no podía comprender algo tan oscuro.

Así que dependía de mí protegerlo. Porque aquellos seres que habitaban mi alma eran buenos. Merecían descansar. Ahora yo era su protectora. Y los llevaría a través de la oscuridad hasta que pudieran ayudarme en la luz.

Pasamos junto a un golem derrumbado. Sus rasgos centelleaban bajo la luz de las llamas mientras las sombras danzaban a su alrededor.

Le habían destrozado las piernas a disparos.

Sus ojos huecos carecían de alma. Estaba inerte.

Su pecho de arcilla aparecía cubierto de abolladuras provocadas por proyectiles de tanque.

Tras él, un reguero de cadáveres conducía al patio de una escuela.

Se desvaneció toda esperanza de que la localidad hubiera tenido tiempo de ser evacuada.

Y también se había disipado el alivio que sentí al ver a los golems luchar de nuevo junto a la CDF después de que recuperase el shem de manos de El Señor Necro. Los Impi habían encontrado la forma de contrarrestarlos. Una nueva arma de nuestro arsenal que había quedado inutilizada.

Candace contemplaba la carnicería como quien observa las exposiciones de un museo. Impasible y distante.

Pese a llevar algún tiempo expuesta a aquello, aún me resultaba incómodo. La Candace del año anterior habría llorado al verlo. Habría buscado a gente a la que salvar. Habría combatido la oscuridad. No se habría abandonado a su desolación.

Pero ahora solo veía posibles reanimaciones. Inspiración para su propia carnicería.

¡Grietas! ¿En qué estaba pensando?

Seguía siendo mi hermana de alma. Aunque ya no tuviéramos aquel vínculo. Quizá fuese lo mejor. ¿Sería capaz de soportar lo que ocurría en su cabeza en ese momento?

No sabía si poseía semejante fortaleza.

—¿Qué defensas quedan entre aquí y Hope City, Phillip? —preguntó Brett, distrayendo al agente de su tormento.

También había intentado distraer a Themba, pero el líder rebelde estaba demasiado encerrado en sí mismo.

A veces le ocurría. Pasaba de un extremo al otro.

Era un revolucionario optimista e inquebrantable, capaz de soportar derrota tras derrota.

Y entonces, de pronto, lo daba todo por perdido.

Ya le había sucedido antes. Confiaba en que volvería a encontrar su camino. Ver a su primo le sentaría bien.

Me alegraba no tener que comunicarle a Guy la muerte de Themba. Ya había creído muerto a su primo demasiadas veces.

Brett repitió la pregunta. Phillip negó con la cabeza y respondió:

—No muchas. El paso de Sir Lowry es la última línea defensiva antes de la propia Hope City. Pero nada resulta tan fácil de defender como la Línea de los Tres Puntos. La CDF no podrá conservarla.

—Entonces tenemos que llegar a Hope City lo antes posible. Antes de que lleguen los Impi.

Phillip asintió con gesto sombrío.

—Necesitamos un vehículo. Hay rutas secundarias por las que podemos entrar en la ciudad. Así evitaremos a los Impi y los combates.

—¿No deberíamos sabotear a los Impi desde la retaguardia? —respondió Themba, que hablaba por primera vez desde el cañón.

Phillip negó con la cabeza.

—Tenemos que llegar a Hope City. Seremos más útiles defendiendo la ciudad. Y, ante todo, necesita su símbolo.

Phillip quería decir que Hope City necesitaba a su Última Luz. Sentí una punzada de culpabilidad por haber estado ausente tanto tiempo.

Brett se detuvo y miró a su alrededor.

—Si queremos adelantarnos a los Impi, necesitaremos un coche y provisiones. Separémonos y volvamos a reunirnos aquí dentro de media hora.

Por lo general, separarnos no habría sido buena idea, pero todos éramos fuerzas formidables por derecho propio. Podíamos cuidar de nosotros mismos.

—Agente, Themba, venid conmigo. Kat, ¿podéis Candace y tú buscar combustible y cualquier otra cosa que pueda servirnos?

Asentí. Brett había adoptado el papel de líder del grupo. Siempre había tenido madera de líder, pero dirigir a aquel variopinto grupo de hombres y mujeres en Europa lo había empujado a asumir de verdad su papel de comandante. Le sentaba bien. Mucho mejor de lo que jamás me había sentado a mí.

Brett me dirigió una mirada cargada de intención cuando nos separamos. Quería que hablara con Candace. ¡No solo era ya un comandante, sino también un entrometido hecho y derecho!

No sabía si gruñir o echarme a reír. Pero no hice ninguna de las dos cosas, pues noté que Candace me observaba. Esperaba que diera el primer paso.

Contuve un suspiro y abrí la marcha por una calle oscura aún salpicada de llamas.

Candace permaneció en silencio. Recorrimos aquel despojo que antaño había rebosado de vida, mientras un caballero fantasmal nos vigilaba desde ventanas y callejones y, al mismo tiempo, se aseguraba de que estuviéramos a salvo.

Hacía ya mucho tiempo que existía una brecha entre Candace y yo. Mayor de lo que había sido nunca desde que El Mentor le arrancó mi ojo de la cabeza.

¿Quizá ese había sido su objetivo? Abrir una brecha entre nosotras. Y, si aquella era su estrategia, ¿funcionaría? ¿Era Candace una bomba de relojería andante y parlante cargada de arcanos oscuros?

La observé mientras caminaba delante de mí. Ya era adulta. De verdad. Ya no era solo una cría con magia oscura. Legalmente, ya podía beber y conducir. Aunque quizá no en ese orden.

Pero no podía evitar ver a aquella frágil muchacha rubia con sudadera oscura que solo necesitaba compañía humana y amor. Aquella chica que añoraba a sus padres y a la que la soledad, los abusos y las magias que guerreaban dentro de su cabeza habían llevado a la locura.

Y recordé nuestro vínculo. Aquella intensa sensación de que todo estaba en su sitio que nacía al sentirla dentro de mi cabeza y saber el consuelo que yo le ofrecía a cambio.