7. Horror indescriptible #3
Las fortificaciones de la CDF aún ardían e iluminaban la pared del acantilado. Y el barranco estaba inquietantemente silencioso.
Volé hacia la pared del acantilado y vi a nuestros amigos. Phillip ayudaba a Candace a subir a una cornisa, mientras Themba hacía lo mismo con uno de los rebeldes.
Un zarcillo salió disparado y atrapó al rebelde por la pierna. Demasiado rápido. Los gritos del rebelde quedaron ahogados por la carne que lo engulló.
Themba gritó, pero Phillip lo retuvo, y Brett hizo lo mismo cuando aterrizamos a su lado.
—¡Subid! —ordené mientras extraía de nuevo a Ithalen del vacío. La presencia de Treth parpadeaba en aquel lugar, pero al menos aún tenía mi espada.
Llegaron más zarcillos y los cercené en el aire. Mis compañeros comenzaron a trepar tan deprisa como pudieron justo cuando el agudo chirrido del metal al rasgarse y el golpe ensordecedor de un terremoto sacudieron el barranco.
Varios tentáculos irrumpieron a través de la capa exterior y el gigantesco montón de rostros aullantes salió arrastrándose de su tumba infernal.
—¡Subid! —volví a gritar, empujando a Brett para que trepara mientras yo contemplaba a la criatura.
Podía ganar algo de tiempo para ellos. No era una diosa. Pero se acercaba bastante. Podía enfrentarme a aquella cosa.
Los innumerables ojos de la bestia perforaron la oscuridad y se clavaron en mí. La desafié a acercarse. Avanzó arrasando la chatarra y los escombros, engullendo cadáveres a su paso.
—¡Ven a por mí! —grité, desafiante. Respondió con una serie desgarradora de chasquidos y gorjeos.
Me atacó con un tentáculo de cadáveres y yo lo cercené con Ithalen antes de salir disparada hacia el cielo. A mi espalda, mis amigos trepaban. Las arañas de carne los seguían.
Saqué Voidshot y disparé contra la pared del acantilado mientras cercenaba los zarcillos y tentáculos que intentaban atacarme. Pero, por cada extremidad que cortaba, aparecían otras cuatro.
Themba y Phillip llegaron a lo alto y ayudaron a subir a Candace y Brett.
Aterricé a su lado, jadeando. La criatura se alzaba sobre nosotros. Crecía hasta alcanzar una altura imposible. Rezumó sobre el saliente del acantilado y extendió hacia nosotros sus innumerables brazos mortecinos.
A pesar del agotamiento, avancé y me interpuse entre mis compañeros y aquella pesadilla.
Candace se colocó delante de mí. Antes de que pudiera protestar, de sus labios brotó una retahíla de arcanos oscuros. A toda velocidad. Como una ametralladora.
La criatura respondió con un rugido. E intentó golpearla. Su tentáculo se deshizo en cenizas.
Se detuvo. Casi incrédula. Y entonces atacó de nuevo.
Candace dio un paso atrás y lanzó una reprimenda de la más absoluta oscuridad. La criatura siseó de dolor.
Candace no cejó. Le gritó a la criatura, con la voz cada vez más ronca y seca mientras desataba una andanada tras otra de magia oscura contra aquella abominación.
Hasta que se deslizó de vuelta al lugar del que había surgido. Y la noche quedó quieta y silenciosa.
Candace permaneció al borde del acantilado, mirando hacia abajo. Tenía los puños apretados. Entonces cayó de espaldas. Jadeando.
Phillip se dobló sobre sí mismo y expulsó al suelo lo poco que tenía en el estómago. No sabía si por el hedor, el miedo o los arcanos oscuros que acababan de asaltar sus oídos mortales.
Themba se limitó a llorar. Ninguno de sus compañeros seguía junto a nosotros.
—¡Kat! —dijo Treth, apareciendo por fin en el acantilado junto a varios miembros del Vasija. Todos agachaban la cabeza, avergonzados.
—Lo siento muchísimo, Kat. No... no podíamos percibir a esas cosas. La oscuridad de ahí dentro... Era asfixiante. ¡Lo siento muchísimo!
No respondí. Me limité a contemplar el cañón que casi se había convertido en nuestra tumba y después le di la espalda, relegando sus horrores a los rincones más profundos de mi mente, junto con todos los demás traumas que amenazaban con hundirme. No se lo permití. No podía permitírmelo.
Comencé a caminar hacia el oeste, hacia las llamas y las cenizas. Hacia casa.
—¡¿Acaso merece la pena?! —gritó Themba a mi espalda.
Me detuve y volví la mirada hacia él. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Su resolución inquebrantable había llegado al límite. Ninguna revolución merecía tanto sufrimiento.
—¿Cómo puede haber algo que merezca todo esto? Con tanto horror en el mundo... —sollozó, con las imágenes de sus amigos moribundos aún frescas en la memoria.
Me acerqué a él mientras las gotas de lluvia levantaban vapor al caer sobre mi abrigo en llamas y le ofrecí la mano. La contempló como si fuera, a partes iguales, una serpiente venenosa y la salvación misma. Me miró a los ojos y aceptó mi mano. Lo ayudé a ponerse en pie.
Lo miré fijamente a los ojos. Sin parpadear.
—Siempre merece la pena. Por su sacrificio. Para que podamos impedir que vuelva a ocurrirle lo mismo a nadie. Todavía queda esperanza. Y, mientras haya esperanza, el precio siempre merecerá la pena.
Solté la mano de Themba y volví la mirada hacia Hope City. Nuestro viaje aún no había terminado.