7. Horror indescriptible
Horror indescriptible
Para empeorar las cosas, tuvimos que esperar a que anocheciera antes de acercarnos al borde de la ya caída Línea de los Tres Puntos.
Los Impi dejaron una compañía considerable para custodiar el puente, pero no destinaron muchos hombres a patrullar el perímetro del barranco. ¿Para qué iban a hacerlo?
Solo unos necios se arriesgarían a adentrarse en aquellas profundidades sumidas en la más absoluta oscuridad.
Lo cual nos convertía en los mayores necios al sur de los Necroestados.
Al amparo de la noche, descendimos de la montaña y aprovechamos los bosques para ocultarnos.
Avanzamos en silencio. No hacía falta hablar.
Todos deseábamos aquella quietud. Para reflexionar.
Para guardar luto. Para preparar la mente y el alma de cara a la batalla que nos aguardaba. Hasta Treth permaneció inmóvil.
Ninguno de nosotros se detuvo a pensar en lo que acechaba en el barranco, dándose un festín con la carroña calcinada de innumerables batallas.
Yo menos que nadie. Por lo general, no temía lo que se ocultaba en la oscuridad. Lo sacaba a la luz. Y después lo destripaba. Pero, si Candace tenía miedo de aquella cosa, yo también.
Nos acercamos al borde del barranco y enseguida nos pusimos a cubierto tras unos árboles. La luz de las antorchas se derramaba ante nosotros mientras oíamos una conversación en voz baja en zulú.
Themba señaló a tres de sus hombres y luego apuntó hacia la luz de las antorchas.
Desenvainaron sus cuchillos y avanzaron hacia el enemigo. Oí gritos ahogados, seguidos por el repugnante sonido viscoso de las hojas al penetrar en la carne. Una vez. Y otra.
Seguimos a Themba fuera de la arboleda. Uno de los rebeldes aún apuñalaba a un Impi en el pecho mientras el joven soldado forcejeaba. Su torso estaba acribillado de agujeros ensangrentados y el uniforme de camuflaje se oscurecía a toda velocidad.
Al final, el hombre dejó de debatirse y quedó inmóvil. Le concedí una pizca de compasión. No era más que un muchacho.
Pero también había muchachos al otro lado de aquel maldito barranco. Y probablemente ya ni siquiera quedaban cadáveres que enterrar.
Uno de los rebeldes se agachó junto al borde del barranco y escarbó la tierra con las manos. Dejó al descubierto una argolla metálica, fijada a la roca con hormigón oculto. Otro rebelde comenzó a atarle una cuerda.
—No utilizamos esta ruta a menudo. Pero sí lo hemos hecho en el pasado —susurró Themba, contemplando la silueta del puente a lo lejos con una mezcla de pesar y desprecio—. Es un antiguo sendero de los Cazadores de Sangre. Así que preparaos para encontraros con lo propio de los Cazadores de Sangre.
Una vez asegurada la cuerda, los rebeldes sacaron arneses y mosquetones de sus mochilas y los repartieron.
En voz baja, nos dieron unas apresuradas instrucciones de seguridad.
El descenso no era demasiado empinado. Pero cualquiera de nosotros se daría una buena caída si perdía pie.
La cuerda y el arnés nos mantenían a salvo.
Uno tras otro, los rebeldes comenzaron a descender hacia las profundidades. Después fueron Phillip y Brett. Me acerqué para ocupar mi turno. Themba me agarró del hombro.
—No enciendas las alas, Última Luz —susurró—. Ahí abajo hay cosas que odian la luz mucho más de lo que la temen.
Asentí. Se me erizó la piel de los brazos bajo el abrigo, cuyo resplandor comenzaba a apagarse. Empecé a descender por el barranco. Despacio.
Aún había fuegos dispersos por la capa exterior de escombros.
Pero cada llama se extinguía poco a poco a medida que el cadáver inmolado que la alimentaba terminaba de consumirse o era engullido lentamente por aquella amalgama de restos y muerte.
A la tenue luz de las llamas, vi unos ojos muertos y desesperados que me devolvían la mirada.
Mientras bajaba, pasé junto a los restos destrozados de tanques y vehículos blindados.
Sus tripulantes habían quedado atrapados cuando intentaban escapar de sus ataúdes metálicos.
Solo permanecían sus esqueletos, congelados en un grito.
Mi descenso se prolongó mucho más allá de la capa exterior, hasta que adopté un ritmo constante y pausado por el acantilado, rumbo a las profundidades.
—¿Hasta dónde puede llegar esto? —preguntó Treth. Su inquietud resultaba palpable incluso sin nuestra conexión.
No lo sabía. Lo único que sabía era que ya me encontraba prácticamente bajo tierra. Sobre mí se alzaba una capa de carnicería de un grosor inimaginable.
Ya no quedaban fuego ni luz de luna que me guiaran. Solo el tenue fulgor de mi abrigo en llamas y el cálido resplandor de Treth mientras descendía a mi lado, atento a los monstruos de la oscuridad.
Unas manos me sujetaron cuando por fin toqué tierra. Las de Brett. Se lo agradecí con una sonrisa que tendría que percibir más que ver, mientras Themba y Candace descendían poco después.
Un único rayo de luna se reflejaba en la roca húmeda y rebotaba por la zona, proporcionándonos nuestra única fuente de iluminación.
Nos encontrábamos en una cueva formada por metal, roca, escombros y cosas que no quería imaginar. Había humedad en el aire y un hedor acre a putrefacción incalculable.
Pese al riesgo, necesitábamos más luz. Un rebelde nos entregó una linterna a Brett y otra a mí. Cuando ellos encendieron las suyas, nosotros hicimos lo mismo.
La caverna de restos en la que nos encontrábamos parecía la parte inferior de un desguace.
Décadas de desperdicios se habían comprimido y amalgamado hasta formar una especie de estructura gris, casi viscosa.
Entre aquella masa gris, amorfa y turbia, distinguí armas, cañones de tanques y piezas de metal que sobresalían de la chatarra. Oxidadas, pero recuperables.
—¿Por qué no han enviado aquí abajo a un equipo de recuperación? —pregunté—. ¡Debe de haber una auténtica fortuna atrapada en esta inmundicia!
—Buscar beneficio en una tumba sin nombre no es honorable, Kat.
Treth negó con la cabeza.
—Recuperar lo que necesitas para ganar una guerra es una necesidad —replicó Candace, desconcertando a Themba y a los rebeldes, pues parecía estar hablando con una pared.
—No merece la pena correr el riesgo —respondió Themba mientras se ponía al frente, junto a la entrada de un túnel. Que Candace hablara con un fantasma le pareció otra de sus excentricidades y no le prestó atención.
—Tened mucho cuidado —susurró, con la voz apenas lo bastante alta para que lo oyéramos—. Solo he utilizado esta ruta una vez. Juré que nunca volvería a hacerlo. Pero parece que hoy toca romper promesas.
Porque lo inquebrantable se había quebrado. La Línea de los Tres Puntos había caído. Aún parecía imposible. Phillip no dijo una palabra. Se limitó a seguir avanzando. Era extraño verlo tan callado.
Themba nos condujo por un túnel estrecho que parecía haberse formado por casualidad mientras aquel vertedero se acumulaba a lo largo de las décadas. Dudaba que nadie hubiese podido bajar hasta allí para construirlo. Y, si alguien lo había hecho, habría esperado que se esforzara un poco más.
El suelo era un mantillo seco de vegetación muerta hacía mucho tiempo, mezclada con los restos del río que antaño recorría aquella grieta.
Sobre nosotros, el techo parecía subir y bajar.
Palpitaba, acercándose y alejándose mientras avanzábamos.
Llegamos a un punto del camino donde tuvimos que arrastrarnos.
Tan cerca del suelo, el hedor se intensificó.
Mi abrigo siseó con repugnancia cuando le cayó encima un líquido que no quería identificar.
Seguí arrastrándome hacia delante. Cada vez más lejos. Horrorizada al pensar en lo que se ocultaba en la oscuridad y en la clase de baba repugnante que me cubría ahora.
El túnel se ensanchaba un poco más adelante. Todos me esperaban. Vi el ceño preocupado de Brett, disgustado por no ir en retaguardia para protegerme. Pero yo tenía un abrigo en llamas que me cubría las espaldas. Él no.
El túnel desembocaba en una caverna más amplia, de la que partían tres túneles en direcciones distintas.
Las paredes parecían estar formadas por búnkeres reventados, un tanque y un muro de cadáveres.
Alcé la linterna para observar bien el techo, pero Themba le dio un manotazo y la desvió hacia el suelo.
—¡Nunca apuntes la luz al techo! —siseó en voz baja. Vi cómo el sudor le corría por el rostro en regueros. Al menos, esperaba que fuera sudor.
No pregunté por qué. Miré de reojo la oscuridad de las alturas y seguí a Themba cuando nos condujo por el pasadizo central. Mentiría si dijera que no vi nada.
El túnel se ensanchó y nos permitió avanzar de dos en dos. Brett y yo cerrábamos la marcha. Treth nos cubría las espaldas, desplazándose en silencio con la espada y el escudo desenvainados. Si aquellas criaturas eran tan oscuras como Candace y Themba las describían, el Vasija podía resultar útil.
El túnel descendía. Eso significaba que ni siquiera habíamos superado aún el punto más bajo del barranco.
¡No habíamos llegado ni a la mitad! Debería haber sabido que atravesar aquel cañón maldito nos llevaría una eternidad, pero estar en aquel laberinto de escombros y muerte hacía que pareciera interminable.
Clic. Clic. Clic.
Me detuve. El silencio había sido una constante durante todo el trayecto. Era el primer sonido que oía aparte de mi propia respiración y las pisadas arrastradas de mis compañeros.
Me paré y me volví hacia la oscuridad que había tras nosotros.
La luz de la linterna iluminó nuestras huellas, hundidas en el barro gris y viscoso. Pero su alcance era limitado. La oscuridad aguardaba justo más allá. Y parecía estar acercándose. Más cerca. Cada vez más cerca.
Me volví para seguir a mis compañeros y me encontré cara a cara con un rostro que gritaba, con la piel desprendiéndose y los huesos atravesándole las mejillas calcinadas.