El Titán Despierta (Serie Kat Drummond 18) 5. Viejos rebeldes
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5. Viejos rebeldes

Viejos rebeldes

Me arrancaron de la dichosa oscuridad del sueño con una bota sobre el pecho y gritos en los oídos.

— ¡Yehla! —gritaron unos hombres en la oscuridad—. ¡Al suelo! ¡Quedaos en el suelo! ¡No os mováis ni de puta broma!

Brett intentó darle un puñetazo en la cara a un hombre nada más despertarse sobresaltado. A cambio, recibió la culata de un rifle en la cara.

Ordené a mi abrigo que ardiera, y resplandeció con fuerza, revelando el camuflaje caqui y verde de los Impi, que llevaban brazaletes rojos, negros y blancos. El hombre que tenía una bota sobre mi pecho me sujetaba una bayoneta de asagaya al cuello.

Antes de que pudiera moverme, me empaparon con agua helada y apagaron mi abrigo. Sentí desaparecer la presencia de la salamandra del abrigo escamado. Si aquello no me hubiera ocurrido antes, me habría angustiado. Y cabreado muchísimo.

— ¡Hamba la! Nada de llamas. Estáis en nuestras tierras —masculló el ya empapado impi, imperturbable pese a que su camarada hechicero, situado a un lado, lo hubiera cubierto de agua.

¡Justo mi suerte que tuvieran un hidromante! No solían ser populares en las fuerzas armadas, pero si los Impi estaban reclutando a todos los hombres aptos del país, seguro que tenían bastantes entre sus filas.

Treth se manifestó, con los ojos muy abiertos e impotentes. Desenvainó la espada e intentó atravesarle el pecho al Impi. La hoja lo atravesó sin surtir efecto alguno.

Pese a lo poderoso que se había vuelto el Vasija, seguían sin poder matar humanos.

Solo podían dañar a seres considerados cósmicamente malvados.

Espíritus oscuros, demonios y muertos vivientes.

Un humano podía violar y saquear una aldea entera, y Treth no sería capaz ni de hacerle un corte de papel.

El universo tenía un sentido enfermizo y arbitrario del bien y del mal.

Brett, después de fingir estar inconsciente durante un segundo, intentó agarrarse a la pierna de un Impi. Le clavó los dientes en el tobillo antes de que otros dos Impi le dieran una patada en el estómago. Una y otra vez, hasta que lo soltó y quedó inerte.

Dejaron caer junto a mí el cuerpo forcejeante de Candace.

Su ojo descubierto ardía de rabia mientras le metían un calcetín viejo en la boca y se lo mantenían allí con la misma cuerda que habían usado para atarle brazos y piernas.

Sabían que usaba magia. Le habían impedido pronunciar encantamientos antes de que pudiera soltar una sola sílaba de hechizo.

¿Sabían quiénes éramos? Intercambié una mirada presa del pánico con Treth. Él se hacía la misma pregunta.

Phillip estaba de rodillas, con las manos detrás de la cabeza. No se resistía, pero vi en el temblor de sus ojos que pensaba en una manera de salir de aquella. Solo que no había encontrado ninguna.

Unas manos me agarraron por los hombros, y el alivio que sentí cuando los Impi retiraron el pie de mi pecho duró poco: me voltearon boca abajo, me ataron las manos a la espalda y volvieron a hincarme las rodillas en los riñones.

Debía de haber casi una docena. Al menos un hechicero, el hidromante, aunque probablemente más. Todos iban armados. Todos eran peligrosos.

¡Grietas! En momentos como aquel deseaba haber mantenido el Velo en el Vasija.

Aquellos fantasmas asesinos se habrían dado un festín con esos Impi.

Y no tenían ningún escrúpulo a la hora de quitar vidas humanas.

De hecho, aquella peculiaridad concreta, y que no dejaran de gritarme al oído su eterna sed de sangre, había sido lo que me llevó a liberarlos en primer lugar.

Los Impi hablaban entre ellos en zulú. Rápida y furiosamente. Algunos sonaban preocupados. Otros, enfadados. Al cabo de un rato quedó claro quiénes eran los veteranos y quiénes los reclutas.

No entendía lo que decían, pero bastó echar un vistazo a Brett, magullado, y a Phillip, ahora atado, para hacerme una idea de que no era nada bueno.

Entonces oí dos cosas que sí entendía, salpicando su conversación.

—Última Luz —y— Necroseñor.

¡Sabían quiénes éramos!

—Kat —suplicó Treth—. ¿Qué puedo hacer? Si corto tus ataduras, te dispararán.

Tenía razón. Un Impi me apuntaba directamente a la cabeza con el rifle. No se sorprenderían de que mis ataduras se cortaran de repente. Simplemente dispararían.

Y Candace tardaría en lanzar cualquier tipo de hechizo, así que quitarle la mordaza tampoco era una solución.

Sentí la ansiedad colectiva de los habitantes del Vasija. Todos me enviaban su apoyo. Sus esperanzas. Pero ninguno podía matar a mis captores. Ninguno podía liberarme.

Quizá aquello fuera el final. ¡Realmente anticlimático de cojones!

El más veterano de los Impi gritó algo y pareció poner fin a la discusión. Sacó una pistola y me apuntó a la cabeza. Lo miré fijamente bajo la tenue luz. Desafiante. Al menos podrían poner eso en mi lápida. Aunque a aquellas alturas no esperaba más que una tumba sin nombre.

La cabeza del oficial de los Impi explotó como un melón sanguinolento.

Los fogonazos de los disparos rasgaron la oscuridad nocturna mientras los Impi gritaban y disparaban en todas direcciones. Fuego preciso de francotirador los fue abatiendo uno a uno. Sin darles margen para recuperarse. Cundió el pánico.

Recordaba perfectamente que algo parecido había ocurrido dos años atrás. Pero esta vez no iba a limitarme a ser la damisela pasiva en apuros.

Treth aprovechó el caos para cortar las cuerdas que me ataban. Ithalen se manifestó en mi mano, y arremetí contra el Impi más cercano, cortándole la pierna a la altura de la rodilla. Disparó al aire, gritando mientras su sangre formaba un charco en la tierra.

—¡Ariel! ¡Una ayudita! —grité, invocando al ángel residente del Vasija para que me prestara su fuerza. De mi espalda brotaron alas espectrales que apartaron de en medio a los Impi, confusos y aterrorizados.

—Parece que te vendría bien algo de luz...

—Hammond se manifestó ante mí, llegando desde el Vasija con una sonrisa propia de un niño pirómano.

Chasqueó los dedos, y mi abrigo y mis alas estallaron en llamas, chamuscando a dos Impi e iluminando la zona.

La salamandra entonó su dulce y ardiente saludo. Me había echado de menos.

Treth liberó a Brett, que cogió el rifle más cercano y disparó a quemarropa contra un Impi próximo antes de abrir fuego contra los demás.

En cuanto liberaron a Candace, soltó de inmediato una sarta de palabras venenosas que derritieron la carne de los huesos de los Impi supervivientes.

Un último disparo de francotirador perforó el corazón del último Impi. Se agarró la herida sangrante antes de desplomarse de bruces sobre la tierra. La noche quedó en silencio.

Examiné la oscura línea de árboles. Brett apuntaba con el rifle, Candace preparaba maldiciones tortuosas y Treth liberaba de sus ataduras a un Phillip muy confundido.

Nos colocamos espalda contra espalda, esperando descubrir si nuestro salvador lo era de verdad.

—Muy lejos de casa, Última Luz y compañía —dijo una voz familiar desde la oscuridad. De la incredulidad, no pude evitar dejar caer Ithalen al vacío.

De la oscuridad salió un hombre de cabeza rapada, surcada por cicatrices recientes, y sonrisa blanca y contagiosa. Llevaba al hombro un rifle de francotirador que todavía humeaba.

—Pero más cerca de lo que habéis estado en mucho tiempo, según he oído —remató Themba, sonriendo como un niño.

Tenía más cicatrices, recientes y antiguas, pero por lo demás era prácticamente el mismo que cuando lo vi marcharse de Hope City para liberar su tierra natal de las garras de los Hijos de la Sangre.

¡Y seguía muy vivo! Pese a todo pronóstico.

—¡Themba! —exclamó Brett, acercándose a su amigo y al primo de su mejor amigo. Se estrecharon las manos y las sacudieron vigorosamente, con sonrisas aliviadas e inquebrantables, libres de preocupación y desesperanza.

No pude evitar sonreír ante el reencuentro, aunque mis ojos se desviaron hacia Candace, que miraba fijamente los cadáveres que nos rodeaban. Treth se manifestó entre ella y el cadáver del comandante de los Impi. Negó con la cabeza. Ella apartó la mirada, fingiendo que no había pasado nada.

Sonreí cuando Themba se acercó a mí y nos abrazamos a modo de saludo.

—¡Me alegro de verte, Themba! —dije, con un alivio palpable—. Creíamos que habías muerto.

Su sonrisa se ensanchó y me guiñó un ojo.

—Los rebeldes no mueren. Solo envejecen y se desvanecen. Y yo aún soy demasiado joven para desvanecerme.

Más rebeldes, vestidos con vaqueros y camisetas cubiertos de barro, chalecos tácticos de la CDF y correajes de Impi saqueados, fueron saliendo de la línea de árboles.

La mayoría eran mayores. No ancianos, ojo.

Pero demasiado mayores para luchar en guerras como aquella.

Deberían estar asentándose. Cuidando de niños.

Trabajando en empleos de verdad. No escondiéndose en la oscuridad y matando soldados.

Pero aquella era la perspectiva de un mundo mejor. No de este. En este mundo, hombres y mujeres pasaban sus años dorados matando o siendo asesinados.

Los rebeldes se pusieron a despojar de suministros a los Impi masacrados.

Munición, rifles, asagayas. Incluso raciones, cigarrillos e insignias de hombro.

Probablemente como recuerdos o para crear disfraces.

Era un trabajo sangriento, y no le presté demasiada atención.

Ya había visto demasiado saqueo en el norte.

Tenía que pensarlo como si recogiera partes de monstruos.

Era solo una parte del trabajo. Un asunto espantoso en un mundo espantoso.

—Tenemos un escondite cerca —continuó Themba—.

No hemos sido tan insensatos como para enfrentarnos a esa horda impía.

Por mucho que me muera de ganas de dejarles unas cuantas bombas en las letrinas.

Pero esos idiotas se acercaron demasiado a nosotros y se alejaron demasiado de sus centinelas. Su estupidez es nuestra ganancia.

Su sonrisa se ensanchó aún más.

—Es bueno volver a verte, Kat. No solo Hope City ha echado de menos a su Última Luz.