El Titán Despierta (Serie Kat Drummond 18) 4. Frontera
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4. Frontera

Frontera

Hasta ese momento, ninguno de nosotros había comprendido de verdad la magnitud de lo que estaba ocurriendo.

Habíamos visto la guerra en Europa. Ejércitos inmensos enfrentándose por antiguos castillos, mezclando lo fantástico con lo convencional en un baño de sangre de dragones y tanques.

Pero nunca habíamos llegado a entender que la guerra nos seguiría hasta casa.

Que tendríamos que enfrentarnos a su magnitud y su horror a nuestras mismas puertas.

Hasta ese momento.

Ocultos entre árboles y arbustos, contemplamos cómo un ejército convertía las verdes colinas ondulantes y los valles en un arenal cubierto de soldados y armas de guerra. Solo desde lejos podía uno hacerse una idea de la magnitud de semejante maquinaria bélica. Y ni siquiera así por completo.

El ejército zulú avanzaba a pie, en vehículos blindados, camiones, autobuses y cualquier cosa capaz de transportarlos, formando una corriente humana que parecía no tener fin y atravesaba toda la campiña.

Nos fuimos pasando unos prismáticos mientras Candace observaba mediante uno de sus hechizos, que hacía vibrar y distorsionarse el aire para ampliar cualquier cosa que quisiera ver en la distancia.

Ninguno hablábamos. No nos atrevíamos. No es que el enemigo pudiera oírnos. Incluso desde allí llegaba hasta nosotros el retumbar de innumerables pies sobre la tierra, el chirrido de engranajes y orugas y el ronroneo de incontables motores.

La hueste de los Impi serpenteaba de un horizonte al otro.

Columnas y más columnas de impi portaban fusiles de asalto y lanzas encantadas que resplandecían en tonos rojos y anaranjados.

Contaban con el apoyo de vehículos blindados, tanto nuevos como viejos, con cascos en forma de V para protegerse de minas y explosivos.

Seguían llegando batallones de tanques que arrasaban el terreno.

Más de los que jamás habíamos visto en Europa.

Y más modernos que los tanques del Sacro Imperio Romano Germánico y la Liga Escandinava, mucho más volcados en lo mitológico.

Los tanques estaban cubiertos de runas e imágenes brutales que representaban las victorias y conquistas del Imperio Zulú, desde la unificación del clan de Shaka hasta el reciente dominio del emperador Buthulezi sobre su nación.

Aquellas obras de arte no servían únicamente para infundir miedo al enemigo y orgullo a las tropas.

Eran historias que albergaban un gran poder mágico.

Retorcían los vientos del destino y desviaban los proyectiles enemigos de su trayectoria, al tiempo que garantizaban que todos los disparos propios dieran en el blanco.

Junto a las columnas de tanques, sometido al férreo dominio de los nigromantes, un oscuro ejército de muertos vivientes bullía por la campiña como un maremoto.

Avanzaban con paso torpe y desordenado, armados con asagais, cuchillos, hachas y cualquier otra cosa que pudiera soldarse a sus cuerpos.

Una horda de seres abominables. Ya no eran solo los muertos venerados, sino cualquier cadáver que los nigromantes de El Imperio pudieran conseguir.

Y, salpicando cada tramo de aquella horda inconcebible, se alzaban estandartes rojos como la sangre que mostraban un asagai y un escudo de piel de vaca. El símbolo del Imperio del Cielo.

—No puede quedar nadie en El Imperio, ¿verdad? —preguntó Treth, sobrecogido—. ¡Deben de estar todos aquí!

Y yo no encontraba ningún motivo para llevarle la contraria. El nuevo emperador debía de haber vaciado su nación de todos los hombres disponibles para hacer aquel último y desesperado intento de procurar a su país una gloria eterna. ¿Una insensatez? ¿Un suicidio? ¿O una genialidad?

No lo sabía. Lo único que sabía era que aquel ejército avanzaba hacia el oeste. Todos ellos. Hacia la Línea de los Tres Puntos. Hacia Hope City.

—¿No estamos en Transkei? —dije por fin, rompiendo el silencio—. Creía que El Imperio había perdido el control de esta región. Que los Izingane Zegazi habían caído. Que la rebelión estaba en pleno apogeo. ¿Cómo pueden atravesar estas tierras sin encontrar resistencia alguna?

Phillip negó con la cabeza, apesadumbrado.

—La rebelión fracasó. No con una explosión, sino con un gemido.

Goldfield traicionó a sus aliados de la insurgencia y, en una sola noche, los Impi asaltaron y diezmaron todas las supuestas células terroristas desde Dar es Salaam hasta Nueva Ulundi.

El emperador Buthulezi consiguió que Transkei echara de menos a los Izingane Zegazi cuando castigó a los Xhosa por su rebelión.

Pogromos. Ejecuciones masivas. Genocidio...

Una sombra cayó sobre todos nosotros. En especial sobre Brett.

—Themba... —murmuró, angustiado e incrédulo.

Themba Mgebe. El primo de Guy. Nuestro amigo y camarada. Había sido el líder de la rebelión de Transkei. Había regresado a su tierra natal después de ayudarnos a combatir a los Izingane Zegazi en Hope City. Antes de eso, había ayudado a Los Cruzados. Era, a todos los efectos, uno de los nuestros.

Y ahora lo más probable era que estuviera muerto. No podía imaginar cómo habría logrado sobrevivir nadie a una ofensiva a manos de aquel ejército. Dejaba pequeño todo cuanto habíamos visto en Europa.

Themba me había caído bien. Había sido un buen hombre. Un líder nato y carismático que se jugaba el dinero y la vida cuando la situación lo requería. Nos había dado a todos esperanzas de ver un Transkei libre.

Brett volvía a culparse. Lo notaba. Ojalá hubiera podido estar con Guy cuando recibió la noticia. Ojalá hubiera podido consolar a su hermano de carácter pragmático y a su camarada en aquel momento de necesidad. En vez de eso, había estado luchando en una guerra en la que no teníamos nada que hacer.

Un crimen más que añadir a la larga lista de pecados de aquellos dioses embaucadores.

—Todavía queda una chispa rebelde en Transkei —dijo Phillip con firmeza, aunque afligido—. Y aún hay esperanza de alcanzar la independencia. Cuando recuperemos el Consejo, podremos reanudar la ayuda. Habrá una república de Transkei, camaradas. Me juego mi carrera.

Por lo que yo sabía, ya lo había hecho.

—Pero antes queda mucho por hacer —continuó Phillip, frunciendo el ceño ante la inconcebible hueste que se extendía frente a nosotros—.

Los Impi quieren vengarse por agravios reales e imaginarios.

Más allá de su ancestral odio al colonizador, quieren vengarse de nosotros por haber ayudado a los rebeldes en su lucha por la libertad.

Este ejército se estrellará y arderá en la Línea de los Tres Puntos. Como siempre ha ocurrido.

—Otra guerra —murmuré.

Brett apartó la vista de la hueste de los Impi. Vi destellos de fuego y sangre en sus ojos. Ambos habíamos visto demasiada guerra.

—La guerra es inevitable —señaló Candace con voz fría—. Más vale que nos preparemos.

—Al menos esta vez lucharéis en el bando de los buenos —añadió Phillip en un tono comprensivo, mucho más sensible que el de Candace.

No le habíamos hablado de la guerra en Europa.

Pero incluso él debía de haber supuesto que nos habían engañado.

El Sacro Imperio Romano Germánico no había sido el bando de los buenos, pero la Liga Escandinava tampoco.

Allí solo había víctimas y asesinos. En ambos bandos.

Atrocidades cometidas contra inocentes indefensos por nada más que la caprichosa avaricia de dioses de otros mundos.

Phillip dio la espalda a los invasores en marcha, como si descartara que supusieran una amenaza. Creía de verdad en el poderío de nuestro país. Quizá yo también debería hacerlo.

—Además, nadie ha atravesado jamás la Línea de los Tres Puntos. Al menos, no de verdad. El tamaño no importa. Todos caerán como cayeron sus antepasados. Y entonces podremos centrarnos en matar monstruos y defender nuestra justa república.

Como si fuera tan sencillo.

Los demás se dieron la vuelta y abandonaron nuestro puesto de observación para buscar un lugar donde descansar.

Era imposible que lográramos adelantarnos a aquel ejército y llegar antes que él a la Línea de los Tres Puntos.

Así que más nos valía esperar a que pasara y cruzar cuando terminara la carnicería.

Si teníamos suerte, ni siquiera tendríamos que luchar.

Pero, mientras Treth y yo contemplábamos aquella inconcebible hueste, no pude evitar pensar que aquello no era más que una vana esperanza.