El Titán Despierta (Serie Kat Drummond 18) 3. Trauma
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3. Trauma

Trauma

Corríamos contrarreloj para alcanzar la Línea de los Tres Puntos antes que los ejércitos del Imperio Zulú.

Aunque nadie lo habría dicho. No podíamos permitirnos precisamente el lujo de disponer de un vehículo.

Robado o no. Así que avanzábamos hacia el sur a pie, tan rápido como podíamos.

Por suerte, hacía ya mucho que nos habíamos acostumbrado a viajar de aquel modo.

Iba a resultar extraño volver a casa y asentarnos de nuevo. Llevaba dos años sin pasar más de unas pocas noches seguidas en un mismo sitio.

Pero, mientras montábamos el campamento para pasar nuestra última noche en Goldfield, la posibilidad de volver a asentarnos empezaba a hacerse realidad.

—Tengo ganas de volver a quedarme en un solo sitio —dijo Brett mientras descansábamos las doloridas piernas.

Phillip había desaparecido. Lo hacía a menudo.

Aunque siempre regresaba. Yo había sugerido que se dedicaba a confraternizar con demonios.

Brett tenía una teoría mucho más razonable: que se limitaba a explorar el terreno por delante.

Phillip tenía mucha energía acumulada después de dos años de cautiverio.

En cuanto a Candace…

¡Athena sabría dónde se había metido! Pero, al igual que Phillip, siempre regresaba. A menudo más pálida y con ojeras más profundas que antes. No quería perder el tiempo pensando en lo que podía estar haciéndose a sí misma, o a los demás, durante sus ausencias.

—Nos va a costar acostumbrarnos —respondí, aunque, a decir verdad, yo también estaba entusiasmada. En el fondo, era una chica de ciudad.

—Después de todo lo que hemos pasado, conducir media hora para cruzar la ciudad nos va a parecer un paseo dominical —dijo Brett entre risas, antes de darle un sorbo al café que se había estado calentando en una cafetera apoyada sobre mi abrigo.

—Yo echaré esto de menos —dijo Treth, materializándose entre nosotros y asando una nube de azúcar falsa sobre las llamas de mi abrigo—. Me gusta bastante el estilo de vida nómada. Dormir bajo las estrellas, al aire libre.

Inspiró hondo.

—¡Ha hecho maravillas por nuestra salud!

Brett soltó un bufido.

—¿Tu salud? ¡Estás muerto!

Treth desdeñó el comentario con un gesto.

—Eso no es excusa para descuidar la salud. El estilo de vida nómada garantiza que hagamos mucho ejercicio y trabajemos bien el cardio. ¡Debería haberlo adoptado cuando aún estaba en Avathor!

—Puedes ser nómada dentro de el Vasija, Treth —respondí—. Yo tengo bastantes ganas de disponer de agua corriente y conexión a internet.

—¡Oh! Internet. Casi me había olvidado de eso —exclamó Brett.

Treth se mordió la lengua. No podía competir con internet. Hacía una eternidad que no nos conectábamos.

—Es raro que Europa no tenga internet —comenté—. Trudie seguramente nos habrá bombardeado a los dos con tantas fotos de gatos que los servidores de Hope City se colapsarán cuando iniciemos sesión.

—Aunque tampoco habríamos tenido tiempo de conectarnos en el norte —respondió Brett—. Suponiendo que la infraestructura hubiese sobrevivido…

El ánimo se nos vino abajo al imaginar la devastación que habíamos dejado en el norte.

Me pregunté qué habría ocurrido después de nuestra marcha.

Probablemente, Odin y Thor le habían arrebatado una buena porción de territorio a un Sacro Imperio Romano Germánico que no lo merecía.

Sus pecados quedarían para siempre sepultados por el tiempo.

No valía la pena provocar otra guerra para que el mundo conociera su engaño.

Aunque con ello se hiciera justicia a tantos inocentes…

Con suerte, Francia recuperaría su idílica normalidad caballeresca. Y, si la codicia de los dioses nórdicos se volvía contra ellos, plantarían cara con todas sus fuerzas. Una lucha digna de los caballeros franceses que ahora descansaban en mi alma.

—Volvemos a casa… —dijo Treth al fin, sacándonos de nuestro ensimismamiento. Sabía que estábamos empezando a perdernos en nuestros tristes recuerdos.

—Si es que aún nos queda una casa a la que volver —murmuró Brett.

Treth frunció el ceño. Brett tenía razón.

Si nuestro apartamento había sobrevivido siquiera al casi apocalipsis de El Mentor dos años atrás, era prácticamente seguro que nos lo habían quitado.

Mansión Tokai quizá estuviese a salvo. El Espíritu de la Ley protegía los derechos de propiedad.

Incluso los de fugitivos buscados por la justicia.

Pero nuestro apartamento era de alquiler.

En ese caso, el casero estaba por encima del Espíritu de la Ley.

Alargué la mano y le apreté la rodilla a Brett.

—Encontraremos un nuevo hogar. Y tenemos amigos. Familia.

—¡Eso es! —dijo Treth, al ver una nueva oportunidad de intentar ser el portador del optimismo—. Cuando limpien el nombre de Kat, habrá un montón de sitios donde asentarnos. Y ninguno de nuestros amigos permitirá que durmamos sin un techo sobre nuestras cabezas.

—Aunque a estas alturas ya estamos acostumbrados —dije entre risas—. ¡Seríamos unos vagabundos estupendos!

Brett sonrió y después se echó a reír.

Me pasó su café y bebí. Deberíamos estar durmiendo. Preparándonos para cruzar la frontera. Pero rara vez habíamos tenido ocasión de limitarnos a hablar así. De las cosas tristes, de las alegres y del trauma…

Y, aunque las risas resultaban liberadoras, no duraron mucho.

No pude evitar clavar la mirada en la oscuridad y en el espacio vacío junto a mi abrigo, que se había convertido en nuestra hoguera improvisada.

Treth y Brett siguieron mi mirada, y sus risas cesaron.

—Aunque construyamos un nuevo hogar —susurré—, ¿también será el suyo?

—Candace siempre será de la familia —dijo Brett, y saber que lo decía de corazón me reconfortó. Había madurado mucho durante aquellos últimos años. La confianza que había depositado en mi antigua hermana de alma era milagrosa. Incluso mientras la mía menguaba.

Negué con la cabeza.

—Lo sé. Pero ya no estoy tan segura de que ella siga viéndonos de ese modo. Ya no.

Sentí una punzada procedente de Treth. Desconsuelo. Nunca lograba saber del todo qué sentía Treth por Candace, pero sabía que la amaba. A su manera. Perderla así, verla caer en la oscuridad, lo había destrozado. Le había roto el corazón fantasmal.

—Candace… Candace volverá a encontrarse. Lo hará. Pero solo ella puede salvarse a sí misma —dijo Brett.

Le respondimos con nuestro silencio. Brett negó despacio con la cabeza.

—No puedo ni empezar a imaginar por lo que está pasando.

Pero sé que yo también me enfrenté una vez a mi propia forma de oscuridad.

Y, cuando me hallaba en lo más profundo, tuve que abrirme camino para salir por mis propios medios.

Los demás podían sostener en alto una linterna sobre mí.

Podían iluminarme el camino. Pero tenía que ser yo quien ascendiera.

Me dedicó una sonrisa débil.

—Candace puede ascender. Ya la hemos visto hacerlo. Mientras nosotros sostengamos esa linterna, sabrá que puede llegar hasta nosotros.

Eso esperaba. De verdad que sí.

Sentí un escalofrío en el aire y me froté los brazos desnudos. Estaba empezando a hacer frío. No estaba acostumbrada. Mi abrigo se había convertido en una segunda piel. Incluso bajo las nevadas de Europa había estado cubierta de escamas ardientes que me mantenían bien calentita.

Sentí calor sobre los hombros cuando Brett me puso su chaqueta. Le dediqué una sonrisa afectuosa a modo de agradecimiento. El frío no parecía molestarle, ni siquiera con el tatuaje del Cuerpo de Exterminio expuesto a la intemperie. Estaba hecho para climas más fríos.

Alcé la mirada hacia el cielo nocturno. Ya estaba oscuro. Y no haría más que oscurecerse. Literalmente, a medida que avanzase el invierno, y en sentido figurado, conforme nos acercásemos a aquella nueva guerra.

Al menos podíamos confiar en haber dejado Europa en mejores condiciones.

—Me pregunto qué aspecto tendrá Francia en estos momentos —comentó Brett con aire ausente. Habíamos estado pensando en cosas parecidas.

Brett se parecía cada vez más a Treth. Era capaz de leerme la mente sin siquiera intentarlo. ¿O acaso yo era tan transparente?

—Allí es verano —respondió Treth—. Debería haber más luz. Más alegría. Será más fácil reconstruir sin la nieve.

—Eso espero… —Brett suspiró—. Ni siquiera pude despedirme. De la compañía, ¿sabéis?

—Aquello era un caos, Brett —respondí—. Y ninguno de nosotros estaba precisamente de humor para quedarse.

Sobre todo teniendo en cuenta que en cualquier momento podía haber perdido los estribos y haberles cortado la cabeza a Thor y Odin por ser los verdaderos destructores de París y por habernos mentido desde el principio acerca de toda la guerra.

—No sé si sobrevivió alguien —continuó Brett, bajando la voz mientras contemplaba las brasas titilantes de mi abrigo de salamandra—. Pero no son solo ellos quienes me hacen falta. También echo de menos a los demás. A quienes sé que no lo consiguieron.

Brett no lloró, ni alzó la voz, ni siquiera tartamudeó.

Pero pude ver el dolor en sus ojos. Los echaba de menos a todos.

A la Compañía Callahan. A sus hombres. A los soldados que había tomado bajo su protección en Luxemburgo y convertido en una vanguardia capaz de derribar las fortalezas más poderosas del Sacro Imperio Romano Germánico.

Habíamos pasado una eternidad con aquellos hombres y mujeres.

Yo nunca había llegado a intimar tanto con ellos como Brett.

Siempre había sido más distante. Estaba más acostumbrada a trabajar sola, pese a dirigir una agencia dedicada a cazar monstruos.

Pero aun así había admirado y querido a quienes habían luchado a mi lado.

Creía que me había insensibilizado ante sus caídas. Pero no era así. Me limitaba a apartarlo todo. A olvidar los rostros. A fingir que nada de aquello había ocurrido.

A mentirme diciendo que todo había valido la pena.

—Echo de menos a los caballeros —continuó Brett, con un atisbo de sollozo en la voz—. Eliot, Raph, Theo…

Sorbió por la nariz.

—Incluso al final, después de haber perdido tanto, Eliot aún era capaz de arrancarme una sonrisa. Entendía el mundo de una forma en que yo jamás podré hacerlo.

Intercambié una mirada triste con Treth mientras ambos apoyábamos una mano en la espalda de Brett.

Para nosotros era diferente. Eliot, Raph y Theo residían en el Vasija.

Aún podía sentir su presencia. Podía hablar francés gracias a ellos.

Treth prácticamente convivía con ellos como vecinos en el vasto más allá que albergaba mi alma.

Pero, para Brett… estaban muertos de verdad.

Consolamos cuanto pudimos a mi novio y a nuestro amigo. Todos teníamos cicatrices profundas. Cosas que habíamos perdido. Personas, principios, esperanzas y sueños. Todo perdido en la gran picadora de carne que enfrentaba a dioses y hombres.

Y, al frente de aquella masa de cadáveres destrozados, se encontraba un solo hombre, el que había prendido la mecha.

El Mentor.

Y yo había estado tan cerca de derrotarlo por fin.

Sin embargo, había escapado. Siempre lo hacía.

Tenía la sensación de que por fin nos acercábamos al desenlace. De un modo u otro, todo se resolvería en Hope City. Lo sabía.

Brett se secó la humedad de los ojos cuando los tres nos volvimos hacia el sonido de dos pares de pisadas.

Phillip y Candace llegaron al mismo tiempo y enmudecieron al ver que tenían compañía.

Habían estado hablando. De algo privado.

Planeando. Conspirando. Por supuesto. El segundo nombre de Phillip era Conspiración .

En el pasado, me habría repugnado ver a Candace y Phillip hablando juntos en privado. Pero ya no.

Confiaba en Phillip. Pese a todos sus engaños, artimañas y arrogancia, ahora lo comprendía. Conocía sus motivaciones. Y sabía hasta dónde estaba dispuesto a llegar para defender su país.

Me decía que yo era diferente. Que hacía aquello por algo más que un país. O quizá por algo menos. Pero entonces me encontraba corriendo hacia Hope City, arrojándome una vez más a una guerra inevitable para defender un pedazo de tierra gobernado por personas que me odiaban.

—Hemos conseguido un horario fiable de los Impi y de los guardias de la patrulla fronteriza de Goldfield —dijo Phillip a modo de saludo.

No quería saber cómo lo habían obtenido. El hecho de que Candace estuviese con él no indicaba que hubiesen empleado métodos humanitarios.

—Entonces, ¿cuándo cruzamos? —preguntó Brett, irguiéndose y haciendo más áspera la voz para compensar la vulnerabilidad que nos había mostrado a Treth y a mí.

—Esta noche —respondió Phillip sin más—. En marcha.

¡Y hasta ahí nuestra última noche de descanso!