El Titán Despierta (Serie Kat Drummond 18) 2. Fugitivos #2
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2. Fugitivos #2

—Se ha negado a adoptar un nombre real. Al menos por ahora. Su nombre mortal es Mandlenkosi Buthulezi. Nosotros lo conocemos como el Diablo al otro lado de la Brecha.

Nuestras expresiones de desconcierto parecieron decepcionar al agente secreto.

—¿En serio? ¿No sabéis absolutamente nada de la historia de Buena Esperanza?

El general Buthulezi fue el comandante que estuvo a punto de quebrar la Línea de los Tres Puntos.

Dos veces. La primera fue mediante la fuerza bruta.

Si no hubiéramos conseguido comprar a Goldfield en el último momento y rodear a sus fuerzas, ¡estaríamos hablando zulú!

—¿Y la segunda? —preguntó Brett.

—Consiguió eludir el bloqueo naval y desembarcar tropas en Nature’s Valley.

—El Incidente de Shadow Valley —intervino Candace.

Phillip asintió, contento de que no todos ignorásemos la historia de su amado país.

—Si aquellos demonios no hubieran sumido todo el valle en la oscuridad, el Diablo al otro lado de la Brecha podría haber flanqueado la Línea de los Tres Puntos y habernos aplastado —dijo Phillip.

Y no pronunció nos como lo haría alguien al hablar de su equipo de fútbol favorito. Habló como si hubiera estado allí.

—Así que este nuevo emperador es una muy mala noticia —añadí.

Phillip asintió.

—Una noticia terrible. La facción Impi controla la situación con mano firme.

Se acabaron las intrigas cortesanas. Se acabaron las mezquinas luchas por el poder personal.

Ahora solo hay unidad. A punta de azagaya.

Los Izingane Zegazi, al menos los que quedan, ya ni siquiera piden las sobras.

Hacen lo que se les ordena. Y los Elegidos de Shaka no se quejan, porque el nuevo emperador ha eliminado las restricciones que determinaban quién podía unirse a las hordas de los Elegidos.

Se acabaron los veteranos de honor. Ahora, quienes intentaron separarse de El Imperio engrosan las huestes de no muertos.

Negó con la cabeza.

—Ahora están unidos. Con firmeza. Y el Diablo sabe cómo mantener unido su imperio. Del mismo modo en que se unió en un principio. Mediante la conquista.

—Y Hope City se interpone en su camino —respondió Brett.

Phillip asintió con gravedad.

—Y este nuevo emperador pragmático compartirá encantado el botín con Goldfield. La guerra se acerca. Puede estallar cualquier día.

—Entonces es más importante que nunca que volvamos a casa —dije.

Todos asentimos al unísono, mientras un silencio cargado caía sobre nuestro variopinto grupo.

—¿Y qué pasa con nuestro hogar? —preguntó Brett—. ¿Qué has oído sobre Hope City?

Phillip negó con la cabeza, todavía más sombrío.

—No mucho. A Goldfield no le gusta publicar noticias sobre Hope City. Supongo que los deja en mal lugar.

O quizá no hubiera muchas noticias que contar. Ni personas que pudieran contarlas.

Aparté aquel pensamiento funesto. Hope City seguía en pie. Me esperaba. Y pronto volvería a verla. ¡Aunque nunca lo bastante pronto!

—Deberíamos movernos deprisa —dije, rompiendo el silencio con tono apremiante—. Podemos volver a atravesar las Tierras Baldías.

Brett y Phillip negaron con la cabeza al mismo tiempo.

Intercambiaron una mirada sorprendida. Brett dejó que Phillip hablara primero.

—Goldfield está avanzando sobre Hope City. Eso está claro. No disputarán la Línea de los Tres Puntos. Sus equipos de ataque quirúrgico tomarán las Tierras Baldías y atacarán Hope City desde el norte.

Brett asintió.

—Así es como los tipos del Cuerpo decían que se desarrollaría una invasión. Siempre nos preguntábamos si nos obligarían a participar en ella.

—¿Y los ogros? —pregunté.

—Hope City se quedó sin cazadores de monstruos —respondió Candace, calentándose las manos sobre mi abrigo—. Dejaste a los ogros y a los orcos para protegerla.

—Lo que deja la frontera norte sin vigilancia... —comprendí.

Ay, grietas...

—En aquel momento parecía una buena idea —protesté.

—Lo era —respondió Brett, alargando la mano para apretar la mía y reconfortarme.

—Esto era imprevisible —añadió Phillip—. La amenaza provenía de los monstruos del interior. No de Goldfield.

Aun así, ¿quizá hubiera habido otro modo?

Tampoco es que hubiera dispuesto de mucho tiempo para idearlo.

Nuestra extracción de Hope City no se había producido en las mejores circunstancias.

Probablemente incluso ahora siguieran considerándome una fugitiva.

No había tenido tiempo de limpiar mi nombre después de que me acusaran de asesinar al presidente del gobierno de Hope City.

El rostro incrédulo, ensangrentado y pálido de Riaan Haggenort rara vez acechaba mis pesadillas. Pero, cuando lo hacía, todavía me inquietaba. Al final se había convertido en mi enemigo, pero tenía buenas intenciones. Solo había sido un necio. No debería haber muerto por ello.

—Entonces, ¿cómo volvemos a casa? —preguntó Candace.

—Cruzando la Línea de los Tres Puntos —afirmó Phillip sin más.

Candace resopló y Brett lo miró como si estuviera loco.

Treth no entendía nada. No había prestado demasiada atención a la política regional. Yo tampoco.

—Los Impi estarán machacando la Línea de los Tres Puntos con tal fuerza que harán que Verdún parezca una llovizna —exclamó Candace. No sabía a cuál de las batallas de Verdún se refería. A la nuestra o a la de 1916.

—Dejaremos atrás a los Impi. Nos ocultaremos entre las multitudes de refugiados. Será más seguro que atravesar las Tierras Baldías.

—No lo parece —respondí—. ¿De verdad serán tan peligrosas las Tierras Baldías? Si Goldfield podía invadir Hope City desde el norte, ¿no lo habría hecho ya?

—Nunca había habido un momento en que Goldfield se sintiera lo bastante seguro para alejar a su ejército de las fronteras de El Imperio —respondió Brett.

—Hasta ahora —concluyó Phillip. Su expresión se volvió, de algún modo, todavía más sombría—. No, este es el único camino. Nos dirigiremos a la Línea de los Tres Puntos. Y después nos prepararemos para lo que nos siga al otro lado.