2. Fugitivos
Fugitivos
Huimos amparados por la oscuridad de la noche, dejando atrás la última señal que exhibía las temidas palabras: «GoldMax».
Habíamos vencido a la prisión de máxima seguridad de Goldfield. Bueno, a una de ellas. Tal vez fuéramos demasiado poderosos para que una prisión civil pudiera retenernos. O quizá Goldfield tuviera un sistema penitenciario demasiado laxo.
A juzgar por el saludable semblante de Phillip y por lo mucho que parecía haber engordado, no sabía si GoldMax era una especie de hotel de lujo para algunos y una prisión espantosa para otros.
Tras rebasar la última señal que advertía de que aquella extensión de sabana y bosque disperso era una zona de acceso muy restringido, nos zambullimos entre unos arbustos. Esperamos.
Sin más sonido que el tenue rumor de nuestra respiración colectiva, contemplamos cómo decenas de luces despertaban en la oscuridad de la noche y se precipitaban hacia nosotros. No pude evitar contener el aliento. Y, pese a ser invisible para todos salvo unos pocos, Treth hizo lo mismo.
Al grave zumbido de los helicópteros le siguió el traqueteo de los vehículos blindados. El ruido fue creciendo más y más, para luego apagarse cuando pasaron de largo junto a nuestro escondite y corrieron hacia GoldMax.
Más de una docena de vehículos, cargados hasta los dientes de miembros del Cuerpo de Magos, guardias con equipamiento pesado y más espadas mágicas de las que uno podría sacudirse de encima blandiendo a Ithalen, pasaron junto a nuestro pequeño escondrijo.
Hasta que, por fin, la noche quedó en silencio.
Solté un suspiro de alivio. No solo porque habíamos esquivado a la caballería, sino porque por fin podíamos tachar aquella tarea de nuestra larga lista. Lo siguiente: volver a casa.
—Así que, agente... —Brett rompió el silencio—. Debes de ser tremendamente popular.
Candace resopló, dándole la razón.
Phillip sonrió, tan pagado de sí mismo como siempre bajo la luz de la luna y el tenue resplandor de mi abrigo en llamas.
—Hace un año no tenía este aspecto tan encantador —respondió, frotándose la barbilla—. Les llevó un tiempo, pero acabaron renunciando a sacarme los secretos a golpes. El método del palo nunca funciona de verdad. Sobre todo con agentes tan bien adiestrados como yo...
Me aclaré la garganta. Phillip dejó de fanfarronear.
—Bueno —prosiguió, algo escarmentado—, les hice creer que sacarían mucho más de mí si me ofrecían la zanahoria.
En lugar de intentar arrancarme los secretos a golpes, empezaron a pedírmelos por las buenas.
Y, en respuesta a su amabilidad, les di secretos.
Ninguno verdadero, claro está. Pero ellos no tenían por qué saberlo.
—¿Así que llevas todo el último año viviendo a cuerpo de rey a costa de Goldfield? —preguntó Brett, con un resentimiento considerable.
Phillip se frotó la barbilla casi de manera inconsciente. Vi allí un fugaz destello de algo. El eco del dolor. Phillip llevaba máscaras sobre máscaras, pero nadie podía ocultarlo todo a la perfección. Bajo la barba incipiente tenía cicatrices.
—No fue fácil, señor Callahan. Como sospecho que tampoco lo fueron vuestras batallas. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Dos años?
—Más o menos —respondí, encogiéndome de hombros y ocultando mi consternación por haber pasado dos putos años enteros lejos de casa.
Phillip vio a través de mi máscara y asintió con expresión sombría.
—Entonces, ¿qué sabes de lo que ha estado pasando por aquí?
—No mucho —admití—. Llevamos semanas atravesando las Tierras Baldías. Antes de eso... Bueno, ya lo sabes.
Europa.
Phillip bajó la voz. Habló con cautela.
—¿Cómo fue? —preguntó.
No fui capaz de responder. Brett desvió la mirada, incapaz de soltar una ocurrencia o un insulto. Yo me limité a negar con la cabeza.
Los ojos de Phillip se desviaron hacia Candace, que estaba agachada al fondo de aquel claro rodeado de árboles y arbustos.
Arrancaba distraídamente la corteza de una ramita mientras mascullaba algo.
Tenía profundas ojeras y unas marcas aún más oscuras allí donde la sangre seca y negruzca le había manchado la piel.
Estaba pálida, pese a que los demás nos habíamos bronceado tras llevar años viviendo prácticamente al aire libre.
Candace no había estado en su mejor momento la última vez que habíamos visto a Phillip. Pero nada comparable con aquello.
Phillip no insistió. Incluso él podía ver por lo que habíamos pasado. Nuestra propia versión del infierno. Y yo no estaba del todo segura de que ya hubiéramos salido de él.
—Por suerte —prosiguió, fingiendo que los últimos segundos no habían sucedido—, mi posición especial entre mis anfitriones me permitía acceder a periódicos y a los últimos rumores.
Les dije que necesitaba mantenerme al corriente de lo que ocurría para proporcionarles la mejor información.
Accedieron. ¡Imbéciles! Pero a nosotros nos ha venido bien.
—Entonces, ¿qué ha ocurrido? —preguntó Brett, curioso e impaciente. Llevábamos mucho tiempo sin saber nada. Las últimas noticias que habíamos recibido de Hope City eran de antes de que nuestra participación en la guerra comenzara en serio.
Algún tipo de vórtice de magia poderosa había estado a punto de desgarrar el litoral occidental.
Candace había comentado que sonaba a magia del Armagedón.
La clase de cosas a las que nos habíamos enfrentado en Europa.
Cosas peligrosas. Candace era una maga oscura, y hasta a ella le resultaban desagradables.
—La guerra entre Goldfield y el Imperio Zulú siguió recrudeciéndose después de que os marcharais, por lo que oí de mis captores y de los demás presos.
Por mi celda pasó un montón de supuestos espías y saboteadores del Imperio cuando compartía alojamiento.
Al principio creyeron que yo era uno de ellos.
Pero, cuando averiguaron quién era gracias a nuestros nuevos amigos del Departamento de Asuntos Exteriores de Hope City, se entusiasmaron todavía más.
Empezaron a pedirme códigos de autorización de la CDF, nombres de espías, scripts de claves de blindaje...
Un cargamento entero de secretos que preferiría sufrir torturas de por vida antes que revelar.
Y aún más cosas que ni siquiera sabía que fueran secretos que pudiera contar.
Calló mientras más vehículos blindados pasaban a toda velocidad en dirección a la prisión.
—¿Quizá deberíamos seguir avanzando? —sugirió Candace, recuperando la lucidez—. No tardarán mucho en descubrir que he alterado nuestros rastros.
Me estremecí. Candace había levantado los cadáveres de todos aquellos a quienes habíamos matado y los había enviado corriendo en direcciones aleatorias para confundir a nuestros captores.
También habíamos liberado a tantos prisioneros como habíamos podido, pero no confiaba en que tuvieran fuerzas suficientes para llegar muy lejos.
Estaba casi segura de que Phillip había recibido el noventa por ciento de las raciones destinadas a toda la prisión. Y aun así tampoco era gran cosa.
Nos pusimos en marcha, metiéndonos en zanjas y dependiendo de los hechizos de ocultación de Candace mientras los helicópteros nos buscaban con focos cegadores. Al final llegamos a una gasolinera abandonada situada junto a una carretera agrietada y en desuso.
Brett y yo podíamos haber seguido avanzando toda la noche, pero Phillip y Candace jadeaban como fuelles. Lo de Phillip podía entenderlo, pero Candace había atravesado tierra de nadie a la carrera con el resto de nosotros. ¡Tenía que mejorar su resistencia física!
Los focos de búsqueda eran ya meros puntos en la distancia cuando Brett cerró tras nosotros la puerta de la gasolinera y nos dejó sumidos en la oscuridad.
Ordené a mi abrigo que ardiera con más intensidad, y a su luz se unió un orbe mágico flotante creado por Candace.
Había adquirido una tonalidad más oscura que antes.
Aquel hechizo de luz no era, bueno, un hechizo luminoso.
Es decir, no era magia oscura ni magia de luz.
Pero parecía que incluso los hechizos neutrales de Candace estaban adoptando el matiz de quien los conjuraba.
Una pequeña parte de mí se quebraba cada vez que comprendía hasta qué punto había caído Candace.
—Entonces, ¿por dónde iba? —empezó Phillip.
—Goldfield y los zulúes se estaban preparando para una buena pelea —respondió Brett.
Phillip chasqueó los dedos y sonrió. ¡Estaba disfrutando demasiado de aquello!
—Ha estado en prisión durante los últimos dos años. ¡Solo está contento de ser libre! —exclamó Treth al percibir mi estado de ánimo. Era como si pudiera leerme el pensamiento.
Bueno, después de todo lo que habíamos pasado, prácticamente podía hacerlo.
Además, tenía razón. Me molestaba que Phillip no hubiera tenido que ir a Europa con nosotros y enfrentarse al barro y a la sangre, pero aquello no era culpa suya. No del todo. Y él había afrontado aquí sus propias pruebas. Bien por él si había conseguido que la situación jugara a su favor.
—¿Qué ha dicho el fantasma? —preguntó Phillip, sintiéndose un tanto excluido porque Candace, Brett y yo habíamos mirado a Treth después de su arrebato—. Aunque pensándolo bien, ¡no me lo digáis! Que siga siendo un misterio.
Dio una palmada y continuó con su relato.
—Las tensiones iban en aumento. Hubo algunas escaramuzas en torno a Volksrust. Goldfield incluso consiguió conservar Newcastle, quiero decir Dingani, durante un breve periodo.
Pero entonces Goldfield se retiró. Todo volvió al statu quo de antes de la guerra.
Luego ocurrió algo de lo más extraño. Goldfield y El Imperio firmaron un tratado.
No solo un alto el fuego. ¡Un puto tratado!
Según se dice, el nuevo emperador está mucho más dispuesto a entenderse con Goldfield que la dinastía anterior.
Ese nuevo tipo entró en Ulundi y arrebató las cortes a los nigromantes y los vampiros.
—¿Quién es? —pregunté.