El Titán Despierta (Serie Kat Drummond 18) 1. Promesas #3
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1. Promesas #3

Candace volvió a arrancar la puerta de sus goznes con un pequeño hechizo. La puerta crujió, chilló y después cayó hacia atrás. Varios hombres gritaron cuando aplastó a sus compañeros. Brett abrió fuego y mató a otros dos.

El último vio cómo su cabeza se separaba del cuerpo cuando pasé volando a su lado.

Parecía que habíamos encontrado al resto de los guardias.

Dejé que Ithalen cayera en el vacío cuando se hizo el silencio. Me alivió que hubiéramos matado a todos antes de que Candace pudiera lanzar un hechizo. Ya había tenido suficiente con sus magias por aquel día.

Brett introdujo nuevos cartuchos en el Perforador del Cielo y recogió de los guardias muertos varios cargadores de nueve milímetros para su pistola.

—Mucha seguridad —murmuró Candace para sí, con las manos en las caderas mientras contemplaba lo que yo creía que era la puerta final.

Una enorme puerta corredera que parecía más un muro metálico sobre raíles que cualquiera de las que habíamos atravesado hasta entonces.

¡Contención Especial era especial de verdad!

Candace recitó el mismo hechizo de antes, aunque un poco más largo. Para mí, sus encantamientos iban desde el sonido de unas uñas arañando una pizarra hasta el de alguien recitando sandeces que pretendían parecer inteligentes. Este se acercaba más a lo segundo.

Su hechizo se desvaneció y ella retrocedió un paso con el sudor cayéndole a chorros por la frente.

—¿Qué ocurre? —preguntó Treth, manifestándose delante de su antigua amiga.

—¡Nada! —espetó Candace—. Bueno… no exactamente nada. Demanzite. Tiene un núcleo interior de ese material. La magia no servirá.

La Demanzite era un anatema para toda clase de magia.

Tanto para la magia de los hechiceros como para la de los brujos.

Era un material raro. Procedía de meteoros nacidos de la grieta.

Los magos odiaban aquel metal. ¡A mí me encantaba!

Incluso con mis nuevos juguetes y capacidades mágicas, sentía debilidad por cualquier cosa capaz de igualar las probabilidades cuando luchaba contra glotones de magia que arrojaban fuego.

Pero aquello era un inconveniente. Candace había sido la bola de demolición que nos había permitido acceder a todo el complejo.

—Podemos intentar rodearla —continuó Candace mientras se secaba el sudor provocado por el intento de lanzar un hechizo sobre la demanzite.

Por suerte, no la había tocado directamente.

Yo ya había utilizado demanzite contra algunos hechiceros engreídos.

Después de aquello ya no estaban en condiciones de mostrarse tan engreídos.

Se frotó la barbilla con aire pensativo.

—Podría arrancar los soportes que mantienen la puerta en pie, pero la estructura podría contener demanzite. Sería caro, aunque posible.

Miré a mi alrededor. Parecía una sala de acceso. El equivalente penitenciario a la recepción de un dentista. Sin embargo, a juzgar por los presos menos prioritarios, aquello debía de ser mucho más desagradable que una endodoncia.

La verdad era que me asustaba ver por fin a Phillip. ¡Puede que incluso hubiese llegado a sentir cierta compasión por aquel cabrón!

En un rincón de la sala había un pequeño despacho oculto tras un cristal protector y un muro de hormigón. ¡Bingo!

—O podríamos hacer esto —dije mientras me acercaba al cristal.

Hundí el puño, amortiguado por Treth y los habitantes acorazados de el Vasija, a través del cristal protector y palpé la superficie de la mesa.

—Un poco más a la derecha —dijo Treth.

Encontré un botón y lo pulsé. La última puerta se abrió deslizándose.

¡Menuda seguridad!

Candace pareció algo molesta por no ser quien resolvía el problema para variar.

Treth le dio una palmada en la espalda y vi un destello de la chica que había conocido en otro tiempo cuando ella esbozó una leve sonrisa de reconocimiento.

Seguía allí dentro. Lo sabía. Pero en momentos como aquel, cuando la oscuridad tomaba el control, me costaba recordarlo.

Entramos en Contención Especial esperando lo peor. Hasta Candace tenía una expresión lúgubre. Brett y yo estábamos prácticamente al borde de un ataque de ansiedad.

Phillip no era alguien cercano a nosotros, pero se había sacrificado para que pudiéramos seguir adelante. Y por ello debía de haber sufrido durante casi dos años.

Pero por fin estábamos cumpliendo nuestra promesa. No dejamos atrás a nadie. Jamás.

Pasamos junto a grandes celdas vacías, dotadas de cristales protectores que zumbaban con poder mágico. ¡Allí no había barrotes! Aquellos eran presos de máxima prioridad. Los convictos más valiosos en posesión de Goldfield.

Lo cual convertía a Phillip en un VIP. Si había salido de aquello sin quedar completamente destrozado, esperaba que su estatus no se le hubiera subido a la cabeza.

Por fin llegamos al final. A la última celda. Doblamos la esquina y nos preparamos para soportar el reencuentro.

La música clásica resonaba suavemente en la celda mientras Phillip, sentado con las piernas cruzadas en un sillón de cuero, bebía a sorbos una taza de café con leche y leía el periódico.

Terminó de leer el pasaje, alzó la vista y sonrió al ver nuestras caras de estupefacción.

—¿Por qué habéis tardado tanto?