El tipo #2 (El sindicato Salvatore nº 5) Johnny
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Johnny

—¿Hace falta que repase el plan otra vez?

Rog arquea las cejas.

—Mi mujer me va a matar si se entera de esto…

—Habla con él —digo, señalando a Roque con la cabeza.

—¿Me estás vacilando? Mi mujer es su mayor fan.

—¿Qué quieres que te diga? Las tías me adoran.

Me agacho bajo la barra para alisarme el pelo y revisarme los dientes.

No soy guapo ni refinado como Roque. Tengo cicatrices pequeñas e irregulares en la cara que cuentan mi historia de haberme criado en la calle.

Mi nariz es un poco grande. Mi mandíbula es cuadrada.

No soy guapo ni parezco una estrella de cine elegante, pero nunca he tenido problemas para conseguir mujeres.

Quizás era mi reputación de matón o el poder que tenía, pero yo simplemente creo que era bueno en la cama.

La tengo grande y sé cómo usarla. Las tías siempre volvían a por más, pero Christine era la única a la que quería darle algo más que un buen rato entre las sábanas.

Después de que me traicionó, me dolió tanto que cogí mi propia navaja y me hice un corte en el pecho.

Quería una cicatriz que pudiera ver para recordarle a mi estúpido yo que no volviera a enamorarme.

Debería matarla y acabar con esto. Pero no puedo.

He estado hecho polvo pensando que estaba muerta.

Ahora que sé que vive, mi traicionero corazón vuelve a latir emocionado.

Necesito sacarla de mi cabeza. Exiliar ese culito respingón de mi alma.

Tengo que purgarla de mi sistema como sea. Si no lo hago, estoy jodido.

Saco el cargador de mi pistola y lo lleno con balas de fogueo. Rog y Roque llevan chalecos antibalas bajo la ropa por si acaso.

—Vamos a hacer esta mierda —les digo mientras meto el cargador.

—Esto va a quedar genial en la secuela de Poeta Salvaje.

—Tú y tus malditos libros otra vez —digo, sacudiendo la cabeza.

—Quiero que mi personaje tenga un papel más importante —arrastra las palabras Rog—. ¿Quizás un par de capítulos?

—Ya lo discutiremos después.

—Pero asegúrate de decirle a Dev que todo es ficción, ¿vale?

Roque sonríe.

—Pura ficción. Igual que les dije a los federales.

—¿Ya has terminado de estar enamorado de ti mismo?

—me hago crujir el hombro. Mi chica está abajo sin tener ni idea de que estoy a punto de montar un rescate falso.

Su infierno viviendo en el sótano de un bar regentado por un MC podría estar llegando a su fin…

pero va a ser mía para torturarla como me dé la gana.

—Voy a bajar a darle el desayuno. Tú vas a «sorprenderme» por detrás con una cuerda.

Forcejearemos. Que parezca real. Roque bajará corriendo a ver qué pasa; entonces le disparas con las balas de fogueo y rescatas a tu «reina» solo para retenerla como rehén en un resort de cinco estrellas. Creo que lo tengo claro, ¿no?

Asiento. Luego me vuelvo hacia Roque.

—No veo el momento de vaciarte un cargador en ese culo arrogante y egocéntrico que tienes.

—Adelante —sonríe con suficiencia—. Sabes que solo hice esto porque eres familia. Si fuera cualquier otra, ya me habría «encargado» de ella.

—Lo sé. Pero sigo cabreado. Como tenga un solo rasguño…

—Sí, sí —pone los ojos en blanco—. Que protejas a la mujer que casi derriba todo mi Sindicato al exponer la conexión entre Creed MC y yo, y que encima fue la responsable de que tu propia familia te pusiera precio a la cabeza, es casi adorable, John-John.

Me pellizco el puente de la nariz.

—Te voy a meter dos cargadores, Salvatore.

—Adelante, imbécil.

Levanto la pistola y disparo una bala de fogueo al aire solo por el efecto sonoro, luego pateo la puerta trasera del bar de Rog para darle más teatralidad.

Es un Creed MC retirado, pero igual que con la mafia, una vez que estás en un MC, estás dentro de por vida, por mucho que intentes disimularlo.

O reinventarte. No me puedo creer que alguien se trague que el tío gigante es solo el dueño de un bar.

—¿Dónde está? —bramo, tirando sillas vacías y volcando mesas solo para que Christine se crea de verdad que estoy destrozando el bar de Rog buscándola.

Rog sonríe como un hijo de puta mientras me hace señas para que le suelte un puñetazo.

—Solo para que parezca real, ¿eh? —siseo.

Le suelto un gancho de derecha justo debajo del ojo izquierdo. No lo bastante fuerte como para hacerle daño de verdad, pero los anillos de mis nudillos le abren la carne. Luego disparo unas cuantas balas al techo.

Gruñe mientras las luces estallan.

—Mi mujer me va a matar.

—No es mi problema.

Voy hacia la trampilla de la que me habló Roque. Aparto una alfombra de mierda, la encuentro y abro esa perra de golpe. Huele un poco a humedad. A cerveza vieja y polvo. Está húmedo, oscuro, y prácticamente puedo saborear su miedo en el aire mientras bajo los escalones de madera.

Paso de largo del interruptor de la luz y me adentro en el laberinto de túneles subterráneos.

—¿Me echaste de menos, nena? —me burlo en la quietud de la oscuridad—. Huelo tu miedo, cariño. ¿Pensaste que estaba muerto? ¿Que mi propia mafia me liquidó por lo que hiciste?

Christine es una zorra. En todos los sentidos. Estoy seguro de que mi presencia la está descolocando por completo. Pensó que estaba muerto. Igual que yo pensé que lo estaba ella. Lo sé.

—Sal, zorrita. Tienes diez segundos para venir arrastrándote de rodillas hasta mí.

—Nunca me pondré de rodillas para ti —su voz ronca llega desde las sombras. Una sonrisa me asoma a los labios.

—Oh, cariño, una de tus mejores posiciones era de rodillas.

¿O ya has olvidado el sabor de mi polla gorda entre tus labios?

—intento resistirme, pero hasta hablar de ello en voz alta me pone medio empalmado.

Christine fue la mejor que he tenido. Y he tenido muchas.

Lástima que era una soplona, una federal que no iba detrás de mi polla ni de mi corazón. Solo iba detrás de mi caída.

—¿Asustada, pequeña agente doble? ¿Pensaste que podías jugar con un Lamatti y salirte con la tuya?

—Eres demasiado estúpido para tener miedo.

Ahora sí que me ha picado. Sé que no soy el más listo del barrio. Nunca lo fui. Era un desastre en matemáticas y ciencias, pero destacaba matando y follando. Eso no significa que no me joda un poco que me llamen tonto.

—Como yo lo veo, tienes dos opciones, Christine. Vienes conmigo y te conviertes en mi mascota, o te quedas aquí y dejas que Roque termine lo que siempre quiso. Solo te mantuvo viva por mí. Pero si ya no sirves para lo que siempre fuiste buena…

Me callo y me encojo de hombros en la oscuridad.

—Eres un asesino. Un criminal. Acabar contigo fue justicia.

—¿Ah, sí? Qué gracioso, nena. Porque la única palabra que resonaba en mi oído mientras mi gran polla te embestía era «dios». No matón ni asesino.

—¿Qué puedo decir? Soy buena actriz.

—Mentirosa.

La palabra me resbala de la lengua como seda.

—Sentí cómo te corrías en mi gruesa polla, nena. El éxtasis que te di no fue mentira.

—¿Qué culpa tengo si me corrí pensando en verte encerrado? Esa mierda me ponía.

Entrecierro los ojos y distingo su sombra que sale lentamente de la oscuridad. Me abalanzo hacia ella y la agarro del pelo.

—Dije que de rodillas. Una vez te traté como a una princesa, pero ahora solo eres mi reina caída.

Me tiemblan las manos mientras se mueven entre los sedosos mechones de su cabello oscuro.

Sus ojos arden de odio mientras me miran fijamente, pero me da igual.

Es un milagro que esté viva, aquí en carne y hueso para volver a tenerla.

Nunca la dejaré escapar. Aunque eso signifique mantenerla cautiva el resto de nuestras vidas.

Todo el mundo cree que está muerta de todos modos.

Es mía. Para siempre. Todos los pensamientos que tuve sobre hacerla sangrar, destrozarle el corazón en pedazos, se esfuman.

No quiero su odio cuando todavía anhelo su amor.

La agarro del codo y tiro de ella para ponerla de pie.

—¿Vienes conmigo? ¿O te quedas en este sótano húmedo? Tú eliges.

Murmura algunas maldiciones pero me sigue a través de los túneles hacia las escaleras. Me detengo en el escalón inferior y me giro para atraerla contra mi cuerpo.

—¿Quieres salir? Te llevaré de vuelta a la luz… por un beso.

Frunzo los labios con picardía. El corazón y la polla me dan un salto con el olor de su piel tan cerca de la mía.

Se inclina con los labios a un suspiro de los míos.

—No has cambiado nada, ¿verdad? Morirías por placer, ¿no?

Es rápida. Tengo los ojos entornados, medio cerrados, anticipando la sensación de su lengua batallando con la mía.

Sus manos van hacia la pistola de repuesto que llevo metida en la cintura del pantalón.

Me muevo rápido, la inmovilizo contra la pared, y con la pistola todavía en la mano izquierda, le agarro las muñecas con la derecha mientras clavo mis caderas contra las suyas.

—Al atardecer te tendré inclinada y suplicando —sonrío con suficiencia, dejando que mis labios se ciernan sobre los suyos. Me cuesta horrores no sucumbir al deseo de devorarle la boca.

—Nunca. Nunca te quise. Todo fue una actuación. Lo único que quería era verte encerrado de por vida.

La ira me hierve la sangre. Está mintiendo. Tiene que estarlo, porque es imposible que haya estado consumiéndome por una perra que nunca me quiso.

—Quizás empezó así —trazo un dedo por su mejilla tensa—. Pero tú y yo sabemos que éramos explosivos en la cama.

Tiene la audacia de reírse.

—No has cambiado nada, ¿verdad? Sigues siendo el mismo Johnny de siempre, que solo sirve para matar y follar. No hay mucho más en esa cabeza hueca tuya. Quizás no es tu culpa; con un coeficiente tan bajo, ¿qué más podrías haber hecho con tu vida?

Sus palabras me calan hondo. Sé que soy un poco bala perdida, el tipo de los chistes malos, la risa estruendosa y las manos toscas.

Pero soy leal hasta la médula. No soy un chivato y soy bueno tanto matando como follando.

Nací con TDAH severo y tenía problemas de aprendizaje.

Leer me daba dolor de cabeza. Todas las letras bailaban en la página.

De las matemáticas ni hablemos. Pero tenía un don con las mujeres; mi naturaleza relajada cuando estaba tranquilo en el club, combinada con mis manos grandes y mis músculos, nunca hizo que ninguna se quejara.

Pero Christine era diferente. Parecía más elegante que las demás.

Es delgada, con una nariz delicada y manos diminutas, pero debajo de toda esa feminidad, la mujer era una víbora.

Me mordió el corazón y dejó su veneno para destruirme.

Ahora me toca a mí hacerla sufrir. Me aparto de su rostro engreído, la agarro del codo y la empujo escaleras arriba delante de mí.

Duda en el escalón de arriba, así que la ayudo plantándole la mano en ese culo y empujándola hacia delante.

—¡Eh! —gruñe, intentando apartarme.

—¿Quieres quedarte aquí abajo en la oscuridad? —siseo, mordiéndole la oreja. Se le pone la espalda rígida. Agacha la cabeza en dulce derrota.

—Eso pensaba.

Mi risa ronca le mueve algunos mechones sedosos del pelo.

Se suelta el brazo de un tirón, parpadeando sin parar mientras los ojos se le acostumbran a la luz del día que entra por las ventanas del salón principal del bar.

No puedo evitar sonreír con suficiencia.

Rog sigue haciéndose el muerto, tirado sobre una mesa rota.

El jadeo de Christine me hace girar la cabeza.

Los ojos de Roque son astillas frías de hielo mientras me apunta con la pistola.

—¿Me traicionarías por ella?

Es todo un actor. Me obligo a borrar la sonrisa de suficiencia y la sustituyo por mi cara de póquer.

—Es mía para castigarla. Me usó para llegar a ti —apunto mi pistola cargada con balas de fogueo directamente a su pecho.

—Y tu estupidez casi hunde a mi banda. Sabes lo que esto significa, Johnny; viejo amigo o no, no hay segundas oportunidades en la mafia.

Los dedos de Christine se deslizan hacia un taco de billar. El odio que siente hacia Roque irradia de todo su cuerpo.

—Pagará por sus crímenes contra nosotros —prometo, y lo digo en serio.

—No puedo arriesgarme a que te seduzca de nuevo, John-John. Esto tiene que acabar aquí.

Avanzo y empujo a Christine detrás de mí mientras disparo dos balas de fogueo al pecho de Roque.

Él me devuelve el disparo, apuntando deliberadamente un poco desviado.

La mancha roja de su sangre falsa empieza a extenderse por su camisa blanca impecable.

Sé que está bien; yo mismo lo vi colocarse la bolsa de sangre bajo la camisa.

Toda esa experiencia interpretándose a sí mismo en su propia historia en la gran pantalla le está dando sus frutos ahora.

Christine jadea. Tiro de ella, pasamos junto a él, salimos por la parte trasera y la meto en la camioneta que había dejado allí.

—Maté a mi mejor amigo por ti. Más te vale que merezcas la pena.

Sus ojos conmocionados se encuentran con los míos mientras la lanzo a la parte de atrás y le ato las manos con bridas.

Me subo delante, me aseguro de que los seguros para niños estén activados y salgo del aparcamiento a toda velocidad, rumbo al bed and breakfast con spa para un dulce interrogatorio muy necesario a mi nuevo premio.