El tipo #2 (El sindicato Salvatore nº 5) Christine
38%

Christine

—¿Adónde me llevas?

—¿A la cama? ¿Dónde si no? —Sus ojos se cruzan con los míos en el retrovisor.

A pesar del autodesprecio que aflora a la superficie, siento el calor entre mis muslos y el dulce dolor de mis pezones endurecidos.

La polla de Johnny es un regalo para las mujeres, y sabe usarla como nadie.

Me muerdo el labio. Sé que nunca podré resistirme a él si me desnuda.

Tendré que escapar o terminar lo que juré hacer: cargármelo, al muy cabrón de Brooklyn.

—¿Por qué mataste a Roque… por mí?

—No te hagas ilusiones. Fue por mí. Con él fuera del camino, puedo tomar el control. —Levanto la barbilla de golpe—. Todos piensan que estás muerta. Tu hermano ya te ha enterrado. Si quieres mi opinión, escatimó en gastos. Yo al menos habría elegido una lápida de mejor calidad.

Levanto el pie y le doy una patada al respaldo de su asiento. —¡BASTARDO! —Me produce una pequeña satisfacción ver cómo su cuerpo sale disparado hacia delante y el cinturón de seguridad se le tensa.

—Guárdate las ganas de pelea para después, gatita salvaje. Estoy deseando sentir cómo me arañas la espalda.

Cierro los puños. Nunca. Nunca jamás le daré la satisfacción de arañarle la espalda en pleno éxtasis.

Me recuesto en el asiento, respiro hondo varias veces, intento centrarme para recurrir a mi entrenamiento y salir de esta.

Escaparé de él cueste lo que cueste. Necesito averiguar dónde demonios estoy si quiero conseguirlo.

A pesar de la situación de mierda en la que estoy, el paisaje es impresionante.

No tengo ni idea de dónde estoy. Cuando me atraparon, me drogaron y me pusieron una capucha.

Desperté en aquel sótano oscuro y húmedo sin saber si habían pasado horas o días.

Pero el hombre corpulento, con el pelo canoso, fue bueno conmigo.

Por los olores y los ruidos que llegaban de arriba, no tardé en darme cuenta de que estaba bajo un restaurante o un bar.

Nunca se tapó la cara. Decía que jamás sería libre, así que daba igual.

Sin embargo, se negó a decirme cómo se llamaba.

Se me seca la boca mientras recorro con la mirada los altos pinos hasta el cielo despejado.

Cielo. Cuánto tiempo sin verte. El grandullón que fue mi carcelero tenía ojos amables a pesar de su físico imponente.

Se aseguró de que estuviera limpia, bien alimentada, e incluso me consiguió un suministro interminable de libros.

A veces hasta alguna revista. ¡Oh, Dios mío, Scruffy!

El hombre encontró un gato callejero detrás del restaurante y me dejó quedármelo.

El gato iba y venía a su antojo, pero su arenero estaba en el sótano conmigo.

El pequeño gato me mantuvo cuerda. Se acurrucaba a mis pies por la noche y me ayudaba a sentirme menos sola en la oscuridad.

Me humedezco los labios. —El hombre. El hombre que me tenía escondida… ¿también lo mataste?

—¿Y qué si lo hice? —La voz de Johnny era dura. Fría. Reprimí mi grito de angustia. Pagaría por esto. No había otra salida para ninguno de los dos.