Johnny
Dos semanas después…
—¿Quieres calmarte? Estás dando tantos botes que mi cuaderno no deja de moverse.
Mi rodilla no para de moverse. Tengo tres chicles Bubble Chew extra en la mejilla y el nervio del ojo izquierdo me tiembla. —¿Qué? ¿Te estoy jodiendo el rollo? ¿Arruinándote la próxima trama infantil? Alerta de spoiler: el príncipe es un imbécil. No, un maldito imbécil cortarrollos.
El cabrón sonríe con suficiencia. Si no fuera mi mejor amigo, estaría empalado en un poste, desnudo, mientras los animales salvajes se lo comieran.
—¿Celoso de mi éxito?
—Por favor —resoplo—. Ya nadie te tiene miedo. Has convertido nuestro oficio en un chiste. ¿Quién ha oído hablar de un poeta salvaje como Don?
—No te burles de mí, John-John. Sería un error subestimarme.
Las dos rodillas me tiemblan. El corazón me late como un conejo salvaje recién liberado de su jaula. No por Roque, sino por Christine.
—Su familia todavía cree que está muerta. Jamás encontraron ni rastro de ADN ni una sola prenda suya. El cabrón de su hermano no deja de buscar pistas. Ya me he encargado de él. Le conseguí un caso en Libia para que no pueda meter las narices por aquí.
—Bien. Que siga así. De todos modos, es mía para el resto de su vida.
Sonríe con suficiencia. —Sabes que hay una salida… cásate con ella. A mí me funcionó. No puede testificar contra ti.
—Bueno, imbécil, tú fuiste quien la escondió en un sótano. Yo no.
Por fin deja de escribir. —No voy a caer por tu juguetito, Johnny. Le perdoné la vida por ti. Eso es todo. Si vuelves a cagarla…
—No lo haré. Ya no la amo.
Me estudia un momento antes de seguir con la mierda que esté escribiendo. Al notar mi desdén, habla sin apartar los ojos de sus palabras. —Es un poema para mi esposa.
—Totalmente calzonazos —respondo con un resoplido mientras giro la cabeza hacia la ventana.
—Como si tú no fueras a quedar igual en cuanto la veas. Quizás ha sido mala idea. Le mando un mensaje a Rog para cancelarlo.
—Ni se te ocurra. Ya me has jodido bastante.
—Por favor. Te lo jodiste tú solito. ¿Por qué esperaste tanto? ¿Te asusta que ya no te quiera?
Se burla, sabiendo que ha dado en el clavo, pero lo disimulo.
Mis labios se curvan. —Puede que no sea tan listo como tú. Ni tan refinado. Soy basto de cojones, pero lo único que sé hacer bien es follar. Pregúntale a tu ex, Julietta. ¿Recuerdas cómo gritaba conmigo?
—Preferiría no recordarlo.
—En cuanto Christine vea mi polla, va a suplicar por ella. Sobre todo después de tenerla escondida tanto tiempo. ¿Nadie la tocó?
—No. Eso no va con nosotros. Rog la mantuvo bien alimentada. Muy bien alimentada. Quién sabe, igual ahora está hecha una foca.
—A mí siempre me ha gustado tener donde agarrar.
Niega con la cabeza. —Red tenía razón. Tienes la madurez de un crío de quince años.
—¿Eso dijo de mí?
No es ningún secreto que su mujer y yo no nos llevamos bien. Sobre todo porque nos peleamos por él. Roque ha sido mi mano derecha tanto como yo he sido la suya. Cuando volvió con Ro, me sentí como un perro abandonado.
—¿Y tú por qué vienes? ¿Quieres mirar?
—Tengo negocios en Springdale. Soy el dueño del hostal, ¿recuerdas? Además, sé la verdadera razón por la que no fuiste a verla. No te fiabas de ti mismo. Querías castigarla tanto como follártela. Necesitabas tiempo para enfriarte.
—Resérvanos un masaje en pareja. Te voy a echar la culpa de esta mierda.
Así puedo entrar como un héroe… De hecho, sí, vamos a montarlo todo.
Voy a tirar la puerta abajo, atar a Rog y hacer que parezca que por fin la encontré.
Voy a provocarle un síndrome de Estocolmo de la hostia…
sí, tienes razón. Tuve noches muy oscuras en las que pensé que matarla acabaría con este tormento que me corre por las venas.
—Idiota. El síndrome de Estocolmo es cuando alguien se enamora de su captor. No al revés.
—Ya lo sé… no me dejaste terminar. Voy a «rescatar» a Christine solo para convertirla en mi prisionera, en tu hostal. Me lo debes.
—Os salvé el culo a los dos.
—¿Y qué? Estoy empalmado por ella desde hace meses, Roque. Desde que me dijiste que está viva, no he tocado a nadie. Ni siquiera me la han chupado.
Se pellizca el puente de la nariz. —Llamaré a Sally, la encargada del hostal. No la cabrees. No quiero aguantar sus quejas.
La adrenalina me recorre el cuerpo mientras pienso en Christine.
Me he follado a muchas mujeres, pero lo que esa chica me provocaba…
no sé explicarlo. Química animal pura es lo más parecido que se me ocurre para describir lo que había entre nosotros.
Al menos espero que para ella también fuera así.
O sea, la tía me delató a los federales después de dárselo sin parar…
La nuca me empieza a sudar. El pie me tiembla y las rodillas no paran de moverse.
Giro la cabeza hacia un lado y me crujen las cervicales.
—¿Qué? —desafío a Roque con mi mejor mirada de sicario vudú.
—¿Necesitas un Xanax?
—Sí, gracias.
—Era broma.
—Tú nunca bromeas.
—Ahora sí. Échale la culpa a las mujeres de mi vida.
—Da igual. Dejé un alijo en tu avión.
—¿Dejaste algo más? Los federales todavía hacen registros aleatorios. Siguen sin poder olvidar lo del Poeta Salvaje. Saben que todo fue una mierda.
—Tengo algo de éxtasis, oxicodona y un poco de coca.
Ahora a Roque le tiembla el ojo.
—¿Qué? Tengo suficiente para compartir. Desde que Red volvió andas con el culo apretado.
Mierda. Ahora sí que la he cagado. Los dos ojos le tiemblan y la rodilla le empieza a botar.
—Tío. Deberías verte ahora mismo.
Deja caer su diario. Le quito el bolígrafo de un manotazo. Y nos enzarzamos como dos gilipollas. Peleando en broma, como cuando éramos universitarios en la fraternidad.