El tipo #2 (El sindicato Salvatore nº 5) PRÓLOGO CHRISTINE #2
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PRÓLOGO CHRISTINE #2

Respiro hondo. Debe de ser de noche. Me envuelve el olor a leña quemada, hojas y rocío.

La última vez que me sacó, el aire olía a cigarrillos y noches de verano.

Pero no me deja quitarme la venda; me dice que tenemos que caminar.

Le aprieto la mano con fuerza, asustada otra vez por adónde me llevará.

Por fin me dice que pare. Siento sus manos desatando el nudo detrás de mi cabeza y entonces...

solo hay estrellas. Un millón de ellas. No sé dónde estoy, pero nunca he visto un cielo nocturno así.

El cielo es terciopelo índigo y las estrellas, diamantes perfectos descansando entre sus pliegues.

La belleza del momento me embarga de tal manera que se me llenan los ojos de lágrimas.

—Gracias —susurro con voz ronca—. Por favor, ¿podrías liberarme las manos?

Gruñe, pero saca un cuchillo de la bota y corta las bridas de mis muñecas.

—No intentes nada estúpido, chica.

Me froto las muñecas.

—Casi me siento libre. Casi. El aire es tan puro... Nunca había visto tantas estrellas. Debemos de estar muy lejos de cualquier ciudad.

Frunzo el ceño al darme cuenta de que el claro al que me ha traído está rodeado de coníferas tan gruesas y altas como las de un cuento de hadas.

—¿Dónde estamos? —murmuro, sabiendo que no me responderá.

Un búho ulula en algún lugar sobre nuestras cabezas.

—No podía sacarte de día. Tus ojos llevan demasiado tiempo sin ver el sol. La noche se parece más a la luz tenue del sótano.

—¿Me quedarán secuelas en los ojos?

—No, por eso te conseguí esa lámpara de luz UV. En Alaska la usan durante el largo invierno oscuro para simular la luz del verano.

—Verano. Me lo perdí, ¿verdad? Es mi estación favorita.

Mi hermano Jack tenía un barco de pesca deportiva de unos doce metros.

A veces fondeábamos frente a la bahía de East Hampton.

Comíamos langosta y bebíamos cerveza. Jugábamos a las cartas y nadábamos a medianoche.

Olía a mar y tenía sal en el pelo, pero nunca me importó...

Trago saliva, pensando en Jack y en los días de verano que nunca volveré a vivir.

A menos que de algún modo logre escapar.

Me vuelvo hacia él, disfrutando de la sensación del viento nocturno en el pelo.

Algunos mechones me vuelan por la cara, más largos que nunca, de un castaño oscuro como el chocolate.

—Eres un buen hombre. Lo presiento. Por favor, déjame marchar. Mi hermano me da por muerta. Soy lo único que le queda. Yo... quiero sentir el sol en la cara, tener la oportunidad de ser madre... de casarme...

Le describo la vida que una mujer como yo debería tener derecho a vivir, intentando conmoverlo.

—Seguro que lo entiendes, llevas un anillo...

Su rostro se ensombrece.

—Ves lo que quieres ver. ¿Qué te hace pensar que soy un buen hombre? Te he tenido prisionera aquí por la venganza de otro. El mundo no es blanco o negro, pequeña del FBI. Yo vivo en la zona gris.

—Pero tú nunca me harías daño.

—He matado. He enterrado cuerpos a la luz de la luna.

Me he metido las drogas más duras que el dinero puede comprar.

Ya no hago esa mierda, pero todo eso lo llevo conmigo.

Viste lo que quisiste ver; a veces los malos son buenos y los buenos, malos.

Traicionaste al hombre equivocado, pequeña del FBI.

Tienes suerte de que no me ordenaran enterrarte donde he enterrado a tantos.

Sus palabras me dan vueltas en la cabeza.

—Si llega ese momento... ¿me prometes algo?

Sus penetrantes ojos azules se posan en mi rostro alzado hacia él. Este hombre es guapísimo. Un monstruo hermoso y sincero, y sin embargo solo veo bondad en él. Lo percibo en la amabilidad con la que siempre me ha hablado.

—No puedo prometerte nada, salvo que nadie te hará daño de la forma en que un hombre puede hacérselo a una mujer.

—Ah, así que sí hay alguien. O lo hubo. Una mujer por la que darías la vida.

Exhala con fuerza y aprieta los puños. No está dispuesto a hablar de su corazón ni del hecho de que lo lleva atado a esa alianza de platino en el dedo anular.

—Si algún día me ordenan deshacerme de ti, te enviaré con mis hermanos de los Royal Bastards. Ellos te mantendrán a salvo. Escondida.

—¿Los Royal Bastards? ¿Quiénes son?

Esboza una media sonrisa.

—¿Has visto Sons of Anarchy? Los RBMC son el club de moteros más grande del mundo. Sus contactos llegan muy lejos. Hasta los Salvatore se lo pensarían dos veces antes de meterse en esa guerra.

—¿Enviarme allí ahora?

Niega con la cabeza.

—No podría garantizar tu seguridad. ¿Una cosita joven y guapa como tú? Algún impulsivo querría hacerte su mujer. Con lo del FBI y todo eso...

Me estremezco.

—Necesito un descanso de los hombres. Del romance... Quizás para siempre.

—Sí, me lo imaginaba.

—¿Está...?

Trago saliva.

—¿Vivo? ¿O Roque ordenó que lo mataran?

—Es hora de irnos —responde con brusquedad.

—Por favor. ¿Solo unos minutos más?

—Está haciendo frío.

—El frío es lo único que conozco ahora... Las estrellas... Necesito pedir un deseo.

—Necesitas más que deseos y rezos para salir del lío en el que estás metida.

—Él no es un buen hombre.

—¿Estás segura de eso? Por lo que sé, te trataba como a una reina. Él y Roque fueron al barrio de los diamantes en Nueva York antes de que todo se fuera al carajo. Me enteré de que compró el diamante más grande que tenían... para ti...

—Nunca podría estar con él.

—Él nunca podría estar contigo. Yo nunca estaría con una mujer que me traicionara. Apostaste mal y perdiste, chica.

—¿Y entonces qué? ¿Esta es mi nueva vida? ¿Encerrada en tu sótano?

—Al menos él te dio una vida. Te dejó conservarla.

—¿Johnny vive?

—Fue decisión de Roque.

Dicho esto, me pone otro par de bridas en las muñecas.

Después viene la venda, y todas las estrellas desaparecen.

Este es mi destino, mi nueva cadena perpetua.

Sin embargo, no estoy furiosa; al fin y al cabo, conocía el riesgo, la posibilidad de lo que me pasaría si fracasaba.

Traicionar a un Don de la mafia era una estupidez.

Traicioné a dos. Roque Salvatore disfrutaría derramando mi sangre.

Por eso me desconcierta tanto que alguien decidiera dejarme vivir.

Pero nunca he sido de las que se acobardan o se retiran de una pelea.

Supongo que mi vida en la clandestinidad es mejor que no tener ninguna.