El tipo #2 (El sindicato Salvatore nº 5) PRÓLOGO CHRISTINE
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PRÓLOGO CHRISTINE

Los días se convierten en noches y ya ni siquiera distingo la diferencia.

Encerrada en un trastero durante meses o años; no tengo ni idea de qué ocurre ahí arriba.

Estoy enterrada viva. Viviendo en un sótano.

Mi captor es amable, al menos. A veces deseo que me estreche entre sus brazos y me diga que todo saldrá bien… que algún día me dejará libre.

Lleva un anillo, pero se cierra en banda cada vez que lo menciono.

Me odio por estar totalmente colada por este gigante bonachón de barba poblada y melena despeinada con mechones plateados.

Es corpulento y fornido. Viste camisas de franela y vaqueros.

Es tierno, pero le veo el lado duro. Sin embargo, todos mis años de entrenamiento en el FBI jamás podrían haberme preparado para esta vida de soledad interminable bajo tierra.

Suspiro mientras mis dedos recorren los bordes ásperos de la piedra que forma la pared junto a mi cama.

¿Por qué me mantuvo con vida? ¿Me odia? Yo lo odiaba.

No, lo aborrecía con cada fibra de mi ser.

Hasta que dejé de hacerlo. Hasta que, de algún modo, sentir sus manos sobre mí se convirtió en lo único que me importaba.

Ni siquiera sé si salió vivo o si la mafia le metió una bala en esa cabezota dura.

La culpa me carcome. Lo quiero, no lo quiero.

Lujuria, sin duda. No cabe duda de que Johnny y yo podíamos dejar que el mundo ardiera mientras estábamos en la cama.

A veces me despierto empapada en sudor, húmeda de deseo entre los muslos, después de soñar con mi examante.

Y me veo obligada a tocarme para saciar ese anhelo palpitante que nunca parece disiparse.

Estoy despierta, pero no tengo ni idea de si ya ha amanecido. Mi captor hace todo lo posible por mantenerme despierta durante el día y me indica cuándo dormir por la noche. Dice que es para regular mi ritmo circadiano… Que es «bueno para mi corazón».

Mi corazón.

Mi corazón es un lugar misterioso. A veces, incluso un desconocido para mí misma.

¿Lo amaba o lo odiaba? Ojalá pudiera responderme.

Sola en la oscuridad, la única película que veo es la de mi mente…

repitiéndose una y otra vez. Como el recuerdo de mi hermano Jack, que me transporta al principio de todo.

—Ha llegado el momento. Llevamos años preparándonos para esto. Estoy orgulloso de ti, hermanita.

Mi hermano Jack me sujetó por los hombros.

Estaba asignado a la unidad de crimen organizado que intentaba acabar con Roque Salvatore y consiguió que yo también entrara.

Pero aunque Salvatore era el objetivo del FBI, Johnny era el nuestro.

Fue un golpe de suerte retorcida que ambos hombres fueran uña y carne tanto en los negocios como en lo personal.

Leí el expediente sobre él y Roque. Alquilé un apartamento en Manhattan y me hice pasar por una chica más que vivía en Nueva York con la esperanza de triunfar en la ciudad de los sueños.

El destino tiene un sentido del humor enfermizo, porque mientras yo maquinaba cómo captar la atención de Johnny, mi compañera de piso, Selina, captó la de Rafael Vásquez Edwards.

Rafe, Roque y Johnny estudiaron juntos en Princeton y forjaron una hermandad retorcida.

Los tres eran los príncipes de Manhattan. Pero uno a uno, caerían.

Rafe fue el primero. De Roque no estoy segura, pero Johnny… él cayó, y al derribarlo, yo caí con él.

—Consigue a los dos, Christine. Cuento contigo.

Pero no los conseguí. Fueron ellos quienes me atraparon a mí, y ahora estoy perdida en algún lugar. En algún lugar en la oscuridad. He perdido toda noción del espacio y el tiempo. La puerta cruje al abrirse.

El olor que desprende la bandeja es de sopa de tomate con… ¿un sándwich de queso fundido?

—Ah, entonces debe de ser la hora de comer, ¿no?

Me incorporo y cruzo las piernas sobre la cama. Él no dice nada, pero esboza una leve sonrisa.

—Te he traído un sudoku nuevo y unas revistas.

Las lanza sobre la cama y se da la vuelta para marcharse.

—Espera.

Le agarro la mano y se la sostengo. Se le enrojecen las mejillas. No es brusco, pero aparta la mano.

—Quédate. Por favor. Me estoy volviendo loca. Estoy perdiendo la cabeza. ¿Puedo ver el sol? Solo un momento…

—No.

Su tono es tajante. Siento que me quiebro. Soy fuerte, pero al fin le dejo verme llorar.

—Venga, venga, chica.

Me rodea con sus brazos fornidos. Sollozo contra su pecho. Su voz grave y profunda me calma mientras me acaricia el pelo.

—Todo irá bien. Nadie va a hacerte daño. Te lo juro.

Y tiene razón. A veces otro hombre me trae comida y provisiones, pero ninguno me pone jamás la mano encima. Ninguno me hace sentir la necesidad de defenderme.

—¿Por qué? ¿Quién? ¿Quién me retiene aquí? ¿Johnny está muerto? ¿En la cárcel?

—No puedo contestar a tus preguntas. Pero sabes lo que hiciste y a quién traicionaste. Tienes suerte de que este sea tu castigo.

—¿Y tú qué pintas en todo esto? ¿Quién eres?

Se aparta de mí.

—Come. Haz tus pasatiempos. Volveré más tarde.

—Por favor, no me dejes sola en la oscuridad. Prefiero morir a volverme loca poco a poco.

Suspira hondo.

—Me caes bien. De verdad. Pero no puedo traicionarlos.

—¿A quiénes?

Pero se ha ido y me deja a solas con los recuerdos, que se reproducen como una película en mi mente una vez más.

Esta vez estoy en el club, observando a Johnny mientras otra mujer se contonea en su regazo.

Estar en su presencia física fue como un puñetazo en el estómago.

Era un imán que me absorbía, que me atraía hacia él.

Una oleada inesperada de celos me recorrió el cuerpo cuando vi a aquella zorra en su regazo.

Arranqué a esa perra de ahí, y cuando me senté a horcajadas sobre él, casi se me pusieron los ojos en blanco al notar lo que tenía entre las piernas.

Olía bien. A clavo, a canela y a whisky.

Su beso sabía igual. Era demasiado fácil olvidar quién era él.

Quién era yo. Y lo que había jurado hacer.

Tenía que recordarme constantemente que era un asesino despiadado y un matón.

A veces, cuando me sentía débil, después de que me abrazara toda la noche, volvía a casa y levantaba la tabla del suelo donde guardaba las fotos de la escena del crimen de mis padres.

El recordatorio espantoso de la justicia que había que impartir.

Yo era esa justicia. Jack contaba conmigo para conseguirla por nuestros padres.

Acabar con Johnny y Roque era el plan. Pero el plan salió mal.

De algún modo, me descubrieron. Lo último que recuerdo es abrir la nevera para coger una botella de agua.

Alguien me agarró por detrás. El pinchazo de una jeringa que se hundía en mi cuello mientras gritaba es todo lo que logro recordar.

Cuando desperté, estaba aquí. En la oscuridad.

Con el paso de los días, apareció una manta, luego una botella de agua.

Poco a poco, me gané la confianza de mi guardián, y a medida que lo hacía, fueron apareciendo más comodidades propias de un hogar.

Pero aún necesito escapar. Necesito salir de aquí.

Paso el resto de lo que creo que es la tarde haciendo sudokus, yoga y hojeando revistas.

Debe de ser cerca del otoño, a juzgar por los anuncios de bebidas con especias de calabaza.

Aunque, claro, parte de la guerra psicológica consiste en hacer que tu cautivo crea lo que tú quieras.

Podría ser primavera, qué sé yo. Estas podrían ser revistas viejas.

¿Quién coño lo sabe? Mi guardián tacha cualquier mención de fechas en la prensa.

Así me mantiene perdida en el espacio y el tiempo.

Después de contorsionar el cuerpo en tantas posiciones como puedo, hago planchas, sentadillas sumo e intento recordar con todas mis fuerzas mi antigua rutina, la que hacía con mi excompañera de piso Selina.

Me pregunto qué habrá sido de ella. Su relación con Rafe parecía auténtica.

La culpa me carcome. También la traicioné a ella.

Le mentí sobre quién era yo. Puede que pensaran que estaba metida en la operación conmigo y le partieran el cuello.

Me arrastro hasta la ducha y luego vuelvo a meterme en el colchón que me sirve de cama. Me quedo dormida fingiendo que los fuertes brazos de Johnny me rodean. Puede que estuviera interpretando un papel, pero en la oscuridad, bajo las sábanas, todo lo que sentí fue cien por cien real.

—Despierta.

Una mano me sacude suavemente el hombro.

—¿Johnny? —murmuro, acurrucándome aún más bajo las finas mantas.

Me doy la vuelta y lo rodeo con los brazos. Pero él se tensa. Se queda paralizado. Claro, porque me odia.

—Despierta.

La mano me sacude con más fuerza. Parpadeo en la oscuridad y distingo el apuesto rostro de mi captor. Bueno, lo que puedo ver de él detrás de esa barba sexy entre cavernícola y leñador.

—Ponte esto.

Me entrega una sudadera y unas zapatillas de mujer. El corazón se me acelera. ¿Me está ayudando a escapar? ¿Es esta mi oportunidad? Pero mis esperanzas se esfuman cuando veo los otros objetos que tiene en las manos.

—Eso no va conmigo —intento bromear, señalando con la cabeza la venda, la cuerda y las bridas que tiene en las manos.

Quizá no esté aquí para salvarme, sino para acabar conmigo. Nerviosa, retrocedo. De repente ya no quiero salir del sótano.

—Relájate. Te voy a sacar fuera, como querías. El aire fresco es bueno para el alma.

Dudo, pero dejo que me ponga la venda. Me calza las zapatillas con suavidad y me ata los cordones. Luego me toma de la mano con firmeza y por fin me saca de la habitación que ha sido mi hogar durante meses.

—Cuidado. Vamos a subir unas escaleras.

Cuento quince escalones mentalmente. Me hace girar a la izquierda, luego seguimos recto, después a la derecha, y casi tropiezo cuando se abre una puerta y estoy... ¿fuera?

—Ah.