El tipo #2 (El sindicato Salvatore nº 5)
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PRÓLOGO JOHNNY
Los dos me dan asco. Me entran ganas de vomitar cuando veo las estrellas en la mirada de Roque.
Es el Don más letal que ha existido jamás.
Antes de conocerla, no había más que muerte en el negro de sus iris.
Pero ahora solo la ve a ella. Sintiendo cómo la amargura me revuelve las tripas, aparto la vista de Roque y Romina.
—La odias, ¿verdad?
Siento la mirada de Chloe clavada en mí. La mocosa es joven pero vieja. Ha visto demasiado para una chica de su edad.
—Qué va, no odio a Blue. Pero es jodidamente irritante.
Chloe se ríe.
—A veces lo es. Tengo mucha suerte de tenerlos.
Me vuelvo hacia la chica.
—La tienes.
—Entonces, ¿cuál es tu historia? He leído la de ellos...
—Su barbilla señala hacia la pareja perdida en su propio mundo.
Roque y Romina, una historia de Romeo y Julieta en versión moderna.
Al menos así los ha bautizado Hollywood.
Pero si te perdiste su historia, este no es el libro adecuado.
Tienes que rebobinar hasta Poeta Salvaje...
Me encojo de hombros.
—La mía es mejor. No me puedo creer que él sea un superventas cuando mi historia tiene más angustia, más drama, más desgarro absoluto. Por no hablar de que el sexo es de otro nivel —muevo las cejas sugestivamente.
—Puaj, qué asco. Demasiada información, tío Johnny.
—Bien. Aléjate de los chicos. No traen más que problemas. Mantén la cabeza en los libros, en los que te enseñen algo de verdad —arranco una flor del jardín, deshojando los pétalos, y luego busco en el bolsillo de mi chaqueta de traje mis cigarrillos.
Ella pone los ojos en blanco.
—Esa mierda te va a matar.
Me encojo de hombros.
—También un corazón roto —las palabras se me escapan de los labios antes de poder detenerlas.
Hay algo inquietante en la chica, no me extraña que Roque le contara todos sus secretos.
Sus ojos grandes e inocentes te hacen querer soltar toda tu mierda en voz alta, como si de alguna manera esta cría pudiera ayudarte.
Mis ojos recorren los bordes del jardín buscando amenazas, sin encontrar ninguna.
¿Cómo no vi que la mayor amenaza era ella?
¿Christine? Cierro los ojos con fuerza. Solo pronunciar su nombre en mi mente basta para sentir un tajo en el alma—.
Creía que Roque la había eliminado. Pero la guardó para mí.
—¿Dónde está? Esa mujer que hirió a mi tío Johnny. Quizá Romina y yo le hagamos una visita.
Resoplo, mirando el sol que brilla sobre su cabeza dorada.
—Yo tengo prioridad.
—¿Me vas a contar esta historia de angustia y desgarro jugoso o qué? —Roque y Romina siguen perdidos el uno en el otro, besuqueándose bajo un arco de rosas.
—Claro. ¿Bajas a la playa conmigo? No puedo quedarme quieto mucho tiempo. Si lo hago, el cuerpo me empieza a temblar. No querría asustarte.
—No pasa nada, Johnny. Siempre supe que eras un poco raro...
—sonríe, pasando su brazo por el hueco de mi codo.
Paseamos por el jardín hasta llegar a unos escalones de piedra que bajan a la playa.
No es el Mediterráneo, pero la costa atlántica de los Hamptons no está nada mal.
Roque todavía tiene un piso franco aquí, pero últimamente él y Romina lo han convertido en una casa de playa, con su propia sala de artillería incluida.
—No te enamores nunca, Chloe. Es una mierda.
Ella pone los ojos en blanco.
—¿Fue amor a primera vista?
—No. Pero desde luego fue deseo. Estábamos en un club de Nueva York.
Roque, yo y Rafe. Estábamos en nuestra zona VIP habitual, por encima del gentío.
La azafata dejó entrar a unas cinco chicas un nivel por encima del resto.
Una ya estaba sentada a horcajadas sobre mí, lista para lo que fuera.
Tenía las manos por toda la tía cuando de repente la arrancaron de mi regazo y la sustituyeron.
La mujer echaba chispas y su boca era atrevida y descarada, igual que el delineador y el ojo ahumado que llevaba.
Su pelo olía a flores silvestres después de una lluvia de primavera y su piel era suave al tacto.
La deseé nada más verla. Me rodeó la cabeza con las manos y me besó.
Fue intenso. A fondo. Nos enrollamos en el club, bebimos champán rosado mientras nos restregábamos en la pista de baile.
Me la llevé a casa. Me voló la cabeza y créeme, pensaba que ya no podía volarme más.
Estuvimos toda la noche. Era insaciable.
Yo también. Cuando me desperté, pensé que se había ido.
La cama estaba fría, pero las sábanas todavía olían a ella.
A nosotros. Me duché y fui descalzo hasta la cocina, siguiendo el olor a beicon friéndose y café.
Estaba cocinando, desnuda. Me la tiré con ganas.
Allí mismo. En ese momento. Joder. Perdona.
A veces olvido que todavía eres joven y probablemente no debería contarte estas cosas.
—Eh... He leído los diarios de Roque, ¿recuerdas? Era bastante detallado sobre cómo y cuándo perdió la virginidad...
Sonrío con suficiencia.
—Demasiada información, Chloe. Además, los hombres no tienen virginidad que perder —le revuelvo el pelo. Se le pone la cara roja cuando nuestros pies tocan la arena. Me agacho para quitarme los calcetines y los zapatos. Ella hace lo mismo mientras nos dirigimos hacia el oleaje.
—¿Qué la hacía tan diferente? ¿Qué tenía Christine que se te quedó pegada al alma?
Mis ojos se dirigen al estruendo del oleaje.
—Un millón de cosas diferentes, muchas que no puedes ver físicamente.
¿Quién sabe por qué tu alma llora por unos y no por otros?
Quizá haya algo de verdad en eso del destino.
El caso es que se metió en mi corazón y se instaló.
Era más que el sexo. Cocinábamos juntos.
Entrenábamos juntos. Era toda una mujer pero tenía movimientos de jiu-jitsu de locos.
Esa debería haber sido mi primera pista de que era poli.
Teníamos los mismos gustos en series de televisión...
coches clásicos... pero ahora no sé. Quizá todo fue mentira.
Quizá no teníamos nada en común y ella solo estaba actuando, manipulándome para poder infiltrarse y recopilar información.
En fin, sé desde antes del juicio que está viva.
Como un puto cobarde, la he dejado donde Roque la tiene escondida.
La deseo pero la odio. La verdad es que me cago de miedo de verla y darme cuenta de que amé a un personaje falso...
cuanto más tiempo me mantengo alejado, me permite seguir amando a la chica que creía que era... Soy un imbécil. ¿Verdad?
—No lo sé, tío Johnny. Pero sí sé que la única forma de cerrar esto es preguntándole. Ve a buscarla y sácale la verdad por los medios que sean necesarios. Es la única manera de que tengas paz.
Mis ojos se encuentran con los suyos.
—Eres una pequeña arpía, ¿eh? ¿Por los medios que sean necesarios?
Se le ponen las mejillas tan rojas como una langosta de Maine. —Es lo que haría Roque.
Recojo una piedra y la lanzo de lado; la veo saltar sobre las olas hasta que se hunde. —Sí. Es exactamente lo que él haría…