El Tiburón de Barcelona (Inspector Álex Cortés 14) 52
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La calle Bolivia estaba cortada al tráfico.

Se había inundado de agentes de policía y ambulancias.

Álex y Karla esperaban fuera. Cuando los agentes se llevaron a Néstor, ellos estaban sentados en el capó de un coche, mirando la escena.

Néstor salió esposado.

Los flashes de las cámaras se sucedieron como una avalancha.

Néstor pidió un segundo. Los agentes se detuvieron. Néstor buscó a Álex entre el resto de la gente y de los policías. Cuando lo vio, hizo un ligero movimiento con la cabeza de agradecimiento.

Álex lo miró y solo pudo asentir en respuesta.

Vio cómo avanzaba hacia la furgoneta de la policía.

Por un momento, se sintió cómplice de ese asesinato. Pero, por primera vez, entendió lo que le había ocurrido a Néstor antes de que aterrizara en Barcelona y empezara con su propia venganza personal. Antes de la furgoneta llena de cadáveres delante de su comisaría, Néstor vivía en Madrid.

No justificaba nada de lo que había hecho Néstor en toda su vida, pero, por lo menos, pudo comprender más.

Cuando se giró y salió el cuerpo de Lezcano en una lona con cremallera, pensó que, si ese hombre no se hubiera cruzado en el camino de Néstor, a lo mejor, la furgoneta llena de cadáveres nunca habría existido.

—¿Cómo se encuentra, sargento? —dijo la jefa.

—¿No habíamos dicho que nos tuteábamos? —preguntó Álex.

Ella asintió y sonrió.

—Tienes razón. ¿Cómo estás, Álex? ¿Cómo estás, Karla?

Los dos suspiraron a la vez.

—Con ganas de vacaciones —dijo ella.

—Pues merecidas están —afirmó Natalia Navarro—. ¿Qué os parece si os tomáis unas vacaciones?

Álex y Karla la miraron con incredulidad.

—¿Cómo dices? —preguntó Álex.

—Sí, lo que escucháis. Unas vacaciones, fuera de Barcelona, lejos de asesinatos, suicidios y, cuando volváis, seguimos. Estáis agotados. Necesitáis recargar las pilas, ¿es que no lo veis?

Los dos no supieron qué decir.

—La verdad es que ningún jefe antes nos lo ha dicho…

—Yo no soy vuestro jefe anterior. Seguramente, él tenía muchas cualidades que yo no tengo, pero yo soy como soy. Y necesitáis descansar —afirmó, convencida.

El tono de la jefa no era tanto el de un superior como el de una madre preocupada. Desde la academia, no se encontraban con un superior tan amable.

—Es más, lamento mucho no haber podido ayudaros ni aportar en este caso… —se disculpó.

Álex sonrió.

—A veces, jefa —dijo Karla—, la mejor ayuda es dejar trabajar.

Natalia Navarro sonrió.

—Estoy de acuerdo. Esta me la apunto, Karla —afirmó—. En fin, buen trabajo, chicos. Espero vuestro informe del caso y luego os quiero fuera de mi vista por unos días.

Dicho eso, Natalia regresó a su coche y se marchó.

Mientras, Néstor, después de su particular manera de dar las gracias a Álex, siguió empujado por los policías.

Cerca de la cinta policial, vio a la persona que estaba esperando justo antes de que apareciera Lezcano: su mujer.

Teñida de rubia, con un abrigo y gafas de sol, era casi irreconocible.

A su lado, estaba su hermano. Los tres tenían que irse a las islas Caimán y volver a comenzar.

Pero, como había sucedido treinta años antes, la intervención de Lezcano volvía a fastidiarlo todo.

Sin que nadie se enterara, Néstor negó con la cabeza a su esposa. Clara seguiría allí, latente, para el próximo movimiento, junto a su hermano.

Néstor entró en la furgoneta y se marchó escoltado.

Todo había sucedido demasiado rápido.

Néstor necesitaba descansar, en la cárcel. Ahora, después de haber encontrado la paz al matar a Lezcano, no tenía prisa para nada.

El tiempo y el silencio dirían cuál sería su futuro.

La furgoneta salió de la calle Bolivia dirección a la cárcel de máxima seguridad Brians 2.

Al alejarse, Álex sintió como un capítulo de su vida, de policía y de Barcelona se cerraba.

Luego, miró a Karla y sintió que otro capítulo tenía que abrirse.