51
La situación giró por completo.
La primera sensación de Álex fue de sorpresa. Se encontró a dos hombres en lugar de a uno.
Lezcano apuntaba a otro. Luego, al verlo mejor, identificó a Napoleón, a Néstor.
Pero con el revuelo, la situación cambió por completo otra vez.
Con el estruendo, Lezcano, con los reflejos deteriorados, no se esperaba que entrara nadie por detrás, menos que tumbaran una puerta, menos aún que Néstor, como una pantera, se levantara, le agarrase la pistola y se la quitara.
De pronto, se encontró Lezcano agarrado por el cuello y encañonado.
—Vaya, vaya, Tomás, mira por dónde. Ya te lo dije, tenías que haberme matado cuando tuviste ocasión —dijo mientras lo sujetaba por el cuello.
Álex, en un abrir y cerrar de ojos, se encontró con una escena completamente diferente.
—Néstor, baja la pistola, por favor. Todo se ha acabado —dijo, y lo repitió mucho más lento con tono negociador—. Por favor. Baja la pistola.
—Ni lo sueñes, Álex. El otro día casi me mataste, maldito cabrón.
Álex apretó los dientes. Aquello se le estaba escurriendo de las manos.
—Te has pasado por el forro la vida de muchas personas. ¿No estabas contento que querías quedarte también con su dinero?
Néstor se dio cuenta de que estaba aflojando el cuello de Lezcano y lo apretó de nuevo.
—Me estás asfixiando, cabronazo —soltó Lezcano.
—Es mi intención, madero mamón —dijo a su rehén, y luego miró a Álex—. Baja la pistola, Álex.
—Ni de coña, Néstor.
—Álex, da igual. Mátalo. Es un hijo de perra. Mató a mi amigo Ildefonso. No tengas miedo. Me da igual lo que me haga. Inténtalo.
—Cállate —increpó Néstor.
—Álex, mátalo, es un criminal de la peor especie.
—Cállate, serpiente —gritó Néstor entre dientes.
Néstor apretaba tan fuerte la garganta de Lezcano que este gritó de dolor.
—Suéltala u os mataré a todos —gritó, mirando a Álex.
El grito de dolor de Lezcano fue tan intenso que Álex, con todo su pesar, dejó la pistola en el suelo.
—Tú también, Karla —exigió Néstor.
Álex le dijo que obedeciera.
Néstor les ordenó que se pusieran a un lado. Soltó a Lezcano para que se sentara en la misma silla en la que había estado sentado él.
Fue hacia las pistolas y les dio una patada para dejarlas debajo de la mesa. Cerró la puerta.
Néstor apuntaba a Lezcano y el inspector lo miraba con auténtica rabia.
—Este hijo de puta me dejó lisiado y deforme. Mirad todas las cicatrices que tengo en la cara. Este es el culpable.
Néstor apretó con fuerza la empuñadura de la pistola.
Estuvo a punto de disparar.
—Álex, apuesto lo que sea a que este hijo de perra no te explicó la historia verdadera…
Álex se miró con Karla.
—¿Qué quieres decir?
—No lo escuches, Álex, este hijo de perra es un mentiroso compulsivo.
—¿Sabes, Lezcano, por qué aún no te he matado? Porque quiero que antes Álex sepa la verdad. No porque me interese especialmente lo que piense de mí, sino porque quiero que alguien más sepa la verdad sobre este corrupto y mezquino defensor de la ley.
—Todo lo que te diga es una mentira para convencerte.
Álex dio un paso adelante, bajó las manos y le dijo:
—Néstor, dime. ¿Qué pasó con este hombre?
—¡Ja! Nada de hombre. Es una víbora.
—Dijo que antes eras un atracador de bancos. ¿Es verdad?
Néstor regresó hasta el lejano 1994. Recordó la época en la que atracaba bancos y cuando conoció a Berenguela.
—Es verdad, Álex. Éramos una banda de atracadores, pero de guante blanco.
Nunca disparamos a nadie. Solo nos llevábamos el dinero.
Robábamos al sistema. Era solo por el dinero.
Nunca hicimos daño a nadie —confesó Néstor con un tono melancólico—.
Y un día, un guardia nos disparó. Ese mismo día conocí al amor de mi vida.
La persona a la que más he querido. Un ángel que recibía hostias de todos sitios, del trabajo, de sus amigos, de su familia.
La ayudé a salir de ese mundo hasta que un día decidimos irnos.
Néstor se detuvo. Esa noche fatídica se proyectó en su retina.
—Continúa, por favor —indicó Álex, un poco más cerca.
—Llevábamos días con un policía en los talones, era normal. Pero nunca me hubiera imaginado que era un hijo de puta como Lezcano.
El inspector miraba en silencio a Néstor con furia y con ganas de arrancarle su propia pistola para hacerle saltar los sesos.
—La noche que teníamos que marcharnos, ella se acordó de que tenía el único regalo de su padre en la sucursal bancaria.
Y no nos fuimos, ella tenía que ir el siguiente día a buscarlo.
Así que el lunes por la mañana, cuando salió de casa, se encontró a este malnacido en el rellano de la escalera.
Luego supe que un pretendiente de Berenguela se enteró de quién era yo y se chivó.
Entró en casa, apuntándola con la pistola.
No pude hacer nada. Este hombre nos pegó y nos maniató.
Nos quitó todo el dinero que habíamos preparado para escapar y lo metió en su coche.
Volvió y siguió pegándonos hasta que dijéramos el nombre de nuestros cómplices.
Estaba claro, Álex. Este hombre quería matarnos, llevarse la gloria por haber desmantelado mi banda de atracadores y quedarse con el dinero.
El plan perfecto de un criminal vestido de policía.
—¿Qué más pasó? —preguntó Álex.
Néstor se calló. Seguía mirando a Lezcano, este ya no sabía a dónde mirar. La incomodidad de la verdad era como si la silla en la que estaba sentado tuviera pinchos.
—Berenguela me ayudó a desatarme. Cuando regresó Lezcano, casi me había soltado.
Le dije que el vecino de arriba era uno de ellos, un guarro y un golfo que varias veces había abusado de Berenguela.
Él, antes de salir, sin rabia y sin más, como si alguien dispara a un perro que está a punto de morir en la calle, disparó a Berenguela y la mató a sangre fría.
Karla se tapó la boca. Dejó salir un grito ahogado de horror. Esa historia confirmaba su sensación, su intuición sobre ese hombre, el inspector de policía de Madrid que desde el minuto uno no le gustó. Lezcano no era como se vendía.
—Venga, hombre —gruñó Lezcano a Álex—. No escuches a este estafador y asesino. ¿Prefieres creer a este impostor antes que a mí? ¿A un hombre de la ley de Madrid? Dile que se calle de una vez.
Álex lo miró con desprecio y Karla, con asco.
—Por favor, Néstor, sigue… —añadió Álex.
Lezcano hizo un movimiento con la mano.
—Idos a la mierda todos con estas patrañas.
—No son patrañas. Berenguela fue encontrada muerta y con una bala en la cabeza. Yo, por supuesto, no la mataría jamás. Era la única persona que me importaba.
—Sigue.
—Cuando regresó, yo había conseguido liberarme —dijo Néstor con rabia—.
No pude contener mi furia. Le empecé a pegar y a pegar.
Llegó su compañero, Estanislao Barrancos.
Un tío legal, un poli de verdad. Gracias a su intervención, Lezcano sigue vivo.
Yo lo hubiera matado. Total, una ciudad como Madrid, con un policía corrupto menos, hubiera estado mejor. Seguro.
—Me desfiguró. Estuve entre la vida y la muerte muchos días. Quince operaciones maxilofaciales. Y cinco en la rodilla.
Álex volvió a mirar a Néstor.
—Qué más.
—Le disparé en la rodilla. Cogí las llaves de su coche y me fui. Me vine a Barcelona, donde queríamos venir a vivir Berenguela y yo. Una nueva vida, una vida ella y yo. Pero solo pude venir yo —dijo, y apuntó a su frente.
—¡Néstor! —advirtió Álex—. No hace falta… Ya sabemos la verdad. Lezcano, si todo es como dices, tiene que ir a la cárcel. No lo mates, la venganza solo alimenta el ego. Lezcano tiene que ir a prisión y pagar por lo que hizo. Si rascamos un poco, a saber qué más saldrá.
Lezcano se encogió de hombros.
—No tienes huevos para disparar, chico.
—Néstor, no dispares —gritó Karla.
Lezcano se giró hacia Karla.
—Cállate, putilla. Tú eres como todas las mujeres, una furcias que se follan al jefe a cambio de un poco de mano blanda y comprensión cuando tenéis la regla o jaquecas por vagas —dijo a Karla, y se giró hacia Néstor—. Igual que Berenguela, una furcia que se dejaba follar por cuatro chavos.
Álex suspiró. Negó con la cabeza y dio un paso hacia atrás.
Podría haberse abalanzado sobre Néstor y salvar a Lezcano, pero habría puesto en peligro su vida y la de Karla.
Al dar un paso hacia atrás, demostró lo que pensaba sobre la situación y, sobre todo, sobre Lezcano.
Néstor suspiró.
Retrocedió el tambor de la pistola.
—Esto va por ti, Berenguela. Allá donde estés —dijo, y disparó.
El estruendo resonó en toda la estancia.
Los ojos del inspector se cerraron en el acto.
La cabeza de Lezcano retrocedió unos centímetros. Luego, fue cayendo hacia un lado hasta que el cuerpo entero se deslizó al suelo.
Del orificio justo en medio de la frente salió un hilo de sangre.
Lezcano se había desplomado y con él, la venganza. Néstor levantó la mirada con los ojos llenos de lágrimas. La imagen de Berenguela sonriendo apareció delante de él.
Voló al Madrid de los años noventa. Algo que nunca había sentido invadió su cuerpo. Una sensación de ligereza y libertad lo sorprendió. Se sentía tan ligero que podría volar. Una paz interior que nunca había vuelto a sentir desde que Berenguela lo había dejado.
Cuando regresó al número 191 de la calle Bolivia de Barcelona, apretó el botón del seguro del cargador y lo dejó caer al suelo. Sacó la bala que estaba en la recámara y soltó la pistola descargada.
Se dio la vuelta y se sentó.
Respiró hondo como nunca había hecho y sintió como el aire de la libertad entraba y, al salir, se llevaba la venganza que lo había habitado más de treinta años.
Se giró hacia Álex, que lo miraba aún atónito.
Tendió las manos para que lo esposara en señal de rendición.
Al final, de forma imprevisible, todo se había acabado. No como él esperaba. Después de la transferencia del banco asiático, quería escaparse. La aventura de Napoleón se acababa.
Tranquilo, en silencio y, por primera vez, con paz en su alma, dejó que lo esposaran.