50
El taxi cruzó la ciudad en plena mañana de diciembre.
Las calles estaban adornadas con luces navideñas. Sin embargo, el cliente que estaba transportando no tenía mucha alma navideña ni siquiera se había percatado de la iluminación.
A Lezcano, en el asiento trasero, no se le ocurrió llamar a Álex y a Karla.
Lo suyo era llamar, decir que había encontrado la dirección y que fueran hacia allí.
Desde que había salido en tren de alta velocidad de la capital, su único afán era investigar el supuesto suicidio de Ildelfonso, su amigo.
El suicidio se certificó. Lo que no se sabía era si había sido empujado por un escándalo tácito y una estafa piramidal, en la que él y sus clientes se habían visto atrapados. El tsunami financiero estaba a punto de arrollar a la sociedad.
Él también estaba en la orilla, esperando. Él, sus ahorros y su jubilación.
Lo que nunca se hubiera imaginado era que la persona que orquestó ese sistema fuera también la persona que más había buscado en su vida.
El atracador de Madrid de los años noventa.
El cabecilla de la Banda de la Chapa. El malnacido que le disparó en una pierna y lo dejó cojo.
El mismo que le destrozó la cara y tuvo que pasar por muchas operaciones maxilofaciales para recuperar algo de normalidad.
Lezcano se miraba en el retrovisor del taxista y pensaba que pronto vería al culpable de sus cicatrices en el rostro.
No solo estaba lisiado, sino que, además, lo había convertido en un hombre deforme.
La búsqueda por la ciudad condal del responsable de la muerte de su amigo había sufrido una metamorfosis sustancial.
Ahora era una venganza privada entre él y Néstor, el atracador de Madrid.
Y, obviamente, no les había dicho nada a Álex y a Karla.
O por lo menos, no lo haría hasta que él lo hubiera encontrado y hecho sufrir tanto como para saciar su ira acumulada.
En la calle Bolivia número 191, había una casita de planta baja y un piso, de color rosa. Cuando el taxi se detuvo enfrente, Lezcano sonrió.
Pagó la carrera y dejó la carpeta en los asientos. El coche aparcó y se esperó a que el cliente acabase lo que tuviese que hacer.
Lezcano se acercó a las ventanas. No se podía ver dentro por las marquesinas cerradas. Pero se escuchaba ruido en el interior.
Se acercó a la puerta, sacó la pistola y con la punta del cañón apretó el timbre.
El sonido se dispersó por la casa. Por cómo se había oído, parecía hueca, diáfana, con pocas cosas. Al mismo tiempo, los ruidos de dentro se detuvieron.
Había alguien.
Lezcano insistió e insistió como un loco con el timbre.
Al ver que nadie le abría, le gritó.
—Abran, por favor. Necesito ayuda, se le está quemando la fachada. Se va al otro lado de la casa. ¡Abran, por favor!
El hombre gritó tan fuerte y con tanta convicción que Néstor, ingenuo, cometió el error de su vida al abrir.
En sus narices se encontró el cañón de la pistola de Lezcano.
—Por fin nos volvemos a ver, hijo de puta.
Lezcano apretó con su cuerpo y entró empujando a Néstor hacia adentro.
Néstor se quedó bloqueado, mirándolo, sin dar crédito a lo que estaba viendo.
—No te lo esperabas, ¿verdad?
Lezcano cerró la puerta.
—¿¡Tú!? —preguntó Néstor con desprecio e incredulidad en los ojos.
—Yo. He venido del mismísimo infierno para llevarte conmigo.
Lezcano le indicó que se sentara en una silla. La casa estaba aseada, pero llena de trastos y un Smart en su interior. Era un garaje diáfano y una escalera que llevaba a la parte superior.
—Veo que estabas preparando las maletas. ¿A dónde pensabas ir?
Lezcano estaba en el medio de la sala con una pistola en la mano y disfrutando del momento.
Néstor calló.
—He soñado con esto tantas veces que no te lo puedes imaginar.
Néstor lo miró perplejo y se acercó la mano al rostro.
—Te lo han dejado bastante bien, después de todo.
Lezcano apretó el tambor de la pistola y se acercó un paso.
—¡No te burles de mí! —gritó—. Me han operado cinco veces la rodilla.
Los médicos dijeron que había tenido mala suerte, si la bala hubiera ido un poco más a la derecha, me habría ahorrado muchos problemas.
Pero no, quisiste disparar en el peor punto posible.
Y en la cara me diste tantos puñetazos que casi me dejaste sin vida.
Pero ya ves, la mala hierba nunca muere.
—Tenía que haberte dado un puñetazo más y haberte matado, mierda humana —soltó Néstor.
—Cállate —espetó Lezcano.
Néstor mostraba una sonrisa maquiavélica.
Al lado, había una mesa con mil cosas encima y sus maletas a medio hacer.
Lo había encontrado por poco, por muy poco.
Un rato más y se habría esfumado con una cantidad indecente de dinero a las islas Caimán para no volver jamás.
Y su paso por Barcelona sería solo una cadena de noticias económicas y de récords de una estafa colosal.
—Pero, a pesar de los pronósticos, he salido de las tinieblas.
Me dieron la invalidez parcial, pero yo no la quería, yo quería seguir buscándote.
Hasta que perdí la fe. Hasta que un día un amigo muere.
Me vengo a Barcelona. Voy a su funeral, dispuesto a entender qué mierda pasó para que un tío guapo, con una familia envidiable y cargado de pasta se tirara de una puta azotea.
El destino quiso que me presentaran a un tal Álex Cortés y a la furcia que va con él.
Los conoces, ¿verdad? Ellos se presentan y, después de ayudarlos a investigar, te veo salir del despacho de mi amigo Delgado.
El juez instructor que se dignó en buscar, en rascar qué coño pasó detrás de las muertes de tres, no uno, tres financieros.
Nadie se había dignado a hacerlo, solo él.
—Es increíble cómo el mundo gira y gira y el día menos pensado te devuelve los peores fantasmas. Tomás Lezcano, te mataré con mis propias manos de una vez por todas —espetó Néstor—. Mátame antes de que sea demasiado tarde, hijo de perra.
—Cállate. ¿En serio no me reconociste al salir del despacho del juez? —preguntó el inspector.
Néstor no respondió. Se podía ver cómo en su rostro la violencia estaba tomando el control de sus sensaciones, de sus pensamientos y de allí, a muy poco, de sus actos.
—Vas de fenómeno, pero tú tampoco me reconociste. Estás cegado por tu ego, Lezcano. Ojalá ardas en el puto infierno.
—Sí, claro, pero contigo, Néstor. Ahora que sé tu nombre y tu apellido, mi búsqueda ha acabado.
—No te des por vencido, hijo de puta. Nadie te conoce como te conozco yo…
Lezcano, sin quitarle la pistola de encima, se rio.
—No sabes nada.
—Sí lo sé y no sé cómo un mezquino y traidor como tú sigue con una placa y una pistola.
Los dos hombres se miraban a los ojos con intensidad. En su mirada, había un río de palabras y cosas no dichas en el tiempo. Treinta años de odio brotaban de una fuente ilimitada.
—Lo primero que haré es dispararte en una rodilla. Para que sientas el dolor. Para que puedas sentir el verdadero dolor que se siente con una jodida bala en una pierna. Luego, te dispararé en la otra pierna —dijo, acercando la pistola a su rodilla—. Y ya veremos qué te haré después.
Néstor quería cogerle la pistola, metérsela por su asquerosa boca y apretar el gatillo para callarlo de una vez por todas.
Lezcano estaba a punto de disparar cuando la puerta de la vivienda saltó de sus goznes. De la nada y en medio de la polvareda que se levantó, apareció Álex Cortés apuntando a los dos hombres.