48
El corazón de Karla latía fuertísimo.
Había abierto la puerta de par en par, ignorando lo que encontraría al otro lado.
Llevaba un buen rato inspeccionando el despacho del director de la compañía, en busca de pistas, en busca de la secretaria, en busca de la verdad.
Sin Álex y sin apoyo, había entrado en el edificio de Global NEXT. Se había colado sola hasta sus entrañas, hasta la mismísima cocina de ese engaño financiero que estaba a punto de reventar. Ella, sola, sin nadie más, contando solo con la ventaja que le proporcionaba el efecto sorpresa.
Hasta abrir la puerta del despacho y encontrarse con la primera persona que la había pillado.
La persona la miró y al instante se quedó helada. Subió las manos muy despacio al ver la pistola.
Era un hombre vestido con una bata y pantalón claros. En su pecho, llevaba el nombre de José de una empresa de servicios externos de limpieza.
Los dos se miraron cara a cara unos instantes larguísimos.
Hasta que ella bajó la pistola y se acercó a la boca un dedo.
—Shhh, policía.
El hombre no supo qué hacer.
El móvil de ella seguía sonando con insistencia.
Tenía que cogerlo o Álex entraría y fastidiaría su tapadera y su incursión.
—¿Buscas a alguien?
El hombre negó con la cabeza.
—Me dijeron que viniera a limpiar el lavabo porque había un vómito.
Ella arrugó el ceño.
—¿Le importa venir más tarde?
El hombre asintió y se fue aguantando las manos arriba, como había visto en las películas.
Karla bajó la pistola y se colocó de nuevo los auriculares. Cogió el aparato y aceptó la llamada.
—¿Qué? —dijo en un grito ahogado.
—Maldita sea, Karla, tengo el corazón que me estalla.
—¿Dónde estás? Se te oye en medio de la gente.
—Si hubieras tardado un segundo más en contestar, habría saltado el torno de acceso y estaría subiendo.
—Ni se te ocurra. Tengo una prueba más.
—Pues ven cagando leches, tenemos que marcharnos. Alan me ha llamado y tenemos que irnos rápidamente de aquí porque…
—Cállate. Dame un minuto —interrumpió ella.
Karla se dio la vuelta y fue directa a la puerta que estaba cerca del escritorio.
La abrió y con suma atención entró.
Era un lavabo de sanitarios negros, azulejos oscuros y grifería de cobre, casi de oro. Pensó que era muy apropiado para Napoleón.
Sin embargo, no había nadie. Allí tampoco. O eso parecía.
—Napoleón no está —dijo Karla.
Lo que más la sorprendió fue que en ese lugar no había ningún vómito.
—Tenemos que irnos de aquí, tenemos que conseguir una orden de detención para Napoleón antes de que se escape. Tenemos las pruebas que necesitábamos. Baja y vámonos. O llegaremos tarde, por todos los demonios. Espabila y ven.
Había algo que a Karla no le gustaba de ese lavabo. Era largo, tan ancho como el despacho. Al fondo, una mampara cubría una ducha.
—Mierda.
—¿Qué? ¿Qué pasa, Karla?
—Creo que hay alguien.
Karla apreció una sombra detrás de la mampara mate.
—Por Dios, Karla. Voy a subir.
Karla negó, aunque él no pudo verla.
—No, creo que he encontrado lo que buscaba —dijo Karla, resignada.
Se acercó a la mampara y la abrió poco a poco.
Cuando la puerta de cristal mate estuvo abierta, sus peores temores se materializaron.
—¡Oh! —gritó Karla.
—¿Qué pasa? Dime algo. ¿Tengo que subir? —gritó Álex.
Karla negó con la cabeza.
—No, es ella. Es la secretaria. Está muerta, Álex, la ha matado —confesó a la vista de lo que había encontrado.
Una mujer rubia estaba sentada en la ducha. La cabeza desplomada y los ojos cerrados.
—¡Joder, maldita sea! —gritó Karla.
La mujer, vestida con un traje gris de cuadros, era elegante. Y debió de ser muy guapa.
Tenía las manos atadas por un vulgar cable para cargar móviles. Su bolso caro estaba al lado y su móvil, apoyado justo al otro lado.
En su mano, escrito en bolígrafo: «Lo siento. Te he querido. N.».
Karla arrugó el ceño.
¿Por qué diablos un asesino escribiría eso en su víctima? ¿Para el más allá? ¿Para sentirse mejor?
Alargó el brazo y tocó a la mujer. Seguía caliente.
Apretó en el cuello y tuvo la sorpresa más grande del día.
Nada de pruebas, nada de pistas ni de grandes pesquisas.
Esa era la alegría más grande que podía tener.
La secretaria de Napoleón estaba viva. Abrió los ojos de par en par y lanzó un grito tal que incluso Álex se asustó.
—¡Está viva, Álex, está viva!