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Karla no pudo contenerse.
Cambió los planes que tenían previstos. La idea inicial era evitar que entrase Álex.
Después del numerito de intentar estrangular a Napoleón, los guardias del edificio de Global NEXT S.
A. lo tenían fichado. Su cara seguía impresa en las retinas de los agentes de seguridad.
Karla, en cambio, pasaría desapercibida.
Ella era la persona ideal para entrar, y así lo hizo.
Entró e hizo las fotos que necesitaban para el juez; después, debía regresar.
Pero antes tenía que hacer otra cosa.
Después de la conversación con Diana, la mejor amiga de la secretaria de Napoleón, se encendió una alarma en su interior. Una red flag en toda regla, que, a pesar de la peligrosidad, tenía que seguir. Necesitaba una respuesta. Necesitaba verlo por sí misma.
Las puertas del ascensor se abrieron.
La planta veintitrés se presentó frente a ella. El espacio de trabajo se abrió en toda su amplitud. Un ejército de personas estaban trabajando. Nada que ver con la planta de abajo. Era una imagen contraria y surrealista comparada con la otra planta.
Álex no paraba de intentar que desestimara lo que fuera a hacer.
Karla avanzó y habló con la primera persona más cercana.
—Disculpa, ¿sabes dónde se encuentra el despacho de la secretaria de Napoleón? —preguntó Karla.
La mujer la miró extrañada y, condescendiente, le indicó que estaba unas plantas más arriba. Su expresión era de «de dónde sale esta mujer».
A Karla no le importó, la información que necesitaba la había conseguido y se marchó.
Subió a la planta que le habían indicado. Siguió por un pasillo. La planta era mucho más tranquila y desprendía otra clase, como si los despachos fueran de personas mucho más importantes que las de las plantas inferiores.
Alcanzó el final del pasillo. Allí, en una puerta, una placa indicaba el nombre de Napoleón Deulofeu.
—Estoy delante del despacho de Napoleón.
—¡Maldita sea, Karla! Ven de una vez, ¿es que quieres tener problemas? ¿Y si te lo encuentras? Si te pasa algo, no podré protegerte, Karla.
—Tranquilo, llevo pistola. Si veo algo extraño, me voy. Quédate ahí y calladito o me vas a molestar.
Karla notó la preocupación en la voz de Álex.
Tuvo que admitir que, del mismo modo que para ella esa era una situación de adrenalina pura, si hubiera estado al otro lado, es decir, en el coche escuchando como si fuera una radio o un audiolibro de una novela de thriller , se estaría comiendo las uñas desquiciada.
La puerta estaba cerrada.
Sacó la tarjeta magnética y a la primera salió la luz verde.
Suspiró y entró.
Cerró la puerta detrás de ella.
Lo que tenía delante no era el despacho de Napoleón, sino un vestíbulo con un escritorio a la izquierda.
—¿Qué pasa? ¿Qué ves, Karla?
—Cállate —espetó.
—¡Joder! Esto es insufrible.
—O te callas o te silencio.
Álex se calló.
Karla avanzó hasta el escritorio de la secretaria. Encima tenía una placa con su nombre y su apellido, seguido de secretaria de Dirección.
Fue su confirmación.
El silencio era atronador en todo el despacho. Si había alguien al otro lado, no se escuchaba. Napoleón podía estar perfectamente al otro lado de la puerta.
Karla intentaba mantener a raya su pulso. La tensión y el nerviosismo la estaban invadiendo. Aunque intentaba controlar sus emociones, el miedo le aceleró la respiración.
Miró el escritorio. Todo estaba en orden. No parecía que faltase ni sobrase nada. Miró en los dos cajones, en su interior solo había cables, un cargador de móvil y productos de papelería.
No estaba su bolso. Ni su móvil.
Resignada, levantó la mirada y vio la puerta que no quería rebasar, la del despacho de Napoleón.
Karla era muy consciente de lo que era capaz, no Napoleón, no, ese personaje con un lavado de cara no. Ella conocía muy bien lo que el asesino en serie Néstor Luna podía llegar a hacer.
Pero, a pesar de eso, decidió entrar. Tenía que saber dónde estaba la secretaria. Había sido el brazo ejecutor de toda esa estafa piramidal, pero antes era una mujer. Y ella la hubiera ayudado. Karla sabía muy bien qué era caer en la trampa mortal del amor de una mala persona.
Avanzó. Puso el móvil en silencio para que Álex no escuchara que entraba en el despacho.
Sacó la pistola de la funda y se acercó a la puerta. Guardó el móvil y se quitó los auriculares para tener más movilidad y reflejos.
Pasó la tarjeta magnética y la luz verde se encendió.
Suspiró.
Volvió a respirar.
Repasó todas las normas y estrategias que había aprendido en la academia de policía: cómo entrar en un despacho, qué hacer y qué no hacer. Los puntos ciegos e identificar las posibles amenazas.
En los manuales de la academia no decían que nunca entraras en el despacho de un asesino en serie sola.
Volvió a respirar, esa vez, más tiempo.
Abrió la puerta y miró dentro un segundo antes de ocultarse de nuevo detrás.
Volvió a entrar, miró alrededor. Sentía el frío del metal que se iba templando y la rugosidad de la empuñadura, que, con la presión que ejercía sobre ella, casi le estaba doliendo.
Volvió a entrar por tercera vez, parecía que no había nadie. Miró detrás de la puerta, tampoco había nadie.
No podía fiarse.
Esa víbora podría aparecer en cualquier momento. Sentía como su corazón le latía fuerte en el pecho, casi como si quisiera salir y escaparse corriendo.
A pasos cortos, se acercó al escritorio de Napoleón.
Revisó lo que había encima. Un ordenador encendido.
Movió el ratón y se activó la pantalla. El salvapantallas indicaba que se necesitaba una contraseña para acceder.
Karla no era Alan y desestimó intentarlo.
Abrió los cajones y todos estaban vacíos.
Eso le llamó la atención y la extrañó.
Apartó el sillón y miró en la papelera, solo había una pelota hecha de papel.
La cogió y la abrió, alisándola. Era un reintegro en una cuenta de Imperial Strategic Solutions desde el banco asiático Sort Banc. El importe tenía más ceros de los que nunca había visto juntos.
Cogió el papel y se lo metió en el bolsillo.
Tenía ya bastantes pruebas y tenía que marcharse, pero necesitaba saber.
En el despacho de Napoleón había dos puertas. Una al fondo y otra detrás de ella. Empezó por la que había al fondo, en la posición contraria al escritorio. Cruzó el despacho, pasó al lado de unos sofás y butacas de piel con una mesa moderna en el centro. Todo tenía que ser carísimo.
Delante de la puerta, hizo la misma preparación. Escuchó si llegaban sonidos desde el otro lado.
Apuntó y abrió. Controló varias veces y entró.
Era una sala de juntas.
Una mesa larga para unas veinte personas.
En las paredes no había armarios, solo una pequeña mesa auxiliar. En el fondo, otra puerta. Pasó la tarjeta magnética y, después de comprobar que no había nadie, vio que daba a un pasillo. Nadie se había percatado de que ella estaba allí.
Cerró la puerta, regresó por la sala de reuniones y entró de nuevo en el despacho de Napoleón. Solo tenía que comprobar otra puerta y se marcharía.
Caminó dos pasos en esa dirección cuando escuchó un ruido.
No supo reconocerlo enseguida.
Su respiración se cortó casi sin darse cuenta.
Era la puerta de acceso al despacho de la secretaria.
Los pasos seguían y se estaban acercando.
«Mierda», pensó. Retrocedió un paso y se quedó apuntando a la puerta.
Alguien pasó la tarjeta magnética y desbloqueó la cerradura.
A Karla le bajó una gota de sudor por la frente. Estaba dispuesta a disparar con tan solo verlo. Aunque fuese a una pierna. Le daba igual, ese hijo de perra no merecía llegar a prisión intacto. Una pierna, un brazo, un pie. Karla no se lo pensaría dos veces.
La puerta se fue abriendo.
Cuando llevaba un palmo abierta, el teléfono de Karla sonó.
Karla arrugó el ceño y la puerta dejó de abrirse.
¿Cómo podían llamarla si estaba con una llamada de Álex?
Tal vez se cansó de no escuchar nada y él volvía a llamar.
La puerta se estaba cerrando.
Karla tenía que hacer algo.
—¡Quieto, policía! —gritó a pleno pulmón.
La puerta se quedó quieta.
Aceleró para llegar hasta ella. El móvil seguía sonando.
Un paso más.
Apuntó con la presión de su dedo índice en el gatillo. Una ligera presión más y dispararía a ese malnacido.
Abrió de golpe, sin miramientos.