El Tiburón de Barcelona (Inspector Álex Cortés 14) 46
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Discutieron.

Álex y Karla discutieron acaloradamente. Seguían en la comisaría perdiendo tiempo para acordar qué hacer.

La teoría de Álex era entrar él y que Karla esperara fuera. Karla, en cambio, decía que tenía que entrar ella para ver qué había en esa planta y luego pedir refuerzos.

Álex insistía en que él era quien tenía que entrar. Incluso propuso que Alan hiciera una copia de la tarjeta magnética y que fueran los dos.

—Pero es que no ves que a ti te conocen. Estás vetado allí. Como te vean los de seguridad, se te van a echar encima, te cogerán la tarjeta magnética y todo se habrá ido a hacer puñetas —espetó Karla—. ¿Es que no lo ves?

Álex negaba con la cabeza insistente. Además, quería ser él quien pisara esa maldita planta veintidós y ver lo que había.

Karla se cruzó de brazos.

—Como vayas tú, yo no voy y te espabilas tú con el resto del caso —dijo Karla, plantándose.

Álex se calló. Estuvo en silencio unos instantes muy largos pensando. Sabía que necesitaba su ayuda y que él solo no resolvería el caso.

—Maldita sea, eres tan testaruda como tu madre.

A ella se le escapó una mueca.

—Vamos, estamos perdiendo el tiempo.

Subieron al coche y, sin llamar la atención, llegaron hasta el edificio de oficinas. Aparcaron cerca y Karla sacó sus auriculares del móvil.

—¿Qué es eso?

—Estaremos hablando en todo momento, si pasa algo o tengo problemas, vienes enseguida, ¿vale?

Álex asintió y, antes de que Karla saliera del coche, la agarró del brazo y la miró.

—¿Qué? —preguntó ella.

—Ve con cuidado.

—Vale. Si tengo problemas, te lo diré.

—Y voy enseguida —dijo Álex, le dio un beso en la boca, ella cerró los ojos y cuando los abrió, vio cómo sus ojos verdes estaban vidriosos—. Te quiero.

A ella, esas palabras le cruzaron el corazón como una flecha incendiaria.

Suspiró. Y le dio otro beso.

Sin decir nada más, salió del coche.

Para Karla empezaba una misión tan excitante como peligrosa. Meterse en la mismísima oficina de Néstor Luna era como adentrarse en una casa de los horrores en la que nunca sabes lo que te espera.

Cruzó la calle y la puerta de entrada. Caminaba decidida. Parecía una persona que trabajaba allí. Se metió en el torno y pasó la tarjeta magnética por el lector.

La tarjeta marcó la luz roja.

«Mierda», pensó Karla en sus adentros.

Volvió a pasarla. Y otra vez, luz roja.

A la tercera, un hombre de la seguridad se percató del problema.

La pasó otra vez y no lo consiguió.

Karla pensó enseguida que la tarjeta de la secretaria de Napoleón, si le había pasado algo, podría ser que la hubieran deshabilitado.

«¿Tan rápido hacen esas cosas?», pensó.

El hombre se fue acercando cada vez más, cada vez más.

A Karla ya le estaba palpitando el corazón fuerte, cada vez más fuerte.

Otra vez, roja, y otra vez.

No funcionaba. La única pista buena para conseguir información se estaba esfumando y, si la encontraban allí, un policía intentando entrar en una instalación privada con una tarjeta robada, solo conseguiría tener problemas. Incluso podría recibir una inspección y una amonestación.

El guarda se detuvo delante de ella.

Ella tragó saliva. Todo estaba perdido.

—¿Puedo? —preguntó el guardia.

Karla, resignada, le tendió la tarjeta magnética.

Él le dio la vuelta y la pasó, consiguiendo que la luz fuera verde.

El torno se abrió.

—Lo estaba haciendo del revés, señorita —dijo, y le indicó que entrara.

Ella sonrió y, sin decir nada, se coló a paso rápido.

Se metió en un ascensor y llamó a Álex.

—Ya estoy dentro.

—Muy bien —afirmó Álex—. Cualquier cosa, me dices y voy, como si tengo que saltar el torno como la otra vez.

—No hace falta que lo jures, ya he visto que eres capaz de todo.

—Y por ti, aún más.

—Tranquilo. Está todo bajo control —afirmó Karla, que ya había guardado el móvil en el bolsillo de la chaqueta y le hablaba por los auriculares.

—He recordado un detalle de la conversación con Diana.

—¿Cuál?

—Ella dijo que los asiáticos estaban a punto de hacer una transferencia de mucho dinero.

—Sí, ¿y?

—¿Te acuerdas cuando agarré del cuello a Néstor?

—¿Cómo no me voy a acordar?

—Pues que un grupo de asiáticos se acababan de meter en el ascensor. Llego a adelantarme dos minutos y esa gente no hace la transferencia, y en este momento no estaríamos corriendo para conseguir una pista.

Karla rio.

—¿De qué te ríes? —preguntó Álex.

—Me río de que, si no llegas a hacer ese paripé, la secretaria no te ve y ahora yo no estaría aquí.

Álex sonrió.

—¿Estás admitiendo que lo hice bien?

Las puertas del ascensor se abrieron. La planta veintidós era un pequeño vestíbulo.

Nada más. Unas paredes blancas y una puerta.

Todo parecía provisional, de pladur. Una puerta que se abría con la llave magnética que tenía en la mano.

Aunque Álex le hubiera dado una patada y la hubiese tumbado.

El problema era que una cámara apuntaba a la puerta y al movimiento no controlado y llegaría un ejército de guardias de seguridad en menos que cantaba un gallo.

—Solo necesitamos que hagas alguna foto, Karla. Tenemos que llevar fotos al juez para que luego venga la caballería y podamos detener a Néstor —indicó Álex.

Karla pasó la tarjeta magnética. Enseguida apareció la luz verde y empujó la puerta.

La cerró enseguida y miró a su alrededor.

—Estoy dentro.

—¿Qué ves? ¿Hay alguien? Dime algo…

Karla se quedó sin aliento al ver lo que había allí.

—Estoy dentro, hay una planta totalmente vacía.

—¿Vacía? —preguntó Álex, entre el desánimo y la incredulidad.

—Una planta entera con unas diez impresoras. Me acerco. Están imprimiendo.

El ruido de las impresoras era fuerte y repetitivo. Imprimía una línea y regresaba, y así todo el rato. Continuamente, con un sonido que rozaba lo insoportable.

—Son impresoras de las que usan el papel con agujeros, como los de albarán.

—¿Y qué más ves? —preguntó Álex.

—Hay ordenadores. Son viejos y están conectados a las impresoras y entre ellos. Pero hay algo que no entiendo.

—¿El qué, Karla? ¿Hay alguien?

—No están conectados a internet. No, no hay nadie.

—Haz fotos.

Karla apretó una tecla de un ordenador y se encendió. Era un IBM de los viejos, tal vez de los años ochenta. El monitor era verde y las letras, blancas. En su parte superior, tenía escrito algo que la dejó helada: Imperial Strategic Solutions. Y luego seguía: «Informe mensual de rentabilidades».

Karla se lo explicó.

—Haz fotos y sal cagando leches, Karla. Ya tenemos bastante.

—Ordenadores viejos que hacen los informes para los clientes. La planta veintidós es la que ha organizado todo para la estafa. Una zona para crear informes que en teoría llegan del fondo de inversión.

—Sal de allí, Karla, nos vamos directos al juez.

Karla empezó a hacer fotos. Un vídeo de la planta entera y de los ordenadores y cuando acabó, se acercó a la puerta y salió.

—Ya estoy fuera —dijo Karla, y escuchó cómo Álex suspiraba.

—Menos mal. Venga, ven y nos vamos.

A Karla se le ocurrió una idea. Lo que le podía haber sucedido a la secretaria de Napoleón la aterraba. ¿Qué le habría sucedido a la tal Inma?

No podía irse sin saberlo. ¿Y si necesitaba ayuda?

Karla entró en el ascensor y, en lugar de apretar el botón de la planta baja, apretó el de la planta veintitrés, una por encima.

—Álex, voy a hacer un pequeño cambio de planes —dijo Karla, y se cerraron las puertas del ascensor.