El Tiburón de Barcelona (Inspector Álex Cortés 14) 45
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Lezcano encontró enseguida la clínica.

Por supuesto, en la puerta externa no ponía que era una clínica clandestina para cambiar de identidad.

Por fuera, era una tienda de alimentación regentada por un chico extranjero. La clínica Öztürk era, de cara al público, un colmado de barrio. Dentro era otra cosa. Abierto veinticuatro horas al día, Lezcano pensó que era la tapadera perfecta.

El inspector entró a primera hora.

El hombre ni se inmutó al verlo. Seguía mirando vídeos en una red social. La voz y canciones orientales se difundían por la tienda.

—Quiero hablar con Öztürk —dijo el inspector.

El hombre levantó la mirada y sin disimular alargó la mano.

—Quieto. Ojo con lo que hagas, soy policía. No quiero molestaros, solo necesito una información —dijo, miró a la cámara, alargó la mano y saludó con una sonrisa falsa—. Sé que ya lo has llamado. Dile que solo necesitaré una información y me iré pronto.

El hombre del mostrador descolgó el teléfono. Le dijo un par de frases en un idioma que Lezcano no supo reconocer y colgó.

El hombre levantó la mano.

—Al fondo, puerta marrón —dijo, serio.

Lezcano asintió, un gracias escueto y casi estéril.

Caminó ayudado con el bastón hasta la puerta que estaba al otro lado de la tienda. Pasó por delante de las neveras y llegó a las garrafas de agua.

La puerta estaba cerrada. El chico de la tienda apretó un botón y se desbloqueó.

La empujó con dificultad debido a su peso.

Cuando estuvo dentro, se encontró en algo similar a la consulta de un dentista.

El ambiente tenía un fuertísimo olor a lejía.

La puerta se cerró detrás de él. Al girarse, se percató de que un señor vestido de blanco lo apuntaba con una pistola. Llevaba una mascarilla que impedía ver la mitad de su rostro. No porque la necesitara, supuso Lezcano, sino para mantener el anonimato y que no lo reconociera.

—Vaya, menuda bienvenida a un hombre lisiado —dijo Lezcano.

—¿Qué quiere y cómo ha encontrado este lugar? —preguntó el hombre con acento turco.

Lezcano se presentó y le indicó el nombre de la mujer que le había dado la dirección.

—¿Qué quiere?

—Le prometo que soy legal y que solo…

—Cuando alguien te dice que es legal, no suele serlo.

—Necesito solo información.

—¿Por qué cree que aquí la tenemos?

—Porque confía en Patricia Portos. Si lo sabe ella, puede que sea verdad —dijo Lezcano, y con tono calmado, añadió—. Por favor, baje esa pistola.

El hombre la bajó.

—¿De quién necesita información?

—De un tal Néstor Luna. Ahora se hace llamar Napoleón Deulofeu.

—¿Y por qué debería ayudarle?

Lezcano sonrió.

—Porque algún día necesitará tener amigos en la policía…

—Ya los tengo. Tengo más amigos de los que puede imaginar.

—En la policía de Madrid —añadió Lezcano.

—Creo que tendrá que ser más convincente.

Lezcano suspiró y sacó un rulo de billetes atados con una goma.

—Cinco mil euros por la información.

El turco negó con la cabeza.

—Tiene que ser más convincente.

Lezcano tensó los músculos del cuello.

—Está bien, usted gana. No tengo nada más —dijo al sacar otro del otro bolsillo, del mismo color y diámetro—. Esto es todo lo que llevo para las emergencias. Son diez mil euros.

El turco se lo pensó.

Se acercó y lo cogió.

—Siéntese ahí —dijo, indicando una silla—. Ahora vuelvo.

Lezcano obedeció. Se sentó y esperó con paciencia.

La clínica clandestina tenía cámaras grabando en todos los rincones. A pesar de estar desierta, estaba vigilada, por alguien o por algo, todo el tiempo.

Desconocía ese ambiente y cuántas personas podrían estar escondidas, ni si el tío que le había abierto tendría una recortada bajo el mostrador.

Su instinto le decía que diez mil euros era una barbaridad de dinero.

Podía matarlos a todos y huir. Si hubiese sido el Tomás Lezcano de otros tiempos, no se lo habría ni pensado.

Pero ahora tenía una pierna que parecía que llevase arrastrando una bola de hierro, como los presos. Escapar era una opción descartada.

No pasaron ni cinco minutos y el hombre regresó. Lo seguía apuntando, pero sin los rulos de dinero. Obviamente, no le daría el cambio. Solo llevaba una carpeta.

Se la lanzó al regazo.

—Ahí está todo.

El policía la cogió. Eran por lo menos cien o ciento cincuenta folios.

Lezcano se horrorizó.

—No tengo tiempo de leerlo todo, quiero una pista.

El turco negó.

—Oiga, voy un poco justo de tiempo. Es un criminal y tengo que cogerlo antes de que se vaya. ¿No puede hacerme un resumen de toda esta mierda?

El turco negó con la cabeza otra vez.

—Solo necesito saber dónde puede esconderse. Nada más.

El hombre se lo pensó unos instantes.

—Cuando ya estuvo bien, lo llevamos nosotros a su casa. La dirección está apuntada en la carpeta, en la parte interna —dijo, y se acercó a la puerta—. Ahora lo tiene todo. Usted nunca ha venido aquí. Nunca ha visto nada. Como diga algo, se arrepentirá, ¿OK?

Lezcano, mientras el turco hablaba, miró la dirección apuntada en la carpeta. Tenía razón el hombre.

Se levantó y se acercó a la puerta.

—Tiene mi palabra de honor.

El turco lo miró con desprecio hasta que se marchó. Cerró la puerta y Lezcano regresó al taxi. Su próxima parada era la casa de Néstor. O eso parecía, aunque Lezcano era consciente de que podía llegar tarde, quiso acudir al lugar. En definitiva, era su única pista.