El Tiburón de Barcelona (Inspector Álex Cortés 14) 44
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Álex no entendió el mensaje.

Se giró hacia Karla y la miró perplejo. Ella le devolvió la misma mirada.

Los dos policías se sentaron a la mesa.

—Diana…, ¿quién ha muerto? —preguntó Álex.

—Ella quería que hablara solo con usted —dijo la muchacha, y miró a Karla.

Álex miró a Karla también.

—Ella viene conmigo. Es mi compañera, es como si hablaras conmigo.

—Inma me dijo que hablara solo con usted. Que usted era de fiar. Nadie más. Solo usted —dijo entre sollozos.

Álex se acercó a la mujer y apoyó las manos en las suyas.

—Diana, tiene que explicarme todo, pero poco a poco o no voy a entender nada y me temo que no podré ayudarla —dijo con voz tranquila—. Respire.

Diana lo hizo. Respiró. Calmó su respiración y se secó de nuevo las lágrimas con un pañuelo.

—Inma es mi mejor amiga. Pero me temo que ha muerto.

—¿Qué es lo que la hace pensar eso? —preguntó Álex sin perder la expresión de su rostro.

—Lo sé, porque ayer me dijo que creía que su vida corría peligro.

—Corría peligro…

—Sí, así me lo dijo.

Álex ladeó la cabeza.

—¿Por qué estaba convencida de que estaba en peligro?

—Porque su jefe… —dijo, y rectificó—. Bueno, que es también su amante, es un mentiroso y un tipo malo.

Se equivocó al estar con él. Lo ayudó a hacer cosas malas y el otro día se enteró de que era su jodida amante, que no era su novia.

Ahora que han conseguido la pasta, a ella la iba a dejar de lado para irse con la otra.

Álex la detuvo.

—Espere, Diana. ¿A qué se dedica su amiga Inma? ¿Dónde trabaja?

Diana respiró hondo. Metió la mano en un bolsillo y sacó un pequeño sobre. Uno de esos en los que cabe una tarjeta pequeña de felicitación, pero blanco. La abrió y sacó una tarjeta magnética parecida a las que se usan para abrir las puertas de hotel. Era azul por el lado de la banda magnética.

Diana la giró y el nombre de la corporación que estaba arriba impresa le hizo abrir los ojos de par en par a Álex.

Cuando lo vio, subió la vista a Diana.

—Esto no es una broma, ¿verdad? —dijo Álex.

Diana negó con la cabeza.

—Mi amiga trabaja en Global NEXT S. A. —confesó—. Es la secretaria del director general, un hijo de puta traidor y que creo que la ha matado.

—Napoleón Deulofeu.

—¿Cómo lo sabe? ¿Conoce a Inma?

Álex negó con la cabeza y cogió la tarjeta magnética.

—No conozco a su amiga, pero conozco muy bien a Napoleón Deulofeu —respondió con los dientes apretados y tono rabioso.

Otra vez se cruzaba el nombre de Napoleón y de Néstor en ese entramado.

Al escuchar su nombre, todo su cuerpo se tensó y apareció sobre la mesa el fantasma de Néstor.

—Inma descubrió que tenía a otra y ayer decidió echárselo en cara. Me dijo que, si no regresaba a casa, que viniera aquí. Que algo grave habría pasado. Pero que solo hablara con Álex Cortés.

—Ese soy yo.

—Ya… Tiene que usar esta tarjeta, me dijo.

Alex arrugó el ceño, extrañado, y se giró hacia Karla.

—¿Qué es lo que se supone que debería hacer con esto? —preguntó Álex, señalando la tarjeta magnética.

—Tiene que usarla. Inma dijo que debe usarla. Tiene que entrar en el edificio de Global NEXT, ir a la planta veintidós y ver lo que hay allí dentro.

Álex se inclinó hacia la mujer.

—¿Qué hay allí dentro?

—No lo sé, no me lo dijo. Me dijo solo que allí está lo que usted busca. Nada más. No quiso que yo lo supiera. Por si las cosas iban mal, que yo no me metiera en líos.

—¿Qué es lo que la hace pensar que ha muerto su amiga? —preguntó Karla.

Diana aguantó unas lágrimas mordiéndose los labios.

—Me dijo que, si no me decía nada cuando yo llegara a casa del trabajo, algo malo había pasado y que viniera a primera hora aquí —explicó, afligida y enrabietada a la vez—. A entregarle esto y que fuera usted a la planta veintidós.

—Diana, ¿le dijo algo más? —preguntó Álex.

—Una cosa más. Me dijo también que ella le había ayudado a montar todo lo que había en esa planta.

Ella era la responsable material, pero siguió las indicaciones de Napoleón.

Él tuvo la idea. Mi amiga solo fue una cretina que se enamoró del hombre equivocado.

De otro hombre equivocado. Uno más de los que solía enamorarse y que se aprovechaban de ella —dijo, frustrada —.

Mira que se lo decía, pero no había manera.

No, no había manera. Ella seguía el corazón y no la mente.

Karla cogió las manos de la mujer y las estrechó.

—Gracias por venir —dijo Karla.

—Por favor, si la encuentran, díganme algo, que no me entere por las noticias. Éramos muy amigas.

Álex y Karla le dieron su palabra de que, si encontraban a su amiga, se lo dirían.

—Hay otra cosa más.

—¿Cuál?

—Que los asiáticos van a tardar muy poco en hacer una transferencia de mucho dinero y que Napoleón desaparecerá con él —dijo Diana, y siguió con un tono más apesadumbrado—. Ella se marcharía con él a no sé qué isla y dejarían atrás muchos problemas que no me contó.

Álex asintió. Ese detalle era muy importante. La huida era inminente. Tenían que espabilarse. Tenían que seguir su instinto y cazar antes de que fuera demasiado tarde.

Se levantó.

—Tenemos que ir directos a esa planta veintidós. Gracias, Diana —dijo, y le hizo un gesto a Karla para marcharse.

Cuando cogió la maneta y la abrió, una pregunta le cruzó la cabeza. Cerró de nuevo y se giró.

—Diana, ¿por qué yo? ¿Lo sabe?

Ella se giró y, con sus grandes ojos llorosos, le contestó.

—Me dijo que usted intentó matarlo. Intentó estrangularlo. Usted sabía cómo era Napoleón antes de que ella lo descubriera. Por eso me dijo que trajera la llave y su secreto solo a usted.

Álex sonrió por un segundo. Le dio las gracias y salieron de la estancia. La planta veintidós de la torre Global NEXT y todos sus secretos los estaban esperando.